Trío en la playa con turistas y uniformes
Aquella noche en la costa parecía la primera de verdad en mucho tiempo. No había locales abiertos, no había música de club, pero sí una playa llena de gente con ganas de beber, de gritar y de tocarse aunque fuera con la mirada. Yo había salido con dos amigas del trabajo, decididas a estirar la madrugada hasta donde nos aguantaran las piernas y el alcohol.
La arena estaba llena de grupos, altavoces pequeños, vasos de plástico y bolsas con hielo derritiéndose. El aire olía a sal, ron barato y protector solar rancio. Yo ya llevaba bastante encima como para sentirme más valiente, más suelta, pero no tanto como para no saber lo que hacía.
Mis amigas se quedaron hablando con unos chicos cerca del paseo. Yo me aparté un momento para mear en una zona más oscura y, al volver, me desorienté. No las vi. Vi, en cambio, a un grupo de hombres morenos, altos, hablando entre ellos a voces y riéndose como si el mundo entero les perteneciera.
Uno de ellos me llamó con la mano al ver que miraba la nevera portátil que tenían abierta. Habían conseguido lo que nadie a esas horas: hielo todavía entero, botellas sin terminar y vasos limpios. Me acerqué porque estaba sedienta, porque estaba sola y porque me gustó cómo me miraron en cuanto pisé su círculo.
—Ven, guapa, tenemos de todo —dijo uno en un español torcido, arrastrando las palabras.
Debían rondar la treintena, todos claramente adultos. Se notaba que estaban de vacaciones: bronceados, desinhibidos, con esa seguridad de quien no tendrá que dar explicaciones al día siguiente. Me dieron un vaso cargado de ginebra con limón y me hicieron sitio entre ellos como si me hubieran estado esperando.
—¿Tus amigas? —preguntó otro.
—Por ahí. Ya aparecerán.
Sonrieron al escucharme. No preguntaron más. Uno se presentó como Dario, otro como Enzo, y los demás dijeron sus nombres tan deprisa que no los retuve. Tampoco importaba. Lo importante era la forma en que me cercaban sin apretarme, cómo me pasaban la botella, cómo uno me rozaba la muñeca y otro me sostenía la mirada un segundo más de la cuenta.
Empezamos con una tontería. Un cubito de hielo de boca en boca. El que lo dejara caer, bebía. Parecía una excusa infantil, pero funcionaba. El primer beso fue frío y húmedo. El segundo ya no tuvo hielo. El tercero acabó con una lengua rozándome los labios antes de apartarse entre risas.
—Eso no vale —protesté, aunque seguía acercándome.
—Vale si te gusta —contestó uno de ellos.
Me gustaba. Y se me notaba. Cada vez que uno me tomaba de la barbilla para pasarme el hielo, otro me rozaba la cintura, la cadera o el muslo. Poco a poco nos alejamos del grupo grande de gente y acabamos en una zona más oscura, con menos ruido, aunque no lo bastante apartada para estar de verdad solos.
Desde fuera solo debíamos parecer un grupo más de gente bebiendo. Desde dentro, la tensión era otra cosa. Yo sentía el calor de seis cuerpos a mi alrededor, las miradas clavadas en mi boca, la humedad del alcohol bajándome por la garganta y la excitación empezando a empaparme el short.
—Vamos a jugar a algo mejor —dijo Dario.
—¿Mejor cómo?
—Tú te arrodillas, cierras los ojos y adivinas qué toca tus labios.
Debería haberme reído y largado. Debería haber salido a buscar a mis amigas. Pero me latía el coño con una insistencia vergonzosa, y la idea de ponerme de rodillas delante de todos ellos me hizo apretar las piernas incluso antes de hacerlo.
—Solo un momento —murmuré.
Me arrodillé en la arena. La arena estaba fría en las rodillas, pero mi cuerpo ardía. Cerré los ojos y sentí primero dedos en la cara, luego algo más grueso rozándome la boca, golpeándome suave el labio inferior. Abrí los ojos de golpe.
Los seis estaban con los pantalones bajados o abiertos. Sus pollas colgaban delante de mí, algunas ya duras, otras engordando deprisa, todas apuntándome como si aquello hubiera sido inevitable desde que acepté el primer vaso. Me quedé mirándolas un segundo largo. Ninguno disimuló. Ninguno tuvo vergüenza.
—Adivina —se burló uno.
Se me escapó una risa nerviosa. Tendría que haberme levantado. En vez de eso, alargué la mano y agarré la más cercana. Pesaba, estaba caliente, y la piel ya estaba tensa bajo mi palma. El hombre soltó un jadeo y los demás se acercaron un poco más.
—Así sí —dijo otro.
Me lancé sin teatro. Abrí la boca y me metí aquella polla hasta donde pude, apretando los labios y bajando despacio, notando el sabor salado, el olor agrio a sudor y alcohol. El hombre me sujetó el pelo con una mano y no me empujó todavía; me dejó marcar el ritmo. La saqué brillante de saliva y me fui a la siguiente.
Las alternaba sin orden. Una gruesa, otra más corta, otra curvada, otra con el glande tan sensible que el tipo me tembló entero cuando se lo lamí. Se reían, comentaban cosas entre ellos en su idioma, me tocaban la cara, los hombros, las tetas por encima de la camiseta empapada de bebida. Yo ya no jugaba a nada. Estaba mamando con ganas.
Uno me volcó un poco de cubata por el cuello y el líquido frío me bajó entre los pechos. Me quité la camiseta de un tirón, harta de la tela pegajosa, y la dejé caer a la arena. Me quedé solo con el short y el sujetador, respirando agitada, con seis pollas delante y los pezones ya duros contra la tela.
—Joder —dijo uno, mirándome las tetas—. Sigue.
Seguí. Chupé una detrás de otra, tragándomelas todo lo que me daban la garganta y las ganas. Mis manos no paraban: acariciaba huevos, apretaba culos, masturbaba a uno mientras me llenaba la boca con otro. El grupo cerró el círculo a mi alrededor y el ruido del mar quedó lejos, como si yo estuviera dentro de una burbuja hecha de respiraciones masculinas, risas sucias y el sonido húmedo de mi boca trabajando.
—Más hondo —ordenó uno.
Obedecí. Me agarró de la nuca y me folló la boca con embestidas cortas al principio, luego más largas. Sentí cómo me chocaba contra el fondo de la garganta y tuve que respirar por la nariz, con los ojos llorosos y saliva escurriéndome por la barbilla. Cuando me soltó, otro ya me estaba empujando el glande contra los labios.
No eran delicados. Tampoco lo buscaba. Había algo animal en dejar que me usaran entre todos mientras el alcohol me soltaba la cabeza y la vergüenza se me iba quedando en la arena. Uno me abrió el sujetador por la espalda y me lo arrancó. El aire de la noche me pegó en los pezones húmedos y eso me puso todavía más cachonda.
—Mírala —escuché decir—. Le encanta.
Y sí. Me encantaba ser el centro de ese corro. Me encantaba sentirme observada, manoseada, llena de saliva y de manos. Me encantaba la suciedad de tener cerveza cayéndome por el pecho mientras mamaba pollas como si me debiera algo a mí misma.
Uno de ellos me tomó la cara con ambas manos y me escupió en la lengua antes de meterme la polla. Otro me pasó la punta por las tetas y me la restregó entre ellas mientras yo chupaba a su amigo. Sus respiraciones se volvieron más tensas, los gemidos más serios. Ya no bromeaban tanto.
El primero en correrse me avisó tarde. Noté el tirón en mi pelo, la polla latiendo más dura y, un segundo después, el semen caliente llenándome la boca. Tragué casi por reflejo, con dificultad, y él me obligó a mantenerla dentro hasta sacarla a tirones, dejándome babear. Los demás aplaudieron y se rieron como bestias.
—Otra —dijo uno, poniéndomela delante.
Fui por la segunda, luego por la tercera. No todas se corrieron igual. Uno me vació la corrida en la lengua y me la hizo enseñar antes de tragar. Otro me sujetó la cabeza entre sus muslos y se corrió en mi garganta. Otro prefirió sacarla al final y acabarme encima de los pechos, mezclando semen con restos pegajosos de alcohol y arena fina.
Yo seguía de rodillas, desnuda de cintura para arriba, llena de babas y con el coño palpitando entre las piernas. Ni siquiera me habían penetrado y ya estaba desesperada por algo más, por que alguien me metiera dedos, lengua, una polla, lo que fuera. Pero ellos parecían satisfechos con mi boca, con mi docilidad, con verme tragar sin protestar.
Cuando terminé con el último, me quedé respirando hondo, con la mandíbula cansada y la garganta ardiendo. Hablaron entre ellos unos segundos, otra vez en su idioma, y antes de que entendiera nada me agarraron por brazos y piernas. Solté un grito entre risa y sorpresa.
—¡Ni se os ocurra!
Claro que se les ocurrió. Me balancearon dos veces y me lanzaron al agua negra de la orilla. Caí de culo, empapándome entera, mientras ellos se reían y gritaban algo que no comprendí del todo. Salí maldiciéndolos, con el short pegado al cuerpo y el pelo chorreando. Seguía borracha. Seguía excitada. Seguía sin ganas reales de irme.
La playa, sin embargo, había cambiado. Donde antes había grupos y ruido, ahora solo quedaban restos: botellas, vasos, bolsas, toallas abandonadas. Vi mis cosas tiradas cerca de donde habíamos estado y fui hacia allí tiritando un poco, buscando el sujetador, la camiseta, el bolso.
Estaba recogiendo lo que podía cuando unas manos firmes me sujetaron por los brazos.
—Señorita, ya sabe que esto no puede seguir a estas horas.
Me giré. Eran cuatro agentes. Adultos de sobra, con uniformes oscuros, botas llenas de arena y esa expresión seca de quien acaba de encontrarse algo que no pensaba admitir en voz alta. Dos estaban más cerca; los otros dos venían cerrando el paso. Me miraron un segundo de arriba abajo: el pelo mojado, los pechos desnudos, el short pegado a la piel.
—Su documentación —dijo el más alto.
Busqué el bolso sin encontrarlo. Miré alrededor, aturdida. No sabía si los italianos me lo habían movido o si lo había soltado yo en cualquier parte.
—No… no la tengo ahora mismo.
—Entonces vendrá con nosotros para identificarla y responder por todo esto.
Me rodearon sin tocarme más de la cuenta, pero la amenaza estaba clara. Eran mayores que los turistas, más duros, menos juguetones. La autoridad les salía por la forma de colocarse, de mirarme, de esperar que obedeciera. Y yo, mojada, todavía con el sabor del semen en la boca y el coño latiéndome, pensé una barbaridad antes de poder frenarla.
—Podemos arreglarlo de otra manera.
El más cercano arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
Tragué saliva. Tiré la camiseta y el sujetador otra vez a la arena, como si ya no tuviera sentido fingir pudor.
—Os la puedo chupar.
Durante un segundo creí haber cruzado una línea de la que ya no podía volver. Se miraron entre ellos. Uno soltó una risa baja. Otro se acercó despacio, sin apartar los ojos de mis tetas.
—Arrodíllese —dijo.
Lo dijo sin gritar. No le hizo falta. Me arrodillé. La arena húmeda se me pegó a las piernas abiertas y sentí una sacudida de miedo mezclada con deseo. Los cuatro se pusieron delante de mí. El sonido de las cremalleras bajando me dejó la boca seca.
La primera polla que tuve delante era gruesa, muy recta, ya casi del todo dura. El agente me agarró del pelo y me la apoyó en los labios.
—Las manos atrás.
Las llevé a la espalda en el acto. Me miró con una satisfacción fría y me metió la polla en la boca sin más preámbulo. No era una mamada amable. Era él follándome la cara, marcando el ritmo, usando mi garganta como si el uniforme le diera derecho sobre ella. Yo gemía como podía con la boca llena, respirando deprisa por la nariz, notando cómo se me acumulaba la saliva y me escurría por la barbilla y el pecho.
—Así, puta —murmuró.
Me empujó más hondo. Tosí. No me dejó apartarme. Sus huevos me golpeaban la barbilla, la punta me entraba hasta hacerme lagrimear y cada vez que intentaba tomar aire él volvía a clavarme otra embestida. Los otros tres miraban muy cerca, pajeándose, comentando en voz baja, esperando su turno.
Cuando se corrió, no me avisó. Simplemente endureció el agarre en mi pelo y descargó en mi boca con varios latidos espesos. Tragué como pude. Una parte se me escapó por la comisura y bajó por el cuello. Él soltó una risa breve y me retiró la polla, dejándome boqueando.
—Bebe —dijo otro, alcanzándome un vaso de licor abandonado.
Di un trago grande, casi tosiendo, y enseguida me volvieron a coger del pelo. La segunda polla era más ancha, con un glande grande que me abrió los labios y me obligó a relajar la mandíbula. Este no hablaba casi nada. Solo me sujetaba la nuca y me la metía una y otra vez, lenta al principio, después con una prisa áspera que me hizo soltar un gemido obsceno.
Yo tenía las manos atrás y eso me encendía más de lo que quería admitir. No podía controlar nada. Solo abrir la boca, sacar la lengua cuando me la pedían con una palmada en la cara, dejar que me usaran mientras uno me apretaba un pezón y otro me tocaba la mejilla como si me estuviera premiando por obediente.
—Mírala cómo traga —dijo uno.
—Le gusta que la manden.
El segundo se corrió también dentro. Esta vez me mantuvo inmóvil, con su polla enterrada en la garganta, mientras yo intentaba tragar sin ahogarme. Cuando por fin me soltó, el tercero ya me estaba levantando la barbilla con dos dedos.
—Sácala.
Saqué la lengua. Él me escupió encima y luego me metió la polla hasta la mitad, frotándola de lado a lado contra mi boca abierta antes de empezar a embestir. Tenía un ritmo distinto, más cruel, como si quisiera verme perder del todo la compostura. Me sujetó la cabeza con ambas manos y me folló la boca hasta que los sonidos húmedos se mezclaron con mis arcadas.
Sentí dedos del cuarto agente bajar por mi vientre y colarse bajo el short mojado. Encontró el coño enseguida, hinchado, resbaladizo, y soltó una carcajada al notar lo empapada que estaba.
—Joder, si está chorreando.
Me metió dos dedos sin avisar, hundiéndolos hasta el fondo mientras yo seguía mamando al tercero. El contraste me dobló por dentro. Gemí contra la polla, me estremecí y moví las caderas buscando más. Él me acarició el clítoris con una lentitud insultante, solo para demostrarme que podía hacerme suplicar incluso con la boca ocupada.
—¿Quieres que te follen también, eh?
No podía contestar. Solo asentí como una idiota hambrienta, con la saliva, el semen y el alcohol mezclándoseme en la lengua. El tercero se corrió sacándomela al final, vaciándome la corrida por la cara y las tetas. Noté el semen caliente en el pezón, en la clavícula, resbalando hacia el vientre.
El cuarto me dio la vuelta sin delicadeza. Me dejó apoyada en manos y rodillas sobre la arena, con el culo alzado y el short empujado a un lado. El aire me golpeó el coño abierto y enseguida sentí su palma, primero una nalgada seca que me arrancó un jadeo, luego dos dedos abriéndome y comprobando lo mojada que estaba.
—Mírala cómo supura —dijo.
Me pasó la punta de la polla entre los labios, frotando arriba y abajo, empapándola con mi humedad. Yo estaba temblando, desesperada. Me dio otra nalgada.
—Pídelo.
—Fóllame —solté, ronca—. Por favor, fóllame.
Me la metió de golpe. Entera no, pero sí lo suficiente para hacerme gritar y clavar las uñas en la arena. Era gruesa y entró dura, abriéndome en una sola embestida que me dejó el cuerpo tenso. No esperó mucho. Empezó a follarme con golpes secos, agarrándome de la cadera con una mano y del pelo con la otra, obligándome a arquear la espalda.
Cada envión me empujaba hacia delante. La arena se me pegaba a las rodillas, al vientre, a las manos. Detrás de mí, el sonido de sus caderas chocando contra mi culo se mezclaba con las órdenes de los otros: que levantara más el culo, que no cerrara las piernas, que abriera la boca. Uno se puso delante otra vez y me metió la polla entre los labios mientras el otro me penetraba por detrás.
Ahí sí perdí el poco orgullo que me quedaba. Me la comía a bocanadas mientras me follaban, babeando, gimiendo, con el coño cada vez más abierto y más resbaladizo. El agente de detrás marcó un ritmo brutal, constante, y el de delante me usaba la boca para acompañarlo. Yo no daba abasto y, al mismo tiempo, no quería que pararan.
—Qué bien te dejas usar —me dijo el de delante.
El de atrás me sacó la polla y me metió tres dedos de golpe, removiéndolos adentro mientras yo gemía. Luego volvió a entrar, más hondo, aprovechando lo abierta que me había dejado. Sentí que el orgasmo me subía rápido, casi doloroso, empujado por la humillación, por la exhibición, por tener a cuatro hombres alrededor tratándome como una puta encontrada en la arena.
—Me voy a correr —alcancé a decir cuando me soltaron la boca un segundo.
—Córrete —ordenó él, clavándomela hasta el fondo.
Me corrí temblando, con las piernas flaqueándome, el clítoris latiéndome al aire y un gemido largo que se perdió entre el mar y las respiraciones agitadas de ellos. El agente de detrás siguió un poco más, aprovechando mis espasmos, y acabó dentro con un gruñido ronco, apretándome la cadera hasta hacerme daño.
Me dejó caer de rodillas. Yo seguía jadeando cuando sentí algo tibio en la espalda. Al principio pensé que era agua. Tardé un segundo en entender por las risas. Levanté la cabeza. Dos de ellos estaban meándome encima, sin pudor, descargando sobre mis hombros, mi pelo, la arena a mi alrededor.
—Recoge todo —dijo uno—. Que no quede ni un vaso.
Lo hice. No sé si por miedo, por borrachera o porque en ese momento obedecer era lo único que encajaba con lo que ya había aceptado de mí misma esa noche. Recogí vasos, botellas, bolsas, camisetas húmedas, con el cuerpo manchado, el short pegado y las piernas todavía temblando.
Cuando terminé, volví hacia ellos. Uno tenía mi bolso. Otro había encontrado la documentación dentro. Leyó mi nombre en voz alta con una sonrisa ladeada y se lo pasó al compañero, que rellenó un papel apoyándolo en su muslo.
Me lo entregó doblado.
—La próxima vez, menos ruido.
Era una multa. Solo una multa. Se marcharon entre risas cortas, sin volver la cabeza. Yo me quedé sola en la playa casi vacía, con el mar negro delante, la arena pegada al cuerpo, semen seco en el pecho y el coño todavía palpitando bajo la tela mojada.
Me vestí como pude. Encontré a mis amigas mucho después, ya cerca de un taxi, demasiado ocupadas en sus propias historias para fijarse en lo rota que llevaba la voz. No les conté nada esa noche. Ni al día siguiente.
Pero todavía ahora, cuando huelo alcohol mezclado con sal o veo un uniforme en la distancia, se me encoge el estómago y noto el mismo calor bajo el ombligo. No por orgullo. No por arrepentimiento. Sino por esa mezcla enfermiza de humillación, miedo y deseo que me dejó de rodillas en la arena y que, por más que me avergüence admitirlo, todavía me moja cuando la recuerdo.
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