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Relatos Ardientes

El ensayo terminó en trío frente a su obsesión

Vi a Darío por la mirilla y supe que iba a arruinarme la tarde.

Estaba plantado frente a mi puerta con una chaqueta verde oscura y esa cara de perro perdido que siempre le aparecía cuando otra mujer lo dejaba girando en círculos. Miraba a un lado y al otro del pasillo, inquieto, como si temiera que alguien lo viera haciendo el ridículo. Y lo estaba haciendo. Respiré hondo antes de abrir, porque dentro de mi cuarto, sentada con el bajo sobre los muslos, Vera marcaba un ritmo con la cabeza y yo no pensaba desperdiciar el ensayo por culpa de un tipo que no entendía una indirecta ni aunque se la escribieran en la frente.

—Va a seguir tocando hasta que le abras —dijo Vera sin dejar de pulsar las cuerdas.

—Ya lo sé. Qué fastidio.

Volvieron a llamar. Dejé mi guitarra sobre la cama, crucé el departamento y pregunté sin abrir:

—¿Qué quieres, Darío?

—¿Está Alma contigo?

Hasta por la puerta se notaba lo desesperado.

—Y si estuviera, ¿qué?

—Solo necesito entender por qué no me responde. Te juro que no vendría si no estuviera tan confundido.

Abrí porque me cansé de hablarle a la madera, no porque quisiera ayudarlo. En cuanto lo vio, la luz naranja de la tarde le dio de lleno en la cara y él parpadeó como si entrara a otro mundo. Mi apartamento estaba bañado por ese sol tibio que volvía todo más lento: las dos camas, los cables de los amplificadores, la guitarra apoyada sobre la colcha y los hombros desnudos de Vera asomando bajo los tirantes de su blusa.

—No puedes pasar —le dije al principio—. Estamos ensayando.

—Entonces sí está aquí.

Tuve que apoyar el brazo en la jamba antes de que se animara a asomarse más de la cuenta.

—No. No está. Estamos Vera y yo, nada más.

—¡Hola, Vera! —gritó él, inclinando el cuello.

—¡Hola, Darío! —respondió ella desde adentro con una alegría que sabía, perfectamente, que iba a irritarme.

La escuché reír por lo bajo. Yo pensé que lo mejor era dejarlo entrar un minuto, quitármelo de encima y devolverme a mis cosas. Ese fue mi error.

Darío pasó con esa mezcla rara de timidez y confianza del que siempre cree que las personas van a salvarlo de sí mismo. Traía un vinilo viejo para Vera, una de esas búsquedas absurdas que ella le encargaba porque le divertía verlo correr detrás de sus caprichos. Se lo entregó y ella le regaló una sonrisa lenta, de labios grandes y ojos cansados. El muy idiota se iluminó por completo.

Me tiré sobre mi cama y lo dejé hablar.

—Llevo días buscándola —dijo—. No sé qué hice mal.

—No hiciste nada —le contesté por enésima vez—. Ese es justamente el problema. No eres su novio. Solo le serviste mientras tuvo ganas.

Se quedó quieto, tragando saliva.

—Pero estuvimos viéndonos semanas.

—¿Viéndose? —dije—. ¿O follando cuando a ella se le antojaba?

Se puso rojo hasta las orejas. Vera apartó la vista, mordiéndose la sonrisa. Yo seguí porque era mejor ser cruel que verlo inventarse una historia romántica que no existía.

—Le gustaste en un momento puntual. Le sirvió tenerte disponible. Tú te montaste una película.

Darío suspiró, derrotado. Mientras hablaba, al muy imbécil se le ocurrió tomar mi guitarra del borde de la cama y pasar la mano por el cuerpo barnizado con una familiaridad que no le correspondía.

Me incorporé de golpe y se la arranqué.

—No toques mi guitarra.

—Perdón. Extraño tocar.

—Pues extraña en silencio.

Vera soltó una carcajada abierta. Darío sonrió con vergüenza y terminó sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, mirándonos como si esperara una revelación. Ahí fue cuando la tarde cambió de tono.

Le explicamos, entre bromas, lo que Alma quería de él. Que dejara de perseguirla. Que fingiera distancia. Que conociera a otra mujer. Que la hiciera sentir reemplazable. Que, por una vez, dejara de oler a necesidad.

—No podría mentirle —admitió.

—Entonces no mientas —dijo Vera, levantándose de su cama—. Haz algo real.

Yo la miré, primero sin entender. Ella caminó despacio hasta quedar frente a él. Darío alzó la cabeza. Vera se inclinó apenas, lo bastante para dejarle ver el escote y la calma con que lo observaba.

—¿No te gusto? —preguntó con una falsa ofensa que me hizo sonreír.

Darío tartamudeó el nombre de Alma. No terminó la frase. Vera le metió una mano en la nuca y lo besó.

Fue un beso largo, húmedo, sin ninguna duda. Nada de rozarse por accidente ni de probar apenas. Le abrió la boca con la lengua y le comió el aliento allí mismo, en medio del cuarto. Vi cómo a Darío se le tensaban los hombros antes de rendirse y agarrarse a su cintura. Vera se separó un instante.

—Así sí —dijo—. No beses como si estuvieras pidiendo permiso todo el tiempo.

Me reí desde la cama, pero ya sentía ese cosquilleo bajo el ombligo que me aparecía cada vez que ella se imponía sobre alguien. Vera lo volvió a besar. Esta vez tomó las manos de Darío y se las bajó hasta su cintura, obligándolo a sujetarla con firmeza. Después apretó el cuerpo contra él. El movimiento fue mínimo, pero alcanzó para que la erección se le marcara bajo el pantalón.

Vera lo sintió y sonrió sobre su boca.

—Mira nomás. Ya reaccionaste.

Darío apartó la cara, avergonzado. Yo no pude evitar fijarme también. Se notaba duro, hinchado, empujando la tela. No era solo calentura. Había algo casi desesperado en cómo se le aceleró la respiración al verse atrapado entre la vergüenza y el gusto.

—Esto te serviría mejor que seguir llorando por Alma —le dije.

Vera se puso detrás de él, pegando el pecho a su espalda, y lo hizo girar para dejarlo mirándome. Pasó la barbilla por su hombro con una familiaridad deliciosa.

—Tiene labios muy ricos —me dijo—. Ven a comprobarlo.

—No me interesa convencerme de nada.

—Mentira.

Me levanté con desgano fingido. Apoyé una mano en el pecho de Darío. Lo sentí agitado bajo la camiseta. Acerqué la boca a la suya, dejé apenas un roce en la comisura y, cuando él ya esperaba el beso, giré la cabeza y besé a Vera.

Ella me recibió con hambre. Nos agarramos de la nuca y la cintura mientras Darío quedaba en medio, tieso, caliente, sin saber si mirar, tocar o pedir. Me encantó sentirlo atrapado entre las dos, oliendo nuestros cuerpos y sin tener más remedio que contemplar cómo nos besábamos a centímetros de él.

—¿Ves? —le dije cuando me separé—. Y esto es solo un beso.

Vera, todavía detrás de él, metió una mano por debajo de mi camiseta ancha. Me acarició el vientre primero, despacio, como si estuviera dibujándome. Después subió hasta el pecho y apretó el pezón entre los dedos. Jadeé. Darío lo escuchó de cerca. Lo vi bajar la vista, tragando saliva otra vez.

—Ojalá pudieras ver lo que estoy tocando —murmuró Vera en su oído.

No quise darle más ventaja a la tela. Me saqué la camiseta por la cabeza y la dejé caer a los pies de la cama. El aire tibio de la tarde me rozó los pechos y Darío se quedó mirándolos con esa mezcla de devoción y miedo que empezaba a excitarme de verdad. No los tocó. Ni siquiera lo intentó.

—Míralo —dije—. Parece que se va a desmayar antes de meter mano.

—Entonces habrá que enseñarle.

Vera me tomó de la cintura. Yo la besé otra vez y ella respondió frotándose contra la espalda de Darío. El cuarto olía a polvo caliente, cables, sudor leve y esa tensión espesa que antecede al sexo cuando ya nadie piensa en detenerse.

—Prenda por prenda —dije, recordando el origen de aquella visita absurda.

—Me parece justo —contestó Vera.

Darío entendió al instante. Se levantó torpemente, se desabrochó el cinturón y se bajó el pantalón con urgencia. Debajo llevaba unos bóxers oscuros ya completamente tensos. Vera pasó la palma sobre el bulto, recorriéndolo de arriba abajo. Él cerró los ojos y apoyó la cabeza hacia atrás, sobre el hombro de ella.

—Está duro de verdad —dijo Vera, apretándolo a través de la tela.

—Enséñalo —ordené.

Se bajó los bóxers con una mezcla de pudor y necesidad. La polla le saltó libre, ya tiesa, gruesa, con el glande brillante y el pulso latiéndole en la base. Vera la agarró sin delicadeza, como si quisiera pesarla en la mano. Él soltó un gemido ronco y breve, sorprendido por la firmeza.

Yo me senté al borde de mi cama con las piernas abiertas para mirarlo mejor. No tenía nada extraordinario, pero me gustó que temblara apenas bajo los dedos de Vera. Había algo excitante en ese cuerpo masculino puesto a nuestra disposición, esperando instrucciones.

Me incliné hacia delante y acerqué los labios a la punta sin tocarla. Darío me miró. Sostuve esa distancia a propósito y soplé apenas. Su polla dio un tirón involuntario. Las dos nos reímos.

—Mira qué obediente —dije.

Vera empezó a masturbarlo con un ritmo lento, apretando desde la base hasta el glande y volviendo a bajar con la mano húmeda de saliva. Darío respiró más fuerte. Yo me tumbé sobre la cama y me arqueé un poco, disfrutando de ser observada. Metí la mano por dentro de mis bermudas, sobre la tela de la ropa interior, y empecé a acariciarme.

—Quiero que pienses en mí la próxima vez que te den ganas de correr detrás de Alma —le dije—. En mis tetas. En mi coño. En cómo te tendríamos aquí otra vez si se nos antoja.

Vera aceleró la mano.

—Mírala bien —le susurró—. Porque está empezando a calentarse por tu culpa.

No era solo por su culpa, pero me gustó escucharlo. Me desabroché las bermudas, me las quité junto con la ropa interior y abrí más las piernas. El sol me caía de lado, caliente, y me dejó el coño completamente expuesto frente a él. Ya estaba mojada. Lo sabía por el brillo entre los labios y por cómo la mano me resbalaba fácil al pasar por el clítoris.

Darío se quedó hipnotizado. Vera no dejó de masturbarlo. La polla subía y bajaba dentro de su puño con un sonido húmedo cada vez más claro.

—¿Te gusta verme así? —pregunté.

—Sí —admitió con la voz rota.

—Entonces no mires como santo. Mira como hombre.

Le sostuve la mirada mientras me metía dos dedos y los movía dentro de mí. Gemí sin exagerar, de verdad necesitada ya, sintiendo cómo se me endurecían los pezones. Vera soltó la polla solo un instante para quitarse la blusa de tirantes. Se quedó en shorts, con los pechos pequeños y firmes libres, y me dio un calor más en el cuerpo.

—A mí también me está poniendo mal verla —dijo, y volvió a agarrarlo.

Esta vez lo hizo con más velocidad, más morbo. Le escupió en la punta y repartió la humedad con la mano. Darío se mordió el labio. Yo quería más que mirarlo. Quería usarlo.

—Tráelo —dije.

Vera lo condujo hasta la cama. Lo dejó de pie junto a mi entrepierna, todavía sujetándolo por la base. Primero frotó la polla contra mi muslo. Luego la arrastró por el monte de vello corto y por los labios mojados, de arriba abajo, haciendo que el glande se empapara con mi humedad. Sentí el calor de su cuerpo y la tensión en sus piernas. Él estaba al borde de perder el control, pero seguía sin atreverse a hacer nada por sí mismo.

—Si esperas una invitación formal, te vas a secar antes que ella —dijo Vera, burlona.

—Métemela —ordené yo.

Él me miró como si necesitara confirmar que hablaba en serio. Separé mis labios con los dedos y levanté un poco la pelvis.

—Vamos. No me hagas repetirlo.

Darío agarró su polla con la mano temblorosa, la acomodó en mi entrada y empujó apenas. La punta entró lenta, resbalando en mi humedad. Solté el aire de golpe. Vera le apretó el hombro.

—Hasta el fondo.

Obedeció. Me penetró de una sola embestida contenida, no brusca pero sí completa, y ahí sí gemí fuerte. Lo sentí lleno, caliente, duro dentro de mí. Se quedó inmóvil un segundo, como si el simple hecho de haberlo conseguido lo hubiera dejado aturdido.

—No te quedes ahí —le dije—. Fóllame.

Empezó torpe, entrando y saliendo con cuidado excesivo, como si aún creyera que iba a romper algo. Vera lo corrigió al instante. Le bajó los shorts de una vez, se arrodilló detrás de él y le agarró las nalgas.

—Más fuerte. Si ella te pide polla, no se la des con miedo.

Le dio una palmada seca en el culo y eso bastó. Darío tomó ritmo. Las embestidas se volvieron más profundas, más seguras. Yo abrí más las piernas y me sujeté de las sábanas. Cada vez que me la metía hasta el fondo, el colchón crujía y mis pechos temblaban frente a su cara. Lo vi mirarlos con hambre.

—Tócalos —le ordené.

Por fin se atrevió. Me agarró un pecho con la mano derecha mientras seguía penetrándome y me lamió un pezón con una torpeza deliciosa. No era experto, pero el deseo le salía limpio, sin cálculo. Eso me calentó todavía más.

Vera seguía detrás de él, besándole la espalda, el cuello, la nuca. De vez en cuando le pasaba la mano por el pecho o bajaba hasta los huevos para sentirlos tensos. Darío gemía sin poder decidir si concentrarse en mi coño apretándolo o en la boca de ella sobre su piel.

—Así —le dije—. Ahora sí pareces menos imbécil.

Me reí al decirlo, pero el placer ya me cortaba las frases. Vera se levantó de la alfombra y se subió a la cama a mi lado. Me besó mientras él seguía entrando y saliendo. Nuestras lenguas se encontraron con violencia, compartiendo mis gemidos y el aliento entrecortado. Su mano bajó entre mis piernas para rozarme el clítoris alrededor de la polla que me follaba.

El efecto fue inmediato. Me estremecí y apreté a Darío por dentro. Él soltó un quejido ronco.

—Joder —dijo—. Me voy a correr.

—No todavía —contestó Vera—. Aguanta.

Se arrodilló frente a él y tomó su polla cuando salió de mí en una embestida. Antes de que volviera a entrar, le lamió el tronco cubierto de mi humedad y se metió el glande en la boca apenas un segundo. Darío casi se dobló. Yo me incorporé sobre los codos para verlos mejor. La escena era demasiado buena: su cara perdida, la boca de Vera brillando, mi propia excitación latiéndome entre las piernas abiertas.

—Vuelve a meterla —dije.

Él obedeció enseguida. Esta vez folló con desesperación real. Me clavaba la polla y salía casi hasta la punta antes de volver a entrar. El sonido húmedo de nuestras caderas llenó el cuarto. Vera me abrió más las piernas y se colocó a mi lado para meterme dos dedos mientras él me penetraba. Me frotó el clítoris con la otra mano, alternando presión y círculos exactos, sabiendo dónde hacerme perder la cabeza.

—Así, Romi, así —murmuró junto a mi oído.

—No me digas Romi —jadeé por costumbre, y eso la hizo reír.

Darío no paraba. Ya no parecía el tipo tímido de la puerta. Estaba sudado, concentrado, hundiéndome la polla con ganas de verdad. Yo le clavé las uñas en el brazo cuando sentí que el orgasmo empezaba a subir desde el vientre.

—No aflojes —le dije—. No se te ocurra aflojar ahora.

Vera me besó el cuello y me chupó un pezón mientras me seguía tocando. El cuarto se redujo a eso: su boca, sus dedos, la polla entrando y saliendo, mis caderas recibiendo el golpe una y otra vez. Me corrí con un gemido largo, apretándolo dentro de mí y temblando de piernas y abdomen. Sentí cómo Darío perdía casi al mismo tiempo la poca disciplina que le quedaba.

—Sácala —dijo Vera de golpe.

Él salió de mí jadeando. Vera se arrodilló frente a su polla y empezó a pajearlo rápido, violentamente, usando mi propia humedad para deslizar la mano. Yo, todavía agitada por el orgasmo, me acerqué a la orilla de la cama y le abrí más las piernas con una mano.

—Córrete para nosotras —ordené.

Darío me miró una fracción de segundo y se corrió. Los chorros le saltaron sobre el abdomen y parte cayó en mi muslo. Vera no apartó la mano hasta exprimirle la última sacudida. Él soltó un gemido ronco y quedó temblando, con la cabeza gacha.

Nos miramos y nos echamos a reír los tres, no por ternura sino por la descarga brutal de tensión. Yo pasé dos dedos por mi muslo, recogí un poco de semen y se lo mostré antes de limpiarlo en la sábana vieja que ya estaba condenada.

—¿Ves? —le dije—. Ya tienes otra cosa en qué pensar.

Creí que ahí terminaría. No fue así.

Vera me miró con esa chispa desafiante que siempre me desarmaba. Sin decir nada, me apartó las piernas otra vez y se inclinó entre ellas. Su lengua tocó mi coño todavía sensible, lento al principio, apenas abriendo los labios para saborearme. Gemí de inmediato y le agarré el pelo. Darío seguía ahí, desnudo, todavía con la polla semidura, mirando como si no pudiera creer su suerte.

—Quédate quieto y aprende —le dijo Vera antes de volver a lamerme.

Yo estaba demasiado caliente para fingir pudor. Le abrí más las piernas y ella me comió con ganas, metiendo la lengua, chupando el clítoris, alternando caricias suaves con otras más firmes que me hacían arquear la espalda. Darío se sentó en el suelo frente a la cama, a la altura exacta de mi entrepierna, fascinado por la escena.

—Acércate —le dije.

Se aproximó a cuatro patas, obediente de nuevo. Le agarré la barbilla.

—Si quieres mirar, mira de cerca.

Vera siguió lamiéndome mientras él observaba cómo su boca se hundía entre mis labios. Yo le pasé una mano por el pelo a Vera y la otra la bajé hasta la polla de Darío, que estaba recuperándose. La acaricié despacio, sintiendo cómo volvía a endurecerse. El muy cabrón reaccionaba rápido.

—Tienes energía de sobra —murmuré.

Vera se separó un momento, con la boca brillante, y besó a Darío para que probara en sus labios mi sabor. Él respondió como si fuera un premio sagrado. Aproveché para arrodillarme detrás de ella y besarle la espalda desnuda. Le bajé los shorts y la ropa interior de una sola vez. Su culo quedó redondo y tenso frente a mí, y entre sus piernas ya se veía el brillo de su propia excitación.

—Ahora me toca a mí —dije.

La hice inclinarse sobre la cama y le separé las nalgas antes de lamerla. Vera soltó un gemido ahogado, apoyando los antebrazos en el colchón. Mi lengua subió despacio por su coño mojado y volvió a bajar, insistiendo en el clítoris hasta sentirla temblar. Delante de ella, Darío la besaba torpemente y le sobaba los pechos. La imagen me puso peor.

—Métele los dedos —le dije a él sin dejar de lamer.

Darío obedeció. Vera abrió más las piernas y él le metió dos dedos mientras yo le chupaba el clítoris. Ella gemía cada vez más fuerte, empujándose contra mi boca y contra la mano de él. Me incorporé solo para escupir en mis dedos y meterle uno, luego dos, moviéndolos dentro de ella al ritmo en que él la tocaba desde delante.

—Joder... así... no paren —dijo Vera, ya sin rastro de broma.

Nos coordinamos sin hablar mucho más. Darío le comía la boca. Yo la follaba con los dedos y le chupaba el coño hasta dejarla al borde. Cuando sentí que empezaba a cerrarse y abrirse alrededor de mi mano, supe que estaba a punto.

—Córrete —le dije contra la piel.

Vera se corrió con un gemido ronco, el cuerpo entero temblándole. Tuvo que agarrarse del cabezal de la cama para no venirse abajo. Yo me limpié la boca con el dorso de la mano y me levanté riendo. Darío la sostuvo por la cintura, igual de mareado que ella.

Nos quedamos unos segundos recuperando aire, desnudos entre instrumentos, ropa tirada y olor a sexo fresco. La tarde ya se estaba apagando. El cuarto había pasado de estudio improvisado a campo de batalla y no me arrepentía de nada.

Entonces sonaron llaves en la cerradura.

Los tres nos congelamos.

—Mierda —susurré.

Darío reaccionó primero, presa del pánico. Recogió los bóxers y el pantalón como pudo y se agachó de golpe al lado de la cama de Vera, casi metiéndose debajo. Ella se subió los shorts a medias. Yo alcancé mis bermudas, pero no la camiseta. Se abrió la puerta antes de que pudiera hacer más.

Entró Alma con su estuche al hombro, maquillada, cansada y sin la menor idea de que el hombre que llevaba días persiguiéndola estaba a menos de un metro, escondido como rata asustada.

Dejó la chaqueta en la cama y nos miró. Vio nuestros torsos desnudos, el desorden, el calor en las caras.

—¿Ensayo sin ropa? —preguntó, alzando una ceja.

Me obligué a sostenerle la mirada aunque todavía sentía el coño sensible y el sabor de Vera en la lengua.

—Estamos en casa. Nadie nos cobra por usar camiseta.

Alma soltó una risa breve, demasiado cansada para sospechar más.

—Me da igual. ¿Qué estaban tocando?

Vera y yo nos miramos apenas un segundo. A nuestros pies, el silencio de Darío era casi milagroso. La situación entera era tan absurda que estuve a punto de echarme a reír otra vez.

—Lo de siempre —dije al final, agarrando mi guitarra y acomodándomela sobre los muslos—. Una canción que se salió de control.

Si este relato te dejó con ganas y estás en zona oeste, conocé escorts en Ituzaingó.

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Comentarios(4)

EstebanF

excelente!!! uno de los mejores de esta categoria sin dudas

Facundo_rioBA

Por favor seguí con esto, quede con ganas de mas. No puede terminar ahi!!

NocheEnMadrid

Me recordo a algo que viví hace tiempo, muy parecido. Buen momento para leer esto jaja

SofiaM_lect

Como se te ocurren estas historias? Queda dando vueltas en la cabeza mucho rato despues de terminar

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