Pedí que treinta desconocidos me usaran durante días
Llevaba años buscando algo más fuerte que un solo hombre. Aquel fin de semana, en mi casa de la sierra, treinta de ellos me esperaban junto a la piscina.
Llevaba años buscando algo más fuerte que un solo hombre. Aquel fin de semana, en mi casa de la sierra, treinta de ellos me esperaban junto a la piscina.
Le dijo a su marido que dormiría en casa de unas amigas. En realidad estaba desnuda en la caja de un camión, escuchando cómo afuera se formaba la fila.
Cuando la furgoneta frenó detrás de mí en plena madrugada, supe que esa noche no iba a terminar como cualquier otra. Y, para mi sorpresa, no quise que terminara.
En el coche solo llegaba la luz de una farola lejana y una desconocida que me agarró del culo apenas cerré la puerta. La noche todavía no había empezado de verdad.
Salimos a tomar el sol sin marcas y sin nadie alrededor. Lo que no imaginábamos era a cuántos íbamos a tener encima antes de volver al agua.
Tumbadas al sol después de lo que acababa de pasar, oíamos cómo se reían de él por no haberse atrevido. Y eso fue justo lo que nos hizo levantarnos.
Cuando me puso la venda en el portal, lo único que sentía era una gota que bajaba despacio entre mis muslos y el corazón a punto de salírseme.
Éramos cinco y él era uno solo, pero ninguna salió de aquella casa sin gritar su nombre al menos dos veces aquel fin de semana de calor.
Pensé que solo cenaría algo típico antes de dormir. No imaginé que esos dos chicos del bar me llevarían a la noche más desinhibida de mi vida.
Bajé las escaleras desnuda, les sonreí y solo puse una regla: subir sin ropa. Eran once, sudados y necesitados; yo llevaba demasiado tiempo viuda.