El baile de máscaras donde volvió a tocarme
Frente al espejo del despacho, ajusté el cuello rígido del uniforme y apreté la mandíbula hasta que me dolió. El reflejo seguía resultándome ajeno: hombros más anchos, barba corta, una cicatriz en la ceja y unos ojos grises que no eran los míos, aunque detrás de ellos seguía siendo yo. No era mi cara, no era mi voz, no era mi cuerpo, pero mis recuerdos habían vuelto con una claridad brutal, y con ellos volvió también el nombre que más me costaba callar.
Elena.
Detrás de mí, Mara dejó una copa sobre el escritorio y se cruzó de brazos. Era la única que todavía se atrevía a mirarme como si pudiera leerme por dentro. —Si vas a entrar al palacio esta noche, deja de mirarte como si fueras a romper el espejo —dijo—. Necesitamos que parezcas un guardaespaldas nuevo, no un fantasma.
Solté una risa seca. —Me estás pidiendo demasiado.
—No. Te estoy pidiendo que no te derrumbes cuando la veas.
No respondí. Afuera, el salón principal del palacio ya hervía de música, máscaras y dinero. El baile benéfico era la coartada perfecta: nobles, empresarias, diplomáticas, prensa, guardias nuevos, personal de servicio entrando y saliendo. Una noche llena de ruido donde cualquier error podía pasar desapercibido. O podía costarnos todo.
Yo iba a estar a pocos pasos de ella por primera vez desde que había recuperado la memoria, y tenía prohibido tocarla, prohibido decirle quién era, prohibido hacer cualquier cosa que delatara que la conocía mejor que nadie.
—Voy a entrar —murmuré.
Mara me sostuvo la mirada unos segundos y luego asintió. —Recuerda el plan. Vigila. Escucha. No improvises.
No improvises. Justo eso era lo único que mi cuerpo sabía que no iba a cumplir si Elena me miraba de cierta manera.
***
El salón parecía un incendio elegante: oro, terciopelo, espejos, orquídeas blancas y una orquesta tocando desde un palco iluminado. Todo el mundo sonreía con esa falsedad educada de los eventos de alta sociedad. Yo me quedé cerca de una columna, con la espalda recta, las manos detrás del cuerpo y la máscara negra cubriéndome media cara.
La vi antes de que ella me viera a mí.
Llevaba un vestido oscuro de espalda descubierta, ceñido a una figura que conocía de memoria aunque hiciera semanas que no podía ni nombrarla en voz alta. El cabello recogido dejaba al descubierto la línea limpia del cuello, y ese simple detalle me atravesó como una descarga. Caminaba saludando gente, serena, imponente, perfecta. Pero yo la conocía demasiado bien: la tensión en sus hombros delataba cansancio, rabia contenida y una soledad que ninguna corona podía esconder.
Se detuvo un instante con una copa en la mano, como si hubiera sentido mis ojos encima. Giró la cabeza hacia mí.
Y me sostuvo la mirada.
No reconoció mi cara, claro. Pero algo en su expresión cambió. Una vacilación mínima. Un tirón en la boca. Como si su cuerpo hubiera detectado un olor conocido en medio del perfume y el humo de las velas.
Yo no me moví.
Ella sí. Se acercó con esa calma fría que usaba cuando quería examinar a alguien sin parecer interesada. Cuando estuvo delante de mí, habló sin levantar mucho la voz. —No te había visto antes. ¿Eres del nuevo equipo de seguridad?
La voz me golpeó más fuerte que cualquier puñetazo.
—Sí, señora —respondí, forzando un tono grave y neutro—. Me asignaron esta misma semana.
Sus ojos bajaron apenas por mi uniforme, luego volvieron a mi cara. —¿Tu nombre?
—Damián.
Mentí sin pestañear, pero por dentro estaba ardiendo. Ella inclinó levemente la cabeza, estudiándome. —Tienes aspecto de saber lo que haces, Damián.
—Eso espero.
Una mujer enmascarada se acercó para reclamar su atención. Elena se apartó medio paso, pero antes de irse volvió a mirarme. Esta vez con algo mucho más peligroso que sospecha. Interés.
Cuando se alejó, tuve que flexionar los dedos detrás de la espalda para no ir tras ella.
***
Durante una hora me limité a cumplir el papel. Observé entradas, salidas, intercambios discretos de mensajes, dos discusiones sofocadas detrás de una cortina y un grupo de consejeras que hablaban demasiado bajo como para oírlas desde lejos. Pero mi atención volvía una y otra vez a Elena. A la forma en que bebía apenas un sorbo de vino y dejaba la copa intacta. A cómo sonreía sin ganas. A cómo, cada pocos minutos, buscaba con los ojos el punto donde yo estaba.
La tercera vez que nuestras miradas se cruzaron, ella sonrió de lado.
Supe que estaba perdida. Y yo también.
Más tarde, una criada se me acercó sin levantar la vista. —La señora solicita al guardia nuevo en el corredor oeste.
Claro que sí.
Recorrí el pasillo con el pulso disparado. El corredor oeste estaba casi vacío, iluminado por lámparas tenues y ventanales que daban a los jardines negros. Ella me esperaba junto a una puerta entreabierta.
—Entra —ordenó.
La habitación era una biblioteca privada. Silencio, madera oscura, cuero, licor caro. Elena cerró la puerta y apoyó la espalda en ella, todavía con la máscara puesta.
—Voy a hacerte una pregunta y te conviene responder con sinceridad —dijo.
—La escucharé.
Se acercó despacio. Sentí su perfume antes de sentir el calor de su cuerpo. —¿Por qué no dejas de mirarme?
La pregunta me vació los pulmones.
—Porque usted también me mira a mí —contesté.
Se humedeció el labio inferior. Ese gesto casi me rompe. —Eso no responde nada.
—Tal vez no.
—Tal vez eres insolente.
—Tal vez usted está aburrida.
Sus ojos brillaron. Durante un segundo pensé que iba a apartarse, a despedirme, a recuperar la distancia. En vez de eso, levantó una mano y rozó la solapa de mi uniforme con los dedos. Solo eso. Un contacto mínimo. Yo tuve que contener el impulso animal de atraparla por la cintura y besarla hasta quedarme sin aire.
—Hay algo raro en ti —murmuró—. No sé qué es, y eso me irrita.
—A mí también me irritan algunas cosas.
—¿Como cuáles?
La miré a la boca. —Tener que fingir calma.
Vi cómo se le tensó la respiración. —Eres demasiado seguro para ser un desconocido.
—Y usted está demasiado cerca para querer distancia.
La respuesta la dejó inmóvil. Luego sonrió, lenta, peligrosa. —Cierra la puerta con llave.
Mi mano obedeció antes de que mi cabeza pudiera discutirlo.
***
Cuando me volví hacia ella, Elena ya se había quitado la máscara. Verle la cara entera me golpeó con una violencia íntima. Ese gesto serio, esos ojos cansados, ese deseo apenas contenido. Di un paso. Ella no retrocedió.
—Esto es una mala idea —dijo.
—Sí.
—Podrían buscarnos.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué sigues acercándote?
—Porque si sigo fingiendo que no te deseo me va a explotar el cuerpo.
La confesión salió más cruda de lo que debía. O quizá exactamente como tenía que salir.
Elena soltó el aire por la nariz y me agarró del uniforme, atrayéndome de golpe. Su boca chocó con la mía con hambre, sin elegancia, sin tanteos. Fue un beso duro, urgente, lleno de rabia y necesidad. Le respondí al instante, sujetándole la cintura, apretándola contra mí hasta sentir el calor de su vientre a través de la ropa.
Gimió contra mi boca. Ese sonido me nubló.
Le mordí el labio con cuidado, y ella abrió la boca para darme entrada con una voracidad que me hizo jadear. Nuestras lenguas se buscaron con desesperación, como si hubiera demasiadas semanas acumuladas entre una respiración y otra. Sus manos subieron a mi nuca, tiraron apenas del cabello corto, y yo la empujé con el cuerpo hasta dejarla entre la puerta y yo.
—Dime que pare —murmuré contra su cuello.
—Ni se te ocurra —respondió, ronca.
Le besé la mandíbula, la garganta, la piel tibia detrás de la oreja. El perfume mezclado con su olor real me estaba volviendo loca. Deslicé una mano por su espalda desnuda hasta la curva del culo y la apreté con fuerza. Ella soltó un gemido más claro, más sucio.
—Joder —susurró—. No sé qué tienes, pero hacía mucho que nadie me hacía perder así la cabeza.
Yo sí sabía qué tenía. Tenía memoria. Tenía hambre. Tenía el amor de mi vida pegado a mí sin saberlo.
Le metí la rodilla entre los muslos y sentí su reacción instantánea. Abrió más las piernas debajo del vestido y frotó el centro de su cuerpo contra mí con una necesidad nada disimulada. —Estás empapada —le dije al oído.
—Y tú hablas demasiado.
Le agarré el mentón y la besé otra vez. Esta vez más lento, más profundo, dejándole sentir que no estaba lidiando con un guardia tímido ni con un desconocido inexperto. Mi mano subió por su muslo, apartando la tela del vestido hasta encontrar la liga de una media. Más arriba, piel caliente. Más arriba todavía, la ausencia de ropa interior.
—Viniste preparada —murmuré.
Elena me clavó los dedos en el hombro. —No. Solo tenía ganas de sentirme viva.
Metí los dedos entre sus piernas y ella soltó un jadeo seco, apoyando la frente en mi pecho. Estaba mojada de verdad, caliente, abierta para mí apenas rocé su coño. Deslicé dos dedos entre sus labios y los pasé despacio por su humedad, disfrutando cómo se estremecía. Luego le acaricié el clítoris en círculos lentos.
—Mierda... —dijo entre dientes.
—Eso. Quiero oírte.
—No me des órdenes.
—Entonces pídemelo.
Me miró con las pupilas dilatadas. —Méteme los dedos.
No esperé más. Se los hundí despacio, sintiendo cómo su cuerpo me aceptaba con una contracción caliente y ansiosa. Elena arqueó la espalda y se aferró a mi cintura. Empecé a mover la mano con un ritmo firme, entrando y saliendo mientras el pulgar le buscaba el clítoris. Su respiración se volvió temblorosa al instante.
—Así... así, no pares —jadeó.
La follé con los dedos cada vez más fuerte, escuchando el ruido húmedo de su excitación en el silencio de la biblioteca. Ella se mordía los labios para no gemir demasiado alto, pero no podía callarse del todo. Cada vez que le rozaba ese punto dentro, me clavaba las uñas y me temblaban los músculos de la espalda.
—Mírame —le pedí.
Lo hizo. Y casi me deshice. Porque aunque no me reconocía, en esa mirada había confianza, deseo y algo peligrosamente parecido al vínculo que siempre fue nuestro.
Saqué los dedos y ella soltó un sonido de protesta. Caí de rodillas antes de que pudiera quejarse más. Le subí el vestido hasta la cintura y le abrí las piernas con las manos.
—¿Qué haces? —susurró, sin aliento.
—Voy a comerte el coño hasta que olvides dónde estamos.
Su respuesta fue un gemido que me confirmó que no iba a impedirlo.
Le pasé la lengua de abajo arriba, lenta, saboreándola entera. Estaba caliente, mojada, sensible. Elena dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó un jadeo ahogado. Repetí el recorrido, esta vez deteniéndome en el clítoris para lamerlo con presión, y sus muslos se tensaron a ambos lados de mi cara.
—Joder, joder... —murmuró—. No tan suave. Más.
Le obedecí. Sujetándole los muslos con firmeza, la lamí con hambre, abriendo con la lengua sus labios, metiéndola un poco dentro, volviendo al clítoris para chuparlo con insistencia. Elena empezó a moverse contra mi boca, frotándose, perdiendo toda compostura. Sus dedos se enredaron en mi cabello y tiraron sin delicadeza.
—Así, no pares... me voy a correr... —dijo con la voz rota.
Le metí dos dedos otra vez mientras seguía comiéndola. La combinación la desarmó. Sentí cómo se contraía alrededor de mis dedos, cómo sus piernas temblaban, cómo un gemido más fuerte se le escapaba por fin cuando el orgasmo le golpeó de lleno. Se corrió en mi boca con el cuerpo rígido, jadeando mi supuesto nombre como si fuera una súplica.
La sostuve mientras bajaba del clímax, besándole el interior del muslo, respirando su olor. Cuando levanté la vista, me estaba mirando como si no supiera si besarme o devorarme.
Eligió lo segundo.
Me tiró de la chaqueta para obligarme a ponerme de pie y atacó mi boca con desesperación. Sabía a ella. Sabía a deseo antiguo. Metió una mano entre nuestros cuerpos y apretó sobre la tela del pantalón, notando de inmediato mi erección.
Su expresión cambió. Curiosidad. Morbo. Ganas.
—Así que por eso estabas tan tenso —murmuró, apretando un poco más.
Se me escapó un gruñido. —Elena...
Me congelé al oír mi error. Pero ella no pareció registrar el nombre; estaba demasiado ocupada frotándome por encima del pantalón con una lentitud cruel.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Sabes que sí.
—No, no lo sé. Quiero oírtelo.
Le agarré la muñeca y la guié con más presión sobre mi polla dura. —Sí. Me gusta que me toques así.
Sonrió, satisfecha, y bajó la cremallera. Sacó mi polla con un movimiento decidido y la rodeó con la mano. El contacto me arrancó un jadeo brutal. Hacía demasiado tiempo que nadie me tocaba, y nadie había tenido jamás su forma de hacerlo: segura, elegante y obscena a la vez.
—Mierda —susurró al sentir el grosor—. No me extraña que me estuvieras mirando así.
Empezó a masturbarme despacio, extendiendo la humedad de la punta por el tronco con la palma. Me apoyé con una mano en la puerta detrás de su cabeza, luchando por no embestirla ahí mismo. Ella me observaba con atención, disfrutando cada espasmo de mi abdomen, cada respiración cortada.
—Puedo hacerte correr ahora mismo —dijo.
—No. Quiero follarte.
Sus ojos se oscurecieron. —Entonces hazlo.
La giré con cuidado pero sin suavidad innecesaria y la incliné sobre el escritorio más cercano. Los papeles y una pluma cayeron al suelo. Le levanté el vestido hasta la cintura y le acaricié el culo antes de separar sus nalgas apenas para verla mojada, abierta, todavía sensible del orgasmo.
—Estás preciosa así —dije, con la voz ronca.
—Deja de hablar y métemela.
Le sujeté la cadera con una mano y con la otra guié la polla hasta su entrada. El primer roce la hizo gemir. Empujé despacio, notando la resistencia deliciosa de su cuerpo al abrirse para mí. Cuando entré del todo, Elena soltó un gemido largo y sucio que tuvo que morderse en el antebrazo para no gritar.
Yo me quedé un segundo quieta, hasta el fondo, con la frente inclinada entre sus hombros, tratando de no correrme ahí mismo por la pura intensidad. Se sentía demasiado bien. Demasiado conocida. Demasiado mía.
—Muévete —ordenó, temblando.
Lo hice.
Salí casi por completo y volví a entrar de una embestida firme. El golpe del escritorio contra la madera acompañó el movimiento. Elena gimió otra vez. Repetí el ritmo, cada vez más fuerte, agarrándole la cadera con una mano y el hombro con la otra, follándola con hambre contenida durante demasiado tiempo.
—Así... joder, así —jadeó.
Mis embestidas se hicieron más rápidas. Su coño me apretaba caliente, mojado, cada vez más resbaladizo. El sonido húmedo del choque entre nuestros cuerpos empezó a llenar la habitación y volvió todo más obsceno, más real. Le bajé una mano hasta entre las piernas y le froté el clítoris mientras seguía penetrándola.
Elena casi se desplomó sobre el escritorio. —No voy a durar mucho —dijo con la voz quebrada.
—Yo tampoco.
—Más fuerte.
Le hice caso. La follé con embestidas duras que le arrancaban pequeños gritos ahogados. El vestido arrugado en su cintura, la espalda arqueada, la mano extendida buscando apoyo entre los papeles, su cuerpo temblando con cada golpe... todo en esa imagen me estaba volviendo loca.
—Mírame —le pedí.
Giró la cabeza lo justo. Vi su perfil enrojecido, los labios entreabiertos, la mirada perdida de placer. Se corrió otra vez casi de inmediato, apretándose alrededor de mi polla en pulsos violentos mientras gemía y me suplicaba mi nombre falso entre jadeos.
Esa contracción me empujó al borde. Le enterré la cara en el cuello y di tres embestidas más, torpes y desesperadas, hasta que me corrí dentro del preservativo con un gruñido ahogado. El orgasmo me vació las piernas. Me quedé sobre ella, respirando con dificultad, sintiendo cómo temblábamos las dos.
Durante unos segundos no existió el plan, ni el palacio, ni la mentira. Solo ese silencio espeso después del sexo.
***
Fui la primera en moverme. Me aparté despacio, me acomodé la ropa y deslicé el preservativo usado dentro de un pañuelo que encontré en el escritorio. Elena siguió inclinada unos segundos, recuperando el aire. Después se enderezó y se bajó el vestido con manos sorprendentemente tranquilas.
La vi en el reflejo del ventanal ajustarse el cabello como si acabara de cerrar una reunión incómoda en vez de correrse dos veces con un desconocido.
—Esto no puede repetirse —dijo por fin.
La frase me cayó como hielo en la espalda. Aun así, conseguí responder sin delatarme. —Entiendo.
Se giró hacia mí. Había dureza en su cara, pero también confusión. —No es por ti. O quizá sí. No lo sé. Solo... no suelo hacer esto.
Tuve que bajar la mirada un instante para recomponerme. —Yo tampoco.
—Mientes bastante bien.
—Solo cuando hace falta.
Elena dio un paso hacia mí y me acomodó el cuello del uniforme con una delicadeza casi cruel. —Eso es lo raro. Siento que te conozco, y sé que no debería.
Por dentro se me rompió algo. Afuera solo respiré hondo. —A veces el cuerpo reconoce antes que la cabeza.
Sus pupilas temblaron apenas. Por un segundo pensé que iba a preguntarme algo más, a rasgar la mentira con las uñas. Pero no lo hizo. Se puso la máscara otra vez, y con ella recuperó la distancia.
—Saldrás primero —ordenó.
Asentí.
Antes de abrir la puerta, me detuvo con la voz. —Damián.
Me giré.
—Si alguien pregunta, estabas revisando una ventana que no cerraba bien.
—Sí, señora.
Una sombra de sonrisa le tocó la boca. —Y deja de llamarme señora cuando estamos solas.
Salí sin responder porque si lo hacía iba a volver a besarla.
***
Más tarde, ya en el ala de servicio, Mara me interceptó antes de que pudiera llegar a la escalera. Me miró una vez y supo que algo había pasado. —Tienes pintalabios en el cuello —dijo, seca.
Me quedé quieta.
—Dime que al menos valió la pena.
Solté una carcajada amarga. —Ese es el problema. Valió demasiado.
Ella negó con la cabeza mientras me limpiaba con un pañuelo. —Te dije que no improvisaras.
—No improvisé. Fracasé con disciplina.
Eso la hizo resoplar, aunque enseguida volvió a ponerse seria. —¿Averiguaste algo útil?
Pensé en los corredores, en las mujeres hablando detrás de las cortinas, en el despacho contiguo que había quedado entreabierto cuando fui a buscar una botella de agua para Elena. Había oído un nombre, una fecha y una frase clave sobre un traslado al amanecer. Sí, había conseguido algo importante. Pero me costaba concentrarme en eso cuando todavía tenía su olor en los dedos.
—Sí —dije al fin—. Y mañana tendremos que movernos rápido.
Mara me sostuvo la mirada y luego asintió. —Bien. Entonces intenta descansar lo que puedas.
Descansar. Casi me río.
***
No dormí. Al amanecer seguía sentada en una habitación prestada, con las mangas remangadas y el recuerdo de Elena abriéndose para mí repitiéndose una y otra vez en la cabeza. Me levanté, fui al lavabo y me miré en el espejo. Otra vez ese rostro ajeno. Otra vez la barba, la cicatriz, los ojos grises.
Pero ahora había algo más.
La certeza insoportable de que, incluso sin saber quién era, ella me había deseado igual. Su cuerpo me había reconocido. Sus manos habían respondido. Su boca me había buscado con la misma desesperación con que antes pronunciaba mi nombre en la oscuridad.
No era suficiente. No podía serlo. Pero era real.
Apoyé las manos en el borde del lavabo y cerré los ojos. Aguanta un poco más, me dije. Aguanta hasta poder decírselo. Aguanta hasta sacar la verdad a la luz. Aguanta hasta volver a tocarla sin mentirle.
Porque ya había cruzado un límite peligroso. No solo había entrado al palacio para espiar. Había vuelto a entrar en su cuerpo, en su deseo, en su intimidad. Y después de haberla sentido temblar otra vez entre mis manos, no había manera de olvidarla.
Ni de querer hacerlo.
