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Relatos Ardientes

Mi esposa madura trajo a su amante al hotel

Mi esposa y yo llevábamos muchos años juntos, los suficientes como para conocer nuestras costumbres, nuestros silencios y también esas fantasías que uno tarda décadas en decir en voz alta. Éramos una pareja madura, tranquila de puertas afuera, pero con una curiosidad sexual que había ido creciendo con los años en lugar de apagarse.

Todo empezó durante un viaje con otras parejas. Una conversación tonta, unas copas de más y la propuesta de visitar un club liberal «solo para mirar». Eso nos dijimos al entrar. Solo mirar.

Pero mirar no duró mucho.

Esa noche vi a mi esposa hacer cosas que jamás le había visto hacer, no porque no pudiera, sino porque nunca se había dado el espacio para soltarse así. La vi besar a un hombre más joven, dejarse tocar, agarrarle la polla con una seguridad que me descolocó y me puso duro al mismo tiempo. Y cuando volvimos al hotel, con el cuerpo aún caliente y la cabeza acelerada, me confesó que aquel hombre le había propuesto quedarse con él a solas.

Lo dijo con las mejillas encendidas, como si todavía le diera vergüenza admitirlo.

—Si tú quieres, podríamos llamarlo —murmuró sentada al borde de la cama, todavía con el maquillaje corrido y el pelo revuelto.

Yo la miré unos segundos. Me excitaba tanto verla nerviosa como imaginar lo que podía pasar.

—Estoy deseando que lo hagas —le respondí.

Le escribió en ese mismo momento. El mensaje volvió a los pocos segundos. Quedaron para después de comer, en el aparcamiento de un centro comercial cercano al hotel.

Desayunamos despacio, paseamos un rato y fingimos normalidad, pero los dos estábamos pensando en lo mismo. Ella se tocaba el cuello cada dos por tres, una manía suya cuando estaba alterada. Antes de salir volvió con una bolsa pequeña de una tienda y no me hizo falta preguntar qué llevaba dentro.

—No pienso ponerme lo de anoche otra vez —dijo, casi riéndose—. Quedó inutilizable.

Fuimos al encuentro vestidos como turistas, discretos, intentando no llamar la atención. En un semáforo, un coche pasó a nuestro lado y ella se puso rígida un segundo antes de reconocerlo.

—Es él. Mira, ahí va —dijo, agitando la mano con una emoción tan espontánea que parecía otra persona.

En el aparcamiento lo encontramos apoyado junto a su coche. Era alto, de cuerpo fuerte, con esa calma segura de quien sabe perfectamente el efecto que causa. Nos saludó con naturalidad. A mí me dio la mano. A ella le rozó la mejilla y después le dio un beso rápido en los labios.

Mi esposa se quedó colorada al instante.

—En público me da corte —le dijo, soltando una risa nerviosa.

Fuimos a comer. Hablamos de tonterías, del viaje, del calor, del hotel, como si los tres no supiéramos que todo aquello era solo una antesala. Ella apenas probó el postre. Yo le veía el pulso en el cuello.

Luego subimos a la terraza del hotel a tomar algo. Ahí sí salió la noche anterior en la conversación. Él la elogió sin exagerar, con frases cortas, directas, diciéndole que le había encantado cómo chupaba, cómo gemía, cómo se le mojaba el coño apenas la tocaban. Cada palabra hacía que mi esposa bajara más la mirada y se mordiera más el labio.

De pronto se levantó.

—Voy un momento al baño.

Tardó varios minutos. Entonces me llegó un mensaje suyo: «Estoy en la habitación. Si estás listo, subid. Si no, despídelo y sube a follarme tú solo».

Le enseñé el mensaje a nuestro invitado y sonrió sin decir nada. Subimos enseguida.

***

Cuando abrió la puerta, entendí por qué había tardado.

Llevaba una bata fina atada a la cintura, medias negras nuevas y tacones. Debajo se intuía lencería, no mucha, la justa para calentar más. Se había retocado un poco el labial y ese detalle, tan simple, me disparó la imaginación.

Entré primero y dejé unas botellas de agua sobre el mueble bar. Él se quedó cerca de la puerta. Mi esposa se acercó a mí con pasos cortos y me habló en voz baja.

—Estoy cortadísima. No sé ni cómo empezar.

Le agarré la cara y la besé con hambre, apretándola contra mi cuerpo para que notara lo duro que estaba. Cuando nos separamos, la miré a los ojos.

—¿No vas a besar a nuestro invitado?

Me lanzó esa mirada mezcla de pudor y excitación que tan bien le conozco. Apretó el cinturón de la bata, respiró hondo y se acercó a él. El primer beso fue breve, tenso. El segundo ya no. Él le sujetó las mejillas, la boca se abrió más, las lenguas se buscaron y ella soltó un gemido suave cuando sintió una mano grande apretándole el culo por encima de la tela.

Se separó un momento y vino a refugiarse contra mi pecho.

—Estoy nerviosa de verdad —me confesó—. Anoche fue diferente.

—Pues no pienses tanto. Disfruta.

Él intervino con calma.

—¿Queréis que siga?

—Sí —respondí yo antes que nadie.

Le besé el cuello a mi esposa por detrás. Ella cerró los ojos, tembló un poco y dijo, casi resignada y excitada a la vez:

—Bueno... vamos allá.

Lo primero que hizo él fue quitarse la camisa. Después los pantalones. Mi esposa lo miraba con descaro creciente, ya sin fingir. Cuando se quedó en bóxer, ella tragó saliva.

—Termina de desvestirte —le dijo él.

Ella negó con la cabeza.

—Eso te toca a ti, ¿no?

Él sonrió y se acercó hasta quedar detrás de ella. Le abrió la bata despacio, dejándola caer de los hombros mientras yo miraba cómo aparecía el conjunto nuevo: sujetador oscuro, braguita pequeña, medias ajustadas y esos tacones que le endurecían las piernas. Ella se quedó quieta, ofreciéndose a los dos.

Le desabrochó el sujetador sin quitárselo del todo. Metió las manos por debajo, le sostuvo las tetas y le apretó los pezones entre los dedos. Mi esposa soltó aire por la boca, despacio. Yo vi cómo se le erizaba la piel.

—¿Te gusta que te toquen así? —le preguntó.

—Sí —contestó con voz ya más ronca.

—¿Y a ti? —me miró a mí.

—Me encanta verla ponerse así de caliente.

Mi esposa aprovechó esa frase para provocarme más. Tomó la mano de él y la llevó por su vientre hasta meterla dentro de la braguita.

—¿También te gusta ver cómo me tocan el coño? —me preguntó sin apartar los ojos de los míos.

La respuesta se quedó a medias porque justo entonces los dedos de él encontraron su clítoris. Ella se arqueó, abrió la boca y dejó escapar un gemido largo, húmedo, involuntario. Empezó a mover las caderas, frotándose contra la mano que la estaba masturbando mientras con la otra se agarraba al cuello de él.

—Joder... así... así... —balbuceó.

Se acercó a mí pidiendo ayuda con una mirada. Entendí enseguida. Me agaché y le bajé la braguita por las piernas hasta los tobillos. Ella salió de la prenda dando un paso y se quedó desnuda de cintura para abajo, solo con las medias y los tacones, las piernas abiertas frente a nosotros.

Le pasé la lengua por una nalga y dio un respingo.

—Tienes un culo increíble —le dije.

—Mentiroso. Tengo culo de señora —respondió, aunque se notaba que le encantaba oírlo.

—Tienes un culo para follártelo despacio y después a fondo —dijo él, sin adornos.

Ese comentario la terminó de soltar.

Fue hacia el espejo lateral de la habitación y se observó de perfil, acariciándose las nalgas con las dos manos. Lo hizo como si actuara para nosotros, pero sin parecer forzada. Separó un poco las piernas, se tocó entre ellas y nos ofreció la vista de su coño abierto, ya brillando de lo mojada que estaba.

—¿Así me queréis ver? —preguntó.

—Más abierta —le dije.

Y obedeció.

Subió a la cama de rodillas, hundió el pecho en el colchón y levantó el culo. Se abrió con una mano y con la otra empezó a masturbarse sin pudor, enseñándonoslo todo. Ver a mi esposa, siempre tan contenida fuera de casa, desnuda así, tocándose como una zorra feliz delante de otro hombre, me puso al límite.

Él se acercó por detrás, se arrodilló y le besó las nalgas antes de meter la lengua entre ellas. Mi esposa tembló. Cuando la punta húmeda le rozó el culo, soltó un gemido más grave, casi un gruñido de placer.

—Sí... ahí... no pares...

Yo me saqué la polla mientras los miraba. Ella giró la cabeza y me vio.

—Ven aquí —me ordenó.

Fui hasta la cama. Me agarró la verga con una mano y se la metió en la boca sin dejar de sentir la lengua de él en el culo. Empezó a chuparme con hambre, tragando lo que podía, sacándola y volviendo a metérsela mientras gemía contra mí. Luego alzó la vista hacia el otro hombre, le hizo una seña para que se acercara y se puso de pie entre los dos.

Nos agarró una polla con cada mano. Primero me chupó a mí, luego a él, después alternó, llevándose una boca tan llena como podía y masturbando la otra con fuerza. Babeaba, respiraba deprisa, y cada vez que una punta le golpeaba la lengua soltaba un ruido obsceno que me dejó casi sin control.

—Mírala —dije—. Mírate cómo estás poniéndote.

Ella se separó, con saliva en la barbilla, y sonrió como avergonzada de sí misma y orgullosa a la vez.

—Calla y fóllame ya —murmuró.

Pero antes quiso jugar un poco más.

Se sentó sobre él en un sillón bajo, de espaldas a su pecho, y cogió su polla para frotársela entre los labios del coño. No la metía aún. Solo se deslizaba de arriba abajo, empapándola, mojándolo todo, cerrando los ojos cada vez que el glande le rozaba el clítoris.

—¿Te excita verme así? —me preguntó.

—Me estás volviendo loco.

—No me va a follar él —dijo, mirándome con descaro—. Lo voy a follar yo.

Y se la clavó.

Entró despacio al principio, abriéndose sobre aquella polla gruesa con un gesto tenso y delicioso. Cuando la sintió dentro hasta la mitad, paró un segundo, apretó los dientes y luego bajó del todo. El gemido que soltó al encajársela entera me recorrió de punta a punta.

Empezó a subir y bajar sobre él con decisión, agarrada a sus hombros. Las tetas le rebotaban libres, las medias seguían impecables, y su coño sonaba húmedo cada vez que volvía a tragársela. Yo estaba a centímetros, viendo cómo desaparecía dentro de ella.

—Joder, qué puta vista —dije.

—Entonces no pestañees —me respondió, sin dejar de cabalgarlo.

El ritmo fue creciendo. Él la sujetaba de la cintura y la empujaba hacia abajo para hundírsela más. Ella ya no tenía nada de nerviosa; estaba desatada. Me buscó con la mano, me atrajo hacia ella y me besó mientras seguía botando sobre la polla ajena. Sentí en la boca sus gemidos, su saliva, su respiración acelerada.

Luego me empujó hacia abajo.

—Quiero tu boca.

Me arrodillé frente al sillón y empecé a lamerle el clítoris mientras ella seguía montándolo. Cada vez que bajaba, su coño me golpeaba la nariz y yo aprovechaba para meter la lengua donde podía, chupándola como un desesperado. Mi esposa perdió el control. Me agarró del pelo y empezó a follar también mi cara, restregándose contra mi boca mientras él le embestía desde abajo.

—Así... así, hijos de puta... no paréis...

La oírla hablar así me volvió todavía más animal.

***

Acabamos en la cama, los tres sudados y sin ganas de fingir delicadeza. Ella se tumbó de espaldas y abrió las piernas. Él se colocó entre ellas y la penetró de nuevo, esta vez de frente, con embestidas más largas. Yo me puse a un lado para que mi polla quedara a la altura de su boca. La tomó enseguida.

Me la chupaba mientras recibía polla en el coño. A veces me miraba a mí. A veces lo miraba a él. Se corría entre los dos y lo disfrutaba sin hacer diferencias.

Él se inclinó para morderle suavemente una teta y después se la agarró con la mano. Ella respondió apretándome más fuerte la polla con los labios, tragando y sacando con ansia.

—Quiero oírte —le dijo él, follándola más duro.

Ella soltó mi verga un momento.

—Me estás follando riquísimo, cabrón. No pares.

Eso bastó para que él acelerara. Las nalgas le golpeaban contra los muslos, la cama crujía y el coño de mi esposa chorreaba tanto que el sonido se volvía más escandaloso con cada embestida. Yo le masturbaba un pezón, luego le metía dos dedos en la boca para que los lamiera, y volvía a ponérselos en el clítoris, haciendo círculos húmedos mientras la veía abrirse y cerrarse alrededor de esa polla.

No tardó en correrse. Se notó por cómo se tensó de golpe, por la manera en que cerró las piernas intentando atraparlo más dentro y por ese grito ronco que soltó al venirse. Le tembló el vientre, me clavó las uñas en el brazo y siguió sacudiéndose varios segundos.

Pero no quería terminar ahí.

Cuando él salió de su coño, ella rodó sobre la cama, se puso a cuatro patas y nos miró por encima del hombro. Tenía la cara desencajada de excitación, el pelo pegado a la frente y la voz más sucia que nunca le había oído.

—Ahora quiero chuparle el culo.

Él sonrió sorprendido, pero obedeció. Se colocó como ella le indicó y mi esposa fue directa, sin timidez. Le separó las nalgas y le pasó la lengua por el agujero mientras con la otra mano le masturbaba la polla. Lo hacía con auténtico vicio, como si la idea le hubiera estallado de golpe en la cabeza y necesitara cumplirla en ese mismo momento.

Yo miraba fascinado. Ella se acariciaba el coño entre lamida y lamida, mojándose más los dedos, gimiendo con la boca ocupada. Él echó la cabeza hacia atrás, sorprendido de lo bien que se lo estaba haciendo.

—Joder... sí... así...

Mi esposa se incorporó un momento, con la boca brillante, y lo dijo sin rodeos:

—Quiero que me folles el culo.

Noté un latigazo de excitación y también de prudencia. Fui por el lubricante de inmediato. Ella ya estaba colocada a cuatro patas, con la cara hundida en el colchón, el culo muy arriba y las manos abriéndose las nalgas para ofrecérselo mejor.

Le eché lubricante con generosidad. Después le masajeé el agujero con dos dedos para relajarla mientras él se untaba la polla. Mi esposa gimió, mezclando deseo y nervios.

—Despacio al principio —advirtió—. Quiero sentirlo, pero no que me partas.

Él apoyó la punta y empujó muy poco. Ella se quejó. Salió. Volvió a intentarlo con más calma. El glande cedió dentro y mi esposa soltó un jadeo largo, tenso, muy distinto a los del coño. Se quedó quieta respirando, acomodándose al tamaño, contrayendo y aflojando poco a poco.

—Más —pidió al cabo de unos segundos.

Entró otro poco. Luego otro. Hasta que estuvo clavado a la mitad y ella empezó a mover el culo hacia atrás buscando ella misma más profundidad. Ahí supe que ya no había vuelta. Quería tragársela entera.

—Sí... así... métemela... despacio... joder...

Yo me puse debajo de su cara para que me la chupara mientras él la enculaba. Fue una imagen brutal: mi esposa con el culo en alto, tragando mi polla y dejando que otro hombre se la metiera por detrás con empujones cada vez más seguros. Sus gemidos vibraban alrededor de mi verga. Su saliva me corría por la base. Y detrás, el sonido húmedo y pesado de esas embestidas me estaba llevando al borde.

Él ya la follaba con ritmo constante, saliendo casi por completo y volviendo a hundirse. Cada vez entraba más fácil. Cada vez más hondo. Mi esposa empezó a menear el culo para acompasarse, aceptándolo mejor, disfrutándolo de verdad.

Le llevé la mano entre las piernas.

—Tócate.

No hizo falta insistir. Se frotó el clítoris con dedos rápidos mientras seguía recibiendo polla en el culo y la mía en la boca. En pocos segundos perdió cualquier resto de compostura. Ya no intentaba verse elegante, ni prudente, ni contenida. Solo era una mujer madura desatada, con el coño chorreando y el culo abierto, usándose para correrse tan fuerte como pudiera.

—Más duro —murmuró soltándome la polla—. Más duro, por favor. Quiero correrme así.

Él obedeció. Le metió embestidas más secas, profundas, haciendo que el cuerpo de mi esposa se estremeciera entero. Yo le pellizqué un pezón y le froté el clítoris justo cuando una de esas entradas le arrancó un grito. Entonces se corrió.

Fue un orgasmo brutal. Se arqueó, se quedó rígida unos segundos y después empezó a temblar de verdad, con espasmos en las piernas y una queja sostenida que parecía no terminar nunca. Le tembló el culo alrededor de la polla de él, el coño me empapó la mano y yo tuve que agarrarle la cadera para que no se desarmara por completo.

Él aguantó unas cuantas embestidas más y salió justo antes de correrse, echándole la corrida sobre las nalgas y la parte baja de la espalda. Mi esposa cayó exhausta sobre el colchón, jadeando, todavía con pequeños espasmos de placer.

Yo no tardé mucho después. Me masturbé junto a su cara, viendo la corrida resbalarle por el culo mientras ella me miraba con los labios entreabiertos. Me corrí sobre sus tetas y su vientre, y ella recogió un poco con los dedos para llevárselo a la boca sin dejar de sostenerme la mirada.

—Ahora sí —dijo con una sonrisa agotada—. Ahora sí me he pasado de verdad.

***

Nos quedamos un buen rato sin movernos, recuperando el aire. Él fue a ducharse primero. Cuando salió ya estaba vestido y sereno, como si no hubiera revuelto nuestra habitación y nuestra cabeza durante horas.

Se despidió de mí con un abrazo breve y de mi esposa con un beso largo, tranquilo, menos vulgar que el sexo que acabábamos de compartir y, por eso mismo, quizá más peligroso. Ella se lo sostuvo un segundo más antes de apartarse.

—Me ha encantado —le dijo—, pero no quiero repetir contigo.

Él levantó una ceja, sin enfadarse.

—¿Tan mal lo he hecho?

Ella sonrió y negó despacio.

—Justo por lo contrario. Podría empezar a gustarme más de la cuenta, y ese no es el juego.

Él aceptó la respuesta con elegancia. Nos dijo que, si algún día cambiábamos de idea, solo teníamos que escribirle. Luego se fue.

La puerta se cerró y el silencio de la habitación fue casi tan intenso como todo lo anterior. Mi esposa seguía desnuda sobre la cama, con las medias puestas, el maquillaje borrado, la corrida aún secándose sobre la piel. Me tumbé a su lado y le acaricié el muslo.

—¿Qué te ha parecido el fin de semana?

Se echó a reír, cansada.

—Increíble. Agotador. Sucio. Mucho mejor de lo que imaginaba.

—¿Arrepentida?

—No. Sorprendida de mí misma, quizá.

Le pasé el pulgar por la cadera.

—A mí me ha encantado verte así.

—Ya lo noté —dijo, mirando mi polla medio despierta otra vez—. Eres un vicioso.

—Y tú una cabrona. Dijiste que era cosa de una noche y te has montado un trío en un hotel como si llevaras años ensayándolo.

Se rio más fuerte, luego suspiró y se pegó a mí.

—No volveré a verlo a él.

—Qué pena.

—No pongas esa cara. Si te has quedado con ganas, ya buscaremos otro.

—¿Otro qué?

Giró la cabeza hacia mí, con una sonrisa lenta, indecente.

—Otro capricho para compartir.

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Comentarios(7)

HotelFan_77

tremendo relato, me enganchó desde el primer parrafo!!!

CuriosaLecto

por favor que haya continuación, me quede con muchas ganas de saber como siguio la noche

ErnestoBA

Muy bien narrado. Se siente todo muy real, leerlo casi de noche no fue buena idea jajaja. Sigan así!

flor_pampa

Y como siguio esa tarde? me quede con la intriga total jaja

Polaquito_bsas

Leerlo en el trabajo fue un error jajaja. Tremendo relato, me recordó algo parecido que me paso a mi... eso es otro cuento

CuentosFan_AR

de los mejores que lei ultimamente, sin dudas. Esperando el proximo!

LectorHotel

Buenisimo!! cuanto tardan en publicar el siguiente?

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