La subasta donde ganamos a una mujer para tres
Salimos de aquel piso con una sonrisa de agotamiento y vicio que no hacía falta explicar. Íbamos los tres en silencio al principio, como pasa cuando acabas de compartir algo demasiado intenso y todavía lo llevas pegado a la piel. Luego empezó la charla sucia, inevitable, porque cada uno seguía saboreando a la mujer que le había tocado entre las manos.
Rubén fue el primero en soltar la carcajada.
—Joder, la morena me dejó seco. No pensé que una boca tan bonita pudiera tragarse tanto.
Damián negó con la cabeza, todavía excitado por el recuerdo.
—La rubia estaba loca. Me montó como si quisiera partirme la polla dentro.
Yo no dije nada durante unos segundos. Seguía viendo a Vera retorciéndose bajo nosotros, con ese cuerpo largo, ese culo firme y esa forma descarada de pedir más sin una pizca de vergüenza.
—La de vestido rojo nos va a costar cara —murmuré al fin—. Pero si aparece la oportunidad, yo pujo por ella.
Los otros dos me miraron y sonrieron enseguida, porque ya sabían a qué me refería. Al sábado. A la reunión privada en la finca de un conocido mío, una de esas fiestas donde el dinero compra tiempo, fantasías y obediencias negociadas de antemano.
—¿Cuánto pones? —preguntó Rubén.
—Mi parte está lista —respondí—. Si vamos juntos, podemos llegar lejos.
Damián levantó la mano como si estuviéramos cerrando un trato de negocios, pero con la polla aún mandando más que la cabeza.
—Entonces ya está. Si ella acepta entrar en la subasta, la intentamos sacar entre los tres.
Chocamos las manos allí mismo, junto al coche, con una decisión que olía a semen reciente, ambición y ganas de repetir.
***
Al día siguiente llamé a Mara, que era la que tenía más confianza conmigo de las tres. Había pasado la noche anterior con nosotros y sabía bien en qué clase de terreno se movía. Contestó rápido, con esa voz de mujer satisfecha que todavía arrastra el sueño y el recuerdo del placer.
—¿Ya me echas de menos? —preguntó riéndose.
—Te hago una propuesta mejor que un polvo rápido —le dije—. Una fiesta privada. Mujeres adultas. Una subasta con normas pactadas. El dinero para vosotras, salvo la comisión de la casa.
Se quedó callada un momento. Pude imaginarla mordiéndose el labio, excitada por el morbo de no saber quién pagaría por tenerla un día entero.
—Eso suena muy cerdo —dijo al fin—. Y muy rentable. ¿Podemos poner límites?
—Todos los que queráis. Nada se hace sin dejarlo claro antes.
—Entonces déjame hablar con las otras dos.
No tardó ni media hora en devolverme la llamada. Las tres estaban dentro. No solo eso: estaban nerviosas y húmedas con la sola idea de mostrarse ante una sala llena de desconocidos con dinero y hambre.
Quedamos en que yo pasaría a recogerlas la tarde del sábado. Mientras tanto, avisé a Rubén y a Damián. Comimos juntos ese mediodía y hablamos solo de una cosa: a cuál de las tres íbamos a dedicar toda la puja. Había morbo en todas, pero Mara era la elegida. Tenía esa mezcla de descaro, culo generoso y mirada retadora que volvía loco a cualquiera.
—Si se dispara demasiado, ¿paramos? —preguntó Damián.
—Pararemos cuando no quede un puto euro —dijo Rubén.
Yo asentí. La quería en una cama grande, jadeando para nosotros, y no pensaba perderla por dudar dos segundos.
***
El sábado me preparé como si fuera a una ceremonia. Ducha larga, afeitado completo, perfume caro, traje claro, zapatos oscuros. No era vanidad. Era ritual. A cierta edad uno sabe que el deseo también entra por la presencia, por la seguridad, por la forma de llegar a una habitación sabiendo lo que quiere.
Conduje hasta el edificio donde vivía Mara y la esperé abajo. Tardaron más de lo previsto. Cuando al fin salieron, entendí por qué.
Las tres parecían haber bajado de un sueño sucio hecho a medida para hombres con dinero y malas intenciones. Mara venía con un vestido rojo ajustado que le abrazaba el cuerpo entero. No llevaba sujetador; se notaba en la forma firme de los pezones contra la tela. La otra morena, Lidia, llevaba negro de arriba abajo, escote profundo y medias oscuras que asomaban cada vez que caminaba. La rubia, Noa, había elegido una falda corta y una blusa fina que dejaba ver el contorno de las tetas con una claridad provocadora.
Mara se sentó a mi lado. Las otras dos atrás.
—¿Vamos lejos? —preguntó.
—Lo suficiente para que os pongáis más nerviosas —respondí.
Ella sonrió. Los nervios le brillaban en los ojos, pero no eran de miedo. Eran de excitación pura.
Tomamos la autopista y el silencio duró poco. Por el espejo vi a Noa deslizar la mano por el muslo de Lidia hasta metérsela bajo la falda. Lidia abrió las piernas apenas unos centímetros, lo justo para dejarla trabajar. La mano de Noa empezó a moverse con esa lentitud cruel que enciende más que cualquier embestida.
Lidia soltó un suspiro y llevó una mano al pecho de la rubia, apretándole un pezón a través de la blusa. Noa sonrió sin dejar de acariciarla entre las piernas. Yo seguía mirando la carretera, pero mi polla ya estaba dura dentro del pantalón.
Mara se dio cuenta. Siempre se daba cuenta de todo.
Sin decir nada, me abrió la bragueta y sacó mi polla. La tomó con una mano, pesada y ya tensa, y me pasó la lengua por el glande con una calma que me hizo apretar el volante. Después bajó más, chupando desde la base hasta la punta, húmeda, lenta, mirándome de reojo para disfrutar del efecto que tenía en mí.
—Mírala cómo se pone —dijo Noa desde atrás, riéndose—. Ni hemos llegado y ya está loca.
Mara no contestó con palabras. Bajó la cabeza otra vez y se metió media polla en la boca. Su lengua jugó con el frenillo, después profundizó más, relajando la garganta hasta tragarse casi todo. Sentí el calor húmedo de su boca, el vacío de la succión, la presión exacta de sus labios deslizándose arriba y abajo.
Yo maldije entre dientes.
Detrás, Lidia se había echado hacia el asiento y Noa le estaba comiendo el coño con la falda recogida. Veía solo fragmentos en el espejo: muslos abiertos, una mano aferrada al respaldo, la cabeza rubia hundida entre las piernas de la otra. Los gemidos de Lidia llenaban el coche, bajos y constantes, mientras Mara me mamaba con más ritmo, más hambre, más babas.
—Para en algún lado —murmuró ella, soltándome solo un segundo—. O te vas a correr conduciendo.
Tenía razón. Salí en la siguiente área de servicio y aparqué lejos, en una esquina vacía donde no molestara nadie. En cuanto apagué el motor, Mara volvió a mi polla como si la hubiera dejado a medio trabajo. Esta vez no tuvo paciencia. La agarró con las dos manos, me lamió el glande y se la hundió hasta el fondo, apretándome con la garganta.
Le sujeté el pelo y empecé a marcarle el ritmo. Entraba y salía de su boca viendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas, no de pena sino de esfuerzo y excitación. Ella gemía con la polla adentro, tragando saliva y babas, y cada vez que la sacaba me la dejaba brillante, temblando, a punto de estallar.
Detrás, Noa estaba sentada con las piernas abiertas y Lidia le frotaba el coño con dos dedos mientras le chupaba las tetas por encima de la blusa. Las dos jadeaban como perras calientes. El coche olía a perfume caro, saliva y sexo inmediato.
—Córrerte en mi boca —murmuró Mara, sin dejar de pajearme—. Quiero tragármelo todo antes de llegar.
No necesité más. Le empujé la cabeza con firmeza, hundí la polla hasta su garganta y me corrí ahí mismo, en varias sacudidas espesas que ella fue tragando sin apartarse. Cuando terminé, sacó la lengua para mostrarme que no había dejado nada y sonrió, sucia y orgullosa.
—Ahora sí —dijo, limpiándose la comisura de los labios—. Ya podemos ir a vendernos.
***
La finca parecía un palacio aislado en mitad de la nada. Piedra restaurada, ventanales altos, jardines oscuros y una entrada iluminada con un gusto obscenamente elegante. Nos recibió una pareja anfitriona que ya conocía de otras reuniones: ella, imponente, vestida de negro; él, correcto y cordial, con esa educación pulida de quien organiza excesos sin levantar la voz.
Las mujeres fueron conducidas a un salón aparte para registrar sus límites. Yo acompañé a mis socios a la sala principal. Había otras candidatas, otros compradores, copas caras y una tensión de mercado carnal que siempre me había parecido adictiva. No se trataba solo de sexo. También estaba el juego del poder, la exhibición, la sensación brutal de competir por un cuerpo deseado sabiendo que ese cuerpo había decidido estar ahí y cobrar por ello.
Cuando empezó la subasta, las tres aparecieron en una plataforma elevada. Noa abrió la ronda y se fue por un precio obsceno. Lidia tampoco salió barata. Cuando llegó el turno de Mara, la sala se tensó de verdad.
Subió con el vestido rojo, las piernas largas, el pecho firme y una expresión tranquila que disimulaba bien el morbo que llevaba por dentro. El presentador explicó que aceptaba sexo oral, vaginal y anal, juegos de exhibición privada, uso de juguetes si se pactaban antes, y que había ciertas líneas que solo revelaría al comprador final. Eso bastó para encender a media sala.
Las pujas subieron deprisa. Yo esperé. Rubén y Damián también. Dejamos que los nerviosos se desgastaran primero. Cuando pareció que el precio se estabilizaba, levanté la mano.
Un hombre canoso al fondo respondió. Luego una mujer rubia, acompañada de un tipo enorme. Nos enzarzamos los tres durante varios minutos que parecieron media hora. Cada cifra que oía me daba un pinchazo en el estómago, pero cuando miraba arriba y veía a Mara sosteniéndome la mirada, con la boca apenas entreabierta, sabía que no podía retirarme.
Rubén me tocó el brazo.
—Una más. Si entramos ahora, cae.
Le hice caso. Solté la cifra final con voz firme. La rubia dudó. El hombre canoso negó con la cabeza. El martillo bajó y Mara fue nuestra.
Ella no sonrió de forma evidente, pero yo la vi exhalar despacio. Le excitaba haber sido elegida. Le excitaba aún más saber que la habíamos comprado entre tres.
***
Nos entregaron la habitación asignada y la llevaron hasta nosotros unos minutos después. Entró sola, ya sin público, y cerró la puerta a su espalda. Solo entonces dejó caer la máscara tranquila y mostró la agitación real: respiraba deprisa, con las mejillas encendidas y los pezones duros bajo la tela roja.
—Antes de empezar —dijo—, quiero recordar mis límites.
Los escuchamos con atención. Nada de golpes en la cara. Nada de marcas visibles en el cuello. Nada de humillaciones verbales que no pidiera ella. Lo demás, dentro del respeto y del sentido común, estaba abierto.
—¿Y qué sí quieres? —preguntó Damián.
Mara se humedeció los labios.
—Quiero que no me tratéis con miedo. Quiero que me folléis de verdad. Y quiero correrme mucho.
Ese fue el único permiso que necesitábamos.
Me acerqué primero y la besé. No fue un beso tierno. Fue un beso lleno de lengua, de manos impacientes y de dientes rozando su labio inferior. Rubén le bajó los tirantes del vestido. Damián lo abrió desde la espalda. La tela cayó al suelo y Mara quedó desnuda ante nosotros, con un cuerpo que seguía teniendo ese poder raro de mezclar elegancia y putería en la misma postura.
Rubén se agachó enseguida para lamerle las tetas. Le rodeó un pezón con la lengua, se lo chupó, se lo mordió apenas, y ella gimió arqueando la espalda. Damián le abrió las piernas y le pasó los dedos por el coño ya mojado. No tuvo que insistir para encontrarla empapada.
—Mírala —dijo él—. Está chorreando antes de empezar.
—Porque llevo toda la tarde pensando en esto —respondió Mara, ronca—. No me hagáis esperar más.
La llevamos hasta el borde de la cama. Yo le acaricié la cara un instante y luego le señalé con la polla ya dura.
—De rodillas.
Obedeció sin teatro, con una naturalidad obscena. Se arrodilló entre mis piernas y me tomó en la mano. Primero me besó la punta. Luego me la metió en la boca despacio, chupando con una dedicación que me puso a gruñir. Mientras tanto, Damián la penetró con dos dedos y Rubén le abrió el culo con saliva y paciencia, acariciándoselo alrededor con la lengua hasta arrancarle un gemido que vibró directamente contra mi polla.
Mara mamaba bien. Muy bien. Sabía alternar profundidad y ritmo, usar la lengua, dejarse escurrir babas por la barbilla, mirarte justo cuando estabas a punto de perder la cabeza. Cuando Damián le metió un tercer dedo y empezó a follársela con la mano, ella tragó más de golpe y tuve que agarrarle el pelo para no corrérmele en la garganta en ese mismo momento.
Rubén se colocó delante de ella y le ofreció la polla. Mara sacó la mía un segundo, respiró, y se volvió hacia él para chupársela también, alternando una y otra como si hubiera nacido para eso. Nos dejaba los glandes relucientes, calientes, duros como piedra. Damián seguía detrás, metiéndole dedos en el coño y lamiéndole el culo con descaro, preparándola para lo que vendría.
—Basta de calentarme —dijo ella apartándose un momento, jadeando—. Quiero polla dentro ya.
La tumbamos boca arriba. Damián se colocó entre sus piernas y le abrió más los muslos. Yo me puse a su lado para que siguiera mamándome. Rubén levantó una pierna de Mara y se puso detrás, acomodando el glande en su culo lubricado. Ella nos miró a los tres, respiró hondo y asintió.
Damián fue el primero en entrarle en el coño. Despacio al principio, hasta hundirse entero. Mara abrió la boca y dejó salir un gemido largo, de alivio y hambre. Yo aproveché esa boca abierta para meterle la polla. La tomó al vuelo, acostumbrándose enseguida al nuevo ritmo. Entonces Rubén empezó a empujarle el culo con paciencia, centímetro a centímetro, hasta que ella se tensó.
—Sigue —murmuró—. Sigue, joder.
Rubén obedeció y terminó de entrar. Mara se quedó inmóvil unos segundos, llena por delante, ocupada por detrás y con mi polla en la boca. Su respiración se volvió errática. Los ojos se le pusieron vidriosos. Le gustaba. Le gustaba demasiado.
Empezamos despacio, coordinándonos por pura intuición. Cuando Damián salía, Rubén entraba. Cuando Rubén se quedaba quieto, Damián le golpeaba el coño con embestidas más hondas. Yo le follaba la boca marcando el ritmo con una mano en su nuca, viendo cómo la saliva le caía por la barbilla y le mojaba el pecho.
Los sonidos de la habitación se volvieron brutales: piel golpeando piel, gemidos rotos, respiraciones animales, el chasquido húmedo del coño de Mara tragándose polla una y otra vez. Ella no se guardaba nada. Gemía como una mujer feliz de estar siendo usada exactamente como había soñado.
Le apreté un pezón entre los dedos. Damián empezó a follarla más fuerte. Rubén empujó el culo con mayor decisión. Mara soltó mi polla, arqueó la espalda y gritó.
—Así, así, no paréis... joder... me voy a correr...
Se corrió con una violencia preciosa. El coño le palpitó alrededor de la polla de Damián, apretándolo tanto que él maldijo en voz alta. Mara tembló entera, me agarró la muñeca, cerró las piernas lo que pudo y volvió a abrirlas cuando el orgasmo aflojó, desesperada por más.
—Otra vez —pidió jadeando—. Quiero otra.
La giramos. Quedó a cuatro patas sobre la cama, con el culo levantado y la espalda arqueada. Rubén se la metió en el coño esta vez, entrando de una sola embestida que le arrancó un chillido. Damián ocupó su culo, ya bien abierto, y empezó a moverse con más dureza. Yo me coloqué delante de su cara y le ofrecí la polla; Mara la tomó enseguida, babeando de nuevo, feliz de tener la boca llena mientras la reventaban por detrás.
La visión era obscena. Sus tetas colgando y balanceándose. La boca ocupada. El coño abierto para Rubén. El culo cediendo a la polla gruesa de Damián. Sus manos agarradas a las sábanas. Su voz ahogada alrededor de mi polla cada vez que uno de los otros dos le daba más fuerte.
—Mírala, está disfrutando como una puta reina —dijo Rubén entre jadeos.
Y era verdad. Mara movía las caderas hacia atrás, buscando más profundidad, más castigo, más llenura. Cuando Damián la agarró de la cintura y empezó a darle sin piedad en el culo, ella soltó mi polla un segundo para gritar:
—Rómpeme, cabrón. No pares ahora.
El ritmo se volvió salvaje. Rubén le follaba el coño con golpes secos. Damián se hundía en su culo hasta hacerla sacudirse. Yo le llenaba la boca una y otra vez, rozándole la garganta. El colchón crujía debajo de nosotros. Mara ya no gemía: lloriqueaba, gritaba, pedía, se corría a medias y seguía queriendo más.
Le froté el clítoris con dos dedos mientras seguían penetrándola. Ese detalle la remató. Se corrió otra vez con un temblor violento que le cerró el coño y le hizo apretar el culo alrededor de Damián. Casi se desplomó, pero la sostuvimos entre los tres.
—No me soltéis —murmuró, completamente ida—. No me soltéis todavía.
La tumbamos de lado para darle un respiro. Yo me puse detrás de ella y le acaricié el vientre mientras Damián se colocaba frente a su cara. Mara le chupó la polla con una lentitud agotada y sensual, como si saboreara el esfuerzo. Rubén le abrió las piernas de nuevo y le comió el coño hinchado, lamiendo sus labios, su clítoris, su entrada empapada de corridas y flujo. Ella gimió con la cara enterrada en la pelvis de Damián, tragando su polla mientras el otro le sacaba más placer con la lengua.
No tardó en correrse sobre la boca de Rubén, mojándole la barba. Él sonrió al incorporarse, húmedo y satisfecho.
—Está para rematarla —dijo.
Yo también estaba al límite. La puse boca arriba y le levanté las piernas. Le metí la polla en el coño lentamente, disfrutando del calor blando y agotado de su interior después de tanto castigo. Mara me miró directo, con una mezcla de ternura y obscenidad que me terminó de desarmar.
—Córrerte dentro —me pidió—. Quiero sentirlo.
Empecé despacio, pero no tardé en perder el control. Cada embestida sonaba húmeda, pesada. Sus pechos saltaban. Su coño me apretaba todavía. Damián le puso la polla en la boca para que la chupara mientras yo la follaba, y Rubén le abrió una nalga para mirar cómo entraba y salía, fascinado por la escena.
—Qué coño tan hambriento —murmuró.
Eso me remató. Me hundí hasta el fondo y me corrí dentro de ella con una sacudida larga, notando cómo mi semen se vaciaba en su interior mientras Mara gemía alrededor de la polla que tenía en la boca.
Cuando salí, Rubén ocupó mi lugar en seguida. La agarró de los muslos y empezó a follársela con una energía nueva, como si hubiera estado guardándose precisamente para ese momento. Mara aún temblaba por mi corrida dentro, pero en cuanto lo sintió entrar volvió a encenderse. Damián le agarró la mano y la hizo pajearle mientras Rubén la clavaba contra el colchón con embestidas cortas y furiosas.
—Mírame —le ordenó él.
Mara lo miró.
—¿Así querías que te follaran?
—Sí —contestó sin vergüenza—. Así, joder. Así.
Rubén se corrió sobre su vientre y sus tetas, bombeando varias veces hasta dejarle el cuerpo manchado. Mara bajó la vista, sonrió con auténtico vicio y recogió parte de la corrida con dos dedos para llevársela a la boca.
Damián soltó una risa ronca.
—Te faltaba la mía.
La sentó al borde de la cama y se puso de pie frente a ella. Mara le mamó con hambre renovada, ayudándose con la mano, tragando profundo cada vez que él se la empujaba un poco más. Yo le acariciaba el cuello y el pecho mientras Rubén le sujetaba el pelo hacia atrás. Damián duró poco. Le temblaron las piernas, le agarró la cabeza con ambas manos y se corrió en su boca. Mara tragó casi todo, dejó que un poco le resbalara por la comisura y luego levantó la cara para mostrarnos su expresión satisfecha.
Se dejó caer hacia atrás, exhausta, con el cuerpo brillando de sudor y semen. Respiraba con dificultad, pero sonreía.
—Ahora sí me habéis follado de verdad —dijo.
Nos tumbamos a su alrededor unos minutos. No había ternura vacía ni discursos, solo ese silencio espeso y contento que queda cuando todo se ha hecho bien. Yo le acaricié el brazo y noté que todavía temblaba a ratos.
—¿Demasiado? —pregunté.
Ella negó con la cabeza y cerró los ojos.
—No. Exacto. Me comprasteis para un día y me habéis dado una noche que no voy a olvidar en la vida.
La miré ahí, desnuda entre los tres, satisfecha hasta el agotamiento, y supe que la subasta había valido cada billete. No solo por el sexo, que había sido sucio, duro y glorioso, sino por esa sensación adictiva de haber ganado algo que no se compra todos los días: una mujer adulta que sabía perfectamente lo que quería y tuvo el descaro de pedirlo sin rebajas.
Y nosotros, por suerte, supimos estar a la altura.
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