Lo que hice en mi despedida nunca se lo conté a él
Faltaba una semana para mi boda y mis amigas insistieron en organizarme la despedida que, según ellas, me iba a recordar quién era yo antes de firmar el papel. Arrendaron una casa grande en las afueras, de esas con piscina y un salón enorme, lejos de cualquier vecino que pudiera quejarse. Llevaron comida, botellas de más, música y una bolsa de regalos que daban vergüenza de solo mirarlos: consoladores de goma, esposas de peluche, un mazo de cartas con posiciones ilustradas. Solo mujeres. Esa era la condición.
Yo me llamo Carola, aunque esa noche dejé de sentirme como Carola en algún momento que todavía no sé ubicar con exactitud.
Empezamos temprano, con el típico recorrido de fotos antiguas, brindis y bromas sobre mi futuro marido. Mi madre estuvo un rato, también dos tías y un par de primas, pero todas ellas tenían la decencia de retirarse antes de que la cosa se pusiera intensa. A eso de la una de la mañana ya quedábamos las del círculo cercano: las amigas de la universidad, mi prima Daniela y dos compañeras del trabajo. Estábamos achispadas, no borrachas, pero sí en ese estado en el que una se ríe de cualquier cosa y baja la guardia sin darse cuenta.
Y entonces apagaron las luces.
Me sentaron en una silla en el centro del salón, justo bajo la lámpara, como si fuera el premio de una rifa. Sonó una música pegajosa, fuerte, y desde un rincón se encendieron unas luces de discoteca que mi amiga Renata había instalado a escondidas. Yo no entendía nada hasta que se abrió la puerta del fondo y entraron cuatro hombres vestidos de frac.
—¡No me hagan esto! —grité, riéndome y tapándome la cara.
—Te lo mereces, futura señora —dijo Renata, y todas aplaudieron.
Eran espectaculares. No el típico bailarín de catálogo, sino cuatro tipos de verdad, con cuerpos trabajados y esa seguridad de quien sabe que está siendo mirado y lo disfruta. Empezaron a moverse alrededor mío y poco a poco fueron quitándose la ropa. Primero la chaqueta, que lanzaron al aire entre los gritos de mis amigas. Después la camisa, botón por botón, mirándome a los ojos como si el resto del salón no existiera.
Yo estaba cohibida. Estar en el centro de todo me daba una vergüenza que me apretaba el estómago, pero no podía dejar de mirarlos. Cuando se bajaron los pantalones y quedaron en unas tangas mínimas, sentí calor en la cara y un tirón húmedo entre las piernas que ya no pude ignorar. Se me pegaron las bragas al coño y aparté un poco los muslos, aliviada de que la falda del vestido tapara lo que estaba sintiendo.
—Tócalo, no muerde —me susurró uno al oído, tomándome la mano y llevándola a su abdomen.
Y lo toqué. Tenía la piel firme, los músculos marcados, ni un solo vello, como si los hubieran pulido para la ocasión. De a poco fui entrando en confianza. Les pasaba las manos por el pecho, por la espalda, y cuando uno se daba vuelta y se inclinaba, me atrevía a apretarle el trasero, duro como una piedra. Mis amigas gritaban cada vez que lo hacía, y eso, en lugar de avergonzarme más, me soltaba. Uno me tomó la mano y la puso directo sobre el bulto de su tanga. Sentí el pedazo de carne caliente latiendo bajo la tela y se me escapó un jadeo que la música ahogó a tiempo.
***
De los cuatro, hubo uno que se quedó conmigo más tiempo del que correspondía. Era moreno, joven, no debía pasar de los veinticinco, con una sonrisa que parecía decir cosas que la música tapaba. Mientras los otros tres repartían su atención entre el resto de las chicas, él volvía siempre a mi silla, como si lo demás fuera trámite y yo fuera lo que de verdad le interesaba.
Se sentó en mi falda, de espaldas primero, moviéndose despacio, restregándome el culo contra el coño con un ritmo que me estaba volviendo loca, y después se dio vuelta para quedar frente a mí, a horcajadas, con la verga apuntándome directo al vientre. La tela mínima que llevaba no disimulaba absolutamente nada, y yo, envalentonada por el alcohol y por las risas de mis amigas, le enganché los dedos en el elástico y se la bajé un poco.
Tragué saliva. No pude evitarlo. Lo que asomó era enorme, gruesa, la cabeza brillante y roja, con una gota transparente colgando de la punta. Verla tan cerca de mi cara me hizo perder el hilo de lo que estaba pasando alrededor.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, con la boca pegada a mi oreja.
No le respondí con palabras. La tomé con la mano, sin vello, suave, tibia, y la apreté hasta sentir cómo latía contra mi palma. Se la corrí despacio, arrastrándole el prepucio hacia atrás, y esa gota se me quedó pegada al pulgar. Él me miraba con una expresión que yo quería creer sincera, aunque una parte de mí sabía que probablemente era parte del trabajo, parte del personaje. En ese momento no me importó. Sus manos encontraron el cierre de mi vestido y lo abrieron lo justo para amasarme las tetas por encima del sostén. Al ver que yo no lo detenía, metió la mano bajo la copa y me pellizcó el pezón entre el índice y el pulgar, retorciéndolo al mismo ritmo en que yo le corría la polla a él.
La sentía crecer entre mis dedos, las venas marcándose, la piel estirada, y eso me tenía hipnotizada. Miré un segundo hacia los costados y descubrí que ya nadie me prestaba atención.
***
Mis amigas estaban en su propio mundo. Daniela tenía a uno de los chicos prácticamente encima, con la mano metida dentro del pantalón, mordiéndose el labio; Renata se reía a carcajadas mientras otro le bailaba con la verga afuera rozándole la mejilla; y las del trabajo formaban un enredo de brazos y piernas en el que ya no se distinguía a quién pertenecía cada cuerpo. La música seguía fuerte. Las luces seguían girando. Nadie nos miraba.
Tuve un destello de lucidez. Me detuve. Le aparté la mano con suavidad y le dije:
—Espera. Bailemos un rato, mejor.
—Como tú quieras —respondió, sin dejar de coquetear—. Pero te aviso que nadie nos está mirando.
Volví a mirar alrededor. Tenía razón. Estábamos en una isla en medio del salón, invisibles, como si la fiesta se hubiera disuelto y solo quedáramos él y yo bajo esa luz. Me tomó de la mano. Solo un poco más, me dije, solo hasta la puerta. Pero los pies me siguieron solos.
Nos escabullimos por el pasillo hasta una de las habitaciones del fondo. Cerró la puerta con el pie y de golpe la música quedó lejos, amortiguada, como un latido detrás de la pared. En ese silencio relativo todo se volvió más real y más peligroso al mismo tiempo.
—No deberíamos —dije, aunque ya me estaba apoyando contra él, buscándole la polla con la cadera.
—Entonces dime que me detenga —respondió, mordiéndome el cuello.
No lo dije.
***
Me terminó de bajar el vestido sin apuro, dejándolo caer hasta el suelo. Me besó el cuello, los hombros, bajó por el escote y me fue desnudando con una paciencia que me ponía nerviosa, porque me daba tiempo a pensar y a la vez no me dejaba detenerme. Me desabrochó el sostén de un solo tirón y las tetas me cayeron libres contra su pecho. Se agachó a chuparme un pezón, primero con la punta de la lengua, después metiéndomelo entero en la boca y succionando fuerte, mientras con la otra mano me pellizcaba el otro. Yo se lo apreté contra la cara, arqueando la espalda, y sentí cómo se me empapaban las bragas de golpe. Cada vez que mi cabeza intentaba recordarme que en una semana me casaba, su boca encontraba un lugar nuevo y la idea se disolvía.
Me recostó en la cama. Me arrancó las bragas de un tirón, las miró un segundo empapadas en su mano y las tiró al suelo. Me abrió las piernas con las dos manos, sin ceremonia, y se quedó mirándome el coño abierto como si nunca hubiera visto uno. Yo intenté cerrarlas de vergüenza, pero él me sostuvo los muslos y bajó la cara.
—Estás empapada —murmuró, y me sopló encima antes de lamer.
Me pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, lento, deteniéndose en el clítoris para chupármelo con los labios como si fuera un caramelo. Yo me arqueé y le agarré la cabeza sin pensarlo, apretándosela contra el coño. Me metió dos dedos y empezó a moverlos hacia adentro y hacia afuera mientras me la chupaba, buscando ese punto blando donde una se rompe, y lo encontró rápido. Me corrí en su boca la primera vez sin aviso, gritando contra la almohada, con las piernas temblándome sobre sus hombros. Él ni se detuvo. Siguió lamiendo mientras yo me sacudía, alargándome el orgasmo hasta que le empujé la cara porque no aguantaba más.
—Todavía no terminamos —dijo, subiendo con la boca brillante.
Se puso de rodillas entre mis piernas y se agarró la polla con la mano. Estaba durísima, gruesa, y me la pasó por los labios del coño, restregándomela arriba y abajo, mojándose la punta con mi flujo. Yo levanté la cadera buscándola, sin vergüenza ya, y él sonrió al ver cuánto la quería adentro. Me la metió de un solo empujón, hasta el fondo, y se me escapó un gemido que me tapé con la mano.
—No te aguantes —murmuró, saliéndose casi entera antes de volver a clavármela—. Aquí no te conoce nadie.
Y tenía razón otra vez. Ahí dentro yo no era la novia, no era Carola, no era la mujer que al día siguiente probaría el vestido blanco. Era solo un coño mojado dispuesto a que se lo cogieran, sin nombre y sin culpa, al menos por esa hora.
Empezó a follarme fuerte, agarrándome de las caderas, con esos golpes secos que me hacían temblar las tetas y la cabecera de la cama. La habitación se llenó del ruido húmedo de su polla entrando y saliendo, del choque de nuestras pieles, de mis jadeos que ya no me molestaba en disimular. Me dio vuelta boca abajo, me levantó el culo con las dos manos y me la metió por detrás, agarrándome de la cintura, cogiéndome como si tuviera que dejarme una marca. Yo hundía la cara en la almohada y le devolvía las embestidas, empujando el culo hacia atrás, pidiéndole más sin palabras.
—Así, puta, dame ese coño —me gruñó al oído, y en lugar de ofenderme me apreté más fuerte alrededor de su verga.
Me hizo cabalgarlo después, sentada encima, con las manos apretándome las tetas mientras yo subía y bajaba. Le veía la cara de placer, la boca abierta, los ojos clavados en el punto donde nuestros sexos se encontraban, y me sentí poderosa por primera vez en toda la noche. Me corrí otra vez así, moviéndome sobre él, sintiendo cómo su polla me llenaba entera, y cuando le empezaron a temblar los muslos supe que él también estaba cerca.
Me levantó, me acostó de espaldas otra vez, se sacó la verga del coño y se la agarró a dos manos justo encima de mi vientre. Se corrió con un gruñido largo, chorros gruesos y calientes que me cayeron sobre las tetas y el estómago, tantos que me sorprendió cuánto tenía guardado. Metió la punta entre mis pechos y me apretó las tetas alrededor, apurando las últimas gotas contra mi cuello. Yo me pasé un dedo por la piel manchada, lo miré y me lo llevé a la boca, sin saber muy bien de dónde me salía ese descaro.
—Puta madre —dijo, todavía respirando fuerte—. Tu marido tiene suerte.
***
Después nos quedamos un momento en silencio, recuperando el aliento, la música de fondo recordándome que afuera seguía la fiesta. Él se incorporó primero, me limpió el semen del vientre con una toalla que sacó no sé de dónde, me dio un beso en la frente que me pareció más íntimo que todo lo anterior, y se vistió con la misma naturalidad con la que había entrado a mi vida una hora antes.
—Suerte con la boda —me dijo desde la puerta, con media sonrisa.
No supe si era ironía o sinceridad. Tampoco se lo pregunté.
Cuando volví al salón, me arreglé el vestido y el pelo lo mejor que pude, todavía con las piernas flojas y los pezones sensibles rozándome la tela. Nadie notó nada, o nadie quiso notarlo. Renata me pasó un brazo por encima del hombro y me preguntó si lo había pasado bien, riéndose con los ojos entrecerrados de sueño y alcohol. Le dije que sí, que había sido la mejor despedida del mundo, y no le mentí.
Una semana después me casé. Caminé hacia el altar con el vestido blanco que había probado al día siguiente de la fiesta, sonreí para las fotos, lloré cuando tenía que llorar y juré lo que tenía que jurar. Quiero a mi marido. De verdad lo quiero.
Pero hay noches en que, mientras él duerme a mi lado, me meto la mano entre las piernas y me vuelve a la memoria esa habitación del fondo, el silencio detrás de la puerta y una voz pegada a mi oído diciéndome que nadie nos estaba mirando. Me acuerdo del peso de esa polla adentro, del sabor salado en la boca, de cómo me corrí sin culpa por primera vez en años. Fue mío, solo mío, y es el único secreto que pienso llevarme conmigo sin contárselo jamás a nadie.





