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Relatos Ardientes

Mi vecina me pidió apuntes y terminó seduciéndome

La casa llevaba demasiado tiempo en silencio, de ese silencio que se pega a las paredes cuando una pasa más horas sola de las que quisiera. Yo estaba revisando papeles viejos en la sala cuando la vi por la ventana, parada en la entrada de su apartamento, tan cerca del mío que bastaba con alargar la voz para saludarnos.

—Hola, vecina —me dijo con una sonrisa tranquila—. ¿Cómo estás?

Le respondí que bien, aunque la verdad no del todo. Estaba sin trabajo, con demasiado tiempo libre y la cabeza llena de preocupaciones pequeñas. Ella me comentó que estaba tomando unos cursos en la universidad y que necesitaba material para una tarea de mercadeo. Yo le dije que en casa tenía unos apuntes y unos textos que quizá podían servirle.

Quedamos en que pasaría por la tarde. Cuando cerré la puerta, me sorprendí pensando más en cómo me había mirado que en los apuntes. No era una chica; era una mujer adulta, de esas que todavía conservan cierta energía impaciente en el cuerpo, pero con la seguridad suficiente para sostener una mirada sin bajar los ojos.

Llegó cerca de las cuatro, con una falda oscura, medias claras y una blusa sencilla que la hacía ver ordenada, casi demasiado correcta. El bolso le colgaba del hombro, y entró con esa mezcla de confianza y curiosidad que tienen algunas personas cuando ya han decidido algo antes de tocar la puerta.

Nos sentamos en el sofá de la sala, con los apuntes sobre la mesa ratona y dos vasos de agua que casi no probamos. Al principio hablamos de cosas normales: clases, horarios, lo pesado que era estudiar y trabajar a la vez, lo inútiles que eran algunos profesores. Pero enseguida noté que ella desviaba la conversación con una facilidad deliberada, como si hubiera venido a otra cosa y solo esperara el momento de decirlo.

—Te voy a contar algo —soltó de pronto, bajando un poco la voz—. Me gustan las mujeres.

La frase cayó entre nosotras sin ruido, pero me tensó por dentro. La miré tratando de decidir si lo decía por desahogo o por provocarme. Ella no apartó la vista. Al contrario, se acomodó mejor en el sofá y cruzó las piernas con calma, como si quisiera darme tiempo para entender exactamente a dónde apuntaba aquella confesión.

—No mucha gente lo sabe —añadió—. Y en mi casa, menos.

Yo asentí, sin encontrar de inmediato qué decir. No era escándalo lo que sentía, sino un calor raro, una incomodidad que no nacía del rechazo, sino de lo contrario. Su forma de hablar era directa, casi seca, pero en los ojos le brillaba una intención clara. Se estaba mostrando, sí, pero también estaba tanteándome.

—¿Y por qué me lo cuentas a mí? —pregunté al fin.

Ella sonrió apenas.

—Porque creo que no te molesta. Y porque desde hace rato tengo curiosidad por ti.

Sentí el golpe de esas palabras entre las piernas. No hice el gesto de apartarme. Ella lo notó. Metió la mano en su bolso y sacó un estuche alargado. Cuando lo abrió, vi un juguete de doble punta, de silicona oscura, limpio, brillante, descarado sobre la mesa donde hacía un minuto había cuadernos y bolígrafos.

Me reí de nervios, más por rubor que por pudor. Ella lo tomó con naturalidad, como quien enseña un objeto cualquiera, y empezó a explicarme cómo lo usaba. La soltura con la que hablaba de meterlo, lamerlo, empujarlo entre dos cuerpos, me fue aflojando algo adentro. Yo la escuchaba con la boca seca y las piernas cada vez menos cómodas bajo el pantalón ajustado.

—¿Nunca has usado uno así? —me preguntó.

Negué con la cabeza.

—Entonces hoy podrías probarlo.

Lo dijo sin dramatismo, pero sus rodillas ya estaban inclinadas hacia mí. Antes de que pudiera responder, alargó la mano y me rozó el pecho por encima de la blusa. Lo hizo despacio, tanteando. Yo tendría que haberla detenido ahí si realmente no quisiera, pero no lo hice. Al contrario: me quedé quieta, dejando que sus dedos se cerraran sobre uno de mis senos.

—Quería saber si eran naturales —murmuró, y sonrió al notar mi respiración cambiar—. Ya veo que sí.

Su palma pesó sobre mi pecho con una seguridad que me desarmó. Sentí el pezón endurecerse bajo la tela, y ella lo notó enseguida porque presionó con el pulgar, despacio, mientras se acercaba a besarme el cuello. No fue un roce tímido. Fue una boca abierta, caliente, húmeda, que me buscó justo debajo de la oreja y luego más abajo, dejando una línea de saliva que me hizo estremecer.

—No te pongas rígida —susurró—. Si no quieres, me voy ahora mismo.

Pero mientras lo decía me chupó la piel y me mordió apenas, y ese gesto me terminó de empujar. Giré la cara y la besé. No fue un beso bonito ni cuidadoso; fue torpe al principio, rápido después, con lengua, con dientes, con esa desesperación de quien llevaba tiempo sin tocar a nadie así. Ella me respondió de inmediato, agarrándome la mandíbula y metiéndome la lengua hasta hacerme soltar un gemido contra su boca.

Sus manos bajaron a mi cintura, metiéndose por debajo de la blusa. Me acarició el abdomen, subió otra vez y me desabrochó el sostén sin apartar los labios de los míos. Cuando el broche cedió, aparté yo misma la tela para dejarle ver mis pechos. Sus ojos bajaron con hambre abierta. Me los sostuvo entre las manos, apretándolos con una mezcla de curiosidad y deseo, y luego inclinó la cabeza para chuparme un pezón.

—Mierda —se me escapó.

Ella levantó la vista sin soltarme del todo y sonrió contra mi piel. Me lamió en círculos, me mordió suave y tiró un poco del pezón con los labios hasta dejarlo duro y sensible. Mientras tanto, su otra mano ya había llegado a mi entrepierna. Presionó sobre el pantalón, justo donde empezaba el calor más húmedo, y me frotó con paciencia, sintiendo cómo me iba empapando.

—Así que sí tenías curiosidad —dijo.

Le respondí con otro beso, más bruto. Ya estaba jadeando. Ella aprovechó para meter los dedos por dentro de mi pantalón y palparme por encima de la tanga. Cuando encontró la tela mojada, soltó una risa corta, satisfecha. Se chupó dos dedos delante de mí y luego me apartó la ropa interior para deslizar esos dedos directamente sobre mi coño.

El primer contacto me hizo abrir más las piernas. Tenía la yema fría al principio, luego tibia y resbalosa por mi propia humedad. Me acarició el clítoris con movimientos cortos, apenas rozándolo, hasta dejarme temblando. Después metió un dedo lentamente, dejándome sentir cada centímetro, y yo me agarré al respaldo del sofá para no echarme hacia atrás.

—Joder... —murmuré.

—Eso, háblame —dijo ella, metiéndome un segundo dedo—. Dime cómo te gusta.

Yo apenas podía pensar. Le subí la falda y encontré sus muslos tensos bajo las medias. Cuando metí la mano por debajo de su ropa interior, estaba igual o más mojada que yo. Su coño era caliente, suave, y ya latía bajo mis dedos. Acaricié la entrada y ella soltó el aire de golpe, pegando la frente a la mía.

—No pares.

Nos quedamos un momento toqueteándonos así, con la ropa medio abierta, respirando fuerte, dándonos besos cortos y sucios. Ella me desabrochó el pantalón y me lo bajó junto con la tanga hasta las rodillas. Yo hice lo mismo con ella, apartando su ropa interior hacia un lado para poder meter mejor la mano. Sentirnos mutuamente mojadas terminó de borrar cualquier freno.

Se arrodilló frente a mí sin dejar de mirarme. Me separó las piernas y me pasó la lengua por el interior del muslo, lenta, sabiendo exactamente el efecto que producía dejarme esperando un segundo más. Cuando al fin me lamió el coño, lo hizo de lleno, con una chupada larga al clítoris que me arrancó un gemido sin vergüenza.

Su boca no tenía nada de insegura. Abría con los dedos mis labios y los lamía, subía y bajaba, me metía la lengua en la entrada y volvía a cerrarla sobre el clítoris para succionarlo. Yo le agarré el pelo y me moví contra su cara sin darme cuenta. Ella aceptó el ritmo, me dejó usarla así un instante, y después me sujetó los muslos para marcar el suyo propio.

—Qué rico estás mojándote —murmuró contra mi piel—. Así, suelta todo.

La sensación me estaba vaciando la cabeza. Cuando subió de nuevo al sofá, tenía la boca brillante y yo estaba temblando. Me acerqué a besarla y me reconocí en el sabor que me devolvía con la lengua. Luego me deslicé hacia abajo y me arrodillé entre sus piernas. Quería hacerle lo mismo. Quería oírla perder el control.

Le levanté más la falda y aparté su tanga. Su coño estaba abierto por la excitación, húmedo, con ese brillo espeso que da ganas de hundir la cara sin pensar en nada más. Lo hice. Le di una primera lamida larga desde abajo hasta el clítoris y ella arqueó la espalda, agarrándose al sofá. No tenía casi vello, apenas una sombra suave sobre la piel. Todo olía limpio, caliente, listo para ser comido.

La chupé con hambre, usando la lengua plana primero y la punta después. Cada vez que pasaba por el clítoris, sus piernas se tensaban. Cuando le metí dos dedos y los moví dentro mientras seguía lamiéndola, me soltó un gemido grave que me empapó más de ganas. Sentirla moverse sobre mi boca, empujar la cadera, intentar mantener el ritmo y perderlo, me puso todavía más caliente.

—No sabía que ibas a hacerme esto así —jadeó—. Joder, sigue.

Seguí. La chupé hasta que me tiró del cabello con fuerza, hasta que me dijo que si no paraba se corría enseguida. Entonces me levantó del suelo, me sentó junto a ella y alcanzó el juguete de doble punta. Lo sostuvo entre las dos, como si fuera una decisión compartida, y sacó de su bolso un frasco pequeño de lubricante.

Me puso un poco en los dedos y me lo extendió por el clítoris, por la entrada, por dentro. Luego cubrió una punta del juguete y me la ofreció. Yo la tomé y me la fui metiendo despacio, sintiendo el grosor abrirme poco a poco. Ella no apartaba los ojos de mi coño tragándose la silicona. Se tocaba mientras me miraba, con dos dedos rápidos sobre el clítoris.

—Más adentro —me dijo—. Quiero verte meterlo hasta el fondo.

Obedecí. Cuando lo hice, se inclinó a besarme los pechos, a chuparme un pezón mientras yo empujaba el juguete dentro de mí. La combinación del pezón húmedo, el coño lleno y su respiración caliente contra mi piel me hizo gemir con una intensidad que no esperaba. Me sentía exhibida y cuidada al mismo tiempo, y eso me volvió todavía más puta.

—Cámbiame el sitio —pidió.

Se sentó más cerca, tomó la otra punta del juguete y se la frotó entre los labios de su coño antes de introducirla en ella. Lo hizo despacio, dejando que las dos sintiéramos la tensión del material entre nuestros cuerpos. Cuando estuvo dentro, nos acomodamos frente a frente en el sofá, con las piernas abiertas y las rodillas flexionadas, rozándonos mientras el juguete nos unía.

El primer empuje fue raro y delicioso. Cada movimiento de una repercutía en la otra. Si yo me hundía un poco más, ella soltaba aire; si ella giraba la cadera, la presión cambiaba dentro de mí. Empezamos a movernos como en una tijera torpe al comienzo y mucho más precisa después, frotando nuestros clítoris, besándonos sin dejar de empujar el juguete entre las dos.

Era un ritmo obsceno, húmedo, casi ridículo visto desde fuera y brutal desde dentro. La silicona entraba y salía con un sonido mojado que llenaba la sala. Yo la oía jadearme en la boca, decirme «así», «más fuerte», «no pares, joder», y cada orden me soltaba más. Terminé con una mano en su nuca y la otra apretándole un seno mientras me abría bien para recibir cada embestida que armábamos juntas.

Cuando sentí que se me venía el orgasmo, ella me mordió el labio y me lo cortó a propósito, obligándome a aguantar unos segundos más. Lo hizo para llevarme más lejos, y lo logró. Mi clítoris latía de tal manera que cualquier roce dolía de placer. Me corrí temblando, empujando la cadera contra ella una y otra vez, mientras el juguete me seguía llenando. Mojé el asiento del sofá y me quedé con el cuerpo sacudiéndose en pequeñas oleadas.

Ella todavía no quería parar.

—Al cuarto —dijo, respirando agitada—. Te quiero abrir bien en la cama.

***

Fuimos casi desnudas, riéndonos apenas por la prisa y el atrevimiento, recogiendo la ropa por el camino. En el dormitorio, la luz era más suave y la cama estaba deshecha, lo que hacía todo aún más indecente. Ella me empujó con firmeza sobre el colchón y me besó de nuevo, ahora más posesiva, como si ya me hubiera probado y quisiera explotarme mejor.

Me puso boca abajo primero, me separó las piernas y me acarició el culo con la palma abierta. No pegó; solo masajeó, abriendo los dedos para recorrerme desde los muslos hasta la raja. Luego me metió un dedo en el coño y me hizo gemir contra la almohada. Con la otra mano me rodeó el ano, trazando círculos lentos que me hicieron apretar las nalgas por reflejo.

—Relájate —me dijo al oído—. Si te pones dura, molesta más.

Escupió en sus dedos, añadió lubricante y volvió a jugar con la entrada de mi culo. Era una presión distinta, más delicada y más brusca a la vez por lo cerrada que estaba esa parte de mí. Mientras me metía el dedo muy poco a poco, siguió moviendo el otro dentro de mi coño. Esa doble sensación me aflojó. El dedo anal entró apenas hasta el primer nudo, y aun así solté un quejido ronco.

—Eso es —susurró—. Te gusta aunque te impresione.

Me giró después y me dejó de lado, en cucharita. Me levantó una pierna y empezó a meter una punta del juguete en mi coño mientras con la mano libre se tocaba ella misma. Yo podía sentir sus dedos moverse rápido por su clítoris y la respiración agitada sobre mi nuca. Cada empuje suyo entraba profundo, y el material curvado me golpeaba por dentro de una forma que me hacía retorcerme.

—Mírame —me ordenó.

Giré la cabeza lo justo para verla. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados, el pecho subiendo y bajando deprisa. Se estaba masturbando mientras me follaba con el juguete, y la imagen me disparó otra vez el deseo. Alcancé su muslo y lo apreté, pidiéndole sin palabras que siguiera más fuerte. Ella entendió enseguida.

Empujó con más ritmo. El sonido húmedo volvió a llenar el cuarto. Yo abrí más las piernas, ofreciendo el coño sin pudor, dejándome usar. Después me colocó boca arriba, completamente abierta sobre la cama, y se arrodilló entre mis piernas. Metió dos dedos en mi vagina y con la otra mano apoyó la punta lubricada del juguete en mi culo.

—Si te digo que pares, paras —le dije, todavía consciente de esa tensión.

—Claro —respondió—. Pero vas a querer más.

Presionó despacio. La sensación me hizo jadear y echar la cabeza hacia atrás. El juguete fue entrando muy poco a poco en mi culo mientras sus dedos seguían dentro de mi coño, abriéndome por delante y por detrás al mismo tiempo. No era dolor puro; era esa mezcla intensa de molestia, presión y placer que te obliga a respirar distinto. Cuando estuvo lo suficiente adentro para que el cuerpo dejara de resistirse, me chupó el clítoris con una firmeza salvaje.

Ahí perdí el resto de control que me quedaba.

Me estaba usando completa, y mi cuerpo respondió empapándose más. Sentía líquido correr entre las nalgas y por los muslos. Ella alternaba entre succionarme el clítoris, meter y sacar apenas el juguete del culo, y follarme con los dedos por delante. Cada vez que me oía gemir más fuerte, sonreía contra mi piel y seguía. Acabé explotando en una sacudida brutal, con las piernas temblando, el coño contrayéndose alrededor de sus dedos y el orgasmo chorreándome de verdad sobre la cama.

—Mierda, mira cómo te corriste —dijo, casi fascinada.

Yo apenas podía contestar. Tenía el pecho agitado y una sensación de vacío dulce después del espasmo. Pero ella todavía estaba dura de deseo, casi desesperada por correrse también. Se quitó el juguete de las manos, lo limpió un poco con una toalla del buró y se tumbó sobre la cama, abriéndose bien para mí.

—Ahora hazme acabar tú —me pidió—. Quiero sentirte en la boca y en las manos al mismo tiempo.

Me coloqué entre sus piernas. Empecé lamiéndole el clítoris con paciencia, disfrutando cómo ya lo tenía hinchado y sensible. Le metí primero un dedo, luego dos, y cuando vi que lo soportaba sin problema, tomé el juguete y se lo introduje despacio en el coño, alternando empujes cortos con la lengua sobre su clítoris. Su cuerpo respondió de inmediato: se arqueó, apretó las sábanas y empezó a decir mi nombre como si llevara años repitiéndolo en secreto.

—Más, más, así... no pares... joder, no pares.

Le obedecí. Follé su coño con el juguete a un ritmo firme mientras la chupaba. Notaba cómo se le tensaban los muslos, cómo me empujaba la pelvis a la cara cada vez que rozaba el punto exacto. Cuando le pasé un dedo por el culo húmedo de lubricante y saliva, se sacudió entera. No se lo metí completo; solo jugué alrededor, presionando lo justo para aumentarle la carga.

Funcionó mejor de lo que esperaba. Se vino casi de inmediato, primero con un gemido largo y luego con varios más cortos, rotos, mientras el coño le latía alrededor del juguete. Me apretó la cabeza entre los muslos sin hacerme daño, pero con una necesidad bruta que me encantó sentir. Seguí lamiéndola durante su orgasmo, recogiendo todo, hasta que empezó a apartarme con la mano porque ya no aguantaba más sensibilidad.

Caí a su lado, sudada y todavía caliente. Nos quedamos unos minutos respirando, mirándonos de una forma muy distinta a la de la sala. Ya no había tanteo ni ensayo; el sexo nos había dejado demasiado claras. Ella me acarició el vientre y luego el pecho, esta vez sin urgencia, como si quisiera memorizar la textura de mi cuerpo después del desorden.

—No vine solo por apuntes —admitió con una media sonrisa.

—Ya me di cuenta.

Se rió bajito y me besó una vez más, lenta, saboreándome con calma. Después se levantó de la cama y empezó a vestirse sin prisa. Yo hice lo mismo, todavía con las piernas flojas. Fui a buscar los textos que le había prometido y se los entregué en la sala, donde el sofá seguía con la evidencia húmeda bajo un cojín mal puesto.

Antes de irse, se colgó el bolso al hombro, sostuvo los apuntes contra el pecho y se acercó a la puerta. Pensé que iba a despedirse con normalidad, como si todo hubiera sido un impulso aislado. En cambio, me rozó la muñeca y me dijo al oído:

—La próxima vez, ven tú a mi apartamento. Quiero oírte gemir sin que tengas que bajar la voz.

La vi salir con las piernas tan serenas como si no acabara de follarme por toda la casa. Cerré la puerta y me quedé apoyada en ella, sintiendo todavía el coño sensible y el sabor suyo pegado en la lengua. Los apuntes sobre mercadeo seguían sobre la mesa, intactos, como una coartada ridícula para algo que las dos habíamos querido desde mucho antes de sentarnos a estudiar.

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Comentarios(7)

SoledadOK

Excelente!!! de los mejores que lei esta semana

Laurita_MZA

Por favor una segunda parte!! se hizo cortisimo, quede con ganas de mas

CuriosaMente_AR

Me recordó algo que me pasó hace tiempo jaja, la vida imita al arte. Muy bien escrito, lo leí de un tirón

RosarioLectora

Me encantó como arranca, con esa excusa tan torpe. Se nota que fue escrito con detalle, no es de esos relatos que van directo al grano sin nada de suspenso.

paula_noc

¿Hay mas relatos del mismo estilo? hace rato que busco algo así y este me convenció desde el primer parrafo

Kikr4

jajaja la vecina tenia su plan bien armado desde el principio... tremenda estrategia

lauG_Cba

Muy bueno, me gustó que no fuera brusco. Esas que empiezan lento son las mejores. Segui asi!

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