Lo que el amo le ordenó decir frente a la cámara
La primera vez que Marcos la hizo arrodillarse frente a la cámara, Valeria sintió el calor de la vergüenza quemarle las mejillas. Era exactamente lo que él buscaba.
La primera vez que Marcos la hizo arrodillarse frente a la cámara, Valeria sintió el calor de la vergüenza quemarle las mejillas. Era exactamente lo que él buscaba.
Cuando salí del probador con esa minifalda diminuta, mi marido ya le había explicado las reglas al encargado. Solo me quedaba salir y dejarme mirar.
Cuando él sacó la lupa y le pidió que se tumbara al sol, ella supo que aquella prueba no tenía nada de científica. Con Marcos, nada era lo que parecía.
El desconocido del vagón metió la mano bajo su falda sin preguntar. Valeria no se apartó. Solo podía pensar en que ojalá fuera su hijo Marcos el que la tocara así.
Cuando empezó a faltarme el aire, supe que mi cuerpo iba a traicionar todo lo que mis padres me habían enseñado sobre el sexo y los hombres.
Entrenó a dos esclavos durante meses hasta quebrarlos. Cuando llegó el comprador, ella no imaginaba que el collar le quedaba perfecto a su cuello.
Marcos la penetró sin avisar y Nadia le tapó la boca al mismo tiempo. Sin aire, con cada embestida, Valeria entendió que el control lo tenía él, siempre él.
Cuando el contrabandista nos dijo el precio, todos nos miramos. No eran joyas ni dinero. Éramos nosotros, nuestros cuerpos, doce horas al día frente a sus cámaras.
Me cambié en el baño del café y crucé la puerta sabiendo que al otro lado ya no era la esposa de nadie. Era otra cosa.
Llevaba tres años siendo la novia perfecta de Andrés. Esa noche de viernes, con el móvil vibrando en el baño de la discoteca, supo que no iba a serlo por mucho más tiempo.
Valeria me mandó una foto en lencería antes de que él llegara. Solo quiero avisarte, escribió. Yo me quedé mirando su puerta desde la ventana.
A las 4:23 de la mañana recibí una llamada. Me dijeron que mi solicitud había sido aprobada. No recordaba haber solicitado nada. Pero me vestí antes de terminar de pensar.
Cuando abrí los ojos, mis muñecas estaban sujetas sobre mi cabeza y yo no tenía ni una prenda. El problema no era eso. El problema era que él sonreía.
Ella lo miró de arriba abajo y le dijo: «Caminas como si pidieras permiso para existir.» Tenía razón. Y era precisamente lo que ella quería de él.
Valeria entró al baño con su mochila y salió con una americana blanca y la sonrisa que jamás perdía. Lo que vino después tampoco lo olvidé.
Llevaba meses sin que nadie me tocara. Esa noche encendí el coche sin rumbo, pero mi cuerpo ya sabía exactamente adónde iba.
El vestido rojo, la maleta en la puerta y la mirada de una mujer que ya había decidido. Natalia le dijo que volvería el domingo. Si él quería.
Dejé a mi Cachorro en casa con la jaula puesta y conduje hasta La Guarida. La liquidación anual prometía exactamente lo que necesitaba.
Pensé que el simulacro de incendio duraría minutos. Dos horas después, en un aula sin señal y sin testigos, entendí que no había ningún simulacro.
Dos cuerpos rotos y agradecidos, dos collares de cuero negro. Nadia creía que era la cazadora. Hasta que el comprador abrió el maletín.