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Relatos Ardientes

Mi mujer quedó atrapada con mi primo en el encierro

Me llamo Tomás y escribo esto porque ya no puedo seguir cargándolo solo. Tengo treinta y nueve años y trabajo en una correduría de seguros, o trabajaba, antes de que el mundo entero se detuviera de golpe. Mi esposa se llama Carolina. Tiene treinta y cinco, la piel tostada que brilla cuando suda, caderas anchas que siempre me hicieron perder la cabeza y unos ojos castaños que podían desarmarme con una sola mirada. Llevábamos siete años casados. Discutíamos como cualquier pareja, pero creía que lo nuestro era sólido. Hasta que llegó el encierro y todo se vino abajo.

Era principios de aquel año maldito. La cuarentena nos cayó encima como una losa. Vivíamos en un edificio viejo del centro, pisos pequeños pero con encanto, techos altos y paredes que, ya lo descubriría, no aislaban nada. Mi primo Iván, de veintiocho años, se había mudado al apartamento de al lado apenas un mes antes. Iván es de esos tipos que parecen sacados de un anuncio: alto, hombros anchos, brazos tatuados y marcados por años de pesas, el pelo rapado a los lados y esa seguridad de quien sabe que todas lo miran. Había venido por un contrato en una obra. La pandemia lo dejó clavado allí, en el piso pegado al nuestro.

Carolina y yo intentábamos sobrevivir al teletrabajo. Ella es diseñadora gráfica independiente y pasaba las horas frente a la tableta, con esos leggings negros que se le pegaban como una segunda piel. Yo la espiaba desde mi escritorio improvisado en el comedor y todavía sentía el cosquilleo de siempre. Pero un día, cuando las restricciones se endurecieron, decidió «ayudar» a Iván.

—Pobrecito, está solo y no sabe ni hervir un huevo —me dijo con esa voz suave que siempre me ablandaba—. Le llevo algo de comida y le explico cómo va la secadora del sótano.

Asentí, confiado. Era mi primo. Sangre de mi sangre. ¿Qué podía salir mal?

***

El destino decidió arruinarnos de la peor manera. Mientras Carolina estaba en el piso de Iván, saltó la alarma del edificio. Un vecino del tercero había dado positivo y el administrador cerró con candado la puerta de emergencia que dividía el pasillo. Nuestro apartamento quedó en una burbuja y el de Iván en otra. Carolina quedó atrapada allí, con él.

—Solo unos días —nos prometieron por el portero automático—. Hasta que salgan las pruebas negativas.

Al principio fue soportable. Videollamadas, mensajes constantes.

—Tomás, Iván es un desastre, pero me hace reír —me escribía ella.

Yo sonreía a la pantalla, aunque ya sentía un nudo apretándome el estómago. Iván, con ese cuerpo de gimnasio, encerrado con mi mujer. Intenté convencerme de que eran tonterías mías. Trabajaba, veía series, me masturbaba recordando el olor de su cuello para calmar la ansiedad. Pero los días se volvieron semanas eternas. Las pruebas se retrasaban una y otra vez. Y entonces empezaron las risas al otro lado de la pared. Esa risa ronca y coqueta de Carolina que solo le salía cuando estaba muy a gusto.

Una noche no pude dormir. Pegué la oreja al yeso. Primero murmullos. Luego la voz grave de Iván.

—Venga, Caro, atrévete.

¿Caro? Solo yo la llamaba así en la intimidad. Después su risa otra vez, más baja, más cargada. El calor me subió a la cara. Celos en carne viva, mezclados con algo turbio que no quería nombrar. Me dije que era mi imaginación. Pero no podía dejar de visualizarlo: Iván sin camiseta, los músculos brillando bajo la luz tenue, sirviéndole una cerveza, rozándola «sin querer» al pasar.

Al día siguiente le pregunté en la videollamada.

—Todo bien, amor. Iván me está enseñando rutinas de ejercicio para no enloquecer aquí metida.

Rutinas de ejercicio. Claro. Imaginé sus manos grandes en la cintura de ella, corrigiéndole la postura en una sentadilla, el aliento caliente en la nuca.

—No seas paranoico, Tomás —dijo riendo al ver mi cara—. Es tu primo.

Pero esa noche los ruidos cambiaron. La cama crujiendo con un ritmo lento y constante. Suspiros. Gemidos suaves que intentaban ser discretos pero atravesaban la pared como cuchillos. Me quedé inmóvil, escuchando, con el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho.

***

Empecé a espiar. El balcón era compartido, aunque estaba prohibido usarlo. Me arriesgué una tarde. Me asomé por la rendija de la cortina del apartamento de Iván. Los vi en el salón: él haciendo dominadas en una barra que había instalado en el marco de la puerta, el torso desnudo, los músculos hinchados y relucientes de sudor. Carolina, sentada en el sofá con una cerveza en la mano, lo miraba fijamente. Tenía en los ojos ese brillo. El mismo que ponía cuando me deseaba a mí.

Sentí náuseas y, al mismo tiempo, una erección que me traicionó. Volví corriendo a mi piso, me encerré en el baño y me masturbé con rabia, imaginando que era ella quien me montaba. Pero la escena siempre terminaba con Iván entrando en cuadro.

Esa imagen se me quedó grabada a fuego. Cómo lo miraba ella. Cómo se le escapaba la lengua para humedecerse el labio cuando él bajaba de la barra, jadeando, con el sudor resbalándole por el abdomen. Yo conocía esa mirada de memoria: era la que ponía las primeras noches que pasamos juntos, hace siete años, cuando todavía no podíamos quitarnos las manos de encima. Me dolió darme cuenta de que hacía meses que no me la dedicaba a mí.

Dejé de afeitarme. Dejé de responder los correos del trabajo. Me pasaba las horas con un vaso en la mano, sentado en el suelo, de espaldas a la pared que nos separaba, esperando el próximo crujido de la cama para confirmar lo que ya sabía y, al mismo tiempo, rezando para no oírlo.

Los días se convirtieron en un infierno. Las respuestas de Carolina se acortaban. «Estamos viendo una serie», «Iván cocinó algo rico», «me está ayudando con el yoga». Cada mensaje era una puñalada. Una noche oí música alta, risas y luego un silencio largo. Después, gemidos. Claros, inconfundibles.

—Iván… joder… sí…

Me pegué a la pared como un animal herido, escuchando cómo mi primo se follaba a mi esposa. Imaginaba cada detalle: él levantándola en brazos, las piernas de ella alrededor de su cintura, embistiéndola contra el muro mientras ella se mordía el labio para no gritar demasiado. Las uñas clavadas en esos hombros anchos.

La rabia me consumía. Golpeaba la pared hasta que me dolían las manos. Lloraba en silencio. Y lo peor: me masturbaba mientras los oía. Me odiaba por ello, pero era incapaz de parar. Era como si la mente se me hubiera partido en dos. Una parte quería matarlos. La otra quería verlos, quería oírla correrse gritando su nombre.

***

Intenté confrontarla por mensaje.

—Dime la verdad, Carolina. ¿Te estás acostando con él?

—Estás loco, Tomás. El encierro te está volviendo paranoico.

Pero mentía. Lo sabía. Sus publicaciones mostraban «entrenamientos en casa» con Iván de fondo, sin camiseta, sonriendo. Ella en pantaloncitos y top deportivo, el sudor brillándole entre los pechos. Los comentarios de las amigas: «Qué buena química tenéis». Química. La palabra me quemaba por dentro.

Una noche los oí discutir. Luego risas. Luego sexo salvaje. Ella gritaba sin control.

—¡Más fuerte, Iván, por favor!

Me derrumbé en el suelo, sollozando, mientras escuchaba cómo mi primo la hacía correrse una y otra vez.

—Tomás nunca me lo hizo así —la oí decir entre jadeos.

Eso terminó de romperme.

Pasaron casi tres semanas. Perdí peso, no dormía, apenas comía. Mis pensamientos eran un bucle enfermizo: venganza, perdón, escenas que me torturaban. Iván comiéndosela sobre la mesa de la cocina, ella de rodillas en la ducha, cabalgándolo en el sofá con la cabeza echada hacia atrás.

***

Finalmente, una madrugada, no aguanté más. Me colé por el balcón. La ventana de Iván estaba entreabierta. Los vi en la cama: Carolina encima de él, desnuda, moviéndose con desesperación. Iván la sujetaba por las caderas, empujando hacia arriba con fuerza, los músculos de los brazos y el pecho tensos. Ella gemía con los ojos cerrados, el pelo pegado a la cara por el sudor. Se inclinó y lo besó hondo mientras aceleraba el ritmo.

Me quedé paralizado. Quería entrar y destrozarlo todo. En cambio, me corrí dentro de los pantalones sin tocarme, humillado, roto.

Cuando por fin abrieron las puertas, Carolina volvió a casa.

—Tomás, amor, qué alegría verte —dijo abrazándome.

Olía a él. A sudor limpio, a sexo reciente. Iván me dio una palmada en la espalda al despedirse.

—Cuídala bien, primo.

***

Desde entonces vivo en el infierno. Duermo en el sofá. La miro y veo las manos de Iván recorriéndole el cuerpo. Intento perdonarla, pero cada noche revivo esos sonidos, esas imágenes. Todo se me fue de las manos. Mi matrimonio, mi orgullo, lo poco que me quedaba de cordura. El encierro no solo nos separó físicamente. Nos destruyó por dentro.

Si alguna vez lees esto, acuérdate de una cosa: a veces el peor virus no viene en un hisopo. Viene en forma de primo musculoso y una pared demasiado delgada.

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Comentarios (5)

NicoSur89

tremendo relato, se me hizo cortísimo. mas por favor!!!

Matias_K

y despues que paso?? dejaste todo en suspenso, necesito saber el final jaja

LectBA_92

la tensión que se va armando desde el principio es lo que mas me gusto. muy bien contado, se siente real

PabloMza

ese detalle de la pared de yeso me mato. brutal la imagen

CuriosaSiempre

es verdad o fantasia? porque se siente muy vívido, jaja. igual excelente como esta escrito

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