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Relatos Ardientes

El juego sucio de mi amiga bisexual

Renata dormía apretada contra mi espalda, y hacía rato que yo estaba despierto sin atreverme a moverme. Sus tetas se apoyaban en mis omóplatos, un muslo pesado le cruzaba el mío, y tenía los dedos entrelazados a la altura de mi ombligo. Estábamos en su cama, en su cuarto, después de una noche larga en aquel bar de mujeres al que me arrastró como si yo fuera un trofeo o un experimento.

Ella dormía solo con un tanga negro, uno que la noche anterior le había entrevisto cuando se agachó a atarse las botas. Yo estaba completamente desnudo. No recordaba muy bien cómo había llegado a esa situación. Solo que a las cuatro de la madrugada me susurró que hacía calor, que me quitara todo, que ella no iba a mirar. Y no miró. Se durmió abrazada a mí como si eso fuera lo más natural del mundo.

Llevaba dos años detrás de ella. Renata era mi mejor amiga desde la universidad, la que me había explicado con paciencia que era bisexual pero que últimamente solo salía con mujeres, que los tíos la aburrían. Y yo, tonto de mí, seguía esperando la oportunidad que me había prometido no esperar.

Amanecía. La luz entraba filtrada por la persiana medio subida y le cruzaba la cara. Tenía la boca entreabierta, la respiración lenta, y un pezón me presionaba justo en la parte alta de la espalda. Sentía cada latido de su corazón contra mi piel. La polla la tenía durísima desde hacía horas, la erección matutina agravada por la certeza de que si me movía un centímetro se iba a acabar todo.

Fantaseé durante horas. Me imaginé dándome la vuelta, subiéndome encima de ella, arrancándole el tanga y follándomela hasta convencerla de que los hombres también servían. Pero no me atreví. Preferí quedarme quieto, respirando su olor a champú y a sudor, con la polla apuntando al techo y las tripas rugiendo de sed.

Empezó a moverse cerca de las diez. Un gruñido bajito, un estiramiento, y por fin abrió los ojos justo a la altura de los míos.

—Buenos días —dijo con la voz ronca—. ¿Has dormido bien?

Me giré despacio, cuidando de no despegarme del todo. Ella se apretujó contra mí y se cubrió el pecho con el brazo antes de que me diera tiempo a mirarla.

—Muy bien —contesté—. Me quedaría aquí todo el día.

Sonrió. Aflojó los dedos que tenía sobre mi vientre y me pasó la palma abierta por el pelo del pecho.

—La verdad es que eres blandito —comentó—. Casi tanto como una tía. Los pelos los tienes suaves, no pinchan.

Lo dijo sin maldad, como un elogio raro. A mí me molestó igual. Uno no se pasa dos años queriendo follarse a alguien para que le diga que es blandito.

—Vaya, gracias.

Ella se rió por lo bajo, se dio cuenta del retintín.

—No te ofendas. Voy al baño, que no aguanto más.

Se levantó sin taparse, sin ninguna vergüenza. La vi cruzar la habitación en tanga, y la marca húmeda que tenía por delante me hizo dudar de si había alargado el momento tanto como yo. El culo le rebotó despacio, las tetas más aún, y el vientre lo tenía firme, con una línea de vello rubio bajando desde el ombligo. Cerró la puerta del baño y yo me quedé retorciéndome en la cama.

Sentí una punzada rara en el pecho. Me imaginé a esas amigas suyas del bar tocándola así como acababa de tocarla yo con la mirada. Me imaginé la cara que ponía cuando alguna la hacía correrse. Tardé un segundo en reconocer la palabra.

¿Son celos?

La vejiga me tiró. Después de tantas horas aguantando ya no era una molestia: era un dolor punzante que me subía por la ingle. Me levanté como pude, con la polla todavía dura apuntándome al ombligo, y salí al pasillo justo cuando Renata abría la puerta del baño.

Nos chocamos. Ella me plantó las palmas en el pecho para frenarme y a mí las manos se me fueron directas a sus caderas. Nos quedamos así unos segundos, con los ojos clavados uno en el otro. Ella parpadeó, se separó apenas.

—Casi me tiras al suelo, pervertido —dijo con una sonrisita torcida—. ¿Querías verme meando?

—No. Quería mear yo, que no aguanto más.

Volvió a sonreír, ahora con esa cara mala que le vi la noche anterior cuando le dijo a una tal Sabrina que yo era su chico de reserva.

—Vamos a hacer una cosa —dijo—. Yo te la toco, tú me tocas a mí. Pero solo mientras aguantes sin mearte. Si te meas, perdiste.

La miré con la boca abierta.

—¿En serio?

—Muy en serio. Reglas: solo las manos, y hasta que te mees.

No lo pensé. Le metí la mano por delante del tanga, directo sobre la mancha húmeda. Ella soltó un jadeo corto, se mordió el labio y bajó la mano hasta encontrarme la polla. Cerró los dedos alrededor sin apretar todavía.

—A ver cuánto aguantas —susurró.

Empezó a menearla despacio, con muy poca práctica pero con ganas. Se notaba que no lo hacía desde hacía tiempo. Yo tenía la vejiga apretada como un puño y su mano en la polla, y esa combinación me estaba volviendo loco. Un rayo de dolor me subió desde el bajo vientre y solté un gemido bajito. Renata sonrió al oírlo. Le puse la mano libre en la teta derecha, sin pedir permiso, y le pellizqué el pezón entre los dedos. Se le escapó otro jadeo, más largo.

—Mira tú, el blandito.

—Cállate.

Le aparté el tanga con dos dedos y le pasé el índice de arriba abajo por el coño. Estaba empapada, mucho más que la mancha del tanga sugería. Le repetí el gesto una, dos, tres veces, subiendo hasta el clítoris y bajando hasta la entrada. Renata dejó caer la cabeza contra mi hombro y empezó a soltar gemidos cortos, uno detrás de otro. La respiración se le agitó, la boca se le abrió, se pasaba la lengua por los labios sin dejar de mirarme.

Su mano tampoco paraba. Iba lenta, muy lenta, la manera exacta con la que alguien te quiere torturar, no hacerte correr. Cada vez que yo pensaba que iba a acelerar, aflojaba. Me bajaba el prepucio hasta la base, me apretaba el glande con la palma y volvía a subir. La vejiga me estaba matando. Otro pinchazo me hizo doblar las rodillas.

—¿Ya no aguantas? —murmuró contra mi oreja.

—Aguanto —mentí.

Le metí un dedo. Estaba cerradísima, apretada, mucho más de lo que me esperaba de una mujer que llevaba meses acostándose con otras mujeres. Le metí un segundo dedo, con esfuerzo, y noté cómo se le tensaba todo el vientre. Ella pegó un grito ahogado y su mano se detuvo un instante en mi polla.

—Puta… —susurró.

Los tenía separados, uno en el coño, la otra en el pezón. No la besé. Ella no me dejó. Cada vez que me acercaba a su boca, giraba la cara y me pasaba la lengua por la mejilla o por la mandíbula, pero no me dejaba llegar a los labios. Como si besarme fuera cruzar una línea que lo demás no cruzaba.

—Fóllame los dedos más rápido —me ordenó.

La entré y salí con los dos dedos, buscándole el punto rugoso arriba, mientras con el pulgar le hacía círculos en el clítoris. Renata dejó de disimular. Empezó a gemir alto, escandaloso, como si me quisiera avisar de que iba a terminar. La mano con la que me la meneaba por fin cogió ritmo, apretó, bajó y subió con fuerza. Se me escapó otro rayo de dolor por la vejiga y un chorrito caliente me humedeció el prepucio. Ni yo mismo sabía si era mío o suyo.

Iba a correrme. Iba a mearme. Iba a las dos cosas a la vez.

—Me corro, Renata, me corro —gemí.

—Yo también.

Se convulsionó primero. El coño se le cerró alrededor de mis dedos con una fuerza que no me esperaba, y soltó un alarido que rebotó en las baldosas del pasillo. Las piernas le fallaron. Se me tuvo que agarrar por la cintura para no caerse al suelo, y con ese movimiento me la clavó contra la polla. Ella pegó otro grito, distinto, cuando la punta se le hundió en el pubis por encima del tanga empapado.

El roce húmedo, la piel caliente, el olor a ella. Me corrí ahí mismo, sin poder frenarlo, chorreándole el vientre y el tanga y el muslo. Un chorro largo, y otro, y otro. Renata bajó la cara y se me quedó mirando la polla, con la boca abierta, mientras yo le vaciaba la corrida encima.

—Perdón, perdón, perdón —repetía yo como un idiota.

Ella no dijo nada. Se quedó mirándose el estómago, el tanga, el suelo. Estaba temblando todavía. Cuando levantó la cara tenía una sonrisa rara, entre divertida y descolocada.

—Toma, te lo regalo —dijo. Se sacó el tanga por debajo de las piernas, se agachó a recogerlo del suelo y me lo puso en la mano—. Voy a ducharme. Mira cómo me has dejado.

—Pe… pero necesito mear.

Se dio la vuelta, me enseñó el culo desnudo, y antes de cerrarme la puerta del baño en la cara me soltó:

—Mea en tu casa.

Me quedé pasmado en el pasillo, con el tanga empapado apretado en el puño y la polla todavía chorreando. ¿Me estaba echando o me estaba mandando a casa para volver? Me vestí a toda prisa, me guardé el tanga en el bolsillo del pantalón y me fui.

***

Llegué a mi casa a los diez minutos, corriendo. Abrí la puerta con las llaves temblando y me metí directo al baño. Me bajé el pantalón antes de llegar a la taza y solté un meado que me duró casi un minuto entero. La polla se me había quedado medio dura. Me olí la mano y todavía tenía el olor de Renata en los dedos, ese olor a coño empapado que había memorizado en el pasillo.

Saqué el tanga del bolsillo. Estaba caliente, pesado, empapado de ella y de mí. Me lo llevé a la nariz y respiré hondo. Se me puso dura otra vez, del todo. Me la agarré con la mano derecha, con el tanga apretado en la izquierda contra la boca y la nariz.

Empecé a menearla despacio, imitando el ritmo que me había puesto ella un rato antes. Cerré los ojos y me la imaginé en su ducha, con el agua corriéndole por las tetas y el vientre y el coño recién follado con los dedos. Empecé a oírla. Yo tenía la ventana del baño abierta y la suya también debía estarlo, porque me llegaron unos gemidos largos, agudos, exactamente los mismos de antes. Se estaba masturbando ella también.

Aceleré la mano. Escuché cómo se iba subiendo por su cuenta, cómo respiraba entrecortada, cómo se le escapaban los mismos jadeos que le había arrancado yo en el pasillo. Me metí el tanga en la boca sin pensar. Sabía a sal, a coño, a mí. Me apreté los huevos con la mano libre y bajé y subí la otra a toda velocidad.

Renata pegó un grito largo, animal, y me imaginé la cara que estaba poniendo, la boca abierta, los ojos cerrados, los pezones duros bajo el agua. Me corrí en la taza con un gemido ahogado, escupí el tanga y me quedé apoyado contra la pared, con la polla en la mano y la respiración rota.

Mi musa de las pajas, pensé. Y me reí solo.

El domingo pasó entero sin que ella me llamara. Yo tampoco la llamé. Me quedé en casa, con el tanga colgado del respaldo de la silla del escritorio, oliéndolo cada vez que salía del cuarto y cada vez que volvía. A las once de la noche me hice otra paja imaginándome que ella estaba haciendo lo mismo en su cama, con dos dedos metidos y mi corrida seca todavía en la piel. Quizás sí. Quizás no. Nunca lo sabría.

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Comentarios(7)

GabrielCDMX

Tremendo relato!!! Me engancho desde el primer parrafo, no lo solte hasta el final.

MartinaLectora

Por favor tiene que haber una segunda parte, quede con ganas de mas. Muy bien escrito, se siente autentico.

Luca_Rdr

Me recordo a una situacion parecida que tuve con una amiga. El final fue diferente pero la tension del principio era identica jaja

Fede1985

Lo que mas me gusto es que la situacion no se siente forzada, fluye natural. Muy bueno.

MilaVelarde

Esa Renata... ¿esta basada en alguien real? Porque se siente demasiado verosimil para ser pura fantasia.

Caro_BsAs

jaja esas mañanas que empiezan de una manera y terminan de otra 😂 excelente

Polaquito_bsas

Desde la primera escena ya sabia que esto iba a ponerse bueno. No defraudo para nada.

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