La sed que me llevó al cuarto de mi hermano
Tenía diecisiete años y el calor no me dejaba dormir. Entré a su cuarto en busca de agua y encontré algo que jamás olvidaré.
Tenía diecisiete años y el calor no me dejaba dormir. Entré a su cuarto en busca de agua y encontré algo que jamás olvidaré.
Su mano estaba donde no debía estar, y mi voz le susurraba cosas que ningún hijo debería escuchar. Pero ninguno de los dos quería detenerse.
Era tarde, estábamos solos en casa, y mamá comenzó a hablar de algo que nunca debió contarnos. Para cuando quise detenerla, ya no quería que parara.
La casa olía a vino y a silencio. Esa noche, con el kimono abierto y la copa en la mano, decidí que no iba a necesitar a nadie para sentirme viva.
Cuando me abrió la puerta con el pelo todavía mojado, supe que había soñado con ese momento desde la adolescencia, sin atreverme a nombrarlo.
Bajaba de madrugada al colchón del piso donde dormía él, me cubría con las sábanas y me quedaba ahí hasta que terminaba. Casi nunca nos atrapaban.
Esa noche, sola en mi cama, recordé su piel desnuda y el calor de sus pechos hinchados, y supe que algo dentro de mí ya no podría volver atrás jamás.
Sangraba dentro de mis medias rotas, pero seguí caminando hasta su puerta. Necesitaba mirarlo a los ojos y saber si lo que yo sentía era recíproco.
Subir siete pisos a pie con tacones no era ningún chiste. Lo que no sabía es que el portero llevaba semanas mirándome como si yo fuera una promesa por cumplir.
Cuando la casa quedó vacía por fin, saqué el body rojo, el tequila y el espejo grande. Sabía exactamente cómo iba a pasar esas horas.
Aquella noche bajé descalza a darle las buenas noches a mi tío. Toqué la puerta dos veces. Cuando la abrí, lo encontré en una situación que no debía haber visto.
El borde de los zapatos me había agujereado las pantimedias y cada paso ardía como una penitencia, pero no me detuve hasta tocar su timbre.
Nos separaban casi quince años. Yo los sabía de memoria, él no parecía importarle. Esa noche en la cena de empresa, la música tomó el control antes que nosotros.
Cuando se bajó los tirantes del bañador, supe que la fiesta acababa de empezar. Y que esa botella de vino blanco no la habíamos abierto por casualidad.
Cada mañana me despierto con el mismo fuego. No es amor, no exactamente. Es algo más urgente, y ningún alivio dura lo suficiente para apagarlo del todo.
Sabía que no era sensato. Rodeé el puente de todos modos, bajé por el paredón y lo encontré durmiendo exactamente donde lo había dejado.
Entré al juego para hacer amigos. Me quedé porque ahí había hombres que querían lo mismo que yo: algo real, sin nombre y sin futuro.
Abrí los ojos en su habitación sin recordar cómo había llegado. Él estaba en la cocina, medio desnudo y tranquilo, como si todo fuera completamente normal.
Era la primera vez en semanas que tenía la casa para mí sola. Supe desde el primer segundo exactamente lo que iba a hacer con esas horas.
Guardaba sus textos en una carpeta privada, los releía de noche con la luz apagada. Llevaba meses haciéndolo antes de atreverme a escribirle.