La profesora madura que se quedó sola en el hotel
Viajaba mucho por trabajo y, con los años, aprendí que los pueblos pequeños guardan historias que nadie imaginaría desde fuera. Aquella semana me tocó cerrar un acuerdo en una zona ganadera de montaña, lejos de la ciudad, en una posada de carretera con comedor abajo, habitaciones arriba y una chimenea que hacía soportable el frío de la sierra.
Había llegado la noche anterior. Me recibió Alma, la encargada del lugar, una mujer despierta y práctica, y también Vera, una colaboradora de la cooperativa con la que yo tenía confianza desde hacía tiempo. Entre nosotros ya había una intimidad antigua, de esas que no necesitan demasiadas palabras.
La primera noche acabó exactamente como podía esperarse. Vera subió a mi cuarto después de cenar, se sentó a mi lado en la cama y me dijo al oído que me notaba tenso. Yo me reí porque conocía ese tono. Cuando cerró la puerta, los dos sabíamos que no iba a haber masaje inocente.
Me desnudó deprisa, con esa seguridad de mujer adulta que no pide permiso porque ya sabe lo que quiere. Se abrió de piernas sobre mí, me agarró la polla con la mano y se la metió dentro de un solo movimiento, húmeda, caliente, apretándome como si llevara días esperándolo.
—Jódeme duro —me susurró—. Quiero dormir vacía.
La agarré por la cintura y la dejé cabalgar hasta que las tetas le botaban y el cuarto se llenó de sus jadeos. Se corrió pronto, con el coño contrayéndose alrededor de mi verga, y luego quiso más. Se giró, se puso a cuatro patas y me ofreció el culo con esa descarada confianza que siempre había tenido conmigo.
La follé largo rato, metiéndole la polla hasta el fondo mientras su marido, que conocía nuestro juego, escuchaba un momento por el teléfono en altavoz. A ella eso la calentaba todavía más. Gemía su nombre, me pedía más, me ordenaba que no parara, y yo le di justo eso hasta dejarla temblando, la boca abierta, el cuerpo rendido sobre las sábanas.
Por la mañana repetimos antes del desayuno. Más despacio, más pegados, casi tiernos. Después tuvimos la reunión de trabajo y la jornada siguió con normalidad, como si nadie pudiera imaginar que unas horas antes esa mujer había acabado con mi polla en la boca y mi corrida derramándose sobre su lengua.
Al caer la tarde, Vera se fue. Yo me quedé un par de días más en la posada porque el lunes saldría directo a otra reunión. Pensé que el resto del fin de semana sería tranquilo. Me equivoqué.
***
Esa misma noche llegó una pareja en una camioneta blanca, de esas preparadas para rutas de montaña. Él era un tipo barbudo, vestido con ropa de senderismo. Ella, en cambio, llamó mi atención apenas cruzó la puerta. Tendría cerca de los cuarenta, el pelo castaño claro hasta los hombros, abrigo oscuro, botas altas y una forma de sostener la mirada que no era tímida.
—Buenas noches —me dijo al pasar.
—Buenas noches.
Fue apenas eso. Pero cuando levantó la vista y me miró de frente, sentí el chispazo. No uno inventado por mi cabeza. Uno de esos reales, secos, inmediatos, que se notan hasta en la forma en que la otra persona tarda medio segundo más de lo normal en seguir andando.
Durante la cena coincidimos en el comedor. Su acompañante habló casi todo el tiempo de rutas, mapas y caminos. Ella comía en silencio, aunque de vez en cuando me buscaba con los ojos. No sonreía demasiado. No hacía falta. La tensión estaba en otra parte.
Me fui a dormir sin pensar en nada concreto, pero al día siguiente, en el desayuno, la vi de nuevo. Llevaba un pantalón ajustado, un jersey grueso y el pelo recogido a medias. Yo había bajado con ropa deportiva, listo para correr un rato por la zona. Al sentarme sentí su mirada en el bulto de mi entrepierna antes incluso de levantar la taza.
Cuando le di los buenos días, se ruborizó apenas. Muy poco. Lo suficiente.
Salí a entrenar, me duché al volver y bajé a comer. Los tres hombres del grupo se marcharon a la montaña con mochilas y bocadillos. Ella se quedó sola en la posada hasta el domingo. Ahí entendí que el fin de semana había cambiado.
Nos sentamos casi enfrente en el comedor. Almorzamos tranquilos, sin forzar nada. Cuando llegó el café, Alma le ofreció un licor de la casa y ella puso cara de duda. Yo tenía en el coche una botella de licor café que me habían regalado y me ofrecí a traerla.
—Si quieres probar algo suave, tengo uno buenísimo —le dije.
—¿Así de amable eres siempre con las desconocidas? —preguntó ella.
—Solo con las que me miran demasiado.
Alma soltó una risa y ella me sostuvo la mirada. No se apartó. Cuando volví con la botella, le serví un chupito. Lo olió, lo probó y abrió los ojos.
—Joder, esto está riquísimo.
Le serví otro. Luego otro más. No estaba borracha, ni mucho menos, pero se le fue aflojando el gesto. Hablamos y supe que se llamaba Helena, que era profesora universitaria, que había acompañado a un colega solo por el viaje y que no tenía pareja. Lo dijo con una naturalidad que sonó más a invitación que a dato casual.
Alma nos sugirió que pasáramos al salón para que ella pudiera recoger el comedor. Subimos con las tazas en la mano. La chimenea encendida soltaba un calor espeso y agradable. Había un sofá grande frente al fuego y dos sillones laterales. Yo me senté primero, pero Helena se quedó de pie mirándome con una media sonrisa.
—¿Vas a ponerte tan lejos? —preguntó—. Pensé que eras más valiente.
Me moví al sofá grande. Ella se sentó a mi lado, no pegada, pero sí lo bastante cerca para que la tela de su muslo rozara la mía de vez en cuando. La charla derivó de trabajo a literatura, de ahí al deseo, y luego a esa clase de sinceridad que aparece cuando dos adultos ya han decidido, en el fondo, lo que quieren hacer.
—Desde anoche sé que me deseas —dijo sin rodeos.
—Y tú a mí.
—Eso ya lo sabes.
Se humedeció los labios. No apartaba las piernas, pero había empezado a moverlas con una inquietud clara. El pecho le subía y bajaba más deprisa. Ya no hablaba una profesora segura de sí misma. Hablaba una mujer caliente.
—Lo que no sé —continuó— es si solo sabes mirar o si también sabes follar.
Le sonreí.
—Averígualo.
No respondió. Se puso de pie, me agarró de la mano y tiró de mí hacia el pasillo. Entramos primero en su habitación. Cerró la puerta, dejó el bolso sobre la silla y se lanzó a mi cuello con un beso brutal, de lengua, hambre y dientes. Me agarraba la nuca con una mano y con la otra ya estaba bajándome la cremallera del pantalón.
Le metí las manos bajo el jersey y le apreté las tetas por encima del sujetador. Gimió en mi boca. Se separó lo justo para respirar y dijo:
—No quiero perder tiempo. Quiero que me folles de verdad.
La besé otra vez, le mordí el cuello, le agarré el culo por encima del pantalón y noté cómo estaba temblando. Ella me abrió el botón del pantalón y metió la mano dentro del bóxer. Cuando me tocó la polla endurecida soltó una carcajada nerviosa.
—Joder… Ahora entiendo por qué miré tanto.
Me la sacó y empezó a pajearme sin delicadeza, con esa urgencia de quien ya está demasiado caliente para hacerse la fina. Luego se arrodilló frente a mí y me la tragó de golpe, hasta donde le entró, cerrando los ojos como si quisiera llenarse la boca entera.
La mamaba muy bien. No como una chica insegura que tantea. Como una mujer con experiencia, vicios y ganas reales. Me agarraba la base con una mano mientras con la otra me apartaba la ropa para trabajar mejor. Me lamía el glande, me chupaba con fuerza, bajaba más, volvía a subir, y cada vez que rozaba con la nariz mi pubis soltaba un gemido ahogado que me ponía todavía más duro.
Le acaricié el pelo y ella apartó la boca apenas un segundo.
—No me corras todavía. Quiero sentirla dentro.
Se puso de pie y empezó a desnudarse delante de mí. Primero el jersey. Después el pantalón. Luego el sujetador, dejando ver unas tetas medianas, bonitas, con pezones oscuros y duros. Las bragas negras fueron lo último. Cuando las bajó por las piernas vi un coño ya mojado, brillante, con los labios hinchados de excitación.
—Ven —me ordenó.
La acosté en la cama y me metí entre sus piernas. Antes de penetrarla la besé en la boca, en el cuello, en las tetas. Le chupé un pezón mientras la mano derecha bajaba a su coño. Al tocarla con dos dedos noté lo empapada que estaba. Entraron sin resistencia, hundiéndose hasta el fondo entre un ruido húmedo que a los dos nos excitó más.
—Mierda… sí… así —jadeó.
Le abrí más las piernas y bajé la cabeza. Le lamí el clítoris despacio al principio, solo para escuchar cómo se le cortaba la respiración. Luego aceleré. La tenía agarrada de los muslos, bien abierta para mí, y ella empezó a mover la cadera buscando mi boca, frotándose desesperada contra mi lengua.
—No pares, no pares, no pares… joder…
Le metí dos dedos y se los follé por dentro al ritmo de mi lengua. Helena se retorcía sobre la cama, apretaba las sábanas, decía incoherencias, me llamaba cabrón, guapo, animal, todo mezclado. Cuando se corrió me apretó la cabeza contra el coño y soltó un gemido largo, ronco, casi salvaje. Le temblaban las piernas.
Subí de nuevo a besarla. Me probó en mis labios, notó su propio sabor y sonrió con los ojos medio cerrados.
—Ahora sí. Fóllame.
Saqué un preservativo del neceser que ella había dejado a mano y me lo puse sin romper la tensión. Helena no dejaba de mirarme la polla. Había deseo y también curiosidad. Se acomodó mejor en la cama, abrió las piernas y se tocó el coño con dos dedos para extenderse la humedad.
—Métela despacio al principio —dijo—. Luego haz conmigo lo que quieras.
Apoyé la punta en su entrada y la fui hundiendo poco a poco. Ella arqueó la espalda al sentir cómo la iba llenando. Estaba estrecha y muy caliente. Cuando entré por completo, hasta el fondo, soltó el aire de golpe y clavó las uñas en mis hombros.
—Joder… sí… así… no la saques todavía.
Me quedé quieto unos segundos dentro de ella, disfrutando de cómo me apretaba. Después empecé a embestir despacio, sacando media polla y volviendo a meterla con fuerza medida. Su cara fue cambiando enseguida. Pasó del control a esa expresión de puro placer animal que aparece cuando el coño empieza a rendirse al ritmo.
—Más —me pidió—. Ya. Más fuerte.
Le agarré una pierna y se la puse sobre mi hombro para abrirla todavía más. Desde ahí la penetré más hondo. Cada clavada sonaba húmeda, precisa. Helena gritaba sin pudor, con la cabeza hundida en la almohada, ofreciéndose entera mientras yo le apretaba una teta con la mano y le golpeaba el coño con la polla una y otra vez.
—Me encanta, me encanta… joder, sí… así me gusta…
Le pellizqué el pezón y me miró con la boca abierta.
—Dime cómo la quieres.
—Dura. Quiero que me la metas dura. No pares hasta hacerme correr otra vez.
Eso hice. Apreté los dientes, la sujeté de las caderas y empecé a follarla con embestidas más largas, más secas. El cabecero golpeaba la pared. Sus gemidos ya eran casi gritos. Llevé una mano a su clítoris y empecé a frotárselo en círculos rápidos mientras la penetraba.
Su reacción fue inmediata. Cerró las piernas alrededor de mi cintura, me clavó los talones en la espalda y empezó a correrse con todo el cuerpo. El coño se le contrajo en pulsos fuertes, apretándome una y otra vez.
—Me corro… me corro… joder, sí… sí… sí…
La dejé disfrutarlo sin salir de ella. Luego me retiré y la hice girarse. Se puso a cuatro patas casi sola, obedeciendo un impulso claro, enseñándome el culo redondo y la raja húmeda. Le acaricié la espalda, bajé una mano entre las nalgas y le metí un dedo lubricado con su propia excitación por el ano. Soltó un jadeo sorprendido, pero no se apartó.
—¿Te gusta? —le pregunté.
—Sí… pero no me jodas, hazlo bien…
Volví a entrar en su coño desde atrás. Esa postura la volvía loca. Se agarró al cabecero, echó el culo hacia mí y empezó a recibirme con hambre, acompañando mis embestidas con movimientos de cadera. Su espalda estaba arqueada, el pelo desordenado sobre los hombros, y de su boca no dejaban de salir palabras sucias.
—Fóllame… así… más… dame polla…
Le di. Le sujeté la cintura y la clavé fuerte, una y otra vez, hasta hacerla chillar. Luego volví a meterle el dedo en el culo mientras la follaba el coño. Ahí se desarmó. Se corrió de nuevo con un grito más alto, empujando hacia atrás, completamente entregada.
—Hostia… hostia… qué bien… no puedo… no puedo…
La saqué de la cama y la llevé hasta la ventana. Apoyó las manos en el marco y se inclinó. Afuera ya empezaba a caer la tarde sobre la montaña. Adentro, yo tenía sus nalgas abiertas con las manos y la punta de la polla buscando otra vez su entrada empapada.
La penetré de pie, pegándola al cristal. Ella dejó la frente apoyada un instante y soltó un suspiro quebrado. Desde ahí la follé con un ritmo brutal, profundo, aprovechando el ángulo para entrarle hasta el fondo. El sonido del choque de los cuerpos llenó la habitación.
—No sabía que necesitaba esto —dijo entre jadeos—. Joder… más… más…
Le agarré el pelo para echarle la cabeza un poco hacia atrás y le mordí el hombro. Con la otra mano le busqué el clítoris otra vez. Helena estaba tan mojada que mis dedos resbalaban con facilidad. Se corría casi en oleadas, sin terminar de bajar nunca del todo.
—Eres una bestia —gimió—. No pares, por favor, no pares.
La volteé y la senté al borde de la cama. Le levanté las piernas, una a cada lado de mis caderas, y volví a metérsela. Esa posición la abría por completo. Podía verla entrar y salir, brillante, completamente empapada. Ella también miró y soltó una maldición ahogada.
—Qué puta barbaridad…
Le besé una teta, luego la otra, mientras seguía embistiéndola. Helena bajó la mano y empezó a tocarse el clítoris ella misma, coordinando sus dedos con mis clavadas. Verla así, abierta, sucia, gimiendo sin ningún pudor, me terminó de empujar al límite.
—Quiero correrte —dijo—. Pero primero hazme correr una más.
Le agarré las muñecas y se las sujeté a cada lado del cuerpo. No era una escena de dominación ensayada. Era pura intensidad. La miré a los ojos y la follé con toda la fuerza que me quedaba, hundiéndole la polla hasta hacerla gritar mi nombre. Se puso rígida de repente, los muslos temblando, el coño apretándome como una tenaza.
Se corrió con un orgasmo largo y desordenado, casi violento. Cuando terminó, apenas podía respirar.
Yo me saqué el preservativo y ella, sin esperar, cayó de rodillas otra vez frente a mí. Me agarró la polla todavía dura y empezó a chuparla con una mezcla de hambre y gratitud obscena. Tenía la cara encendida, el pelo revuelto y la boca brillante. Me masturbaba mientras me la mamaba, tragando saliva, mirándome desde abajo.
—Córrete en mi boca —murmuró—. Quiero saborearte.
No aguanté mucho más. Le agarré el pelo, empujé despacio una última vez y me corrí. Helena recibió la corrida en la lengua, retirándose apenas para no atragantarse. Traguó, pasó la lengua por el glande y luego sonrió con la satisfacción sucia de quien ha conseguido exactamente lo que quería.
Subió a la cama rendida, abierta de piernas, con el coño todavía palpitándole. Me tumbé a su lado y durante unos minutos solo escuchamos el fuego lejano de la calefacción y nuestra respiración recuperándose.
—Ahora sí entiendo por qué me descoloqué desde que te vi —dijo al fin.
—Yo lo entendí en la puerta.
Se rió, cansada. Después me pasó una mano por el pecho y bajó hasta mi abdomen con una lentitud nueva, casi cariñosa.
—No he terminado contigo —murmuró—. Solo necesito diez minutos.
Diez minutos fueron más que suficientes para volver a calentarla. Esta vez la follamos más despacio, tendidos de lado, besándonos mucho, con esa intimidad extraña que a veces nace después del polvo más salvaje. Pero el descanso le duró poco. En cuanto volvió a humedecerse de verdad, me empujó boca arriba y se subió encima.
Comenzó a cabalgarme sin prisa, dejándose caer hasta el fondo, disfrutando cada centímetro. Se tocaba las tetas, cerraba los ojos, movía las caderas en círculos y me usaba con un descaro delicioso. Yo la ayudaba sujetándola del culo, guiándola, marcando el ritmo cuando se aceleraba demasiado.
—Así me gusta —decía—. Que aguantes. Que no te vayas enseguida.
La contemplé correrse otra vez sobre mi polla, esta vez con un gemido más bajo, más íntimo, y después la tumbé de espaldas para terminar dentro de ella con una última tanda de embestidas profundas que le arrancaron jadeos cortos y sucios. No volvimos a contar los orgasmos. Ya daba igual.
Cuando por fin paramos, Helena quedó reventada, estirada sobre la cama, con las piernas abiertas y una sonrisa agotada. Le llevé agua, la tapé y le besé la frente. Ella me atrapó de la muñeca antes de que me apartara.
—No bajes todavía.
—Tengo que cenar algo y ver si te subo comida.
—Entonces vuelve —dijo—. Esta noche duermo contigo.
Asentí. Antes de irme me hizo inclinarme para besarla otra vez. Sabía a café, a licor y a sexo.
***
Bajé al comedor intentando poner cara de normalidad. Alma me vio entrar y me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta. No preguntó nada. No hacía falta. En las posadas pequeñas, las paredes oyen y la gente entiende.
Cené deprisa. Luego le pedí un caldo caliente para subirlo a la habitación de Helena. Mientras me lo preparaban, una médica de guardia que había pasado por la mañana se acercó a saludarme con interés evidente. Intercambiamos unas palabras, quedamos en tomar café más tarde si coincidía el tiempo, y entendí que aquel lugar estaba lleno de oportunidades peligrosas.
Pero esa noche mi cabeza no estaba en otro sitio.
Subí con el caldo y encontré a Helena desnuda bajo las mantas, el pelo suelto, la piel todavía enrojecida por lo que habíamos hecho. Sonrió al verme entrar y apartó la sábana sin pudor.
—Ven a la cama —dijo—. Luego cenas tú también de mí, si hace falta.
Dejé la bandeja a un lado. Cerré la puerta con llave. Y supe que el diablo, si de verdad mandaba oportunidades, aquella vez se había lucido conmigo.
Para quienes leen desde zona sur: acompañantes en Lanús, con fotos reales.