Confieso lo que pasó la segunda vez que cedí
Mi novio se fue de viaje treinta días y me prometí resistir. Duré quince. Lo que vino después me convirtió en alguien que ya no reconozco.
Mi novio se fue de viaje treinta días y me prometí resistir. Duré quince. Lo que vino después me convirtió en alguien que ya no reconozco.
Llevaba toda la noche con tres hombres y todavía me sentía insaciable. Así que tomé el teléfono y escribí: «¿Están listos para no dejarme dormir en todo el fin de semana?»
Cuando la mujer más elegante del salón me tomó de la mano y susurró «acompáñame», supe que esa noche no iba a parecerse a ninguna otra de mi vida.
Cierro la puerta del trastero, me cambio de ropa y me convierto en otra. Nadie en mi calle sospecha lo que voy a hacer esta noche, y eso es justo lo que más me gusta.
Fui a su casa para que dejara en paz a mi pareja. Salí de allí sabiendo que volvería el domingo siguiente, y el otro, y todos los que vinieran.
Cada noche se tocaba a escondidas y lloraba de culpa. Esa madrugada caminó hacia las dunas sin saber que el desierto guardaba un templo, y dentro de él, una figura que lo cambiaría todo.
Cuando la asistente del director me entregó la bolsa con la lencería, supe que no había vuelta atrás: esa noche pertenecía a todos los hombres de aquella sala.
Fingía esperar a alguien en la entrada cuando las tres se acercaron entre risas. Una me preguntó si tenía la noche libre. No imaginé hasta dónde iba a llegar todo.
Apagué el motor en el rincón más oscuro del área de servicio, me retoqué los labios en el retrovisor y supe que aquella noche no iba a marcharme sola.
Cuando los cuatro chicos entraron al apartamento a las cinco de la mañana, supe que iba a vivir algo que nunca le he contado a nadie.
Habíamos firmado el contrato sabiendo que el sábado sería peor que el viernes. Lo que no imaginábamos era hasta dónde pensaba llevarnos al bosque.
Cuando la correa roja se ciñó a mi cuello, entendí que era lo único que me separaba de todos los colmillos que me observaban desde la penumbra de aquella nave.
Conocía las reglas: una hora, sin límites pactados, cuatro contra mí. Lo que no sabía es cuánto me iba a gustar perder el control entre sus manos.
Esa mañana solo queríamos perdernos la una en la otra. No contábamos con que la favorita entraría con sus guardias y un castigo ya preparado.
Crucé la puerta esperando una fiesta normal. Encontré un patio lleno de chicas en bikini, ningún otro hombre y una anfitriona con una sonrisa que no era amable.
Damián aceptó el reto pensando en los mil dólares. No imaginó que terminaría atado en la arena, viendo a su esposa cabalgar a cinco desconocidos mientras él recibía las descargas.
Cada Navidad escondíamos nuestro secreto bajo ropa recatada. Este año abrí la puerta con mi mujer arrodillada y atada en el salón, esperando a los invitados.
Cuando me cambiaron el collar rojo por el verde, supe que ya no había nadie que impidiera a esos colmillos hundirse en lo más sensible de mi cuerpo.
Entró al bar buscando compañía barata. Salió de rodillas en un callejón, descubriendo que el placer y la humillación podían ser la misma cosa.
Creyó que esa noche mandaría él. En cuanto cruzó la puerta, las cuerdas ya estaban listas y sus sonrisas no tenían nada de inocentes.