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Relatos Ardientes

La primera noche que compartí a mi mujer con Rubén

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Cuando conocí a Nadia yo tenía treinta y cinco años y ella veintiocho. No era una niña ni una inocente, pero tenía esa mezcla rara de morbosa y tímida que a mí me ponía a mil. Bajita, curvas duras, unas tetas grandes que le quedaban imposibles de disimular bajo cualquier camiseta, y una cara redonda de labios carnosos que engañaba a todo el mundo. La gente la miraba y la subestimaba. Yo la miraba y sabía que, en la cama, era otra cosa.

A los pocos meses de estar juntos empezamos a jugar con fantasías durante el sexo. Al principio, tonterías: hablar de un ex, imaginar que alguien nos veía por la ventana. Después, cada semana fue subiendo. Una noche, mientras se la metía por detrás y ella tenía la cara aplastada contra la almohada, le confesé al oído que mi fantasía más fuerte era verla con otro hombre. Verla gozando de una polla que no fuera la mía. Verla como una guarra, mientras yo miraba desde una silla.

Nadia no me contestó enseguida. Se quedó quieta, apretando el culo contra mi cadera, y después soltó un gemido largo y me pidió al aire: —Cuéntame más. Y yo le fui contando, sin dejar de follármela, cómo me la imaginaba de rodillas, cómo la vería mamársela a otro, cómo la vería abrirse de piernas para un desconocido. Se corrió temblando, agarrada al colchón con las dos manos. Desde esa noche, cada vez que follábamos, me pedía que le contara. Y ella me devolvía viejas experiencias suyas: tríos que había tenido en la universidad, un tipo mucho mayor que se la había follado en la arena de una playa. Yo la escuchaba con la polla dura como una piedra.

Pero era todo hablado. Nada real. Hasta esa noche.

***

Llevábamos unos cuatro meses juntos cuando organizamos una fiesta pequeña en mi piso. Nada especial: dos amigos míos de toda la vida, Rubén y Damián, y nosotros. Cenamos fuera, después nos vinimos a seguir bebiendo. Puse música, bajé las luces, saqué otra botella y armé unos hielos. Ellos dos se acomodaron en el sofá grande. Nadia y yo, en el de dos plazas, muy pegados.

Rubén era el callado de los tres. Un tío grande, moreno, con las manos anchas. Damián era el charlatán, más delgado, siempre con algún chiste a punto de salir. Los dos sabían que Nadia estaba buenísima. Se les notaba en los ojos cada vez que ella cruzaba las piernas o se agachaba a coger el vaso de la mesa baja.

Sobre las tres de la mañana, cuando ya nos habíamos reído bastante y la conversación se había puesto densa, agarré a Nadia de la nuca y la empecé a besar. No fue un beso de novios. Fue un beso con lengua, largo, mordiéndole el labio. Ella me devolvió el beso enseguida y, sin dejar de comerme la boca, me pasó la mano por encima del pantalón, ahí donde ya se me estaba levantando la polla. Me abrió la bragueta y me la sacó fuera, sin dejar de mirarme, con esa cara que ponía cuando sabía que iba a hacer algo sucio.

Miré de reojo. Rubén y Damián nos estaban mirando en silencio. Rubén, con el vaso a medio camino de la boca. Damián, con los labios entreabiertos. Ninguno se estaba yendo. Ninguno fingía que no veía. Se les había parado la fiesta, y a los dos se les notaba un bulto tirando del pantalón.

Le hablé a Nadia al oído.

—¿Quieres que los dejemos jugar?

Ella se apartó apenas, me miró, se miró la polla que yo tenía fuera, y me susurró contra la boca:

—Con Rubén, sí. Con Damián no. Damián no me gusta.

Le hice caso. Bajé la intensidad, me guardé lo mío, ella se recolocó la ropa. Empezamos a poner caras de ya-nos-vamos-a-dormir. Damián tardó casi una hora en pillar la señal. Estaba caliente, quería quedarse, soltaba comentarios intentando empujar la cosa. Pero Nadia había sido clara. Cuando por fin agarró la chaqueta y se levantó, casi le doy un abrazo del alivio. Rubén se quedó sentado, como si él no tuviera ningún horario.

Acompañé a Damián hasta la puerta. Le di la mano, cerré con dos vueltas de llave. Cuando me di la vuelta, Nadia ya no estaba en el sofá donde la había dejado.

—Métete un ratito en el baño —me dijo desde el pasillo, con la voz baja, sin mirarme.

Le obedecí. Me metí en el baño, cerré la puerta a medias y me quedé escuchando. Unas risas amortiguadas. Un silencio largo. Un gemido corto que me erizó la piel.

Salí despacio, sin hacer ruido. Cuando llegué al salón, me quedé clavado en el marco de la puerta.

Nadia estaba a horcajadas sobre las piernas de Rubén, en el sofá grande. Le tenía las manos apoyadas en el pecho y le estaba comiendo la boca con una furia que yo no le había visto nunca. La lengua se le veía. Le mordía los labios y volvía a besarlo. Rubén, sin animarse a tocarla del todo, tenía una mano en la cintura de ella y la otra tirada al lado, como si todavía no supiera si podía.

Me vio. Se puso rígido de nervios, se separó dos centímetros. Nadia le cogió la cara con las dos manos y lo trajo de vuelta a la suya.

—Tú quédate ahí —me dijo, sin dejar de mirarlo a él—. Que este se me está poniendo nervioso.

Y le agarró la mano y se la puso encima de la teta, sobre la camiseta. Rubén cerró los ojos y apretó. Yo me senté en el sillón de una plaza, enfrente, con la polla ya durísima dentro del vaquero.

Nadia le abrió el pantalón sin dejar de moverle la cadera encima. Le metió la mano dentro del bóxer, le sacó la polla y la miró un segundo, casi sonriendo. Rubén la tenía gruesa. Más gruesa que la mía, un poco más corta. Ella se la agarró con toda la mano y le empezó a hacer una paja lenta, con la muñeca girando, como sabía hacer.

—Qué polla más rica tienes —le dijo, con la voz clavada en un tono que yo conocía perfectamente.

Ese tono. Ese tono era el mío. Y lo estaba usando con otro.

Bajó del regazo. Se arrodilló entre las piernas de Rubén. Le empujó las rodillas para abrirlo mejor. Y sin más ceremonia le metió la polla dentro de la boca hasta que se la clavó en la garganta y le arrancó un taco ronco. La chupaba entera, la sacaba con un chasquido, la volvía a meter, le lamía los huevos, subía otra vez a la punta. Con una mano se la seguía masajeando, con la otra se agarraba una teta por debajo de la camiseta.

Yo me abrí el pantalón y me empecé a hacer la paja mirándola. Nunca la había visto así. Se le veían las mejillas hundidas cuando chupaba. Se oían los ruidos húmedos, la saliva que le chorreaba por la barbilla hasta el escote. En un momento levantó la cabeza y me miró, con la boca llena, y me guiñó un ojo. Ese guiño me destrozó más que cualquier otra cosa.

—Ven, fóllame —le pidió después a Rubén, cuando ya lo tenía a punto de correrse—. En el sofá.

Se levantó, se quitó la camiseta de un tirón y se quedó en sujetador. Se bajó el pantalón hasta los tobillos y lo apartó de una patada. Después, con una tranquilidad como si estuviera sola en su casa, se bajó las bragas. Estaba empapada. Se le veía el brillo entre los muslos y una mancha oscura en la tela de las bragas que quedaron tiradas en el suelo.

Se tumbó boca arriba en el sofá, abrió las piernas y le ordenó a Rubén:

—Cómemelo antes.

Rubén se lanzó como un perro. Le hundió la cara entre las piernas y empezó a lamerla con toda la lengua. Le veía la nuca subiendo y bajando. Nadia soltó un gemido largo, uno de esos que a mí me llevaban veinte minutos de trabajo sacarle. Le enterró las uñas en el pelo, le apretó la cabeza contra el coño y empezó a mover la cadera contra la boca de él.

—Así, así, más fuerte —le decía—. Chúpame el clítoris, no pares, más fuerte.

Yo me la sacudía cada vez más rápido. No podía creer lo que estaba viendo. La mujer con la que dormía todas las noches, follando con otro tío en mi sofá, gimiendo cosas que a mí no me decía. Estaba tan caliente que tenía que frenarme para no correrme yo primero, ahí sentado, sin haberla tocado.

—Fóllame ya, va, no aguanto más —le suplicó Nadia después de unos minutos, tirándole de la cabeza hacia arriba.

Rubén se levantó del suelo, se agarró la polla que la tenía dura como piedra y se la metió de un empujón. Se la clavó entera, de una. Nadia soltó un grito. No un gemido: un grito de verdad, y le clavó las uñas en el hombro. Empezó a follársela fuerte, sin ritmo suave, empujando la cadera con todo el peso del cuerpo. El sofá se movía contra la pared. Le agarró una teta y se la apretó tan fuerte que le quedaron los dedos marcados en la piel.

—Míralo, míralo a él —le decía Nadia entre gemidos, mirándome a mí a los ojos mientras Rubén se la clavaba una y otra vez—. Te está poniendo esto, ¿verdad? Mira cómo me folla. Mira cómo me tiene abierta. Dime, ¿te gusta?

—Sí —le contesté, con la voz rota, sin dejar de menearme la polla.

—Dilo más alto.

—Me gusta, Nadia. Me pone verte así.

Ella se rió con la boca abierta y volvió a gritar cuando Rubén cambió el ángulo y le empezó a golpear más hondo. Rubén duró poco. Cuatro o cinco minutos de empujarla como un animal y ya se le puso la cara roja. La sacó, se la agarró y se corrió encima de las tetas de ella, unos chorros gruesos que le cayeron entre el sujetador y el cuello. Nadia se quedó un segundo agitada, con la leche encima, mirando cómo caía. Después metió el dedo, cogió un poco, se lo llevó a la boca y me miró a mí mientras se relamía.

Se levantó del sofá como si nada, se limpió con una servilleta de la mesa y vino caminando desnuda hacia donde yo estaba sentado. El sujetador manchado le colgaba de un tirante.

—Tú no te vas a quedar mirando toda la noche —me dijo.

Me levantó del sillón de un tirón de mano. Se puso a cuatro patas sobre la alfombra, con el culo levantado, mirando a Rubén de frente. Rubén, con la polla todavía fuera y ya empezando a bajar, la miraba desde el sofá con cara de haber visto un fantasma. Yo me arrodillé detrás. Se me metió sola. Estaba caliente, empapada, resbaladiza por dentro. La agarré de la cintura y empecé a follármela igual que él, sin cuidado, con toda la fuerza que tenía.

—Métemela en la boca, va —le pidió Nadia a Rubén, sin dejar de recibirme por detrás—. Todavía la tienes medio dura.

Rubén lo intentó. Se levantó, se acercó a la cara de ella. Ella abrió la boca y se la volvió a chupar durante un rato mientras yo la seguía golpeando por atrás. Pero al pobre se le había ido el empuje, y a los pocos minutos ya no daba más y se sentó otra vez en el sofá. Se quedó ahí, respirando fuerte, mirándonos, todavía con la polla afuera del pantalón.

Yo la seguí follando. Perdí la noción del tiempo. Cambiamos de postura varias veces. La puse contra el sofá, con la cara aplastada contra el respaldo, y le partí el culo desde arriba. Me la monté encima, con ella cabalgándome de frente, agarrada a mis hombros, botando el pecho a un ritmo desesperado. La tumbé de espaldas y le puse los tobillos sobre mis hombros y se la clavé hasta el fondo, hasta que gritó otra vez.

La agarré del pelo y le dije al oído todo lo que me había puesto verla. Le describí la boca abierta, la saliva colgando, el momento en que se abrió las bragas ella misma. Le pregunté cómo se sentía la polla de Rubén comparada con la mía. Me contestó la verdad, con la voz cortada por los golpes de mi cadera:

—Distinta. Más gruesa. Pero me gusta más la tuya, porque tú la sabes mover.

Me lo dijo mirándome, a diez centímetros de la cara, apretando el coño alrededor de mi polla. Me corrí dentro, sin sacarla, agarrándola de las tetas y mordiéndole el hombro mientras ella se corría otra vez, gimiendo cosas sin sentido contra mi cuello.

Nos quedamos así unos segundos, encajados, respirando. Escuché el sofá crujir. Rubén se había levantado y estaba recolocándose la ropa en silencio.

Se fue sobre las seis de la mañana, sin hablar mucho, un poco raro. Le di la mano en la puerta y ninguno de los dos dijo una palabra sobre lo que acababa de pasar. Cerré con llave otra vez. Volví al salón. Nadia estaba desnuda en el sofá, envuelta en una manta, fumando un cigarrillo que yo ni sabía que tenía escondido en el bolso.

—¿Y? —me dijo, sin mirarme del todo—. ¿Fue como te lo habías imaginado?

—Mejor —le contesté.

Ella se quedó pensando un segundo. Después me miró con esa sonrisita nueva que le había salido esa noche, la que yo aún no le conocía.

—Bueno —me dijo—. Entonces vamos a tener que buscar más. Y mejores.

Esa madrugada fue solo el arranque. Todavía no sabíamos, ninguno de los dos, hasta dónde íbamos a llegar en los meses siguientes. Pero yo me acosté sabiendo dos cosas muy claras: que ella había estado esperando esa noche mucho más tiempo del que yo pensaba, y que la mujer con la que había empezado a salir no era exactamente la misma que dormía a mi lado.

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Comentarios(7)

IgnacioV

Increible, de los mejores relatos que lei aca en mucho tiempo. Tremendo

Loky85

Por favor seguí con esto, quede con ganas de saber como termino la noche. El suspenso me mato!

MarceloNqn

Lo leí de un tiron y no me di cuenta. Que manera de meterte en la historia

LauraF_88

Es real esto? Porque se nota muy vivido, no parece inventado. Muy bien contado

Diego_OK

La parte de los meses fantaseando le da una profundidad que no tienen muchos relatos de esta categoria. Buen trabajo

Daniela_RA

Me recordo a conversaciones que tuve con mi pareja sobre este tema jaja. Nunca llegamos a tanto pero te entiendo perfectamente

RamonCba22

Morboso y bien escrito, sigue asi!

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