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Relatos Ardientes

Trío en el hotel con el amigo de mi pareja

Siempre me han gustado los viajes de trabajo por una razón sencilla: lejos de casa me vuelvo más descarada. Mi pareja lo sabe bien. Le excita imaginarme provocando, flirteando, tanteando límites, y a mí me pone caliente saber que luego querrá cada detalle. Esta vez viajé a una ciudad fría del norte de Europa para cerrar unas reuniones y, como uno de sus mejores amigos vivía allí por temporadas, quedé en verlo esa misma noche.

Voy a llamarlo Darío. Alto, bien vestido, discreto, de esos hombres que parecen tranquilos hasta que les miras la entrepierna después de dos copas. Yo había hablado con él varias veces por mensajes y en videollamadas grupales, siempre con esa tensión tonta de saber que nos caíamos bien y que los dos pensábamos un poco más de la cuenta en el otro.

Llegué al hotel al mediodía, dejé la maleta, dormí una siesta corta y luego salí a caminar. Me compré unas medias, un vestido negro ajustado y un conjunto de lencería que no pensaba desperdiciar. En el bar del hotel, uno de los empleados me sostuvo la mirada más de la cuenta mientras almorzaba, y yo le devolví una sonrisa lenta, de esas que prometen pero no garantizan nada.

Volví a la habitación con bolsas en ambas manos, me duché y me probé la ropa nueva frente al espejo. El vestido se pegaba al cuerpo como si hubiera sido cosido encima de mi piel. Sin sostén, mis pezones se marcaban apenas, lo justo para inquietar a cualquiera con ojos. Me miré de perfil, me agarré el culo con las dos manos y me gustó lo que vi.

Después me puse la bata del hotel y me senté en la cama a revisar mensajes. Darío me escribió que llegaría antes de lo previsto. Yo todavía no estaba lista y, para ser honesta, tampoco estaba tranquila. Llevaba todo el día acumulando ese calor entre las piernas que deja una mezcla de ansiedad, fantasía y ganas de que alguien te toque como si ya te conociera desnuda.

Metí una mano por debajo de la bata y empecé a acariciarme despacio. Primero el monte del coño, luego los labios, después el clítoris con círculos lentos, viendo mi reflejo en el espejo de enfrente. Abrí un poco más las piernas y me mojé los dedos con mi propia lubricación. Estaba tan metida en eso que cuando sonó el teléfono casi solté un gemido en vez de hablar.

—Ya estoy abajo —dijo Darío.

—Sube. Todavía me estoy arreglando.

Colgué, me pasé la mano por el coño una vez más y fui a abrir. Tenía la bata cerrada, el pelo húmedo y la cara todavía sin terminar de maquillar. Él entró con esa cortesía contenida que me hizo gracia, porque sus ojos me recorrieron de arriba abajo sin ninguna educación.

—Llegué demasiado temprano —dijo.

—Llegaste en el mejor momento.

Le di un beso en la mejilla y lo dejé pasar. Se sentó en un sillón junto a la ventana mientras yo entraba y salía del baño a propósito, sabiendo que me miraba. No hizo ningún comentario, pero tampoco disimuló. Cuando salí con el vestido puesto, sin nada debajo más que una tanga mínima, se le marcó la erección bajo el pantalón.

—¿Así está bien? —pregunté, girando despacio.

—Tu pareja tiene demasiada suerte.

Me reí. Me acerqué, me quité la chaqueta de cuero y la dejé caer al suelo. Bajo la tela negra del vestido, mis pezones estaban duros y visibles. Pasé las manos por mis tetas, apretándolas apenas, y vi cómo se le secaba la boca.

—Si prometes no hacerte el correcto —le dije—, puedes tocar lo que llevas mirando desde que entraste.

Se levantó despacio, como si todavía se estuviera dando permiso. Cuando llegó frente a mí, me agarró de la cintura y me besó. Besaba mejor de lo que esperaba: firme, con hambre, sin atropellar. Le abrí la boca con la mía, le mordí el labio y sentí cómo me agarraba más fuerte. Ya no era el amigo reservado de mi pareja; era un hombre cachondo con una mujer medio desnuda en una habitación de hotel.

Metió una mano por mi espalda hasta encontrar el cierre del vestido. Lo bajó poco a poco sin dejar de besarme. Cuando la tela cedió, me lo sacó por arriba y mis tetas quedaron al aire frente a él. Las miró un segundo y enseguida bajó la boca, chupando un pezón mientras amasaba la otra con la mano. Solté un gemido ronco y le hundí los dedos en el pelo.

—Así, joder… así.

Me llevó hacia la cama sin separarse de mis pechos. Se arrodilló delante de mí y me bajó la tanga despacio, besando mi vientre mientras la deslizaba por mis muslos. Cuando la dejó en el suelo, me abrió las piernas con las manos y se quedó mirando mi coño húmedo como si al fin hubiera destapado algo que deseaba desde hacía tiempo.

Me besó por dentro de los muslos, subiendo apenas, rozándome sin tocar donde yo más lo necesitaba. Esa espera me puso peor. Le agarré la cabeza y empujé un poco.

—No juegues tanto.

Sonrió contra mi piel y por fin me pasó la lengua de abajo arriba. Se me aflojaron las piernas. Lamió despacio primero, saboreándome, y luego empezó a abrirme los labios con los dedos para meter más la lengua, más firme, más profunda. Yo jadeaba, con una mano en el cabello y la otra agarrando la sábana. Cuando me metió dos dedos y los movió dentro mientras chupaba mi clítoris, arqueé la espalda y dije su nombre sin vergüenza.

Sabía usar la boca. No iba a lo bruto; cambiaba el ritmo justo antes de que me acostumbrara, me lamía, me chupaba, volvía a meter los dedos y los curvaba dentro de mí hasta tocarme ese punto que me hace temblar. Me corrí apretándole la cabeza entre los muslos, gimiendo con la cara ardiendo y el coño palpitando alrededor de sus dedos.

Él se apartó solo lo necesario para mirarme. Tenía la boca brillante de mí.

—Quiero follarte —dije, todavía jadeando.

Se quitó la camisa, el cinturón y el pantalón con apuro. No llevaba ropa interior. Su polla era de tamaño medio, muy dura, con una ligera curva que se veía prometedora. Sacó un preservativo del bolsillo de la chaqueta, se lo puso y se acercó a la cama mientras yo me abría las piernas, todavía húmeda y sensible.

Me penetró despacio al principio, empujando poco a poco hasta meterla entera. Los dos soltamos aire al mismo tiempo. Le pasé las manos por la espalda, sentí los músculos tensos y lo miré fijo mientras empezaba a moverse dentro de mí. Las primeras embestidas fueron medidas, como si quisiera saborear la entrada, pero en cuanto notó lo mojada que estaba aceleró.

El sonido de su pelvis golpeando contra mi cuerpo llenó la habitación. Me follaba con ritmo constante, entrando profundo, y cada vez que salía casi hasta la punta volvía a clavarla de una sola vez. Yo abría más las piernas para recibirlo mejor, me agarraba de sus hombros y soltaba gemidos que ya no intentaba contener.

—Más duro —le dije—. No me trates con cuidado.

Eso bastó. Se apoyó mejor sobre una mano y con la otra me agarró una teta, apretándola mientras embestía con más fuerza. El colchón crujía bajo nosotros. Yo sentía la polla entrar y salir con ese calor denso que me enloquece, y cuando me llevó dos dedos al clítoris mientras me follaba, volví a correrme.

Se detuvo apenas para dejarme disfrutar el espasmo. Luego me dio la vuelta y me monté sobre él. Quedé sentada a horcajadas, con su polla todavía dentro, y empecé a moverme despacio al principio, dibujando círculos con la cadera. Verlo abajo, mirándome las tetas botar mientras yo me la metía y sacaba, me puso todavía más caliente.

Él me agarraba el culo para ayudarme a bajar con fuerza. Yo me levantaba hasta casi dejar la punta fuera y volvía a sentarme de golpe, sintiendo cómo me llenaba otra vez. Sus manos subieron a mis pezones y tiró de ellos justo cuando empecé a acelerar. Me corrí de nuevo encima de él, con las piernas temblándome y la respiración rota.

No duró mucho más. Me movió con firmeza, dándome ahora las embestidas desde abajo, y cuando noté que estaba por correrse me aparté. Le quité el preservativo y me arrodillé entre sus piernas. Su polla seguía dura, brillante, y la tomé con la mano antes de llevármela a la boca.

Le chupé la punta con calma, luego lo fui tragando más, relajando la garganta mientras le masajeaba los huevos con la mano. Gemía bajo, sorprendido de lo obediente que me había vuelto en segundos. Yo no tenía ganas de hacerme la fina. Le mamé la polla como si quisiera vaciarlo, metiéndola hasta donde podía y sacándola con saliva resbalando por mi barbilla.

—Me voy a correr —avisó.

Apreté más con los labios, aceleré y no me aparté. Se corrió en mi boca con un gemido ronco, empujando apenas la cadera hacia delante. Tragué despacio y luego le lamí lo que quedó en la punta. Me miró como si no supiera si besarme o volver a follarme.

—¿Ahora sí vamos a cenar? —pregunté, acariciándole la polla todavía húmeda—. ¿O quieres repetir?

—Quiero verte limpiarla bien —dijo, ya más suelto.

Eso me hizo sonreír. Volví a chuparlo mientras me colocaba de lado, ofreciéndole culo y coño. Primero me tocó con los dedos, abriéndome de nuevo, y luego nos acomodamos en un sesenta y nueve torpe pero delicioso. Yo tenía su polla en la boca mientras él enterraba la lengua entre mis labios, y cada vez que yo lo chupaba más hondo, él respondía lamiéndome más fuerte. Me corrí otra vez sobre su boca, apretándole la cara con los muslos.

Cuando terminó de recomponerse, fue al baño y salió ya vestido. Yo estaba exhausta y deliciosa, con el cuerpo flojo y la entrepierna sensible. Nos besamos en la puerta y se fue. Cerré, me tumbé desnuda sobre la cama y me quedé dormida con olor a sexo en la piel.

***

Me desperté cerca de medianoche con hambre, la boca seca y el recuerdo nítido de todo. Me duché, me volví a poner el vestido y bajé al restaurante del hotel a comer algo ligero. Después, sin ganas de volver todavía a la habitación, entré al bar con pista de baile que había junto al lobby.

La música estaba baja, el ambiente era íntimo y había pocas mesas ocupadas. Pedí un cóctel y me quedé observando. Fue entonces cuando una mujer morena, elegante, de unos treinta y tantos, se acercó con una sonrisa segura.

—Mi pareja y yo te vimos entrar. ¿Te apetece sentarte con nosotros?

Miré hacia la mesa. Había un hombre de barba corta, hombros anchos y gesto descarado esperándome. Dudé unos segundos y acepté. Ella se presentó como Vera; él, como Bruno. Estaban de vacaciones, se les notaba la complicidad en la forma de rozarse, y también esa libertad de pareja que no necesita fingir que no mira a terceros.

La conversación fluyó fácil. Bruno me invitó a bailar y apenas llegamos a la pista me puso una mano en la cintura y la otra demasiado abajo. No se andaba con rodeos. Yo tampoco me aparté.

—Tu novia no parece celosa —le dije.

—Porque le gusta verte conmigo —respondió cerca de mi oído—. Y a mí me gusta cómo te estás dejando tocar.

Volvimos a la mesa con la tensión ya abierta entre los tres. Vera me rozó un pezón por encima del vestido al apartarme un mechón de cabello de la cara, y ese gesto leve me encendió más de lo que esperaba. Bruno seguía lanzando comentarios descarados sobre mi cuerpo, mis tetas, mi forma de moverme, y lo mejor era que ella no solo no lo frenaba: sonreía y me sostenía la mirada.

Cuando me pidió que la besara, no necesité pensarlo. Vera tenía labios suaves, boca cálida y una manera lenta de besar que me desarmó. Bruno nos miraba fascinado, con esa expresión de macho satisfecho al ver a dos mujeres besarse para él, pero también con deseo real. No era pose. Quería participar.

Nos manoseamos un rato en la mesa, sin pudor. La mano de Bruno subió por mi muslo hasta quedarse a un dedo de mi coño. La de Vera me acariciaba la nuca y luego una teta. Un empleado nos miró con el gesto de quien ya sabe cómo terminan ciertas noches en hoteles, y Bruno soltó una risa.

—Mejor subimos —dijo—. Allí nadie interrumpe.

Fuimos a su habitación. Entré detrás de ellos con la sensación de estar metiéndome en algo que ya no tenía vuelta atrás, y eso me excitó todavía más. Bruno cerró la puerta, me giró hacia él y me arrancó un beso brutal. Vera empezó a desabrocharme el vestido por la espalda. Entre los dos me lo quitaron en segundos, dejándome solo con la tanga.

—No te la quites todavía —dijo ella cuando fui a bajármela.

Me gustó ese tono. No era una orden dura, pero sí clara. Se acercó a mis tetas y empezó a besarlas, primero una, luego la otra, lamiendo los pezones hasta dejarlos tiesos. Bruno se metió al baño a ducharse rápido y Vera aprovechó para meter una mano entre mis piernas por encima de la tela fina de la tanga.

—Estás empapada —murmuró.

—No estás ayudando.

Sonrió y me mordió el cuello.

Cuando Bruno salió, desnudo, tuve que mirarlo de arriba abajo sin disimulo. Era grande de cuerpo, velludo en lo justo, con una polla gruesa y venosa que colgaba pesada antes de endurecerse del todo en cuanto me vio observándolo. Me llamó con un gesto. Fui hacia él, le besé el pecho, el abdomen y terminé arrodillada frente a su polla.

La agarré con una mano, sentí su peso, y empecé a lamer la punta antes de metérmela despacio en la boca. Vera lo besaba mientras yo se la mamaba. Ese juego de tres me puso loca. Ella gemía contra su boca, él soltaba aire por la nariz y yo lo tragaba más hondo, dejándolo resbalar sobre mi lengua mientras una de mis manos se colaba entre mis piernas para tocarme por encima de la tanga.

Me la quitó Bruno de un tirón. Luego me llevó a la cama, me hizo ponerme a cuatro y me abrió las nalgas con las manos para mirar mi coño hinchado y mojado. Sentí la punta de su polla resbalar por mis labios y enseguida empezó a entrar. Gruesa, caliente, firme. Me la metió poco a poco hasta el fondo y solté un quejido largo, de puro gusto.

—Joder, qué bien entras —dijo.

Entonces empezó a follarme de verdad. No rápido al principio, sino con embestidas hondas, saliendo casi del todo y volviendo a clavarla con intención. Yo apoyé los antebrazos en el colchón y eché el culo hacia atrás para recibirlo mejor. Vera se arrodilló delante de mí y me llevó un pezón a la boca, chupándolo mientras él me reventaba por detrás.

La mezcla fue brutal: la polla entrando con fuerza, la boca de ella en mis tetas, su mano acariciándome el clítoris por debajo. Gemía sin control, diciendo barbaridades entrecortadas.

—No pares… así… joder, así… fóllame más duro.

Bruno obedeció. Me agarró de la cintura y me manejó el cuerpo como quiso, usándome el coño con un ritmo más seco, más sucio. Cada vez que chocaba contra mí, mis tetas botaban delante de Vera y ella aprovechaba para lamerlas, morder apenas, besarme el vientre. Me corrí con la cara hundida en la sábana, temblando mientras él seguía dentro, sin aflojar.

Luego quiso el turno de Vera. Yo me tumbé a un lado y me puse a besarle el cuello a Bruno, a pasarle la lengua por el pecho, a acariciarle el abdomen duro mientras veía cómo se la metía a ella. Vera gemía bonito, sin exageración, con las piernas abiertas y la cabeza hacia atrás. Me acerqué a besarle los pechos y ella me agarró del pelo para traerme a su boca.

Bruno se salió y se corrió sobre mis tetas. El chorro caliente me cayó entre los pechos y sobre un pezón. Vera, sin pensarlo dos veces, se inclinó y me lamió la corrida de encima con una lentitud obscena que me hizo jadear otra vez.

Nos quedamos los tres desnudos sobre la cama, bebiendo algo del minibar y hablando como si aquello fuera lo más normal del mundo. Bruno recuperó la erección rápido. Me miró y sonrió al verme observando su polla otra vez.

—Si la quieres, súbete.

No hizo falta repetírmelo. Me puse encima de él, me humedecí los dedos con mi propio coño y guié la polla hasta mi entrada. Bajé despacio, sintiéndola abrirme de nuevo, y cuando la tuve entera dentro empecé a moverme en círculos. Bruno me agarró las tetas con las dos manos y tiró de mis pezones mientras yo subía y bajaba, marcando el ritmo.

Vera se colocó a mi lado y empezó a besarme el cuello. Luego bajó, me abrió los muslos y me lamió el clítoris mientras yo cabalgaba a su hombre. Casi me desarmo ahí mismo. Cada vez que bajaba hasta el fondo, la lengua de ella me atrapaba el punto exacto. Me corrí encima de Bruno con un gemido sucio, perdiendo el ritmo y dejándome caer sobre su pecho.

Quedé tan agotada que me tumbé jadeando. Ellos siguieron follando un rato más a mi lado. Recuerdo ver sus cuerpos moverse mientras el cansancio me vencía. Me dormí un poco y desperté ya de madrugada, con la televisión encendida bajito y Vera acariciándome el brazo para despedirse. Me vestí, les di un beso a los dos y salí de la habitación con las piernas flojas.

***

Al día siguiente, Darío me escribió para invitarme a una cena de trabajo. Acepté. Poco después me llegó otro mensaje suyo, ya no tan formal.

—Hoy vas a portarte mal para mí. Quiero verte vestida como si supieras exactamente lo que provocas.

Sonreí al leerlo. Fui de compras y encontré un minivestido negro todavía más atrevido que el de la noche anterior, ceñido y escotado lo justo para rozar lo imprudente. Mientras buscaba zapatos, él siguió mandándome mensajes cada vez más sucios: que quería chuparme las tetas, follarme la boca, ver si yo obedecía cuando me hablaba como a una puta. Yo contestaba porque me calentaba, pero también porque intuía que mi pareja estaba detrás de esa soltura repentina.

Darío llegó a buscarme por la noche. Me vio frente al espejo, terminando de maquillarme, y soltó una maldición en voz baja al observar el vestido. Se acercó por detrás, me sobó las nalgas y me besó el cuello. Sus manos subieron a mis tetas y las apretó por encima de la tela.

—La cena puede esperar cinco minutos —dijo.

Pensé que me iba a coger ahí mismo, pero se controló. Salimos, cenamos y se comportó como un caballero casi toda la velada. Solo la forma en que me miraba cuando otros hombres se giraban a verme delataba el morbo que llevaba encima. Al salir del restaurante tomó un coche reservado y me llevó a un club privado.

Nos sentamos en una esquina desde donde se veía todo. Había mujeres bailando, parejas, hombres solos, ese ambiente caro y ligeramente turbio donde todo se compra menos la química. Darío me acariciaba el muslo bajo la mesa y me preguntó, ya serio, qué estaba dispuesta a hacer.

—Lo que me apetezca y lo que te excite —respondí—. Si algo no quiero, te lo diré.

Él asintió y me besó. Pedimos un baile en la mesa. La mujer que vino era morena, flexible, de cuerpo precioso. Se movía frente a nosotros mientras Darío me miraba a mí más que a ella. En un momento, un hombre mayor se acercó y, con la complicidad del ambiente, me invitó a bailar para él. Miré a Darío.

—¿Puedo?

—Adelante.

Me senté sobre las piernas del desconocido, moviéndome despacio sobre su erección a través del pantalón. Él me bajó un poco el escote y chupó una de mis tetas sin ningún pudor. Yo dejé que lo hiciera un rato, sintiendo la mirada de Darío clavada en nosotros. Volví a la mesa ardiendo.

Él me metió la mano entre las piernas y comprobó enseguida lo mojada que estaba. Le chupé los dedos uno por uno sin dejar de mirarlo.

—¿Te gustó cómo se portó tu puta? —pregunté.

Me besó con fuerza como única respuesta.

Nos llevaron después a un reservado con otra mujer, una rubia de sonrisa traviesa. Ella empezó a bailar para nosotros, luego me sacó al centro y me besó. Me subió el vestido hasta la cintura, me puso de espaldas contra Darío y empezó a masturbarme con dedos expertos mientras él me manoseaba las tetas. Me corrí rápido, de pie, mordiéndome el labio para no gritar.

Después me sentó en un sillón. La mujer se arrodilló entre mis piernas y me comió el coño sin prisa, separándome los labios con la lengua. Darío se sacó la polla y me la puso frente a la boca. Entendí enseguida. Mientras la otra me lamía hasta hacerme temblar, él me agarró del pelo y empezó a follarme la boca despacio al principio y luego con más ritmo, como si estuviera usando mi garganta para marcar su propio placer.

No me aparté. Le sujeté los muslos y lo dejé entrar hasta donde pude, respirando por la nariz, tragándomelo con la saliva mezclada con mis propios gemidos. La mujer seguía debajo, comiéndome el coño sin levantar la cabeza. El contraste entre la boca llena de polla y el clítoris castigado por su lengua me hizo correrme otra vez. Darío se tensó y se corrió en mi boca, empujando una vez más antes de sacarla.

Más tarde, cuando volvió a ponerse duro, se colocó un preservativo y me hizo sentarme sobre él, de espaldas. Bajé lentamente hasta ensartarme entera. La mujer alternaba su lengua entre mi clítoris y los huevos de Darío mientras yo me movía sobre esa polla con el culo en alto, sintiéndome exhibida y usada de la manera exacta en que me gusta. Tuve dos orgasmos así antes de que él acabara dentro del condón con un gruñido contenido.

***

Creí que la noche terminaría ahí, pero al volver al hotel nos cruzamos en el lobby con Bruno y Vera. Nos saludamos con demasiada familiaridad para fingir inocencia, y en cuestión de minutos estábamos otra vez en el bar, bebiendo y riéndonos. Bruno no tardó en contarle a Darío, con lujo de detalles, lo bien que me había comportado con ellos la noche anterior.

Darío escuchaba con una mezcla deliciosa de sorpresa y excitación. Vera me besó delante de él. Bruno me manoseó el culo sin pedir permiso. Nadie parecía incómodo; al contrario, la tensión se fue espesando hasta que subir a su habitación otra vez fue lo más natural del mundo.

Esta vez empezó distinto. Bruno sacó de un cajón un arnés con una polla de silicona y me preguntó si alguna vez me había follado una mujer de verdad. Dije que no. Vera se desnudó sin apartar la vista de mí y empezó a colocárselo con una calma obscena. Darío se quedó mirando, claramente fascinado.

Bruno me tomó de la barbilla.

—Si la quieres, pídeselo.

Le entregué el arnés a Vera y, ya completamente caliente, murmuré:

—Quiero que me folles.

Ella sonrió. Me hizo arrodillarme y me ordenó chupar la punta primero. Obedecí. Sabía a silicona y a lubricante, pero el morbo no estaba en el sabor sino en la humillación suave de hacerlo delante de dos hombres excitados. Luego me hizo inclinarme sobre el escritorio de la habitación, abriéndome las piernas.

Sentí la punta del arnés rozarme la entrada y luego entrar despacio. Mi coño estaba tan lubricado que la aceptó de inmediato. Vera empezó a empujar con ritmo, primero medido y después cada vez más firme. El golpe del arnés contra mi clítoris en cada embestida me volvió loca. Eché el culo hacia atrás buscando más y ella me lo dio, follándome con una seguridad que no esperaba en una primera vez.

Me corrí así, apoyada sobre el escritorio, con Bruno y Darío mirándome en silencio. Cuando me incorporé, jadeando, Bruno me preguntó si seguía queriendo una polla de verdad. No tuve ni una pizca de orgullo.

—Sí. Quiero la tuya dentro.

—Gánatela —dijo.

Entonces me arrodillé frente a Vera y le chupé el coño con hambre, metiendo la lengua entre sus labios mientras masturbaba el arnés todavía húmedo. Ella se agarró a mi cabeza y me guiaba, frotándose en mi boca hasta correrse. Cuando se apartó, fui a besar a Darío y dejé que probara en mis labios el sabor de ella. Eso lo terminó de encender.

Nos repartimos casi sin hablar. Vera empezó a desnudar a Darío. Bruno me llevó a la cama. Me puse de espaldas contra el pecho de Darío, restregando el culo contra su polla mientras veía a Vera chuparle la verga a Bruno. Darío me pellizcó los pezones con fuerza y le pedí más. Cuando intentó penetrarme de pie no estábamos cómodos, así que nos movimos a la cama. Me puse a cuatro y él empezó a follarme desde atrás con más hambre que en la primera noche.

Me daba nalgadas entre embestida y embestida, no muy fuertes, pero sí suficientes para hacerme arquear más. Yo le decía que siguiera, que no se contuviera. A un lado, Bruno estaba sentado en la cama mientras Vera lo cabalgaba de espaldas. La escena completa era demasiado para no perder la cabeza: dos pollas, dos mujeres, gemidos cruzados, olor a sexo reciente en toda la habitación.

En un momento Bruno me llamó con voz de mando. Miré a Darío. Él me dijo que fuera. Me acerqué a Bruno, lo besé y empecé a chuparle los huevos mientras lo masturbaba. Luego pasé la lengua por el perineo y subí de nuevo por su polla, sintiendo cómo se estremecía. Le gustaba de verdad. Me puso a cuatro otra vez y me penetró con la misma brutalidad deliciosa de la noche anterior, agarrándome de la cintura y tirando de mí hacia atrás para clavármela más hondo.

Cada tanto la sacaba del todo y volvía a meterla de golpe, dejándome sin aire. Yo gritaba contra la almohada, empapada, entregada al ritmo que él quisiera imponerme. Cuando se corrió dentro del preservativo soltó un gemido largo y se quedó quieto un segundo, enterrado hasta el fondo.

Al volver la cara vi a Darío sobre Vera, penetrándola mientras se besaban. Cuando notó que lo observaba, aceleró y se corrió poco después. Quedamos los cuatro jadeando, sudados, satisfechos. Yo ya no podía con las piernas.

Nos despedimos al rato. Darío me acompañó a mi habitación y pensé que por fin todo había terminado. Me equivoqué.

Al entrar me besó otra vez, ahora sin público, sin juegos externos, solo nosotros y el cansancio sucio de la madrugada. Me metió dos dedos en el coño mientras me besaba y yo me derretí enseguida. Entonces dijo que ya no tenía preservativos.

Lo miré unos segundos y le respondí lo primero que me salió:

—Entonces dámela por el culo. Te la has ganado.

Le cambió la cara. Me siguió besando mientras sus dedos trabajaban más rápido en mi coño. Luego me arrodillé y le mamé la polla un rato, larga, profunda, sabiendo que quería dejarlo otra vez durísimo antes de ofrecerle lo último que faltaba.

Me puse a cuatro en la cama. Él me acarició las nalgas, escupió un poco sobre los dedos y me empezó a abrir el ano con uno, luego con dos, despacio, sin correr. Yo respiraba hondo, dejando que el cuerpo cediera. Después pasó la polla entre mis labios mojados, se lubricó bien y apoyó la punta en mi culo.

Entró despacio, con presión constante. Dolió un poco al principio, esa quemazón conocida de cuando el cuerpo se estira, pero estaba tan excitada y tan abierta de todo lo anterior que enseguida el dolor se mezcló con placer. Cuando la tuvo toda dentro se quedó quieto un segundo, gimiendo bajo.

—Joder…

—Muévete —le dije—. No te quedes ahí.

Empezó con embestidas cortas, controladas, y luego fue cogiendo ritmo. Yo me sujeté a la sábana, echando el culo hacia atrás para recibirlo mejor. Sentir su polla en el culo después de todo lo de esa noche fue la guinda perfecta: sucio, íntimo, agotador. No duró demasiado. Se corrió rápido, apretándome las nalgas con fuerza y quedándose pegado a mi espalda unos segundos.

Cuando salió, los dos nos reímos con ese cansancio estúpido que queda después de follar más de la cuenta. Me ofrecí a dejarlo dormir allí, pero prefirió irse. Se vistió, me lanzó un beso desde la puerta y apagó la luz al salir.

Yo me quedé desnuda en la cama, con el cuerpo usado de pies a cabeza, oliendo a hotel, a saliva, a sudor y a sexo. Antes de dormir pensé en el mensaje que le mandaría a mi pareja al despertar. No iba a poder resumirle nada. Esa noche no se resumía. Esa noche había que contarla entera.

Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí acompañantes en Mar del Plata.

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Comentarios(4)

RoxiMdP

tremendo!!! me dejo sin palabras, muy bueno

Juanmanuel_K

segunda parte por favor!! quede con muchas ganas de mas jaja

NicoPampero

Me encanto como lo fuiste narrando, se siente muy real. Sigue asi!

Gordo_Bilbao

jajaja que recuerdo le va a quedar a esa noche, tremendo

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