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Relatos Ardientes

Mi mejor amiga me pidió ser su novia en secreto

Subí las escaleras con el corazón acelerado, impaciente por saber qué le había pasado a Julia con Nicolás. Cuando abrí la puerta de la habitación, la vi acurrucada de lado en la cama, desnuda, con las manos tapándole la cara. Sentí una punzada en el estómago al ver el bikini blanco tirado sobre la alfombra.

Me agaché a recoger la braguita por instinto. Estaba rota: la tela lateral, cortada de un tirón. Cuando la levanté, sentí los dedos mojados. Además de rota, estaba empapada. Miré a mi amiga, después a la prenda, y otra vez a ella. Un calor extraño me subió por el pecho.

Me senté con cuidado en el borde del colchón y apoyé la mano en su rodilla. Julia se estremeció al contacto, como si tuviera el cuerpo eléctrico. Fue entonces cuando vi la huella de una mano marcada en rojo sobre su nalga pálida.

—¿Estás bien, cielo? —le pregunté bajito.

Ella apartó una de las manos de la cara. Tenía los ojos hinchados, no de llanto sino de algo más difuso: vergüenza, susto, morbo, todo mezclado.

—No lo sé —susurró.

—¿Te hizo daño? —le mostré la braguita rasgada—. Julia, si te hizo daño te juro que lo mato.

—No. No me hizo daño —negó con la cabeza y su voz sonó más firme—. Abrázame, por favor. Necesito que me abraces.

Me tumbé a su lado y la envolví. Ella hundió la cara en mi cuello. Estaba caliente, olía a sudor y a algo más, algo mineral y espeso que no supe nombrar en ese momento.

—Marina… —murmuró contra mi piel—. No sé cómo pasó. Terminamos follando. Ay, Dios, no me lo puedo creer.

—Solo terminaste haciendo algo que deseabas hace tiempo, mi amor —le acaricié el pelo—. Llevas meses hablándome de él.

—Me siento tan rara. Era una fantasía, algo que me daba morbo pensar mientras me tocaba de noche. Pero de ahí a hacerlo… Es Nicolás, joder. Es el mejor amigo de Andrés.

—¿Te sientes mal por haberlo hecho?

—Me siento avergonzada. Nunca sentí nada igual con Andrés. Ni de lejos.

Le pasé los dedos por la mejilla.

—Estamos las dos demasiado faltas de sensaciones fuertes, cariño. Llevamos años en piloto automático. Tu cuerpo encontró una vía de escape con Nicolás y no tiene por qué darte vergüenza.

—Ya, pero es que tenías que verme. Estaba fuera de mí. Le monté encima como una loca. Le pedí cosas que jamás dije en voz alta.

—No te vi, pero te escuché.

—¿Me escuchaste? —levantó la cara del cuello para mirarme.

—Sí, tonta —sonreí—. En esta casa se oye todo. Y vosotros teníais la ventana abierta. Cómo hiciste gemir al grandullón, condenada. Nunca lo había oído así.

Julia sonrió por primera vez, todavía roja.

—Es que me lo follé como una loca. Se la chupé, Marina. Y sabes qué… lo hice correrse en mi boca. Yo. Que no le trago a Andrés desde hace quince años.

Nos reíamos como dos crías contándose una travesura. Me contó cada detalle: cómo Nicolás la había empotrado contra la puerta, cómo la había mordido en el cuello, el tamaño de su polla, cómo se la había metido hasta el fondo de un solo golpe. Yo escuchaba con la boca entreabierta. Sentía un cosquilleo que empezaba en la nuca y bajaba, bajaba.

—Te está poniendo cachonda que te lo cuente, ¿eh, cochina? —me pinchó.

—Cochina tú, que te acabas de follar al grandullón —le devolví, sonrojándome.

—Pero te pone.

—Sí, no sé —admití—. Me pone imaginarte con él.

Le acaricié el muslo distraída. Fue entonces cuando volví a ver la mano marcada en su nalga y no pude evitarlo. La giré un poco y le pasé los dedos por la huella.

—Se te quedó marca. Mira qué animal.

—¿En serio? —se dobló para verse—. Joder, cómo pega el cabrón.

—¿Te dolió?

—Un poco. Pero mientras lo hacía me ponía a mil.

Fue entonces cuando lo vi. En medio del colchón había un cerco enorme de flujo y, en el centro, un charquito blanco. Semen. Semen de Nicolás sobre lo que había soltado Julia. Sin pensarlo, acerqué el dedo y lo mojé.

Julia me miraba fijo. Me llevé el dedo a la nariz. Después a la boca. Lo saboreé con la punta de la lengua.

—Es su semen —me dijo la rubia con una voz nueva, más ronca—. Estás probando el semen del grandullón. Y por tu cara veo que te gusta.

Asentí sin sacarme el dedo de la boca.

—Toma. Toma más —Julia recogió otra gota con el dedo y me lo ofreció—. Chupa, que veo que te gusta. A mí también me encantó.

Le chupé el dedo entero, sin cortarme. Ella se mordió el labio. Después bajó su propia mano hasta el coño, se hurgó dentro con dos dedos y los sacó empapados.

—Toma, Marina —me pasó los dedos por los labios—. Dentro todavía tengo su leche. Está mezclada con lo mío.

Me relamí despacio. Le agarré la muñeca, le metí los dedos en la boca y los lamí uno por uno, saboreándolos, chupándolos hasta el nudillo. Julia gimió.

Y ya no pude parar. La empujé por los hombros, la tumbé de espaldas y le abrí las piernas de golpe. Hundí la cara entre sus muslos y le pasé la lengua por el coño de arriba abajo, con hambre.

—Ay, cochina, cochina —me acariciaba el pelo—. Cómo te gusta mi coño, y encima con semen del grandullón. Límpialo bien, que no quede nada.

Le comí el coño despacio, chupando cada pliegue. Sentía el sabor salado de Nicolás mezclado con el suyo y me temblaban las piernas. Pensar que la polla de ese hombre había estado ahí adentro, embistiéndola, corriéndose dentro de ella, me tenía las bragas empapadas. Le succioné el clítoris hasta que la sentí arquearse.

—Me corro, Marina, me corro. Me encanta cómo me lo comes.

Sus caderas empezaron a sacudirse contra mi boca. Sentí en la lengua un chorro caliente que tragué gustosa. Le seguí lamiendo mientras ella temblaba, cada vez más suave, hasta que se quedó floja sobre el colchón.

—Dios —susurró—. Dios, Marina.

Me subí a su lado y la abracé. Nos quedamos así un rato largo, sin hablar, escuchándonos respirar.

***

Cenamos en el jardín, sentadas en una manta sobre el césped. Nos habíamos puesto los camisones cortos de verano y nada debajo. La luna estaba llena y grande, y nos mirábamos con la complicidad de quien acaba de cruzar una línea sin poder volver atrás.

—¿Quieres más Coca-Cola? —le pregunté.

—Sí, por favor.

Estiré el cuerpo hacia la botella y abrí las piernas más de lo necesario. El camisón se me subió hasta la cintura. Julia se quedó embobada mirándome el coño mientras yo servía la bebida.

—Toma, cielo —le pasé el vaso, sonriendo—. No me estarías mirando el chochete, ¿no?

—¿Yo? Qué va —soltó una carcajada nerviosa.

—Pues sí. Y sabes por qué te miraba, cochina —le dije—. Porque me encanta.

Se abalanzó sobre mí y me tiró de espaldas sobre la manta. Intentó meter la cabeza entre mis piernas, pero yo las cerré con fuerza, muerta de risa.

—¿Qué haces? —reía—. ¿Qué quieres?

—Quiero besarlo.

—No, no. Que estamos cenando.

—Por favor —me rogaba.

—¿Así te enseñaron a conseguir las cosas? ¿Por la fuerza? —le regañé sonriendo—. Las cosas se piden bien.

Julia apoyó la barbilla en mis rodillas flexionadas y me miró con esos ojos claros que siempre me desarmaban.

—¿Me dejas besarlo, por favor?

—Así se piden las cosas —le separé las piernas.

Se acercó y empezó a darme besos sonoros en el coño. Muack, muack, muack, con los labios cerrados, como una niña dando besos de buenas noches. Me estaba volviendo loca. Cada beso me hacía vibrar los labios de abajo. Cuando dejó de besarme y se apartó, gemí de frustración.

—Sigue —le pedí—. Sigue.

—No, no, ya está.

—No seas mala.

—¿Así te enseñaron a pedir las cosas? —me devolvió, riéndose.

—Julia —gemí—. Julia, por favor. Dame más besitos.

—¿Y dónde quieres tus besitos, cielo? ¿En la cara? ¿En el cuello? Tienes que pedírmelo bien.

—Dame más besitos en el coño, por favor.

—Claro que sí, cariño —se metió entre mis piernas—. Siempre te daré besitos donde quieras… —lo besó— cuando quieras… —lo besó otra vez— y como quieras.

Me estaba derritiendo.

—¿Como quiera también? —le pregunté entre gemidos.

—Sí. De la forma que quieras.

—Dame esos besos con la lengua, cielo.

Me morreó el coño. Literalmente. Como quien besa una boca, con los labios abiertos, mordiendo el clítoris despacio, metiendo la lengua entre los pliegues. Me corrí ahí, sobre el césped, bajo la luna llena, mordiéndome el brazo para no gritar.

***

Nos metimos en la piscina un rato para refrescarnos. Salimos del agua de la mano y nos tumbamos sobre las toallas, con la mano cada una en la cintura de la otra. Silencio. La luna se reflejaba en el agua quieta.

—¿En qué piensas, cariño? —le pregunté.

—En tantas cosas.

—¿Me quieres contar?

Se giró y me quedó mirando de frente, apoyada en un codo.

—Antes te veía nadar y no podía dejar de mirarte el culo y acordarme de lo de esta mañana.

—¿En serio?

—¿Cómo me voy a olvidar? Fuimos unas cochinas.

—Pero nos pusimos cachondísimas —le agarré la mano y me la llevé al coño—. Mira cómo se me puso solo con recordarlo.

Estaba empapada de nuevo. Julia gimió al tocarme.

—A ver el tuyo —le dije, metiendo la mano bajo el camisón—. Uff. Chochete, siempre estás mojado.

—Por tu culpa. Marina… —se acercó y me olió el cuello con los ojos cerrados—. Hueles tan bien.

—¿Huelo bien?

—Sí. Muy bien —se quedó un segundo callada, dudando—. Sabes que si te pido una cosa vas a pensar que soy una cochina, pero… ¿me dejarías olerte el agujerito?

—¿Como esta mañana?

—No. Directamente. Con la nariz pegada.

—Julia —me reí, sorprendida—. Eres una cochina.

—Lo sé.

—Te dejaré con una condición.

—¿Cuál?

—Que tú me dejes olerte el tuyo.

Nos reímos juntas, nerviosas como dos adolescentes que planean saltarse una clase. Nos besamos bajo la luz de la luna y subimos a la habitación cogidas de la mano.

***

Cerré la puerta con pestillo. En la penumbra del cuarto solo se oía nuestra respiración. Nos abrazamos por la cintura y empezamos a besarnos despacio, dejando que los besos subieran de intensidad solos. Los camisones cayeron al suelo. Nuestras tetas se aplastaban una contra la otra. Mis manos le apretaban las nalgas y ella hacía lo mismo con las mías, y sentía cómo nuestros coños se mojaban al chocar.

—Joder, qué gusto —jadeó Julia—. Hazlo más fuerte.

Empujaba mi pubis contra el suyo cada vez con más ganas. Nos frotábamos de pie, agarradas, gimiendo bajito. De pronto Julia se apartó un poco y miró hacia abajo.

—Mira.

Desde nuestros coños bajaban lentamente hilos de flujo por la cara interna de los muslos, brillando bajo la luz de la lámpara.

—La esponjita está rebosando —le dije.

—Y la tuya.

Julia me metió un dedo entre las nalgas, buscando. Yo hice lo mismo. Cuando los dos dedos encontraron a la vez los dos anos, nos miramos a los ojos. Apreté con el mío. Ella hizo lo mismo. Cerré los ojos al sentir la presión.

—Mírame —me pidió, jadeando—. Tienes que mirarme.

Abrí los ojos. Con los dedos metidos en el culo de la otra, nos sostuvimos la mirada. Ella movió el suyo un centímetro más adentro y gemí sin querer. Sonrió.

—¿Te gusta?

—Sí. Julia, necesito olerme el dedo.

—Hazlo, cielo —me besó en los labios—. Sácalo y huélelo.

Saqué el dedo despacio, lo levanté entre nuestras caras e inspiré profundo. Ella se estremeció al ver mi cara.

—¿Te gusta el olor de mi culo? —me preguntó, con la voz cortada.

—Sí, cariño. Me encanta.

—Chúpalo. Prueba el sabor de mi culo y vuelve a metérmelo.

Me metí el dedo en la boca. Julia sacó el suyo del mío, lo olió y se lo metió también en la boca, saboreándolo como si fuera lo más rico del mundo. Los volvimos a meter. Los sacábamos y los metíamos con más soltura cada vez, los anos cediendo. Después Julia sacó otra vez el dedo del mío y me lo acercó a la nariz.

—Huele, cielo. Mira qué bien huele tu culo.

Con cierto pudor acerqué la nariz. Su dedo olía a mí, a piel, a algo mineral y cerrado. El morbo me pudo. Inspiré más profundo.

—Chúpalo.

Abrí la boca y ella me metió el dedo. Cerré los labios y lo saboreé despacio.

—¿Te gusta?

—Sí… sí. Me gusta el sabor de mi culo.

—A mí me encanta.

Sin dejarme respirar, me giró de espaldas. Sentí que se arrodillaba detrás de mí y que me abría las nalgas con las dos manos. Me tembló todo cuando le sentí la nariz pegada al agujerito, inspirando profundo.

—Dios, Julia.

—Me encanta cómo huele tu culo. Lo tienes dilatado, cochina.

Empujó con la cara y caí de bruces sobre la cama. Un segundo después sentí su lengua abrirse paso adentro de mí. Suave. Húmeda. Insistente. Empezó a meterla y sacarla, mientras con dos dedos me abría el coño y me pellizcaba el clítoris.

—¿Qué haces? —jadeé—. Serás… serás… Dios, me voy a correr.

Hundí la cara en el colchón. Me corrí ahí, con la lengua de mi amiga metida en el culo y el clítoris latiéndome como un tambor. Cuando Julia se apartó, sentí cómo mi ano se contraía y se abría, buscando aire.

—Cielo —dijo entre risas—. Se te contrae como la boquita de un pez.

—Cállate, tonta —le supliqué, roja hasta las orejas.

Se tumbó a mi lado y me abrazó. Yo la miré, agotada, agradecida, todavía sin creerme lo que acabábamos de hacer. Después vi sus nalgas.

—¿Quieres tú? —sonrió, echando las manos atrás para abrirse—. ¿Quieres olérmelo?

Me puse de rodillas detrás de ella. Le olí el culo con la nariz pegada, le pasé la lengua por el agujerito y la sentí gemir. Después subí, me tumbé encima. Le pegué mi coño al suyo, la miré a los ojos y empecé a frotarme.

Era una sensación deliciosa. Su clítoris hinchado resbalando sobre el mío, los dos coños empapados restregándose. Nos frotábamos cada vez más fuerte y la cama crujía debajo.

—¿Te gusta cómo te follo? —le dije, sorprendida por mis propias palabras.

—Dios. Tu coño quiere comerse el mío —Julia jadeaba, fuera de sí—. Fóllame, cielo. Ahora tú eres mi hombre.

—Sí. Te estoy follando, Julia. Soy tu hombre. Soy lo que tú quieras.

—Si eres mi hombre, quiero que me corras dentro. Échame la leche, cariño. Estoy necesitada de macho.

—Voy a correrme, Julia.

Empujé fuerte una última vez y me corrí frotándome contra ella. Ella arqueó la espalda y me contestó con otro orgasmo violento, agarrándome de las caderas para que no parara. Sentí sus chorros calientes contra mi pubis y ella sintió los míos. Nos quedamos abrazadas, jadeando, con la piel resbaladiza de sudor y de todo lo demás.

—¿Y tú cómo me dices que sea tu hombre? —le pregunté, riendo—. ¿Tengo yo cara de hombre?

—Me salió. Me estabas follando con tanta fuerza —Julia me acariciaba la cara—. Pero vi que te dio morbo que te lo dijera.

—Me subió por dentro, no te voy a mentir.

—¿Querías ser mi macho?

Me sonrojé.

—Soy bastante femenina para ser tu macho.

—Claro que lo eres. Y por eso me tienes como me tienes. No cambiaría este chochete —me lo acarició— por ninguna polla.

—¿Por ninguna? ¿Segura?

—Ni por la de Nicolás. Si tengo que elegir, me quedo contigo. Como dice la canción.

La abracé y la besé. La besé mucho rato.

—No quiero que esto termine nunca —le dije al oído.

—¿Este fin de semana?

—Este fin de semana tampoco. Pero digo… esto que tenemos.

Julia se apartó un poco y me miró seria.

—Nuestros maridos son amigos de toda la vida. Si lo hacemos bien, podemos seguir así mucho tiempo. Cuando quedemos para vernos, ellos jamás se van a imaginar nada raro.

—¿Qué me estás proponiendo, Julia?

—Ser tu novia. A escondidas. Como dos parejas, pero solo tú y yo lo sabemos.

—¿Novia?

—Sí. De puertas para dentro. Podemos llevar a los niños al parque juntas, ir de la mano por la calle como hicimos siempre, cenar los martes… nadie va a pensar que somos otra cosa que amigas.

—Dios.

—Nadie se imagina que dos amigas de veinte años como nosotras se comen los coños.

—Ni los culos —gemí, todavía sin recuperarme del todo.

—¿Quieres ser mi novia? A escondidas de nuestros maridos.

Nos volvimos a mojar solo con hablarlo. Julia me metió los dedos y empezó a masturbarme despacio mientras me lo decía. Yo la masturbaba a ella, apretándole el clítoris con el pulgar.

—Sí… sí, quiero ser tu novia —jadeé—. Me voy a correr otra vez, cariño.

—Yo también. Somos novias. Nos corremos juntas.

Nos besamos con la boca abierta, mirándonos a los ojos, y nos vinimos las dos casi al mismo tiempo, agarradas de la nuca.

***

Apenas dormimos un par de horas esa noche. La cama era un desastre. Follamos hasta el amanecer, nos comimos los coños, los culos, las tetas. En las treguas para respirar nos dábamos besos sueltos, caricias en la espalda, miradas largas. A las siete de la mañana caímos rendidas, abrazadas, con una sonrisa idiota en la cara.

Antes de cambiar la cama, volvimos a follar. Con la promesa de vernos el lunes por la noche. Julia iba a trabajar por las tardes esa semana, y a nuestros maridos les diríamos que íbamos al cine juntas.

Ninguna de las dos lo dijo en voz alta, pero las dos sabíamos que aquel fin de semana lo había cambiado todo para siempre.

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Comentarios(7)

Valentina_78

que bueno!!! necesito la continuacion ya jajaja

lectura_nocturna7

Me encanto como lo narraste, se siente super real sin ser burdo. Sigue escribiendo!!!

Karla_Noc

Este relato me hizo recordar cosas de la secundaria que creía olvidadas jaja. Muy lindo

MilagrosSalta

increible!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo, gracias

LectoraBA

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue

Pili_Nocturna

El inicio engancha desde la primera linea, no pude parar de leer. Me gusto mucho

curiosaBA

Que narrativa tan natural. Se nota que no es forzado, que fluye solo. Espero mas relatos así

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