Trío en la oficina y descontrol en la fiesta
Los viernes en la oficina tenían una fama interna que nadie se atrevía a poner por escrito, pero todos conocíamos de memoria. Cuando el trabajo estaba al día y coincidía la gente adecuada, el horario se convertía en una excusa y el edificio dejaba de parecer una empresa para volverse otra cosa. Aquel día, además, éramos pocos. Demasiado pocos como para fingir normalidad.
Estaban Nora y Celia por parte de las mujeres. Nosotros éramos seis: Mauro, Simón, Esteban, Bruno, Damián y yo. Desde primera hora hubo miradas, mensajes por el chat interno y esa tensión de grupo que se nota incluso en el ruido de los teclados.
Nadie tuvo que decirlo en voz alta. Bastó con que Bruno escribiera: «Hoy no se perdona». A los dos minutos ya estábamos repartiéndonos fantasías como si estuviéramos organizando una reunión más.
La idea era simple: en cuanto una de ellas se levantara, íbamos a lanzarnos. Sin rodeos, sin comedia y sin hacernos los discretos. Celia solía ir al baño a media mañana. Nora, cuando la llamaban del despacho, nunca sospechaba nada.
Esperamos casi cuarenta minutos, trabajando a medias y con la polla dura a ratos bajo el escritorio. Cada vez que una de ellas cruzaba las piernas o se inclinaba sobre una carpeta, el ambiente se ponía peor. Yo ya estaba tan caliente que me tocaba por encima del pantalón como un adolescente, tratando de no correrme solo del morbo.
Entonces Celia se levantó.
La vimos pasar hacia el baño con ese paso tranquilo suyo, de mujer que sabe perfectamente cómo la miran. Al mismo tiempo, Bruno llamó a Nora desde su despacho con cualquier excusa sobre un informe. Ella entró sin sospechar nada y cerró la puerta detrás de sí.
Nosotros nos desnudamos en segundos. No hubo elegancia, solo prisas, respiraciones cortas y seis cuerpos tensos. Simón ya estaba completamente empalmado, meneándose la polla sin ningún pudor. Esteban se rió al verlo, pero él estaba igual.
Yo fui con Mauro y Simón hacia la salida del baño para esperar a Celia. Damián, Bruno y Esteban se quedaron con Nora. Escuchábamos voces ahogadas desde el despacho mientras nos preparábamos junto a la puerta, completamente en pelotas, con la verga dura y la piel erizada.
Cuando Celia salió, nos dejó helados un segundo.
Estaba desnuda.
Salió del baño sonriendo, con el pelo recogido y las tetas moviéndose apenas con cada paso. Al vernos, se rió en vez de sobresaltarse. Nos recorrió con los ojos, una polla tras otra, y chasqueó la lengua como si alabara una mesa bien servida.
—Ya decía yo que estabais tardando —soltó.
Simón no esperó más.
—Arrodíllate y empieza a chupar, que hoy te vas a quedar sin fuerzas.
Celia obedeció con una naturalidad que me puso todavía más caliente. Se puso de rodillas allí mismo, en mitad del pasillo, y agarró nuestras pollas como si eligiera por dónde empezar un banquete. Me dio un par de lamidas lentas en la punta, luego se metió la de Mauro en la boca hasta media garganta y con la mano empezó a pajear a Simón.
Gemía poco, pero miraba mucho. Esa mezcla era peor que cualquier grito. Yo le sujeté el pelo mientras ella me tomaba la polla y noté cómo la lengua me rodeaba el glande con una habilidad que no dejaba dudas: llevaba tiempo esperando aquello.
Me aparté un poco y me coloqué detrás de ella. Le abrí las nalgas y le vi el coño ya brillante, hinchado, mojado de verdad. Le metí dos dedos sin aviso y soltó un gemido ronco sin sacar la boca de la verga de Mauro. Empecé a moverle los dedos y luego bajé la lengua, comiéndole el coño y el culo desde atrás mientras seguía chupándonos.
Estaba empapada. Cada lamida me dejaba más claro que no había sorpresa ninguna, que aquella cabrona había venido preparada para que la reventáramos.
***
En el despacho, mientras tanto, Nora ya no fingía trabajo. Cuando después nos lo contó, la escena había sido casi igual de rápida. Bruno la entretuvo frente al escritorio, Damián le abrió la blusa por detrás y Esteban le bajó el pantalón de un tirón.
Nora no llevaba ropa interior. Eso terminó de volverlos locos.
—Menuda hija de puta, venías lista —le dijo Damián, arrodillándose para lamerle el coño.
—Claro —respondió ella—. Si no, me rompíais todo.
Bruno se puso delante de su cara con la polla dura, gordísima, y le ordenó que abriera la boca. Nora lo hizo de inmediato. Se la tragó con hambre, sin asco, sin reservas, mientras Damián le devoraba el coño y Esteban le retorcía los pezones.
Cuando entramos con Celia a la sala, empujándola todavía de rodillas delante de nosotros, encontramos a Nora apoyada sobre la mesa del despacho, completamente abierta, con la cara mojada de saliva y los ojos perdidos de excitación. Bruno le sujetaba el pelo para marcarle el ritmo de la mamada y Damián tenía la cara enterrada entre sus piernas.
—A la sala de juntas —dijo Mauro—. Aquí nos falta espacio.
Nadie discutió.
Fuimos todos hacia allí como una manada. Las dos mujeres desnudas al frente, nosotros detrás, con las pollas tiesas golpeándonos los muslos. Verlas caminar así, cruzando la oficina a plena luz del día, me dio un subidón brutal. Era absurdo, peligroso y exactamente lo que queríamos.
La sala de juntas tenía una mesa larga, un sofá bajo y cristal esmerilado en una de las paredes. Cerramos la puerta y ya no hubo orden ni turnos. Nora fue la primera en subirse a la mesa. Se colocó encima de Bruno, le agarró la polla y se la metió entera en el coño de una sola bajada.
—Joder, sí —jadeó—. Así, así.
Empezó a cabalgarlo con furia, rebotando sobre él mientras Esteban le plantaba la polla en la boca y Damián se colocaba a su lado para que lo pajeara. Era una visión obscena: una mujer montada sobre una verga, chupando otra y acariciando una tercera, desatada desde el primer segundo.
Celia me llevó al sofá. Me hizo sentar, se dio la vuelta y se bajó sobre mi polla de espaldas, metiéndosela poco a poco hasta que me enterró entero en su coño. Sentí cómo me apretaba de dentro y se me escapó un gemido. Mauro se puso delante de ella y le ofreció la polla, que Celia empezó a chupar mientras Simón le sobaba las tetas y le daba palmadas en el culo.
Yo la agarré por la cintura y empecé a follármela desde abajo, levantando las caderas para clavársela más hondo. Ella respondía moviendo el culo, restregándose, apretándome el tronco con cada subida. Tenía el coño ardiendo.
—No pares —me dijo con la boca ocupada—. Métemela toda.
La cogí por las tetas, tiré de ella hacia atrás y le empecé a embestir con más fuerza. Mauro le escupió en la boca cuando ella se apartó un momento y luego volvió a tragársela entera. Simón, mientras tanto, se colocó detrás y le metió dos dedos en el culo.
El grito que soltó hizo que todos miráramos un segundo.
***
La siguiente media hora fue un desorden feliz y sucio. Nos fuimos turnando, cambiando de agujero, de postura y de mujer. Cada vez que una parecía agotarse, se calentaba más. Nora terminó a cuatro patas sobre la mesa con Bruno dándole por detrás mientras Esteban le metía la polla en la boca por el frente. Cuando se la sacaron del coño, Damián ocupó su lugar y se la metió con tanta ansia que ella golpeó la mesa con las palmas y empezó a pedir más.
—Fóllame, cabrones, no me tratéis con cuidado —decía—. Quiero sentirlas todas.
Celia no se quedaba atrás. Me pidió que la pusiera sobre Mauro y la empalara desde atrás. La sentamos encima de él, con la polla de Mauro clavada en el coño, y yo me coloqué detrás para abrirle el culo con saliva y dedos. Ella misma echó la mano atrás para separarse las nalgas.
—Métela ya —me ordenó.
La punta entró despacio, apretada, caliente, y yo tuve que contenerme para no correrme en ese mismo momento. Mauro le agarró las tetas desde abajo y Celia gimió tan fuerte que me hizo perder la cabeza. Le fui metiendo la polla cada vez más profundo en el culo, acompasado con las subidas del coño sobre la verga de Mauro.
Simón se puso delante y le metió la polla en la boca. La escena era una barbaridad: Celia rellena por los tres agujeros, temblando, babeando, con los ojos puestos en mí mientras yo se la clavaba por detrás hasta el fondo.
—Así, joder, así... —balbuceó antes de correrse.
Su orgasmo le sacudió todo el cuerpo. El coño se le contrajo sobre Mauro y el culo me apretó con tanta fuerza que casi me vacía dentro. Tuve que agarrarla duro de las caderas para aguantar.
Nora también pidió doble. La tumbamos sobre la mesa boca arriba. Bruno se la metió en el coño y Damián le abrió bien las piernas para ir entrando en el culo poco a poco. Esteban le sujetó la cabeza y se la folló en la boca mientras ella se corría a medias, llorando de placer y pidiendo que no paráramos.
Verla así me dejó sin respiración. La mesa vibraba con cada embestida. Ella tenía las tetas rojas de tanto chuparlas y mordérselas, el vientre brillante de sudor, el coño hinchado de tantas pollas. Aun así seguía queriendo más.
***
Yo acabé volviendo con Nora. Me puse detrás de ella cuando Bruno le estaba destrozando el coño y le metí la polla en el culo despacio, disfrutando cómo se abría para recibirme. Ella giró la cara y me miró con una sonrisa sucia, de esas que no se olvidan.
—Ahora sí —dijo—. Ahora sí me vais a matar.
La follamos así un buen rato, hasta que se corrió temblando entre los dos. Bruno se sacó la polla justo antes de correrse y le bañó el vientre y las tetas. Yo la seguí unos segundos más por el culo y luego también tuve que salir para no vaciarme dentro. Le descargué una corrida espesa sobre el culo y la espalda baja. Nora se llevó la mano, recogió un poco y se lo chupó de los dedos sin vergüenza.
Celia terminó de rodillas en el suelo con Mauro y Simón pajeándose sobre su cara mientras yo le daba por detrás una última vez, rápido, brutal, ya al borde. Cuando me corrí, me saqué la polla del culo y se la metí en la boca. Solté la corrida entera ahí dentro, y ella tragó sin apartarse, mirándome.
Después cayeron los demás. Chorros de leche en la cara, en las tetas, en la boca, sobre la mesa, en el suelo. Gemidos agotados, risas nerviosas y esa sensación de haber destrozado la mañana por completo.
Nos quedamos tirados unos minutos, respirando fuerte, con las piernas flojas. Pero el día no había terminado.
***
Seguimos desnudos. Eso fue idea de Simón, y nadie tuvo fuerzas para discutirle nada. Después de ducharnos por turnos en el baño de la oficina y de limpiar a medias la sala de juntas, volvimos a los puestos en pelotas. El intento de retomar el trabajo fue una farsa ridícula.
Nora se paseaba provocando. Celia se inclinaba sobre cualquier escritorio solo para mostrar el culo. Nosotros escribíamos dos correos y nos quedábamos mirando. Yo seguía medio empalmado, como si mi cuerpo se negara a entender que ya me había corrido.
Cerca de la una llegó Vera, la pareja de Esteban. Él ya nos había avisado por mensaje. Dijo que venía a tomar algo con él, pero que sabía perfectamente cómo funcionaban los viernes y que, si el ambiente estaba caliente, no pensaba quedarse fuera.
Cuando entró y nos vio a todos desnudos, sonrió como si hubiera llegado a una fiesta privada montada para ella. Era pelirroja, de cuerpo firme, mirada descarada y una seguridad que llenó la oficina entera.
—Veo que no exagerabas —le dijo a Esteban, antes de besarle y palmearle la polla con familiaridad.
Nos la presentó y a mí me miró un segundo más de la cuenta. Luego me agarró la verga sin preguntar, apretando despacio.
—Tú debes ser el nuevo —dijo—. Me habían hablado de esta polla.
Se me endureció todavía más al instante. Ella se dio cuenta y se rió.
Nos fuimos otra vez a la sala de juntas. Esta vez las dos compañeras ya iban desatadas desde el primer minuto y fueron ellas mismas quienes se subieron a la mesa para besarse y tocarse delante de nosotros. Vera, en cambio, vino directa hacia mí. Se quitó la ropa mientras caminaba, dejándola caer al suelo prenda a prenda, sin apartar los ojos de los míos.
Tenía un cuerpo que pedía manos. Cuando quedó desnuda, se sentó al borde de la mesa, separó las piernas y me enseñó el coño mojado.
—Ven a trabajar —me ordenó.
Me arrodillé y empecé a comérselo sin hacerme de rogar. Le abrí bien los muslos, le hundí la lengua en el clítoris y después dentro, alternando con dos dedos que le metí hasta el fondo. Vera se retorcía, me agarraba del pelo, me guiaba la cabeza con una mezcla perfecta de exigencia y gusto.
—Joder, sí... así —jadeaba—. No pares.
Le metí un tercer dedo y luego un dedo en el culo. Le encantó. Se arqueó sobre la mesa y empezó a masturbarse las tetas, pellizcándose los pezones mientras yo le comía el coño y el culo con una hambre que me dejó temblando.
Cuando la tuve chorreando de verdad, me puse de pie. Ella me agarró la polla y se la acomodó sola en la entrada del coño.
—Ahora fóllame duro.
Se la metí de una embestida, completa, y Vera soltó un grito tan limpio y tan animal que los demás se giraron hacia nosotros. Empecé a darle fuerte, agarrándome de sus caderas. Su coño me tragaba entero y salía a recibirme cada vez más mojado. Esteban se puso a su lado para besarla, morderle las tetas y meterle la polla en la boca cuando ella se inclinaba.
Verla así me volvió loco. Le di más fuerte. Le rebotaban las tetas, se le corría el maquillaje de tanto sudar y gemía cada vez más sucio. Cuando Esteban se tumbó sobre la mesa, ella se giró y se sentó sobre la polla de él sin sacarse todavía la mía del coño. Entonces me colocó detrás y me ofreció el culo.
—Si vas a presumir, hazlo bien —me dijo.
La lubricamos con saliva y con sus propios fluidos. Entré despacio al principio, sintiendo cómo se abría alrededor del glande, y después más profundo, más firme. Vera se quedó empalada sobre la polla de Esteban y sobre la mía a la vez, moviéndose entre las dos con una habilidad obscena, chupándole las tetas a Nora cuando esta se acercó a besarla.
El cuarto estalló otra vez.
***
La tarde siguió arrastrándose entre sexo, risas y planes para el fin de semana. Uno de los jefes propuso una fiesta en una finca a las afueras, una de esas reuniones sin ropa, sin horarios y sin demasiadas reglas. A esa altura, después de lo que ya habíamos hecho, nadie iba a negarse.
Llegamos al anochecer. Había música junto a la piscina, luces cálidas en el jardín y gente desnuda por todas partes, bebiendo, follando o mirando cómo otros follaban. Apenas dejamos las toallas en una mesa y nos mezclamos con el resto.
Yo fui a buscar agua a la cocina y encontré a Mara, una compañera de otro departamento, a cuatro patas sobre un sofá mientras un tipo moreno enorme se la clavaba en el coño con una calma brutal. Ella me vio, sonrió y me hizo un gesto con la mano para que me acercara.
—No te quedes mirando, ven —dijo.
Me acerqué y le metí la polla en la boca mientras el otro seguía follándola. Mara nos chupó a los dos alternando, babeando, con esa entrega obscena de la que disfruta tanto quien da como quien mira. El otro tipo me guiñó un ojo, como si compartiéramos un código antiguo, y siguió dándole hasta hacerla correrse.
Eso fue solo el principio.
Más tarde me encontré con Raiza, una morena de unos treinta y tantos que resultó ser pareja de otro compañero. Estaba en la barra, tomando una copa, y me pidió que se la sirviera como si yo fuera el camarero. Le seguí el juego. Cuando terminó de beber un trago, le dije que me debía el servicio.
Ella sonrió, se metió detrás de la barra y se apoyó sobre ella con el culo hacia mí.
No quise una mamada. Quise su coño. Le levanté una pierna, le abrí bien los labios con la punta y se la fui metiendo despacio, disfrutando cómo se estremecía. Cuando la tuve dentro entera, empecé a follarla contra la barra mientras ella se agarraba al mármol y me pedía más fuerte, más hondo, más rápido.
Le sobé las tetas, le mordí el cuello y la hice correrse con la cara pegada a la superficie de la barra, gimiendo sin ningún interés en disimular. Su marido pasó por detrás, nos vio y se echó a reír antes de seguir caminando. Nadie parecía sorprenderse de nada en aquella finca.
***
Lo más intenso llegó de madrugada, en uno de los sofás del salón, con mi mujer y la pareja de un compañero. Ya no éramos solo nosotros cuatro alrededor; había gente mirando, tocándose, comentando en voz baja, excitándose con lo que hacíamos.
Primero ellas nos la chuparon. Despacio, a conciencia, como si quisieran dar un espectáculo antes de la follada. Luego nosotros las tumbamos y les comimos el coño delante de todos. Yo devoré a Elena hasta dejarla temblando, metiéndole la lengua sin piedad y chupándole el clítoris hasta que se agarró a mi cabeza para correrse.
Después se nos subieron encima. Mi mujer cabalgaba la polla de Diego en el sofá contiguo mientras Elena me follaba a mí con una energía que no parecía humana después de todo el día que llevábamos. Las dos se dieron la vuelta para que los mirones las vieran mejor, metiéndose nuestras pollas de cara al público, dejando que el salón entero disfrutara del vaivén de sus culos.
Los gemidos, las palmas, alguna risa ahogada, el sonido húmedo de las embestidas... todo contribuía a ese ambiente de feria sucia y feliz.
Cuando ya las teníamos a punto, las pusimos a cuatro patas. Diego por fin le metió la polla a mi mujer por el culo, algo que llevaba deseando desde la mañana, y yo hice lo mismo con Elena. Sentí su agujero apretándome, cediendo poco a poco, y me incliné sobre ella para decirle al oído lo estrecha que estaba. Ella respondió echando el culo hacia atrás para tragarse más verga.
—No me hables, fóllame —dijo.
La follé duro, sin compasión. A un lado escuchaba a mi mujer gemir con la polla de Diego metida hasta el fondo del culo. Los espectadores ya ni fingían discreción; varios se estaban masturbando a pocos metros de nosotros.
Entonces propusimos rematar con doble penetración. Mi mujer eligió a un chico del grupo para sentárselo encima mientras Diego seguía detrás. Elena hizo lo mismo conmigo y con otro hombre. Verlas así, rellenas por dos pollas, deshechas de gusto, terminó de romperme.
Elena se corrió primero, clavándome las uñas en los muslos. Yo aguanté apenas unos segundos más antes de sacarla de la polla del otro y meterle la mía en la boca. Me corrí ahí, profundo, obligándola a tragar casi todo mientras el resto del semen le chorreaba por la barbilla.
A mi lado, Diego vació la corrida dentro del culo de mi mujer. Ella soltó un gemido largo y satisfecho que provocó aplausos y silbidos a nuestro alrededor.
***
Cuando por fin me senté a recuperar aire, con el cuerpo molido y la polla todavía sensible, entendí que aquel fin de semana apenas estaba empezando. Alrededor seguía habiendo gente follando en los sofás, en el césped, en la piscina y hasta apoyada en las paredes del pasillo.
Nora pasó junto a mí con la cara aún manchada de leche seca y me apretó la polla medio dormida, como si quisiera comprobar que seguía viva. Celia me besó en la boca y me dijo que al día siguiente quería otra ronda. Vera, desde una hamaca, levantó la copa y me guiñó un ojo con esa sonrisa de mujer peligrosa que ya me había dejado marcado.
Yo solo pude reírme.
Habíamos empezado la mañana delante de un par de pantallas, fingiendo que el viernes era un día normal de oficina. Doce horas después, llevaba el cuerpo cubierto de sudor ajeno, la lengua con sabor a coño, la polla molida de tanto agujero y la cabeza llena de imágenes que no iba a olvidar nunca.
Y lo peor, o lo mejor, era que todavía quería más.
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