El mecánico se cobró la estafa entre mis piernas
Damián llegó a casa por tercera vez esa semana con la misma cara de perro apaleado, contándome que el mecánico le había encontrado otra falla al auto. Otro presupuesto, otra fortuna, otro plazo que se iba a la mierda. Mi marido es un buen hombre, pero es tan ingenuo que cualquiera con dos frases bien puestas le vacía la billetera. Y ese Iván ya le había sacado más plata de la que valía el maldito coche.
Esa noche, mientras Damián roncaba boca arriba después de dos cervezas, decidí que al día siguiente iba a arreglar las cuentas yo. No a los gritos. A mi manera.
Tengo treinta y ocho años, curvas de las que no piden permiso y un espejo que todavía me devuelve la sonrisa. Elegí un vestido rojo ajustado, sin sostén, sin bragas. Me pinté los labios de un rojo casi violento y me solté el pelo. Cuando pasé frente al taller a las cuatro de la tarde, Iván estaba solo, secándose las manos con un trapo negro.
—Vengo a hablar de la estafa —le dije de entrada, cruzando los brazos por debajo de las tetas para que las mirara. Y las miró.
Iván era grande. Espaldas anchas, mandíbula sucia de barba de dos días, cuarenta y tantos años bien puestos. Se rio bajito y me señaló la oficina del fondo con la cabeza.
—Pasá, señora. Discutamos.
La oficina era un cuartito con un escritorio manchado de aceite y un calendario torcido colgado sobre la pared. Cerró la puerta detrás de mí. No la trabó, pero cerró.
—Tu marido firmó todo —dijo, apoyándose en el escritorio con los brazos cruzados—. No hay estafa. Hay un cornudo que no entiende de autos.
La palabra «cornudo» me pegó abajo del ombligo antes de que pudiera pensar por qué. Me acerqué. Le puse una mano en el pecho, sentí el calor a través de la remera gris. Bajé la vista al bulto que ya se le marcaba en el pantalón de trabajo.
—Ah, ya veo que entendemos el problema —le dije—. Vos le robaste al idiota que se casó conmigo, y yo estoy acá para cobrarle.
Le desabroché el cinturón sin pedirle permiso. Iván no se movió: solo me miró con una sonrisa lenta, de tipo que ya sabía cómo terminaba la película. Le bajé el pantalón y el calzoncillo de un tirón, y ahí saltó una polla gorda, curva, más grande y más dura que la de Damián en su mejor día. Se me hizo agua la boca sin querer.
Me arrodillé en el piso de cemento, sin importarme el vestido. Le agarré la verga con las dos manos y la lamí de abajo hacia arriba, lento, mirándolo. Iván gimió por la nariz.
—Puta madre, señora —murmuró.
—No me digas señora cuando me tenés la polla en la cara —le contesté, y me la metí entera de una.
Se la chupé con rabia. Le pasé la lengua por el glande hinchado, le mamé las bolas peludas, se la volví a meter hasta que se me clavó en la garganta y me hizo lagrimear el maquillaje. Él me agarró el pelo con las dos manos y empezó a moverse solo, cogiéndome la boca a su ritmo. Yo lo dejé. Cada arcada que me arrancaba me mojaba más el coño.
—Así, chupámela como si tu marido no existiera —jadeó.
Me la saqué de la boca, con un hilo de saliva colgando entre los labios y el glande.
—Mi marido no existe acá adentro. Existís vos y lo que me debés.
Me levantó del pelo. Me dio vuelta y me tiró contra el escritorio. El vestido se me subió solo cuando me abrí de piernas apoyada en el borde. Sentí el aire fresco contra el coño empapado.
—No traés bragas —dijo, con la voz gruesa de sorpresa y de burla.
—Vine a cobrar. No a jugar a la doncella.
Me clavó dos dedos hasta el fondo sin aviso. Solté un gemido roto que ni siquiera intenté disimular. Los movió rápido, buscándome adentro, chapoteando en lo mojada que estaba. Me hablaba al oído mientras me abría el culo con la otra mano.
—Estás chorreando, puta. ¿Todo esto por venir a putearme un rato?
—Todo esto por venir a que me devuelvas lo que le robaste, hijo de puta. Meté la polla de una vez, o me voy y te denuncio.
No hizo falta que se lo repitiera. Sacó los dedos, se acomodó y me la clavó de un empujón brutal. Me sacó el aire. El escritorio tembló contra la pared. Me agarró de las caderas y empezó a cogerme como si me tuviera bronca acumulada de meses, embistiendo tan fuerte que las llaves inglesas colgadas del tablero tintineaban al ritmo.
—Así, así, dame más —le pedía yo, con la cara apretada contra los papeles del taller—. Con esto pagás la primera cuota.
Me cogió de pie primero y después me dio vuelta, me sentó sobre el escritorio con una pierna en alto y volvió a metérmela de frente, para que le viera todo. Me chupó los pezones por encima del vestido bajado, me mordió el cuello, me escupió en la boca y me hizo tragar. Yo lo insultaba entre embestidas.
—Estafador de mierda, tenés la polla más rica que el pelotudo con el que me casé, ¿sabías?
—Me lo imaginaba, señora —se rio, sin bajar el ritmo—. Se te notaba en la puerta.
Me corrí antes de darme cuenta. Fue un orgasmo largo, sucio, que me sacudió las piernas y me hizo apretarlo por dentro como una tenaza. Iván aguantó unos segundos más y después me sacó la polla, me giró y me tiró toda la corrida encima de las tetas, del cuello, hasta la boca. Yo abrí la lengua sin que me lo pidiera.
—Buena chica —dijo, secándose las manos con el trapo negro.
—Todavía me debés plata —le contesté, tragando.
Sacó un fajo de un cajón del escritorio sin discutir. Me lo dejó sobre el vientre. Me lo guardé en el escote sin contarlo.
—La próxima cuota, cuando vuelva. Y voy a volver.
***
Volví al martes siguiente. Y al otro. Y al otro.
Le inventé a Damián que había reclamado y que el mecánico había aceptado devolver la plata en cuotas «por miedo a que lo denunciara». Mi marido me abrazó agradecido y me dijo que era la mujer más lista que conocía. Esa noche me tapé la boca cuando lo sentí subirse encima con su ansiedad de siempre y terminar en dos minutos, mientras yo pensaba en la polla curva de Iván apretándome contra el escritorio.
Iván aprendió mi cuerpo mejor que Damián en diez años. Aprendió que si me lamía el clítoris en círculos me corría en menos de dos minutos, y que si me lo lamía en línea recta yo podía aguantar media hora, cabalgándole la cara mientras le tiraba del pelo. Aprendió que me gustaba que me dijera puta, pero no zorra: no supe explicarle por qué, y a él no le importó. Aprendió que si me clavaba dos dedos en el coño mientras me la metía por el culo, yo me corría gritando y arañándole la espalda.
Lo hicimos sobre autos con el motor todavía caliente. En el asiento trasero del coche de Damián, la vez que Iván lo tuvo en el taller «para una revisión de motor». En un motel de ruta donde el mostrador olía a lavandina. Contra la pared de mi propia cocina, un lunes al mediodía, con la luz del sol partiéndole la espalda mientras me sostenía en el aire agarrada de sus hombros.
—¿Todavía te dice cornudo? —le pregunté un día, con la boca llena de él.
—Todavía firma presupuestos sin leer —me contestó él, empujándome la cabeza más abajo.
***
La tarde en que Damián me contó, temblando de indignación, que el mecánico le había armado otro presupuesto y que quería ir «a partirle la cara», yo no pude parar de reírme por dentro. Lo abracé, le acaricié la nuca, le prometí que iba a acompañarlo a hablar. Y esa misma noche, mientras Damián dormía roncando de vuelta, le mandé a Iván una foto sin ropa, tirada en la cama matrimonial, con el mensaje: «El pelotudo quiere ir a discutir el presupuesto. Vení mañana a cobrar la próxima cuota».
Iván llegó a las once, cuando Damián ya estaba en el trabajo. Me la cogió en el mismo colchón donde mi marido roncaba cada noche. Primero de espaldas contra el respaldo, con las piernas abiertas al techo mientras él me sostenía las rodillas y me clavaba la polla con embestidas lentas, mirándome a los ojos. Después boca abajo, con la cara aplastada contra la almohada de Damián y las manos de Iván tirándome del pelo hacia atrás.
—Me huele el perfume del cornudo —jadeó él, riendo, con la boca pegada a mi oreja—. Y yo te la meto sobre su sudor.
—Cállate y seguí —le pedí, mordiendo la funda.
Después me subió arriba. Yo cabalgándolo, con las tetas rebotándome contra su cara mientras me clavaba las uñas en los muslos, y él pellizcándome los pezones hasta hacerme aullar. Me llenó dos veces sin salirse: una vez por el coño y otra, veinte minutos más tarde, por el culo, después de escupirme entre las nalgas y abrirme despacio con los dedos. Me corrí dos veces más entre las dos, mordiéndole el hombro para no gritar demasiado por si algún vecino escuchaba.
Cuando terminó, se recostó, se prendió un cigarrillo apoyando el cenicero sobre la mesita de luz de Damián y me acarició el pelo mientras yo le lamía la polla blanda y todavía pegajosa.
—Un día se lo vas a tener que contar —dijo, mirando el techo.
—Un día —le contesté, sin dejar de lamer.
Ese día todavía no llegó. Damián sigue firmando presupuestos que no entiende, sigue creyendo que el mecánico le devuelve la plata «en cuotas», sigue durmiéndose apenas termina y sigue sin darse cuenta de que la polla que me hace gritar no es la suya. Iván todavía me cobra la deuda tarde por tarde, sobre el escritorio manchado de aceite, contra la puerta del taller, sobre el capó de cualquier auto que tenga a mano.
Todavía tengo que devolverle a mi marido cada peso que ese hijo de puta le sacó. Todavía no lo hice. Y cada vez que Iván me empuja contra la pared y me susurra al oído «¿otra cuota, señora?», yo abro las piernas sin pensarlo y le pago con el único capital que a esta altura me quedan ganas de invertir.