Mi fantasía de trío empezó en la ducha
El agua caliente me caía por la cabeza y me bajaba por el cuerpo como si quisiera despertarme algo que ya venía inquieto desde la mañana. Siempre me duchaba despacio cuando estaba sola. Era mi momento. El baño cerrado, el vapor empañando el espejo y mis manos sin nadie que las interrumpiera.
Me gusta empezar por el vientre. No sé por qué, pero siempre ha sido así. Jabón en la palma, círculos lentos, subir a las tetas, apretarlas un poco, notar cómo los pezones se ponían duros bajo el agua y cómo el cuerpo iba entrando en ese estado en el que una caricia deja de ser inocente.
Aquella tarde estaba especialmente sensible. Tenía la piel encendida y el coño reaccionándome antes incluso de tocarlo. Bajé la mano entre las piernas y separé un poco los labios de la vulva mientras el chorro me golpeaba de lado. Solté aire por la boca. Solo eso ya me hizo temblar.
—Mmm… joder…
Con una mano me masajeé una teta, apretándola con fuerza, y con la otra empecé a frotarme el clítoris. Despacio al principio. Luego más firme. Me gusta sentir cómo se hincha, cómo pasa de cosquilleo a necesidad pura. Metí dos dedos dentro del coño y los saqué enseguida, resbaladizos, calientes, ya bien mojados.
Seguí jugando así un rato, alternando el clítoris con la penetración. Abría más las piernas. Apoyaba la espalda en la pared de la ducha. Mi respiración se volvió corta. La mano del pecho bajó a mi vientre y empujé un poco hacia dentro, disfrutando de esa presión absurda que siempre me pone más.
Entonces llevé los dedos hacia atrás y me rocé el culo. Solo por fuera al principio. Después insistí un poco más, hundiendo la yema de un dedo en el ano, apenas un tramo. Ese contraste me volvió loca. Coño empapado, culo tenso, los pezones duros, el agua cayendo sin parar. Ya no era una ducha. Era una necesidad.
Me masturbé más rápido, con la mano haciendo ese ruido húmedo y repetido contra la vulva, y apreté una teta casi hasta hacerme daño. El orgasmo me subió de golpe. Primero en el bajo vientre, luego en las ingles, después una descarga limpia que me vació la cabeza.
—Aaah… la hostia…
Se me aflojaron las piernas y terminé sentada en el suelo de la ducha, hecha un ovillo, respirando como si hubiera corrido. Temblé un buen rato. Cuando por fin abrí los ojos, me entró la risa tonta de después. Joder, qué buena.
No tenía tiempo para repetir, aunque ganas no me faltaban. Me sequé deprisa, me arreglé el pelo y salí casi corriendo al salón cuando sonó el móvil. El ventanal estaba abierto de par en par y yo iba desnuda, pero me dio igual. Contesté sin pensar.
—Sí, dime.
—¿Te pillo en mal momento? —se rió Nerea desde el otro lado.
—No, qué va… estaba haciendo… ejercicio.
—Claro, ejercicio. Bueno, ¿quedamos en el sitio de siempre o qué?
—Sí, dame una hora.
Colgué todavía con el cuerpo sensible. Elegí un tanga negro y un vestido cruzado ligero, de esos que quedan bien sin esfuerzo y que dejan las piernas medio al aire al caminar. No llevaba sujetador. Nunca me ha gustado en verano. Además, después de correrme así, cualquier tela me rozaba demasiado.
Cuando salí a la calle, la ciudad estaba llena de gente celebrando. Música, terrazas, grupos riéndose, luces por todas partes. Encontré a Nerea en una mesa exterior y me recibió con dos besos y una sonrisa de esas que ya traen chisme.
—Vienes guapísima. Y con cara de haber descargado tensión.
—Eres idiota —le dije riéndome.
Estuvimos un rato hablando de tonterías, mirando gente y bebiendo algo fresco. Después se nos unió otra amiga, y todo siguió normal hasta que, más tarde, nos cruzamos con dos hombres a los que Nerea conocía del gimnasio. Uno moreno, de barba corta, hombros anchos y una seguridad tranquila. El otro más alto, rubio oscuro, ojos claros y cuerpo trabajado. Los dos iban impecables, relajados, y tenían esa forma de mirarte que no parecía grosera, pero sí muy consciente.
Se llamaban Damián y Gael.
Nos sentamos con ellos a tomar algo y enseguida entendí por qué a Nerea le caían bien. Eran divertidos, directos, sin hacerse los listos. Hablaban entre ellos con naturalidad, se rozaban a veces, y no tardaron en dejar claro que eran pareja. A mí aquello me desarmó un poco. Eran dos hombres muy atractivos y, al saber que estaban juntos, me relajé y me puse más coqueta de lo normal.
Hablar con ellos me resultó demasiado fácil. Bebí más de la cuenta, me reí más de la cuenta y, cuando empezamos a jugar a preguntas absurdas, terminé respondiendo una que no debería haber respondido.
—Di una fantasía que repitas mucho —dijo Gael, mirándome fijo.
Yo pude haber mentido. Pude decir cualquier cosa. Pero venía de correrme en la ducha pensando precisamente en cuerpos, manos, bocas, exceso.
—Un trío con dos hombres —solté al fin, bajando la mirada al vaso.
Hubo un segundo de silencio. No incómodo. Denso.
—Buena fantasía —dijo Damián, sin apartar los ojos de mí.
—Y muy realizable —añadió Gael con una media sonrisa.
Sentí un latigazo en el coño tan claro que apreté las piernas bajo la mesa.
Más tarde, Nerea recibió una llamada y tuvo que irse. Me dio un beso rápido, me miró con esa cara de perra que tienen las amigas cuando detectan algo, y me dejó sola con ellos. Yo pude haberme marchado también. En vez de eso, acepté otra copa y luego la invitación a subir al piso de Damián, que estaba a pocas calles, para escuchar música y seguir la noche más tranquilos.
Solo música, me dije. Solo ver qué pasa.
***
El apartamento era amplio, elegante y con las ventanas abiertas al aire de la madrugada. Tenían un mueble lleno de vinilos, una luz cálida muy baja y dos vasos ya preparados antes de que yo terminara de quitarme las sandalias. Todo olía a colonia, madera y algo de tabaco viejo que no molestaba.
Me senté en el sofá y noté enseguida la mirada de los dos sobre mis piernas. El vestido se había abierto un poco al cruzarme y dejaba ver bastante muslo. No hice nada por cerrarlo. Ya no a esas alturas.
—Estás nerviosa —dijo Gael.
—Un poco.
—¿Porque estás sola con dos hombres o porque sabes perfectamente por qué has subido? —preguntó Damián.
Lo dijo sin agresividad, casi con suavidad. Pero me dejó sin respuesta un instante.
—Por las dos cosas —admití.
Gael se acercó primero. Se sentó a mi lado, me acarició una rodilla con el dorso de los dedos y subió apenas unos centímetros. Yo no me aparté. Damián seguía de pie, mirándome como si quisiera ver si iba a echarme atrás. Nadie tenía prisa. Esa calma me encendió más que una manoseada brusca.
—Si no te apetece, no pasa nada —dijo Damián—. Pero si te apetece, no nos hagas fingir que hemos subido a escuchar un disco.
Me reí, nerviosa. Y entonces fui yo quien dio el paso. Me incliné hacia Gael y lo besé.
Tenía la boca firme, caliente, paciente. Me respondió enseguida, metiendo la lengua despacio, saboreándome como si quisiera medir hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Damián se acercó por detrás del sofá y me apartó el pelo del cuello. Me besó ahí, bajo la oreja, y se me erizó el cuerpo entero.
En menos de un minuto ya los estaba besando a los dos, alternando una boca y otra, sintiendo manos distintas sobre mi cuerpo. Gael me sobaba el muslo por dentro, Damián me apretaba una teta por encima del vestido, encontrando el pezón sin sujetador y haciéndome gemir en su boca.
—Mierda, sí…
Gael metió la mano bajo la falda y encontró el tanga empapado.
—Joder, cómo estás.
—Llevo así toda la noche —confesé.
—Eso se nota —dijo Damián, y me mordió suave el labio.
Me bajaron el tanga despacio, guiándolo por los muslos hasta las rodillas. Yo levanté el culo para ayudar. Gael me abrió las piernas y se quedó mirando mi coño como si estuviera saboreando la imagen antes de tocarlo. Luego pasó dos dedos entre mis labios y me los enseñó brillantes.
—No estás mojada. Estás chorreando.
Esa forma tan directa de decirlo me puso todavía peor. Damián me desanudó el vestido y lo abrió del todo. Quedé desnuda delante de ellos mientras ellos seguían vestidos, y me gustó. Me gustó demasiado sentirme observada así, expuesta, sin poder fingir pudor.
Gael se arrodilló en el suelo entre mis piernas y me besó el interior de los muslos. Un beso aquí. Otro más arriba. Luego me lamió de abajo arriba, toda entera, desde la entrada del coño hasta el clítoris, y tuve que agarrarme al respaldo porque casi me arqueé del sofá.
—Hostia… no pares.
Damián me metió dos dedos en la boca mientras Gael seguía comiéndome. Los chupé por puro reflejo, cerrando los labios, mientras él me pellizcaba los pezones y me hacía mirar al frente.
—Quiero verte la cara cuando te corras —me dijo.
Gael sabía exactamente lo que hacía. No iba a lo bruto. Variaba la presión, me abría los labios con los pulgares, me metía la lengua en el coño y luego subía al clítoris para lamerlo en círculos cortos, húmedos, insistentes. Yo ya estaba temblando. Cuando además me metió dos dedos dentro y empezó a follarme con la mano mientras me chupaba, me salió un gemido mucho más alto que todos los anteriores.
—Joder… joder… así… así…
Damián se abrió el pantalón y me llevó la mano a la polla por encima del calzoncillo. Gruesa. Dura de verdad. La apreté y él soltó aire por la nariz, sonriendo.
—¿Esto también estaba en tu fantasía?
—Sí —dije sin pensar—. Todo esto sí.
El orgasmo me agarró mientras Gael seguía con la lengua clavada en mi clítoris. Cerré las piernas contra sus hombros y me corrí sacudiéndome, dejando escapar una sarta de gemidos sin vergüenza. Damián me sostuvo de la nuca y me obligó a seguir mirándolo.
—Buena chica —murmuró.
La frase me atravesó con un calor sucio y delicioso.
Gael se levantó limpiándose la boca con el pulgar. Yo estaba abierta de piernas, jadeando, todavía desnuda, y ellos ya no disimulaban la erección. Damián se quitó la ropa primero. Cuerpo fuerte, polla gruesa, recortada y tiesa contra el vientre. Gael lo imitó: más alto, más marcado, la polla algo más larga y dura como una piedra.
Ver las dos juntas me dejó muda. Mi fantasía ya no era una idea. Era eso. Dos pollas delante de mí. Dos hombres mirándome como si yo fuera el centro de la noche.
—A ver si de verdad querías un trío —dijo Gael.
Me arrodillé en la alfombra antes de responder. No hacía falta hablar.
Primero la cogí con la mano a Damián y luego a Gael. Las comparé, las pesé, sintiendo cómo les cambiaba la respiración solo por eso. Después empecé a chupársela a Damián, lamiendo la punta y bajando despacio por el tronco. Estaba caliente, dura, con ese sabor limpio a piel recién salida de la noche. Mientras lo hacía, Gael me apartó el pelo y me metió dos dedos en la boca. Los chupé y luego me hizo pasar la lengua por su polla también.
Alterné una y otra, jugué con ambas, me llené las manos y la boca. A uno se la lamía mientras al otro se la acariciaba con saliva. Escucharlos gemir por encima de mí me dio un morbo brutal. Había algo obsceno y perfecto en tenerlos así, los dos pendientes de mi boca.
—Mírala —dijo Damián con voz ronca—. Se nota que lo ha deseado de verdad.
Gael me agarró la barbilla cuando solté la polla de Damián para coger aire.
—¿Sigues nerviosa?
—Sí —dije—. Pero ahora de ganas.
Me levantaron del suelo y me llevaron al dormitorio. La cama era grande, con sábanas oscuras. Me tumbaron boca arriba y Gael se colocó a mi lado para besarme mientras Damián bajaba entre mis piernas otra vez. No me dejó recuperarme del todo del orgasmo anterior. Me abrió el coño con los dedos y empezó a lamerme de nuevo, esta vez más sucio, más decidido, mientras yo le agarraba la cabeza y Gael me metía la polla en la boca.
No muy hondo al principio. Lo justo para que me acostumbrara al grosor. Le pasaba la lengua alrededor de la punta mientras Damián me comía con ganas, metiéndome la lengua y los dedos, dejándome húmeda y abierta. La combinación me mareó. Un hombre arriba, otro abajo. Mi fantasía estaba ocurriendo exactamente ahí, y mi cuerpo respondió sin reservas.
Gael empezó a follarme la boca despacio, sujetándome por el cuello con una mano. Damián me levantó las caderas y me metió tres dedos en el coño. Grité alrededor de la polla de Gael. Sentí saliva por la barbilla, calor entre las piernas y una excitación tan exagerada que no distinguía si quería correrme o que me penetraran de una vez.
—Por favor… fóllame ya —dije cuando Gael salió de mi boca.
Damián alzó la cabeza entre mis muslos, sonriendo.
—Eso suena mejor.
Me puso de espaldas al colchón, me abrió bien las piernas y me colocó una almohada bajo el culo. Se puso preservativo sin ceremonia. Yo no podía dejar de mirarle la polla cuando se acercó a mi entrada y la frotó un par de veces entre mis labios mojados.
—Relájate —dijo—. Entra bien así.
Y empujó.
Entró despacio, abriéndome de verdad, obligándome a notar cada centímetro. Eché la cabeza hacia atrás con un gemido largo. Era grueso y me llenó enseguida. Cuando terminó de meterla, se quedó quieto un segundo para disfrutarlo. Yo apreté involuntariamente el coño alrededor de su polla y él cerró los ojos.
—Joder, aprietas muchísimo.
Entonces empezó a follarme con embestidas medidas, profundas, cada vez más fuertes. El sonido húmedo del choque entre su pelvis y mi coño llenó la habitación. Gael se colocó a mi lado, me besó, me metió dos dedos en la boca otra vez y luego bajó una mano a mis tetas, amasándolas mientras Damián me partía el coño a ritmo firme.
—Así… sí… no pares…
Damián no aflojó. Al contrario. Cada vez entraba más hondo. Me agarró por los muslos y me los llevó casi al pecho, cambiando el ángulo hasta encontrar un punto que me hizo chillar.
—Ahí, cabrón, ahí…
Gael se rió al oírme.
—Mírala cómo habla ya.
Se arrodilló junto a mi cara y me ofreció su polla. La cogí encantada. La chupé mientras Damián me follaba sin pausa, tragando pequeños jadeos entre pasada y pasada. La escena tenía algo brutalmente íntimo y obsceno. Yo abierta de piernas, una polla en el coño y otra entrando en mi boca, sintiendo a uno golpearme por dentro mientras al otro se lo mamaba con desesperación.
Duré poco así. Me corrí de nuevo con la polla de Damián dentro, apretándolo tanto que tuvo que parar un segundo para no venirse.
—Hostia, me vas a hacer correrme ya —gruñó.
—No te corras todavía —dijo Gael—. Queda mucho.
Me giraron entonces boca abajo. Damián me puso a cuatro patas en el centro de la cama. Sentí sus manos abrirme el culo, solo explorando, y luego su lengua ahí, húmeda, descarada. Solté un quejido de pura sorpresa.
—También te gusta esto, ¿no?
—Sí… joder… sí.
Gael se colocó delante de mí, sentado contra el cabecero, y me hizo acercarme a su polla. La chupé mientras Damián me lamía el culo y me metía un dedo muy despacio. Estaba relajada, caliente, completamente entregada. El dedo entró mejor de lo que yo esperaba. Luego salió. Volvió a entrar. Al mismo tiempo, la polla de Gael me llenaba la boca y yo me mecía sola, empujando la cadera hacia atrás buscando más.
—Vas pidiendo guerra —murmuró Damián.
Me quitó el dedo y volvió a penetrarme el coño desde atrás. Esa postura fue otra cosa. Más animal. Más sucia. Me agarró del pelo en una mano y de la cadera en la otra, y empezó a follarme con golpes secos que me hacían avanzar sobre la cama. Yo me sostenía como podía mientras mamaba a Gael entre gemidos.
Gael me acariciaba la cara, la garganta, el pecho. A ratos me sacaba la polla de la boca para besarme abierto, viendo cómo mi saliva quedaba en su glande. Después me la volvía a meter. Yo ya no pensaba. Solo recibía.
Cuando Damián salió del coño, me quejé por la ausencia. Pero enseguida noté la punta de sus dedos otra vez en el culo, esta vez con más lubricación. Preparó la entrada con calma, masajeándola, metiendo un dedo y luego dos. Me tensé un poco.
—Despacio —dije.
—Despacio —repitió él.
Gael bajó de la cama y se puso frente a mí. Me levantó la barbilla.
—Mírame. Respira.
Le hice caso. Y mientras lo miraba a los ojos, Damián colocó la punta de su polla en mi culo y empezó a empujar. El ardor inicial me arrancó un jadeo más agudo. Tuve que abrir la boca y soltar aire varias veces. Pero no dolía mal. Era esa mezcla de presión, escozor y excitación que te obliga a decidir si sigues o paras.
Quise seguir.
—Entra… entra despacio.
Lo hizo. Centímetro a centímetro. Hasta quedarse bien dentro, inmenso, apretándome más de lo que ninguna mano había conseguido. Temblé entera.
—Joder… joder…
Gael me besó mientras Damián esperaba a que me acostumbrara. Luego empezó a moverse, corto al principio, apenas sacando y metiendo. Yo me agarré a los hombros de Gael y, cuando el cuerpo aceptó el ritmo, el placer me golpeó por un sitio completamente distinto. Más profundo. Más oscuro.
—Así, sí… no tan fuerte… ahí…
Damián obedecía y al mismo tiempo empujaba un poco más cada vez. Gael me metió una mano entre las piernas y encontró mi clítoris hinchado, sensible, casi dolorido. Empezó a frotarlo con precisión mientras yo recibía la polla por el culo. Esa combinación me hizo perder cualquier resto de vergüenza. Gemía, decía obscenidades, les pedía más.
—Tócame… así… joder… me voy a correr…
—Córrete —dijo Gael al oído—. Córrete mientras te folla el culo.
Eso bastó. Me corrí con una violencia que me dejó sin fuerza en los brazos. El orgasmo me explotó desde el clítoris hasta el vientre y se mezcló con la presión anal de una manera brutal. Grité de verdad esa vez. Damián siguió un poco más, perdiendo el control, y al final salió de mi culo con un gruñido ronco antes de venirse sobre mi espalda baja y las nalgas.
Yo seguía temblando cuando Gael me tumbó de lado y me separó las piernas una vez más. Tenía el coño abierto, mojado, latiendo. Me metió dos dedos, luego tres, y después se puso preservativo sin dejar de besarme.
—Quiero una corrida contigo mirándome —me dijo.
Entró en mi coño de una sola vez, aprovechando lo abierta que ya estaba. Fue una penetración limpia, profunda, deliciosa. Yo todavía estaba sensible del orgasmo, así que cada embestida me hacía soltar un quejido inútil, casi suplicante. Damián se colocó detrás de mi cabeza y me ofreció su polla aún semidura. La lamí, la chupé suave, saboreando el rastro salado de su excitación mientras Gael me follaba cada vez más rápido.
—Mírame —insistió Gael.
Lo miré.
Se corría ya cerca, lo notaba en el ritmo, en cómo me agarraba el muslo, en la mandíbula apretada. Damián me frotó un pezón y luego me metió dos dedos en la boca. Yo los chupaba obediente mientras Gael embestía con fuerza, entrando hasta el fondo una y otra vez.
—Qué coño tan rico tienes… —gruñó—. Me voy a correr dentro del condón… joder…
Se vino con tres sacudidas fuertes, metido hasta el final, apretándome contra él. Yo me corrí casi al mismo tiempo, más corto pero intenso, agotada y satisfecha hasta el punto de no poder ni cerrar bien las piernas cuando salió.
***
Nos quedamos un rato tirados sobre la cama, sudados, todavía respirando fuerte. Damián fue al baño y volvió con una toalla húmeda. Me limpió con una tranquilidad que me enterneció más de lo que esperaba después de todo lo que me habían hecho. Gael me besó el hombro y me apartó el pelo de la cara.
—¿Sigues viva? —preguntó.
—De milagro.
Se rieron los dos.
Me tumbé boca arriba mirando el techo, con las piernas abiertas sin energía para juntarlas. Sentía el coño palpitando, el culo sensible y esa pesadez deliciosa de después de un polvo largo y bien hecho. Nada de lo que había imaginado tantas veces se acercaba del todo a la realidad. Había sido más explícito, más físico, más bestia. Pero también más natural.
—Tenías razón en una cosa —dije al cabo de un rato.
—¿Cuál? —preguntó Damián.
—No iba a quedarme tranquila hasta hacerla realidad.
Gael sonrió y me dio un beso lento, sin prisa, muy distinto a los de antes.
—¿Y ahora?
Miré a uno y a otro. Pensé en la ducha, en cómo había salido de casa todavía con el cuerpo caliente, en que la vida a veces de verdad te pone delante lo que llevas años deseando cuando menos te lo esperas.
—Ahora sí —dije—. Ahora sí me quedo tranquila.
Damián soltó una carcajada.
—Mentirosa.
Yo también me reí, porque tenía razón. En el fondo, mientras notaba entre las piernas el rastro de aquella noche, ya sabía que no me había quitado una fantasía de encima. Acababa de regalarme una nueva.
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