La milf que se soltó con el amigo de mi hijo
Llevaba meses separada y, aunque me repetía que estaba aprendiendo a estar sola, la verdad era más simple: tenía hambre de piel, de atención y de sentirme viva otra vez. La fiesta de graduación de mi hijo fue la excusa perfecta para arreglarme más de la cuenta, sonreír como si nada me pesara y fingir que no notaba cómo su mejor amigo me miraba cada vez que creía que yo no lo veía.
Se llamaba Mauro. No era un muchacho; era un hombre hecho y derecho, adulto, alto, con hombros anchos, barba bien cuidada y esa clase de calma que me desarmaba más que cualquier frase atrevida. Llevaba años entrando y saliendo de mi casa como amigo de mi hijo, siempre respetuoso, siempre correcto, y quizá por eso me había costado admitir lo obvio: me ponía loca.
En la fiesta, mi hijo se perdió entre amigos, música y brindis. Mauro se quedó cerca de mí. Al principio fueron roces pequeños, una mano en mi cintura para abrirme paso entre la gente, su boca demasiado cerca de mi oído cuando hablaba, mi muslo tocando el suyo en la mesa. Después llegaron los besos robados en un rincón oscuro del jardín del salón, rápidos y tensos, como si ambos estuviéramos probando el borde de algo que llevaba demasiado tiempo creciendo.
—Si me sigues besando así, no voy a querer volver a casa —le murmuré.
—Entonces no volvamos todavía —contestó, mirándome la boca.
Ese tono sereno me encendió más que una grosería. Porque debajo de esa calma había hambre. La sentía en la forma en que me apretaba la cintura, en cómo su respiración cambiaba cuando yo pegaba el cuerpo al suyo, en el bulto duro que rozó mi cadera cuando me arrinconó un instante contra una pared lateral.
No hicimos nada más allí porque todavía quedaban ojos alrededor y porque mi hijo, antes de irse con su grupo a seguir la noche, nos encontró juntos y se despidió con una naturalidad que me dejó nerviosa. Me abrazó, me dio un beso en la mejilla y luego chocó el hombro con Mauro, bromeando como siempre.
—Cuida a mi madre, que hoy anda demasiado guapa.
Sentí que se me secaba la garganta. Mauro sonrió apenas y respondió con un gesto. Yo también me reí, pero por dentro estaba ardiendo.
En el auto de regreso me senté de copiloto, y apenas avanzamos dos calles le puse la mano en el muslo. Él siguió conduciendo, firme, sin apartarme, como si me estuviera dando espacio para decidir si de verdad iba a hacerlo. Lo hice. Deslicé la palma hasta su entrepierna y apreté por encima del pantalón. Estaba durísimo.
—Mierda —solté, con una risa nerviosa—. Llevas así desde la fiesta, ¿verdad?
—Desde antes —dijo sin mirarme—. No quería faltarte al respeto.
—Pues ahora mismo lo que menos quiero es respeto.
Me volví hacia él y lo besé. Fue torpe por el cinturón y por el espacio, pero bastó para encendernos más. Su lengua entró en mi boca con hambre contenida, y yo gemí apenas, agarrándole el paquete otra vez, frotándolo con descaro. Él soltó el volante solo un segundo para sujetarme del cuello y besarme más hondo.
Terminamos llegando a mi casa de madrugada y esa primera noche me folló en mi cama hasta dejarme sin voz. Dormimos pocas horas, enredados, sudados, con olor a sexo en las sábanas. A la mañana volvimos a hacerlo antes de bañarnos, como si ninguno quisiera despertar del todo y admitir lo que estaba pasando.
***
Después de despedir a mi hijo en la terminal para su viaje, me quedé mirándolo irse con una mezcla rara de alivio y vértigo. Cuando el autobús arrancó, Mauro y yo caminamos hacia el coche guardando una distancia absurda, como si todavía tuviéramos algo que ocultar. En cuanto cerré la puerta del copiloto, me volví hacia él y le agarré la cara.
—Ya no puedo seguir comportándome como si esto no me estuviera volviendo loca.
Lo besé con fuerza. Él me devolvió el beso al instante, metiéndome la mano entre los muslos. Llevaba un vestido fresco, suelto, y debajo solo unas bragas negras de encaje y un sostén a juego. Sus dedos se hundieron entre mis piernas por encima de la tela y soltó una exhalación grave.
—Estás empapada.
—Por tu culpa.
—No —dijo, apretando un poco más—. Por ganas.
Eso me hizo reír y gemir al mismo tiempo. Le mordí el labio. Luego me aparté, respirando hondo.
—Vamos a comer primero o voy a hacer que me cojas aquí mismo.
Fuimos a un restaurante al otro extremo de la ciudad, uno con reservados discretos. Pedí cerveza. Él pidió un refresco porque no toma. Apenas nos dejaron solos en la mesa, me abalancé otra vez sobre él. Necesitaba tocarlo, olerlo, comprobar que seguía ahí. Mi mano bajó directa a su bragueta y sentí el bulto crecer bajo mis dedos.
—Me encanta lo que me haces —le dije al oído—. Anoche me dejaste temblando y todavía te quiero dentro.
Él me sostuvo de la nuca y me dio un beso lento, más controlado que los míos, como si estuviera administrando su deseo para no romperme ahí mismo. Pero debajo de la mesa me abrió las rodillas con la pierna y me rozó la entrepierna con la punta del zapato. Ese gesto mínimo me hizo apretar los muslos y humedecer más la tela.
Comimos poco y jugamos mucho. En cuanto terminamos el primer plato, le agarré la mano y me la metí debajo del vestido. Le hice tocarme la braga empapada, pegada al coño.
—Siente cómo estoy.
Sus dedos se quedaron quietos un segundo, absorbiendo la humedad a través del encaje.
—Si no sacas esta mano ahora, te voy a llevar al baño y no salimos más.
—Entonces llévame a otro sitio.
Él entendió. Pagamos rápido y salimos casi sin hablar. En el estacionamiento, antes de subir al coche, me empujó suavemente contra la puerta y me besó como si por fin hubiera decidido dejar de contenerse. Su rodilla se metió entre mis piernas, justo donde más la necesitaba, y yo le froté el paquete con desesperación.
—Hotel —le susurré, jadeando—. Ya.
Eligió uno cercano. Cuando entramos a la habitación y la puerta se cerró a nuestra espalda, tuve la sensación física de que el aire cambiaba. Había una cama enorme, luces cálidas, un sofá bajo y un espejo lateral que me devolvió la imagen de una mujer colorada, despeinada y con los ojos brillando como hacía años no me pasaba.
Dejé el bolso sobre una silla y me giré hacia él.
—Ven.
No esperé a que caminara. Fui yo. Le desabotoné la camisa con manos torpes de impaciencia, aparté la tela de su pecho y se la saqué. Luego me arrodillé delante de él. Mauro me miró con una mezcla de sorpresa y deseo crudo que me hizo mojarme todavía más.
—No tienes que…
—Cállate —le dije, abriéndole el cinturón—. Quiero.
Bajé la cremallera, le metí la mano dentro del pantalón y le agarré la polla por encima del bóxer. Dura. Caliente. Gruesa. La apreté despacio y él cerró los ojos. Le bajé la ropa de un tirón y salió libre, tiesa, pesada, con la punta húmeda. La miré un segundo antes de pasarle la lengua por el glande.
Su mano fue a mi pelo, no para forzarme, sino para sostenerme. Yo le rodeé la base con los dedos y empecé a chuparlo despacio, saboreando la sal de su piel y el líquido que ya le corría. Me gusta sentir cómo una polla cambia dentro de la boca, cómo late, cómo se endurece más con cada pasada de lengua. La suya reaccionó de inmediato.
Le lamí desde los huevos hasta la punta, deteniéndome en el frenillo, escuchando cómo la respiración se le rompía arriba de mí. Después lo metí más hondo, tomando longitud poco a poco, relajando la garganta. Me sujetó el pelo con más fuerza cuando empecé a marcar el ritmo con la cabeza.
—Joder… —gruñó—. Así… no pares.
Eso hice. Lo mamé con ganas, sin prisas al principio, y luego más rápido, sintiendo su polla resbalar mojada entre mis labios. Le chupé los huevos, volví al glande, le di pequeñas succiones cortas que lo hacían temblar. Cuando intentó apartarme para no correrse tan rápido, lo abracé por los muslos y me lo metí otra vez hasta donde pude, mirándolo desde abajo.
—Si te corres, te tragó completo —murmuré, sacándolo apenas para hablar.
Le brillaron los ojos. Esa amenaza le encantó.
Metió aire por la nariz y me dejó hacer. Yo lo devoré. Ya no estaba jugando. Quería provocarle esa sacudida en el vientre, sentirlo perder el control. Lo noté en la tensión de sus piernas, en el temblor de su mano, en cómo empezó a decir mi nombre entre dientes.
—Nora… Nora, voy a…
No lo dejé terminar. Apreté más la boca, aceleré, me hundí otra vez. Y se corrió. Se vació con gemidos roncos, disparándome caliente sobre la lengua y el fondo de la garganta. Tragué lo que pude sin apartarme, seguí mamándolo durante la corrida, sintiendo cada espasmo de su polla, cada latido. Un poco se me escapó por la comisura y me lo limpié con los dedos para volver a pasarlos por el glande.
Cuando aflojó al fin, levanté la cara. Él me miraba como si no supiera si abrazarme o arrodillarse conmigo.
—Así te quería —le dije, tragando lo último.
Me levanté y me besó. Notó su propio sabor en mi boca y gruñó. Ese beso lo cambió todo, porque ya no era tanteo ni culpa ni nervio: era puro morbo. Él me abrió el cierre del vestido, me lo bajó por los hombros y lo dejó caer al suelo. Sus manos se fueron directas a mis tetas, todavía dentro del sostén negro. Las apretó con hambre, besándome el cuello.
—Llevo demasiado tiempo imaginando esto.
—Pues deja de imaginar y fóllame.
Me quitó el sostén y se quedó mirando mis pezones endurecidos. Agachó la cabeza y se metió uno en la boca mientras la mano libre me bajaba la braga por las piernas. Quedé desnuda delante de él, con los tacones todavía puestos, abierta, caliente, sin ganas de disimular nada.
Me llevó al sofá y me hizo sentar al borde. Se arrodilló entre mis piernas y me abrió más con las manos. Sentí su aliento en el coño antes de la primera lamida y se me escapó un gemido largo, avergonzado solo por lo alto que sonó.
—Mauro…
Me agarré del respaldo mientras su lengua subía y bajaba por mi vulva, separando labios, hundiéndose donde estaba más mojada. Chupó despacio al principio, como saboreándome, y luego encontró el clítoris y lo trabajó con una precisión que me desarmó. No era torpe ni ansioso: sabía exactamente cuánto apretar, cuánto alternar lengua y boca, cuándo meter dos dedos dentro y cuándo sacarlos para volver a lamer.
Yo le abría más las piernas, le empujaba la cabeza, gemía sin pudor. El sonido húmedo de su boca entre mis muslos me puso al borde demasiado rápido. Metió dos dedos hasta el fondo y los curvó dentro de mí mientras me succionaba el clítoris, y el orgasmo me cayó encima como una descarga.
Me corrí con la espalda arqueada y las piernas temblando, apretándole la cabeza entre los muslos. Él no se apartó. Siguió lamiendo mientras yo me sacudía y soltaba gemidos rotos, hasta dejarme blanda, goteando sobre su boca y su mano.
—Qué rico te corres —dijo, levantándose con la barbilla mojada.
—Y todavía no has empezado.
Eso le arrancó una sonrisa oscura. Me tumbó boca arriba en la cama, abrió un preservativo del cajón de noche y se lo puso sin dejar de mirarme. El gesto de enfundarse la polla, dura otra vez, me hizo apretar las piernas un instante. No por miedo. Por hambre.
Se colocó entre mis muslos y me rozó la entrada con la punta. Yo levanté las caderas, impaciente.
—Métela ya.
Entró despacio, centímetro a centímetro, haciéndome sentir el grosor, obligándome a recibirlo de verdad. Yo gemí y le clavé las uñas en los brazos. Cuando estuvo dentro por completo, se quedó quieto un segundo, respirando conmigo.
—Mierda, qué apretada estás.
—Porque te estaba esperando.
Entonces empezó. Primero embestidas firmes, largas, profundas, como si quisiera grabarse el camino. Después más fuerte. El golpe de sus caderas contra las mías llenó la habitación de un ritmo sucio y delicioso. Yo abría más las piernas, lo sentía entrar hasta el fondo y salir cubierto de mi humedad, para volver a meterse con esa presión exacta que me hacía ver luces.
—Así —le decía—. No pares. Más duro.
Me obedeció. Me agarró los muslos y me puso las piernas sobre sus hombros para penetrarme todavía más hondo. La posición me dejó abierta del todo. Cada embestida me arrancaba un sonido nuevo, más animal, menos controlado. Él también había dejado de contenerse. Me follaba con la mandíbula apretada, sudor en el pecho y gemidos graves escapándosele cada vez que yo apretaba alrededor de su polla.
Sentía cómo el orgasmo volvía a subir, más lento que el primero pero más pesado, acumulándose en el vientre. Me llevé una mano al clítoris y empecé a tocarme al ritmo de sus embestidas.
—No —me dijo, apartándome la mano—. Déjame hacerlo yo.
Metió la mano entre nuestros cuerpos y frotó donde necesitaba justo cuando aumentó la fuerza de las penetraciones. La combinación me destrozó. Me corrí gritando su nombre, contrayéndome alrededor de él. Mauro soltó una maldición, me agarró de la cintura y siguió dándome, aprovechando mis sacudidas para empujar más hondo, hasta correrse también dentro del preservativo con una serie de gemidos roncos.
Se dejó caer sobre mí unos segundos, ambos jadeando. Pero yo no había tenido suficiente. Le mordí el hombro, todavía con la respiración entrecortada.
—No me digas que ya acabamos.
Él levantó la cabeza y sonrió, agotado y excitado a la vez.
—Dame cinco minutos y vuelvo a follarte.
—Te doy dos.
***
Nos metimos a la ducha para enjuagarnos el sudor y allí volvimos a calentarnos. El agua tibia resbalaba por su pecho mientras yo lo acariciaba. Me empujó contra la pared de azulejos y me besó con una mano en la garganta, no apretando, solo sujetándome, mandándome callar con la mirada. Ese gesto me humedeció de nuevo al instante.
—Date la vuelta.
Le obedecí. Apoyé las manos en la pared, separé las piernas y sentí su polla, ya firme otra vez, rozándome el culo y luego la entrada del coño. Se había puesto otro preservativo y esa previsión me gustó más de lo que quería admitir.
Me penetró desde atrás de una sola embestida. Grité. La postura hacía que lo sintiera distinto, más crudo, más hondo, golpeando en un ángulo que me dejaba las rodillas flojas. Él me agarró de la cintura y empezó a darme duro, sin adornos, con el agua corriendo sobre los dos y el sonido húmedo de las embestidas rebotando en el baño.
—Así te quería ver —me dijo al oído—. Con el coño abierto para mí.
—Sí… sí… joder, sí.
Una mano me sujetaba la cadera; la otra subió a una teta, luego bajó a mi clítoris. Me frotó rápido, casi cruel, mientras seguía penetrándome. Yo ya no podía hablar. Solo aguantaba, gemía, movía las caderas hacia atrás para recibirlo más. Sentía el orgasmo venir con una violencia distinta, más inmediata.
Me corrí otra vez contra la pared, apretando los dientes, dejando una mancha de vaho con mi respiración. Él duró apenas unas embestidas más antes de correrse también, enterrado hasta el fondo, gruñendo mi nombre en la nuca.
Salimos de la ducha riéndonos, exhaustos y todavía excitados por haber cruzado una línea que ya no tenía vuelta atrás. Me puse solo el albornoz del hotel y me serví un trago del minibar. Mauro se sentó en la orilla de la cama, desnudo, con esa mirada de hombre satisfecho que siempre quise provocar.
—No me mires así —le dije.
—¿Así cómo?
—Como si acabaras de descubrir un vicio nuevo.
—No lo descubrí hoy —respondió—. Solo dejé de pelearme con él.
Me acerqué, abrí el albornoz y me senté a horcajadas sobre sus piernas. Su polla descansaba semidura contra mi muslo, sensible todavía. La agarré despacio y la froté entre mis pliegues, mojándola otra vez.
—Entonces deja de pelearte del todo.
Volví a montarlo, esta vez despacio, mirándolo a los ojos mientras me ensartaba centímetro a centímetro. Las manos de Mauro subieron a mis nalgas y me ayudaron a bajar. Cuando estuvo completo dentro de mí, empecé a moverme con un vaivén lento, circular, sintiendo cada parte de su polla rozarme por dentro.
No era la violencia de antes. Era otra clase de lujuria: más consciente, más viciosa. Yo me deslizaba sobre él usando mis piernas, apretándolo, inclinándome a veces para besarle el cuello, otras para darle mis tetas y que las chupara. Él me lamía los pezones, me agarraba el culo, me susurraba obscenidades bajas que me hacían estremecer.
—Mírate —dijo, señalando el espejo lateral.
Giré la cara y nos vi. Yo, una mujer madura montando con descaro al amigo adulto de su hijo; él, sujetándome como si no quisiera perder un segundo de aquello. La imagen me encendió todavía más. Empecé a cabalgarlo con fuerza, haciendo chocar mis caderas contra las suyas.
—¿Te gusta verme así? —pregunté, jadeando.
—Me vuelve loco.
—Entonces mírame bien cómo me follas.
Me sujetó de la cintura y tomó el control del movimiento, alzándome y dejándome caer sobre su polla una y otra vez. Yo gemía sin cerrar la boca, sintiendo cómo el placer me subía por las piernas y me apretaba el vientre. Él metió la mano entre nosotros y volvió a tocarme el clítoris. Fue demasiado. Me corrí sacudiéndome sobre su regazo, apretándolo tanto que Mauro se vino detrás, enterrando la cara entre mis pechos para ahogar el gemido.
Nos quedamos quietos, unidos, sudados otra vez. Afuera ya estaba cayendo la tarde. Dentro de la habitación solo había olor a sexo, alcohol suave y ropa tirada por el suelo.
Apoyé la frente en la suya y sonreí.
—Creo que esto se nos salió de las manos.
—Hace rato.
—¿Y ahora?
Él me acarició la espalda desnuda, despacio.
—Ahora te llevo a casa. Y si me dejas entrar, vuelvo a meterte en tu cama y no salimos hasta mañana.
Sentí un escalofrío limpio, satisfecho. Lo besé una vez más, largo, saboreándolo.
—No pienso dejarte en la puerta.
Nos vestimos sin demasiada prisa. Antes de salir, me miré en el espejo y vi una versión de mí misma que había echado de menos: despeinada, sí; culpable, un poco; pero viva, deseada y todavía húmeda por un hombre que me había follado como yo necesitaba. Y eso, en ese momento de mi vida, valía más que cualquier remordimiento.
En el coche, mientras anochecía, apoyé la mano en su muslo. Él la cubrió con la suya y la apretó. No hacía falta decir mucho más. Los dos sabíamos que la historia no había terminado en ese hotel. Apenas estaba empezando.