La pijama que me regaló mi tía Renata
Tenía veintitrés años cuando decidí pasar las vacaciones de mitad de año en casa de mi tía Renata. Vivía sola en un departamento amplio del centro, con ventanales grandes y un cuarto de huéspedes que siempre había sido mío desde que empecé la universidad. Mi mamá y ella eran hermanas, pero no se parecían en nada. Renata era la más chica, la que nunca se había casado, la que a los cuarenta y dos seguía con el cuerpo firme y la mirada de quien todavía no se cansa de nada.
Yo llevaba una semana ahí y ya me había acomodado a su ritmo. Desayunos largos, tardes de lectura, cenas con vino. Nada extraordinario, salvo la forma en que ella me miraba cuando pensaba que no la estaba viendo. Un repaso lento, de arriba abajo, que me dejaba una tensión rara en la nuca.
Esa tarde estaba en el sillón viendo una serie cualquiera, en shorts cortos y una musculosa. Escuché su voz desde el cuarto.
—Valeria, vení un momento.
Me levanté y crucé el pasillo. La puerta estaba entreabierta. Renata estaba sentada al borde de la cama con una bolsa de papel en la falda y esa media sonrisa que le conocía desde chica.
—Te compré algo —me dijo—. Vení, sentate.
Sacó de la bolsa una pijama de dos piezas, satén color vino, con un short muy corto y una blusita de tirantes finos. Me la puso en las manos.
—Probátela.
—Voy al baño y vuelvo —dije, girando.
Me agarró de la muñeca. Suave, pero firme.
—Acá, tonta. Somos mujeres. Quiero ver si te queda.
Me quedé parada frente a ella un segundo. Después bajé los hombros, me saqué la musculosa por la cabeza y la dejé caer sobre la silla. Los shorts se me deslizaron por las piernas casi solos. Quedé en corpiño y bombacha, y sentí cómo me repasaba el cuerpo sin ningún disimulo.
—Cómo creciste —murmuró—. Ya sos toda una mujer.
Tomó la blusita del satén y la desplegó. Cuando se la iba a pedir para ponérmela, me miró y ladeó la cabeza.
—¿Y si te la probás sin corpiño? Se ve mejor sin marcas debajo.
No me dio tiempo a contestar. Me rodeó con los brazos, buscó el broche a mi espalda y lo abrió con dos dedos. El corpiño se soltó y ella misma me bajó los tirantes por los hombros. Mis tetas quedaron al aire y yo, por reflejo, las cubrí con los brazos.
—Quieta —dijo, y me bajó los brazos con las manos—. Dejámelas ver.
Sus dedos rozaron el costado de mis pechos, apenas. Me dio un escalofrío en toda la espalda. Renata sonrió, agarró la blusita y me la pasó por la cabeza. El satén me cayó frío sobre los pezones, que ya estaban duros. Después me acomodó el short subiéndomelo por las piernas, y sus manos se demoraron más de lo necesario en mis muslos.
—Date una vuelta.
Empecé a girar. Me frenó con las dos manos en las caderas cuando quedé de espaldas. Bajó las palmas lentamente por mi culo, apretándolo, como si me acomodara la ropa. Sentí los dedos rozarme entre las piernas, muy cerca del coño, y no pude evitar contener la respiración. Después subió otra vez, metió las manos por debajo de la blusita y me agarró las tetas desde atrás.
—Perfecta —dijo contra mi oreja—. Tengo buen ojo.
Me giré para agradecerle y le di un abrazo. Ella no me soltó. Bajó las manos hasta mi culo y empezó a acariciarlo por encima del satén, apretándolo con las dos manos. Yo tenía los brazos alrededor de su cuello y no me atrevía a moverme. Levanté la cara para mirarla y ahí estaba, con los labios entreabiertos, la mirada fija en mi boca.
Nos besamos sin decir nada. Primero un roce, un pico casi tímido. Después ella me atrapó el labio de abajo entre los dientes y me lo mordió despacio, y ya no hubo forma de parar. Le abrí la boca con la mía, le busqué la lengua, y sentí un tirón de calor entre las piernas que me dejó floja. Sus manos me subieron por la espalda, me bajaron otra vez al culo, me apretaron contra ella.
—Qué rica que estás, mi amor —dijo, jadeando—. Qué ganas te tenía.
Me empujó suave hacia la cama. Cuando me caí sentada, ella se paró frente a mí y me sacó la blusita de un tirón. Se agachó, agarró un pezón con la boca y me lo chupó fuerte. Yo pegué un gemido que no reconocí como mío. El otro pezón me lo pellizcaba con los dedos, tirando de él, y con la lengua me daba vueltas al que tenía en la boca. Los tenía hinchados, doloridos de tan duros. Cada vez que me succionaba, sentía un latido directo en el coño.
—Voy a probarte —murmuró, y me tumbó de espaldas.
Me metió los dedos por debajo de la cintura del short, corrió la tanguita a un costado y me tocó los labios del coño con la yema del dedo del medio. Lo movió despacio, subiendo hasta el clítoris, apretándolo con la punta.
—Mirá cómo estás de mojada —dijo, sacando el dedo y mostrándomelo brillante—. Estás empapada.
Se llevó los dedos a la nariz, cerró los ojos, aspiró hondo. Después se los metió en la boca y los chupó con los ojos clavados en los míos. Nunca en mi vida había visto algo tan sucio ni tan hermoso. Me pasó los dedos húmedos por el labio de abajo y me los volvió a meter en su boca.
—Sabés riquísimo, sobrina.
Se quitó la blusa por la cabeza y se soltó el corpiño de un movimiento. Las tetas le cayeron pesadas, más grandes que las mías, con los pezones oscuros y ya erguidos. Me tomó las manos y me las puso encima, apretando mis dedos contra su carne.
—Tocame. No tengas miedo.
Le apreté las tetas, sentí el peso, la piel tibia. Se inclinó y me besó otra vez mientras yo se las estrujaba. Ella se sentó a horcajadas sobre mí, apoyando el pubis contra el mío, y empezó a moverse encima haciendo círculos con las caderas. La sentía caliente incluso a través del satén. Le pasé las manos por la espalda, le bajé al culo y se lo agarré fuerte, y ella soltó una risa ronca contra mi cuello.
—Aprendés rápido.
Se corrió a un costado y me arrancó el short y la tanguita de un solo movimiento. Quedé desnuda del todo, con las piernas abiertas, y ella me miró sin apuro, como si estuviera decidiendo por dónde empezar.
—Estás preciosa —dijo, y se metió entre mis muslos.
Me pasó la lengua por la cara interna de la pierna, primero una, después la otra. Me dio un mordisco suave en el pliegue de la ingle que me arrancó un gemido largo. Después me apoyó la boca entera sobre el coño y me lo lamió de abajo hacia arriba, muy lento, separándome los labios con la punta de la lengua.
Yo agarré la almohada con las dos manos.
Renata me chupó los labios del coño uno por uno, los tiró con los dientes, y después buscó el clítoris. Cuando lo encontró, cerró los labios alrededor y empezó a succionar, moviendo la lengua encima al mismo tiempo. Se me arqueó la espalda sola. Grité algo que no era una palabra. Ella me apretó las piernas para abrirme más, me hundió la cara y no paró.
—Así —le supliqué—. Así, tía, no pares, por favor.
Empezó a moverme el coño contra su boca agarrándome de las caderas, marcándome el ritmo. La sentía chupar, lamer, morder apenas. De vez en cuando bajaba y me metía la punta de la lengua adentro, y yo temblaba con cada empujón. Se me subió el placer como una ola, sin aviso, y me apretó todo el cuerpo. Le agarré la cabeza con las dos manos y se la pegué contra el coño, empujando las caderas hacia arriba. Me vine con un gemido largo, roto, y sentí la corrida salir caliente contra su lengua.
Ella siguió lamiendo mientras yo temblaba. Cada roce me daba una descarga tan fuerte que me tuve que apartar. Cuando por fin me soltó, subió por mi cuerpo besándome la panza, las tetas, el cuello, hasta llegar a la boca. Me besó con el sabor mío todavía en los labios.
—¿Te gustó? —me susurró.
—Muchísimo —le dije, sin aire.
—Ahora te toca a vos.
Se puso de rodillas en la cama y yo me arrodillé enfrente de ella. Me pasó los dedos por el pelo, me lo corrió detrás de la oreja.
—No tengas miedo. Yo te voy indicando.
Empecé por el cuello, mordiéndoselo suave como me había hecho a mí. Bajé a las tetas y le agarré un pezón con la boca. Se lo chupé como me habían dado ganas todo el rato.
—Más fuerte —dijo—. A mí me gustan bien apretados los pezones.
Chupé más fuerte, mordí, tiré con los dientes. Escuché el gemido y sentí un tirón de orgullo entre las piernas. Le hice lo mismo al otro pezón. Ella me apretaba la cabeza contra su pecho, ayudándome.
Le bajé la lengua por la panza, hasta el ombligo, hasta el borde de la falda. Ella la desabrochó, se la sacó, se sacó también la tanga y se acostó de espaldas con las piernas abiertas. Su coño era distinto al mío: más lleno, con los labios más marcados, brillante de lo mojada que estaba. Me quedé mirándolo unos segundos.
—Vení —me dijo—. Sacá la lengua y ponémela acá.
Me guio con la mano. Cuando pasé la lengua por primera vez, sentí un sabor fuerte, salado, con algo dulce debajo. Me gustó. Volví a pasarla, esta vez con más ganas, y ella soltó un suspiro largo.
—Más despacio, mi amor. Ahí. Buscá el clítoris.
Subí la lengua hasta encontrárselo. Estaba duro, del tamaño de una cerecita, y en cuanto lo toqué las caderas de ella se movieron solas.
—Así —dijo, y me clavó los ojos—. Mirame mientras me lo hacés.
Levanté los ojos sin dejar de lamer. Verla así, con la boca abierta, las tetas subiendo y bajando, gimiendo por lo que le estaba haciendo yo, me puso más caliente que nunca. Me acomodó los dedos índice y anular en la boca, me los cubrió de saliva y me los llevó a la entrada de su coño.
—Metémelos. Movelos adentro mientras me chupás.
Se los hundí despacio. Estaba tan mojada que se deslizaron enteros sin resistencia. La sentí apretarlos por dentro, caliente, viva. Empecé a moverlos afuera y adentro mientras seguía chupándole el clítoris, y ella empezó a moverse contra mi mano.
—Así, sobrina, así, no vayas a parar.
Metí y saqué más rápido. Le sumé un tercer dedo cuando la sentí abrirse más. Ella tiraba la cabeza para atrás, gemía sin parar, se apretaba las tetas con las manos, se pellizcaba los pezones. Cada tanto me miraba y volvía a cerrar los ojos.
Me agarró la muñeca de golpe y empezó a empujarla ella misma, marcando el ritmo. Los dedos entraban y salían con un ruido húmedo, obsceno, que me tenía a mí también a punto. Le succioné el clítoris fuerte, jugué con la lengua encima, y sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo.
—Me vengo, mi amor —jadeó—. Me vengo, no pares, seguí, seguí.
Se le arqueó la espalda, cerró los muslos contra mi cara, apretó el coño contra mis dedos con una fuerza que no me la esperaba. Sentí las contracciones adentro, los espasmos alrededor de los dedos. Se vino con un gemido ronco que hizo temblar la cama.
Aflojó despacio. Me pasó la mano por el pelo, me tiró suave para que subiera. Me acomodó al lado suyo, me besó con la boca abierta, sin apuro, saboreándose. Después me apoyó la cabeza en su pecho y me acarició la espalda.
—Van a ser unas vacaciones inolvidables —me dijo bajito, riéndose contra mi pelo.
Todavía sentía el sabor de ella en la boca y el temblor entre las piernas. No dije nada. Cerré los ojos y me acomodé más contra su cuerpo. La pijama nueva, arrugada en el piso, iba a ser el primero de muchos regalos.

