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Relatos Ardientes

Apuesta, piscina y un trío que se salió de control

La paliza empezó temprano, y no hablo de la que se veía en la pantalla.

El partido apenas iba por el segundo cuarto cuando ya se sentía en la casa ese olor a cerveza, carne asada y testosterona que anuncia problemas. Yo había llegado desde la mañana, invitada por Darío, un cliente viejo que siempre pagaba bien por montar fantasías demasiado elaboradas para ser simples caprichos.

Mi marido, Julián, ya sabía de qué iba el trato. No era la primera vez que yo aceptaba hacer el papel de mujer exhibida, deseada o compartida frente a hombres que pagaban por la experiencia. A Darío le excitaba casi más mirar que tocar, y esa vez la idea era todavía más morbosa: hacerme pasar por su prometida durante una reunión con cuatro socios suyos, y convertirme en el premio de una apuesta si su equipo perdía.

Si ganaban los suyos, todo quedaba en coqueteos, juego, tensión y dinero entre ellos. Si perdía, yo pasaba la tarde entera a disposición de los cuatro que habían apostado en su contra. Así de claro.

Y a mí, para qué mentir, la idea me había calentado desde que la escuché.

Había cambiado bastante en los últimos meses. Más delgada, más cuidada, el pelo teñido de un rubio miel que me caía sobre el pecho, los labios más llenos, la piel depilada al milímetro. Ese día me puse un traje de baño rojo entero, de escote profundo, y encima un short blanco muy corto que casi no tapaba nada cuando me sentaba o cruzaba las piernas. Sandalias brillantes, aretes largos, uñas rojas y un perfume dulce que siempre me hacía sentir peligrosa.

Darío me abrió la puerta con una sonrisa lenta, de esas que dicen ya estás metida en esto.

—Llegaste antes que todos —me dijo, besándome la mejilla.

—Quería ver la casa y acomodarme —contesté.

—Acomódate donde quieras. Hoy te ves demasiado bien.

Me dio un anillo para reforzar el papel. Un detalle elegante, caro, innecesario y morboso. Me lo puse de inmediato, sonriendo como si de verdad fuera suya.

Los demás llegaron poco antes del inicio del partido. Eran cuatro hombres de su edad, todos claramente adultos, seguros, ruidosos, de esos que se aflojan con alcohol y competencia. A uno de ellos se le quedó la vista pegada en mis piernas cuando salí de la piscina para saludar. Otro ni siquiera disimuló cuando el agua me dejó el traje de baño marcado al cuerpo.

Yo los besé en la mejilla a todos, los hice pasar, les ofrecí bebidas y jugué mi papel con la sonrisa perfecta de una prometida amable. Pero cuando entré a la cocina por las cervezas, Darío se me acercó por detrás y me habló al oído.

—Coquetea con ellos —murmuró—. Quiero ver cómo se van poniendo.

Me giré hacia él y sonreí.

—¿Y tú? ¿Te mereces algo por portarte tan bien conmigo?

No esperé respuesta. Me arrodillé ahí mismo, le bajé el short de baño y saqué su verga. No era enorme, pero se endurecía rápido y a mí ya me conocía la boca. Le pasé la lengua por la punta, lo masturbé despacio y me la fui metiendo hasta sentirlo pesado contra la lengua. Darío me sujetó del pelo con firmeza, sin brusquedad, y soltó un jadeo corto.

—Siempre vuelves mejor —dijo—. Pero no me hagas correrme ahora.

Lo limpié con un beso en el vientre, me levanté y salí con las cervezas como si no acabara de mamarle en la cocina.

La apuesta se cerró frente a todos. Darío y otro de los hombres iban con Miami. Los otros cuatro, con Búfalo. El perdedor pagaba, pero Darío quiso encender más el asunto.

—Si ganan ustedes —dijo, abrazándome por la cintura—, y ella acepta, mi prometida será su premio esta tarde.

Hubo risas, gritos y miradas clavadas en mí.

—¿Tu prometida? —dijo uno, moreno, grandote, con barba recortada—. Vaya premio, jefe.

Me hice la ofendida.

—No me miren así. Ni siquiera los conozco.

—Entonces con más razón —soltó otro—. Así sabe mejor.

Me mordí el labio, fingiendo dudar. Ya estaba decidido, pero me gustaba escuchar cómo me presionaban.

—Si pierden, pagan —dije al fin—. Y si ganan... ya veremos si pueden conmigo.

Eso los volvió locos.

Me pasé el primer tiempo entrando y saliendo de la piscina, dejando que el agua me resbalara por el pecho y las caderas mientras ellos fingían mirar el partido. Yo sabía perfectamente hacia dónde se iban sus ojos. El short se me pegaba al cuerpo cuando salía del agua y transparentaba lo suficiente como para no dejarles nada de paz. Cada vez que me recostaba en el camastro, podía sentir el peso de cuatro miradas repasándome las tetas, el vientre, el monte, las piernas abiertas apenas lo justo.

El partido se rompió al medio tiempo. Darío lo sabía. Yo también. El ambiente cambió. Menos bromas sobre fútbol, más comentarios sobre mí.

—Mira nada más lo que nos vamos a comer —dijo el de barba, sin bajar la voz.

—Primero ganen —contesté, alzando mi copa.

—Ya ganamos —respondió otro, un pelón de hombros anchos—. Solo falta cobrarnos.

En el último cuarto ya nadie dudaba del resultado. Me llamaron para servir tequila y whisky en la mesa del jardín. Fui despacio, contoneándome a propósito. Uno me agarró la cintura. Otro me tocó un muslo. Cuando le serví su copa al pelón, me sentó de golpe en sus piernas y me besó el cuello.

—Qué rica hueles —me dijo con voz gruesa—. Ya quiero probarte.

Miré a Darío. Él estaba sonriendo con esa calma de cabrón que siempre lo delataba. Hizo una seña mínima con la cabeza.

Yo obedecí.

Me arrodillé frente al primero, le abrí el pantalón y saqué una verga gruesa, ya dura, venuda, con la punta húmeda. La envolví con la mano y lo miré a los ojos antes de lamerlo de abajo arriba. Escuché cómo alrededor se iba apagando la conversación. La transmisión seguía de fondo, pero ya nadie estaba pendiente del partido.

Le di una mamada lenta al inicio, saboreándolo, dejando que me viera chupar con calma, pero uno de los otros no tardó en ponerse detrás de mí y agarrarme del pelo.

—Abre bien la boca —ordenó.

Lo hice. Me empujó la cara contra la pelvis del que tenía enfrente, hundiéndome la verga hasta la garganta. Tosí, se rieron, y entonces otro me levantó el short por detrás y me metió la mano entre las piernas por encima del traje de baño. Ya estaba mojada, y en cuanto notó la humedad soltó una carcajada.

—Miren nomás, si esta perra ya venía lista.

No respondí. Tenía la boca ocupada y, además, era verdad.

Me fueron turnando así, una verga tras otra. Chupaba una mientras manoseaban mis tetas por encima del traje, me apretaban el culo, me daban nalgadas cortas y me abrían el short para meter la mano hasta mi coño. El alcohol les había soltado la lengua, y a mí me estaba soltando más abajo.

—Diles algo —me dijo uno, agarrándome la mandíbula cuando saqué la boca para respirar.

—¿Qué quieren que les diga? —jadeé.

—Que eres nuestro premio.

Sonreí y me limpié saliva del mentón.

—Cóbrense bien, entonces.

Los cuatro soltaron un grito de triunfo.

Me levantaron entre dos y me apoyaron sobre la mesa de las bebidas. El short me lo bajaron despacio, arrastrándolo por las nalgas para verme bien. Después me quitaron las sandalias. El traje de baño seguía puesto, pero uno lo jaló de la entrepierna hasta encajarlo entre mis nalgas, marcándome todo. Otro metió la mano por delante y empezó a frotarme el clítoris con dos dedos duros, circulares, directos.

Gemí de verdad. No por actuar. Ya me tenían ardiendo.

Me besaron entre varios, uno tras otro, metiéndome la lengua, mordiéndome el labio, oliéndome el cuello. Cuando me inclinaron boca abajo sobre la mesa, supe que se iba a poner mejor. El de barba se sentó frente a mi cara y me puso la verga en los labios.

—Ahora sí, hazme trabajar esa boca.

Detrás de mí me abrieron las nalgas. Sentí primero aire, luego saliva caliente, y después una lengua metiéndose directa en mi culo. El latigazo me hizo estremecer entera. No fue un roce tímido; el cabrón me estaba comiendo el culo con ganas, hundiendo la lengua, sacándola, volviendo a entrar, mientras otro me apartaba la tela del traje y me lamía el coño desde abajo hasta el clítoris.

Seguí mamando como pude, con la cara hundida en esa verga y los ojos cerrados, mientras tres bocas distintas se repartían mi entrepierna. El de mi culo cambió la lengua por dedos engrasados con saliva, uno primero, luego dos, abriéndome con paciencia tensa. El otro me chupaba el clítoris con pequeñas succiones precisas que me hicieron temblar los muslos.

—Mírala cómo mueve el culo sola —dijo uno.

—Le encanta que se lo traguen entero —respondió otro.

Saqué la boca un segundo para hablar, ronca y mojada.

—No hablen tanto y cójanme de una vez.

Eso bastó.

Me llevaron hasta la piscina casi en volandas. El agua me recibió fría contra la piel caliente. El de barba se metió conmigo y me giró hacia el borde. Me apoyó las manos en la orilla, apartó el traje de baño y me metió la verga en la vagina de una sola embestida.

Solté un grito seco.

El agua volvía todo más raro, más resbaloso, más tenso. Empezó a follarme con un ritmo profundo, sujetándome de las caderas para enterrarse hasta el fondo. Yo apenas podía sostenerme entre el borde y sus empujes. Otro de ellos se sentó al filo de la piscina y me acercó su verga a la boca. La tomé sin pensarlo, alternando gemidos con succiones, sintiendo el agua golpearme el vientre a cada embestida.

El traje de baño me lo bajaron de los hombros. Mis tetas quedaron libres y una mano empezó a pellizcarme los pezones con gusto. Entre la verga en la boca, la que tenía adentro y los dedos apretándome las tetas, me empecé a tensar rápido.

—Así, así, no pares —murmuré, escupiendo para volver a mamar.

El de atrás aceleró. La pelvis me golpeaba el culo con fuerza, el agua salpicaba, y la presión en el vientre me subió como una corriente caliente hasta el pecho. Me corrí ahí, en la piscina, con la boca ocupada y el coño apretándole la verga al cabrón que me estaba follando. Tuve que soltar la otra para gemir sin disimulo.

—Eso —dijo él, agarrándome más fuerte—. Apenas estás empezando.

Quise seguir, pero el ruido era demasiado y el sol me estaba reventando la cabeza.

—Adentro —pedí, respirando agitada—. Llévenme adentro y háganme lo que quieran.

Me sacaron del agua y me dejaron a gatas sobre el piso de la terraza. El traje de baño desapareció del todo. Quedé desnuda, chorreando, con el pelo pegado a la espalda y el culo al aire. En lugar de ponerme de pie, seguí avanzando así, de rodillas y manos, hasta la sala. Escuché una nalgada y la voz de Darío detrás.

—Trátenla bien. Pero cóbrense todo.

Me reí. Sabía que él estaba disfrutando cada segundo.

En la sala me sentaron sobre la verga del pelón, que estaba hundido en el sofá con las piernas abiertas. Me guié con la mano, la acomodé y me dejé caer entera sobre él. Gemimos los dos. Su polla era ancha y me llenó de golpe. Empecé a cabalgarlo con movimientos cortos primero, luego más amplios, sintiendo cómo me abría y me golpeaba por dentro.

No me dejaron sola mucho tiempo. Uno se colocó detrás y me metió la verga en el culo mientras yo seguía montando al otro. Me abrieron despacio, empujando con saliva y paciencia, hasta que me sentí completamente ocupada. El aire se me fue del pecho.

—Joder... —alcancé a decir.

—Tranquila, respira —murmuró el de atrás, y después me empujó hasta meterla toda.

Los otros dos se pusieron a cada lado del sofá. Uno me ofreció la verga a la boca; el otro me la rozó por la mejilla hasta que abrí. Y así quedé: una verga en el coño, otra en el culo, una en la boca y la cuarta resbalando por mi cara y mi mano. Me partían entre jadeos, palmadas, insultos y órdenes, y yo solo podía concentrarme en no deshacerme ahí mismo.

El sonido era brutal. Carne contra carne. Mi respiración rota. El sofá golpeando la pared. El de abajo me agarraba de la cintura para levantarme y dejarme caer sobre su polla. El de atrás me clavaba embestidas más cortas y secas, muy dentro, exactamente donde yo sabía que iba a romperme el control.

—Mira cómo traga —dijo uno, empujándome hasta hacerme lagrimear—. Si le encanta ser llenada.

Saqué la boca un momento y los miré, roja, babeada, perdida.

—Sí —dije—. Me gusta que me usen.

Eso los encendió más. Me cambiaron de posición una y otra vez. Sobre la alfombra, de lado, con una pierna levantada mientras uno me follaba el culo y otro me daba la verga para limpiar con la boca en cada cambio. Luego de rodillas en el sofá, el pecho pegado al respaldo, mientras me penetraban por detrás y otro me agarraba la garganta lo justo para dominarme sin asfixiarme.

Yo ya no estaba actuando nada. Pedía más, abría más las piernas, les decía dónde, cómo, más fuerte, más adentro. Sentía el clítoris hinchado, el coño resbaloso, el culo ardiendo rico, lleno de saliva y verga. Cada vez que uno salía, otro entraba. Cada vez que una polla me dejaba la boca, otra la ocupaba.

Darío apareció un momento con una copa y me dio de beber mientras seguían cogiéndome. El líquido me chorreó por la barbilla y uno de los hombres lo lamió antes de volver a besarme.

—Mírala —dijo Darío—. Una puta perfecta.

Lo miré sonriendo, con una verga en el culo y otra dentro del coño.

—Y ni siquiera ganaste tu partido —le respondí.

Se rieron todos.

El segundo orgasmo me llegó cuando estaba sentada sobre uno y empalada por detrás por otro, mientras masturbaba al tercero y chupaba al cuarto por turnos. Una frase sucia al oído, una nalgada bien dada y el ángulo exacto bastaron para desarmarme. Me corrí gritando, sin ninguna vergüenza, apretándoles dentro como una loca. El de atrás se quedó quieto un segundo para sentirme temblar en su verga.

Después me pusieron de rodillas frente a ellos. Los cuatro en fila. Yo con el pelo revuelto, las rodillas abiertas, los labios hinchados y la cara brillante de sudor y saliva. Me toqué el clítoris mientras los iba mamando uno por uno, rápido, profundo, usando la mano para no perder ritmo. Ellos se estaban conteniendo desde hacía rato; se notaba en la tensión de las piernas, en los gruñidos, en cómo me agarraban del pelo.

—Boca abierta —ordenó el de barba.

La abrí. El primero se corrió adentro con un gemido ronco, caliente y espeso sobre mi lengua. No tragué. Quise aguantar. El segundo me apuntó a la boca y a los labios. El tercero me llenó una mejilla. El cuarto se corrió sobre mi cara y terminé lamiéndome lo que me quedó cerca antes de mostrarles la boca cargada.

—Trágalo todo —dijo uno.

Y lo hice.

***

Después hubo comida, risas, más alcohol y ese raro silencio masculino que llega cuando ya pasó lo importante. Darío me mandó a una habitación del piso de arriba para que descansara. Me duché con agua fría, me puse otro traje de baño que había llevado en la bolsa y me eché en la cama con el cuerpo todavía vibrando.

Debí dormir una hora, quizá dos. Bajé por comida, pero me hicieron subir otra vez con un plato y una mirada clara: abajo querían seguir con sus cosas de hombres, y yo formaba parte del premio, no de la sobremesa.

No me molestó. Me gustaba ese lugar incómodo entre consentida y usada.

Ya de noche, me despertó el ruido de la puerta. La habitación estaba a oscuras y pensé que era Darío, pero no. El hombre que entró olía a whisky y cansancio. Se acercó a la cama, se me echó encima y me tapó la boca antes de que hablara.

—Tranquila —susurró—. Solo vine a despedirme.

Su mano me recorrió entre las piernas por encima del traje de baño. Estaba húmeda otra vez. Me lo quitó sin ceremonia, separó mis rodillas y me metió la verga de golpe. Era uno de los cuatro, pero en la oscuridad no distinguí cuál. Me folló con un ritmo firme y pesado, besándome la cara, el cuello, mordiéndome el hombro. Borracho, sí, pero todavía duro, todavía insistente.

—Qué rica estás, mierda —jadeaba—. Quería otra.

Yo lo abracé por la nuca y abrí más las piernas. No era el más fino, pero sabía usar el peso del cuerpo. Me clavaba hasta el fondo y me hacía rebotar las tetas con cada empuje. Cuando notó que yo lo estaba recibiendo sin resistencia, empezó a follarme más rápido.

—Dámela toda —le dije al oído—. No te vayas a medias.

Gruñó y se corrió adentro, sin salirse, dejando pulsos calientes que sentí claramente. Me apretó un instante más y después se fue como había venido, tambaleándose, sin encender una sola luz.

Yo me quedé con las piernas abiertas y la sensación de estar llena. Metí dos dedos, saqué un poco de semen y me masturbé con eso hasta correrme sola, suave pero intenso, mordiendo la almohada para no hacer ruido.

***

La segunda visita sí me encontró despierta del todo.

Tocó apenas y entró sin esperar respuesta. Era el pelón de hombros anchos. Más sobrio, más serio. Cerró la puerta, se sacó la verga y me miró como si estuviera evaluando una compra.

—Así que todavía te quedan ganas —dijo.

—Depende de cómo vengas tú.

Se rió sin humor. Me mandó acercarme y le chupé la polla unos segundos, pero me apartó para pegarme con ella en la cara, marcando territorio.

—Si no fuera por Darío, pensaría que cobras por esto.

La frase me picó el orgullo. Lo miré fijo.

—No cobro. Y no tienes por qué hablarme así si igual viniste a buscarme.

—Vine porque se me antojó el culo —respondió.

No seguí discutiendo. Me puse boca abajo sobre un sillón de la habitación, levanté el culo y aparté las nalgas yo misma.

—Entonces úsalo y lárgate.

Eso lo excitó de inmediato. Me escupió en el ano, se frotó la punta y me fue abriendo con presión constante, pesada. Yo respiré hondo, empujando hacia atrás para recibirlo. Cuando entró completo, me quedé quieta un segundo, sintiendo la quemazón deliciosa y el peso de su cuerpo encima.

Me folló anal sin prisa al principio, clavando cada embestida hasta dejarla asentada. Después se aceleró. Me sujetaba de las caderas con manos durísimas y me hacía sonar contra el sillón a cada golpe. Yo mordía la tela, gemía apagado y separaba más las nalgas para que entrara mejor.

—Así —gruñó—. Así te quería.

Me dominó con una calma brutal. Sin gritos exagerados, sin teatro; solo verga, peso, control y un ritmo que no me daba descanso. Hubo un momento en que se echó casi entero sobre mí y me dejó sintiendo toda su masa y toda su polla adentro. Me calentó muchísimo esa sensación de estar completamente sometida, usada como un hueco obediente.

Me corrió el pelo del cuello y me dijo al oído:

—Aprieta.

Lo hice. Entonces se corrió en mi culo con un gemido bajo, largo, descargando adentro mientras seguía empujando hasta el final. Se salió despacio, me abrió las nalgas para mirar su corrida manchándome y soltó una risa satisfecha.

—Ahora sí pareces el premio de verdad.

Se vistió y se fue. Yo me limpié como pude, todavía temblando.

***

Creí que ahí terminaba todo, pero la madrugada guardaba una última escena.

Sentí abrirse la puerta otra vez mucho antes del amanecer. Esta vez no me moví. La persona que entró fue más silenciosa. Se sentó junto a la cama, me tocó la pierna con suavidad y fue subiendo despacio. Nada que ver con los otros dos. Me destapó los pechos, los acarició con una delicadeza que me desconcertó, y luego me besó el muslo.

Esperó. Como si de verdad comprobara si yo dormía.

Después se desnudó. Oí el roce de la ropa, su respiración, la saliva en la mano. Me separó las piernas lentamente y me metió la verga de una sola vez. Casi me sobresalté, pero me tapó la boca enseguida.

—Shh... soy Bruno —susurró—. Tranquila. Solo quería pasar bien contigo.

Era el que había perdido la apuesta con Darío. Técnicamente no le tocaba nada. Precisamente por eso me dio tanto morbo.

Empezó suave, deslizándose dentro de mí con paciencia, besándome el cuello y sujetándome las muñecas contra la cama. Yo me hice la difícil unos segundos, por orgullo, pero mi coño no cooperó; lo recibía mojado, caliente, abierto de tantas horas de uso.

—Calladita —murmuró—. Así me gustas.

Me dio la vuelta y me dejó boca abajo con las piernas juntas. Desde atrás volvió a meterla en la vagina, empujando entre mis muslos apretados. Era una sensación distinta, más cerrada, más precisa. Su pelvis chocaba contra mis nalgas con golpes contenidos, y él de vez en cuando se echaba sobre mi espalda para follarme pegado, respirándome en la oreja.

—Si quieres dormir, duerme —dijo—. Yo me encargo.

Esa frase, dicha tan bajo, me encendió de una manera rara. No era ternura. Era posesión. Me estaba usando en silencio, robándose algo que no le correspondía, y yo estaba dejándolo porque me excitaba sentirme así de disponible.

Me toqué apenas por debajo del vientre y me corrí casi sin ruido, apretando la almohada entre los dientes. Él lo notó.

—Eso fue un orgasmo, ¿no?

—Sí —admití, medio dormida, medio perdida.

Entonces aceleró un poco, solo un poco, y terminó adentro también, descargando en pulsos profundos mientras me besaba la nuca. No dijo más. Se limpió con la entrepierna del traje de baño que había quedado a un lado, me lo dejó cerca y antes de salir me dio una palmada suave en el culo.

—Buenas noches, preciosa.

Cuando amaneció, Darío me despertó con golpes en la puerta. Ya casi no quedaba rastro de la fiesta más allá del olor y de mi cuerpo molido. Bajé a la cocina, comí algo rápido y volví a subir por mis cosas. Antes de irme, él me metió un billete doblado entre los labios, como otras veces, y me dio un beso corto.

—Te luciste —dijo.

Yo sonreí, guardé el dinero y me acomodé el pelo frente al espejo. Tenía la boca hinchada, las piernas cansadas y esa mezcla de agotamiento y orgullo que solo deja una buena sesión de sexo sucio.

El partido ni siquiera me importaba ya.

Lo que de verdad recordé toda la semana fue otra cosa: la piscina, las cuatro miradas clavadas en mí, la fila de vergas frente a mi boca y esa sensación obscena, deliciosa, de haber sido el premio de una apuesta que en el fondo yo también quería perder.

Si este relato te dejó con ganas y estás en zona norte, conocé acompañantes en Vicente López.

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Comentarios(7)

NicoRdt

tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

LauraNorte

Por favor tiene que haber una segunda parte, no me podes dejar asi jaja

Sergio_BA

Muy bueno, me enganche desde el primer parrafo

PabloV_77

Buenisimo 👏👏

FrancoSB

Me recordo a una situacion similar que viví hace unos veranos... tremendo, jaja. Sigue escribiendo!

CarinaROS

Esto paso de verdad? porque suena demasiado bueno para ser inventado 😂

Sol_lectora

Muy bien escrito, se siente natural sin ser exagerado. Espero que hagas mas relatos asi

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