Trío en órbita: lo que hicimos frente a Marte
La estación Selene-9 llevaba tanto tiempo suspendida sobre Marte que el planeta ya no parecía un destino ni una amenaza, sino un vecino inmenso y rojo pegado al cristal. Afuera, todo era silencio. Adentro, el aire reciclado, las alarmas suaves y la rutina habían terminado por meterse debajo de la piel.
Yo había aprendido a dividir mis días en tareas pequeñas para no pensar en los años que nos faltaban allí arriba. Revisar cultivos hidropónicos. Limpiar filtros. Registrar variables para una base de control que ya no podía ayudarnos en nada inmediato. Mauro se refugiaba en el mantenimiento técnico con una disciplina casi obsesiva, y Kenji convertía cada hora libre en ejercicio, chequeos médicos o informes interminables sobre nuestro estado físico.
Los tres éramos adultos curtidos, profesionales entrenados para el encierro, el aislamiento y los contratiempos. Pero ninguna simulación te prepara para convivir cuatro años con dos personas atractivas, sanas y tensas, compartiendo módulos donde ni las cortinas logran fingir intimidad. La soledad en una estación orbital no consiste en estar sin gente. Consiste en no poder escapar nunca de la misma gente.
Durante los primeros meses nos salvó la novedad. Hablábamos de viajes, de antiguos amantes, de comidas absurdamente terrenales que extrañábamos. Después vino la avería irreversible del módulo de retorno y el anuncio seco de la agencia: rescate posible en varios años. Sobrevivir, sí. Volver pronto, no.
Algo cambió esa noche en la Sala 4, el antiguo módulo de conferencias que habíamos convertido en comedor improvisado, sala de ocio y refugio para estar sin sentir tan cerca el zumbido del resto de la nave. Habíamos cenado demasiado tarde. Mauro abrió una botella de vino casero, una mezcla decente hecha con extractos liofilizados y paciencia. Kenji se rió al primer sorbo, diciendo que sabía a castigo. Yo me la terminé igual.
La pantalla central quedó encendida con el menú de entretenimiento. Películas. Música. Archivos restringidos. Ese último directorio llevaba meses funcionando como chiste recurrente entre nosotros. Contenido pornográfico «autorizado por razones de salud mental de la tripulación». Todo tan clínico, tan masculino, tan previsible, que terminaba siendo más triste que excitante.
—Otra vez las mismas mierdas —dije, girando despacio sobre el asiento magnético—. No sé quién eligió esto, pero claramente no pensó en una mujer.
Mauro soltó una carcajada y se pasó una mano por la barba corta. —¿Vas a presentar una queja formal?
—Demasiado tarde para eso.
Kenji me miró por encima de la copa. Tenía esa forma serena de observar que se volvía peligrosa cuando llevaba un poco de alcohol encima. —Entonces propón una alternativa.
No fue una idea espontánea, aunque lo pareciera. Llevábamos meses cargando electricidad en el cuerpo. Meses de roces, de miradas demasiado largas, de masturbarnos a pocos metros unos de otros fingiendo privacidad detrás de una tela. Meses escuchando respiraciones alteradas en la noche orbital. Yo ya sabía cómo sonaba Mauro cuando se corría. También sabía que Kenji se duchaba más tiempo después de verme en ropa ajustada de entrenamiento.
Dejé la copa flotando sujeta al velcro de la mesa y descrucé las piernas muy despacio. —La alternativa es dejar de fingir que aquí solo trabajamos.
Ninguno se movió. El aire siguió saliendo por las rejillas con ese rumor constante que, por primera vez, me pareció el telón de fondo de otra cosa.
—¿Qué estás diciendo exactamente? —preguntó Mauro, y aunque sonrió, su voz ya había bajado medio tono.
—Que estamos encerrados durante años. Que nos deseamos desde hace mucho. Y que mirar videos mediocres mientras los tenemos a ustedes al lado me parece una pérdida de tiempo.
Kenji arqueó una ceja. —Eso ha sido bastante directo.
—No me quedan ganas de sutilezas.
Mauro se incorporó y apagó la luz principal. Solo quedó la claridad roja de Marte entrando por la ventana panorámica y las líneas azules de los controles en reposo. La sala cambió de golpe: dejó de parecer un módulo de trabajo y empezó a sentirse como una boca cerrándose detrás de nosotros.
—Si esto sale mal —dijo Mauro— vamos a seguir viéndonos las caras cada día.
—Si no pasa nada —respondí— también.
Kenji dejó la copa anclada y se empujó hacia mí con un leve impulso de la punta del pie. En ingravidez, los movimientos no son bruscos: se cocinan en el aire. Su rodilla rozó la mía y no se apartó. Mauro vino por detrás, más lento, como si quisiera darnos a ambos tiempo para arrepentirnos.
No lo hicimos.
Fui yo quien cerró la distancia. Le puse una mano en la nuca a Kenji y lo besé primero a él, porque era el más contenido, el más correcto, y tenía ganas de romper esa máscara con la boca. Sus labios estaban tensos al inicio, apenas entreabiertos, pero cuando mi lengua insistió, respondió con hambre. Su mano se agarró a mi cintura como si necesitara un punto fijo en medio de la deriva.
Mauro nos observó un segundo que se me hizo eterno. Después me tomó del muslo por detrás y me giró apenas hacia él. —No me dejes mirando —murmuró.
Lo besé a él sin soltar a Kenji. Sentí el choque de sus respiraciones, el calor de dos cuerpos pegándose al mío en un espacio sin arriba ni abajo. La tensión de meses se condensó en ese primer cruce torpe de bocas, manos y piernas buscando apoyo donde no lo había.
La tela del uniforme era una ofensa. Mauro me abrió el cierre frontal con dedos impacientes y metió la mano adentro, directo a una teta. Me apretó el pezón entre los dedos y gemí contra la boca de Kenji. Él respondió agarrándome el culo por encima de la ropa, separándome las nalgas con la palma como si ya estuviera imaginando dónde quería meter la mano después.
—Joder —soltó Mauro al notar que no llevaba sostén—. Estás durísima.
—Llevo meses así —le dije, y la frase me salió ronca.
Kenji bajó a mi cuello y empezó a besarme con más decisión, abriendo camino con la lengua hasta la clavícula. Mientras tanto, Mauro me sacó el uniforme de los hombros y lo dejó flotar detrás de mí como una piel vacía. El aire frío me rozó los pechos y los dos se quedaron mirándolos un instante antes de abalanzarse.
Mauro chupó un pezón con avidez, sin delicadeza, y Kenji se ocupó del otro, lamiéndolo despacio, casi metódico. Sentí sus manos en mi cintura, mis costillas, mi vientre, por turnos y a la vez. En la Tierra habría elegido una postura. Allí arriba solo existía el placer desordenado de tres adultos aferrándose unos a otros para no salir despedidos.
Me llevé la mano al bulto de Mauro por encima del pantalón y lo apreté. Estaba duro de verdad. Él soltó un gruñido, me mordió apenas el pecho y apoyó la frente en mi hombro. —Si sigues así, te voy a follar aquí mismo contra el cristal.
—Eso suena como una promesa.
Kenji me sujetó de la barbilla para obligarme a mirarlo. Sus ojos oscuros ya no tenían nada de serenos. —A mí me preocupa más quién va primero.
Le desabroché el pantalón. —Podemos dejar de pensar como si hubiera turnos.
Entre los tres nos quitamos la ropa con una mezcla de torpeza y urgencia. Las camisetas, pantalones y prendas interiores quedaron flotando alrededor como restos de una explosión silenciosa. Verlos desnudos bajo la luz roja del planeta fue más fuerte que cualquier fantasía que hubiera tenido en la Tierra. Mauro era ancho, musculoso, con la polla gruesa y ya húmeda en la punta. Kenji, más fibroso, tenía una erección igual de dura, un poco más larga, y la mirada clavada en mí como si aún no terminara de creer lo que estaba pasando.
—No se queden quietos —dije, porque yo tampoco podía.
Me impulsé hacia la pared acolchada del módulo y enganché los pies en una barra de sujeción. Ellos entendieron enseguida. Mauro me abrió las piernas y pasó la mano entre ellas. Dos dedos. Directos. Encontró mi coño empapado y se rió entre dientes.
—Mierda, Lara…
—No hables tanto.
Me metió los dedos hasta el fondo, curvándolos dentro de mí mientras su pulgar frotaba el clítoris con fuerza. El gemido se me escapó sin vergüenza, rebotó en las superficies metálicas y nos calentó más. Kenji lo escuchó y se arrodilló flotando frente a mí, sujetándose de mi cadera para hundir la cara entre mis piernas.
La primera lamida me hizo cerrar los ojos. Ancha, lenta, desde abajo hasta arriba. Después otra, y otra más rápida, mientras Mauro seguía metiéndome los dedos con un ritmo cada vez más brusco. Tener la boca de uno y la mano del otro al mismo tiempo me dejó temblando de una forma casi ridícula. Sentía el tirón en el vientre, las piernas abriéndose más, el clítoris hinchado bajo la lengua de Kenji.
—Así —jadeé—. No pares, sigue, joder…
Kenji me obedeció con una concentración feroz. Me chupó el clítoris, me lo rodeó con la lengua y luego me abrió con dos dedos para meterla más adentro, tragándose mis gemidos. Mauro me besaba el cuello por detrás mientras me bombeaba con los dedos tan húmedos que el sonido de mi coño se escuchaba en la sala.
No tardé en corrérme. La descarga me atravesó el vientre y me dobló hacia adelante. Kenji me sostuvo por las caderas para que no me despegara de él mientras seguía lamiendo, prolongándome el orgasmo hasta volverlo casi doloroso. Mauro sacó los dedos y me los puso en la boca. Sabían a mí, salados y calientes. Los chupé mirándolo a los ojos.
—Tu turno —le dije a Kenji, y me lancé sobre su polla.
Lo agarré por la base, dura y tensa, y le pasé la lengua por el glande antes de metérmelo en la boca. En gravedad cero era extrañamente fácil acomodarse: él se sostuvo de una barra, yo de sus muslos, y Mauro se colocó detrás de mí para apartarme el pelo y manosearme las tetas mientras mamaba. Fui bajando poco a poco, tragándolo cada vez más. Kenji respiró hondo, conteniéndose, pero cuando le rocé los huevos con la mano libre, soltó un gemido corto y muy poco elegante que me encantó arrancarle.
—Mírame —le ordenó Mauro desde atrás, y al girar vi que se estaba masturbando frente a mi cara, la polla hinchada, la mano subiendo y bajando con desesperación contenida.
Saqué a Kenji de mi boca con un hilo de saliva y sonreí. —¿Quieres también?
—Quiero todo.
Le di un par de lamidas rápidas a Mauro, solo para hacerlo rabiar, y volví a Kenji hasta sentirlo temblar. Entonces lo solté antes de que se corriera. —Todavía no.
Kenji me agarró de la nuca, no para forzarme, sino para acercar su frente a la mía. —Ahora entiendo lo de la propuesta inevitable.
Lo besé con mi sabor aún en su boca y luego me giré hacia Mauro. Él no esperó más. Me sujetó de los muslos, me levantó con facilidad y me acomodó contra la pared acolchada, usando las tiras de sujeción de la sala para afirmar mi cuerpo. Su polla se frotó entre mis labios abiertos, resbalando en mi humedad. El simple roce me hizo jadear.
—Dime que la quieres —murmuró, medio animal ya.
—Métemela de una vez.
No se hizo rogar. Me penetró de una embestida firme, profunda, arrancándome un grito. Mi coño se cerró alrededor de su polla como si hubiera estado esperando exactamente esa presión durante meses. Mauro soltó una blasfemia y me agarró más fuerte de las caderas, clavando los dedos. Empezó a follarme con empujes cortos al principio, probando ángulos, hasta encontrar el ritmo. Cuando lo encontró, la sala entera desapareció.
En ingravidez cada embestida nos desalineaba, así que Kenji se colocó a mi lado para sostenerme por la espalda y, de paso, meterme dos dedos en la boca. Los chupé mientras Mauro me penetraba una y otra vez, cada vez más hondo, usando la barra y mi cuerpo para impulsarse. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño se mezcló con mis jadeos y los resoplidos de ambos.
Kenji me acarició la garganta, bajó por mis tetas, mi vientre, hasta mi clítoris, y empezó a frotarlo con movimientos precisos. Casi me desarmé al instante. Mauro se dio cuenta y aceleró. —¿Así? ¿Así querías este puto encierro?
—Sí… sí, joder… así…
Me corrí otra vez con él dentro, apretándolo, dejando que el orgasmo me sacudiera en olas más largas que la primera. Mauro no se salió. Siguió follándome mientras yo todavía temblaba, usando mi sensibilidad como combustible. Me mordí el labio hasta sentir un gusto metálico y lo miré perder el control.
Entonces Kenji hizo algo que terminó de romper el último resto de contención entre ellos. Le pasó la mano por la polla a Mauro, justo donde desaparecía entre mis piernas, llenándose los dedos con mi humedad. Lo miró un segundo, buscando permiso. Mauro asintió sin dejar de embestir.
Kenji lo besó.
Fue un beso breve al inicio, casi de prueba, pero enseguida se volvió más abierto, más hambriento. Yo los vi desde abajo, unidos por mi cuerpo, y la imagen me encendió tanto que me llevé una mano al pecho para apretarme un pezón. Kenji bajó luego de la boca de Mauro a su cuello, a su pecho, y terminó arrodillándose para lamer la base de su polla cada vez que salía de mí.
—Mierda, me voy a correr —advirtió Mauro.
—No todavía —dije, usando sus mismas palabras contra él.
Kenji sonrió. —Tiene razón.
Entre los dos conseguimos que se saliera. Mauro me dejó flotando apenas sostenida por las correas y se quedó respirando hondo. Yo tiré de Kenji por la muñeca. —Ahora ven aquí.
Nos reacomodamos con una torpeza excitante, chocando hombros y rodillas mientras buscábamos apoyo. Terminé de espaldas a Mauro, con Kenji delante. Lo guié yo misma hasta la entrada de mi coño y bajé sobre su polla. Entró lento al principio, estirándome de una forma distinta, y los dos gemimos al mismo tiempo. Mauro, detrás, me abrió las nalgas y me escupió en el culo.
Un escalofrío me recorrió entera. —Hazlo.
Metió un dedo primero, masajeando alrededor con paciencia inesperada. Kenji empezó a mover las caderas, cortito, profundo, manteniéndome bien clavada en él. Yo me agarré de sus hombros mientras Mauro añadía un segundo dedo y me trabajaba el culo con suavidad firme, preparándome. El contraste entre la polla delante y los dedos detrás me dejó jadeando sin control.
—Quiero verlos —dije.
Mauro se colocó de lado para que pudiera mirar. Su polla seguía dura. Kenji entendió antes que nadie. Estiró una mano hacia él y lo agarró. Empezó a masturbarlo mientras seguía empujando dentro de mí. Mauro cerró los ojos un segundo, tragó saliva y luego se inclinó para besarme a mí, profundo, sucio, como si quisiera participar en todo a la vez.
—Te voy a abrir el culo —me susurró al oído—. Si duele, lo dices.
Asentí, excitada hasta la médula. El glande de Mauro presionó mi entrada trasera, resbalando con lubricante y saliva. Empujó apenas, se detuvo, volvió a hacerlo. El ardor fue real, tenso, delicioso. Con Kenji penetrándome por delante, el cuerpo no sabía ni dónde concentrarse. Mauro entró un poco más y solté un gemido agudo, mezclado de dolor y gusto.
—Respira —dijo Kenji, acariciándome la cara mientras seguía dentro de mí—. Te tengo.
Lo hice. Y Mauro siguió empujando hasta que estuvo metido lo suficiente para volverme loca. No fue una doble penetración completa, pero la sensación de estar llena por ambos lados, abierta y usada por los dos, me dejó fuera de mí. Mauro empezó a moverse despacio detrás y Kenji marcó el ritmo delante. Cada empuje de uno respondía al del otro. Yo solo podía gemir, apretarme a ellos y dejar que me follaran como la fantasía que había confesado.
La escena cambió de eje sin dejar de ser la misma. En un momento Kenji se salió de mi coño y se giró hacia Mauro. Se miraron de cerca, con una mezcla de deseo y sorpresa por su propia audacia. Yo, todavía jadeando, me arrodillé suspendida frente a ellos y les agarré las pollas a ambos, una en cada mano.
—No se me queden tímidos ahora.
Los acerqué. Mauro le pasó saliva a la mano y empezó a masturbar a Kenji. Kenji hizo lo mismo con él. Se tocaron primero mirándose, luego se besaron de nuevo, esta vez sin vacilar. Yo alterné la boca entre ambos, chupando una punta mientras la otra la trabajaba con la mano. El cuadro era obsceno y perfecto: dos hombres endurecidos por meses de deseo, probándose el uno al otro con mi ayuda en medio de la órbita marciana.
Kenji terminó por arrodillarse y llevarse la polla de Mauro a la boca. No la tragó entera de golpe; la lamió, la chupó, tanteando, mientras Mauro le sujetaba el pelo corto y soltaba gemidos roncos, incrédulos y rendidos. Ver aquello me encendió con violencia. Me toqué el clítoris sin pudor, abriendo más las piernas, y Mauro apartó la vista de Kenji solo un segundo para mirarme corrérmela delante de ellos.
—Ven —me dijo, sacándole la polla de la boca a Kenji—. Quiero corrérmela dentro de ti.
Esta vez me puso a cuatro apoyada en un banco anclado. Kenji se colocó frente a mí y me ofreció su polla. La tomé entre los labios justo cuando Mauro me penetró de nuevo por detrás, en el coño, de un solo empuje brutal. Casi me atraganto de la impresión. Kenji me sostuvo la nuca y me dejó marcar el ritmo de la mamada mientras Mauro me follaba cada vez más fuerte.
El banco vibraba con las embestidas. Yo chupaba, respiraba como podía, gemía con la boca llena y sentía cómo el placer se acumulaba bajo la piel como una presión eléctrica. Kenji empezó a empujar suavemente dentro de mi boca, cada vez más excitado. Mauro me agarró del pelo para levantarme un poco y me habló pegado al oído.
—Te vas a correr otra vez. Lo noto.
Tenía razón. Bastaron unas pocas embestidas más, el roce continuo en mi clítoris contra el borde acolchado y la imagen de Kenji masturbándose frente a mi cara para que explotara. Me corrí con un gemido largo, temblando de arriba abajo. Mi coño apretó a Mauro con tanta fuerza que él soltó una blasfemia y se enterró hasta el fondo.
—Me corro —dijo, y esta vez no lo detuve.
Se vino dentro de mí, caliente, a pulsos, aferrado a mis caderas. Sentí la corrida y el temblor de sus muslos, y eso me hizo gemir de nuevo alrededor de la polla de Kenji. Mauro tardó unos segundos en salir. Cuando lo hizo, parte de su semen resbaló por mi entrepierna y quedó suspendido en pequeñas gotas que Kenji observó con una sonrisa aturdida.
—Eso sí que no salía en los videos —murmuró.
Lo agarré por la nuca y lo besé. —Todavía te falta a ti.
Lo tumbamos entre Mauro y yo, sujetándolo entre ambos. Yo me monté sobre su cara para que volviera a comerme el coño, todavía sensible y mojado, mientras Mauro le masturbaba la polla con mano firme. La primera lamida me hizo jadear; la segunda me sacó una risa incrédula. Kenji, ya sin timidez alguna, me agarró del culo y se hundió en mí con la lengua como si quisiera beberse lo que Mauro había dejado dentro.
Mauro aceleró la mano. —¿Dónde la quieres?
Levanté la cabeza lo justo para mirar abajo. Kenji estaba completamente entregado, con la boca pegada a mi coño y el abdomen en tensión. —En mi boca.
Me bajé de su cara y me arrodillé delante de él. Mauro siguió pajeándolo mientras yo le pasaba la lengua por el glande, recogiendo el líquido transparente que brotaba antes de correrse. Kenji me miró directo, respirando entrecortado. —No voy a durar.
—No tienes que durar. Tienes que correrte.
Lo tomé entero en la boca justo cuando Mauro le apretó la base y aceleró. Kenji gimió, me sujetó de los hombros y se vino en oleadas. Sentí el sabor espeso y caliente, tragué lo que pude y dejé que el resto me mojara los labios. Mauro soltó su polla al fin y se dejó caer contra la pared, exhausto. Yo limpié con la lengua la última gota de semen de la punta y sonreí.
Por unos segundos, solo se oyeron respiraciones agitadas y el rumor del sistema de ventilación. Flotábamos entre ropa suelta, gotas de sudor, olor a sexo y esa luz roja constante que volvía todo irreal. Tenía el cuerpo blando, usado, feliz de una forma brutalmente simple.
Kenji fue el primero en reírse, todavía con el pecho subiendo y bajando. —Creo que acabamos de mejorar bastante la salud mental de la tripulación.
Mauro se pasó la mano por la cara. —Creo que acabamos de cambiar por completo esta misión.
Me abracé a los dos a la vez, desnuda entre sus torsos calientes. No había romanticismo grandilocuente en eso, pero sí una intimidad cruda y adulta que el encierro había ido cocinando hasta volverla inevitable. Ya no éramos solo tres especialistas atrapados junto a un planeta lejano. Éramos tres cuerpos que habían cruzado una puerta imposible de cerrar otra vez.
Entonces una luz pequeña empezó a parpadear en la consola lateral.
Ninguno la vio al principio. O no quisimos verla.
La voz automática del sistema llenó la Sala 4 con su tono impecablemente neutro. —Transmisión de rutina finalizada. Archivo audiovisual sincronizado con enlace externo.
Mauro se quedó inmóvil. Kenji giró la cabeza hacia la consola. Yo tardé un segundo más en entenderlo, quizá porque seguía con las piernas temblando.
La cámara de seguridad, fijada en la esquina superior del módulo, tenía el piloto activo.
—No… —susurró Mauro, ya pálido.
Se impulsó hasta la consola y revisó la secuencia con manos torpes. La confirmación apareció en pantalla con una línea fría de texto: retransmisión automática al canal de monitoreo general. Sin filtro local. Sin demora. Sin privacidad.
Nos miramos los tres en silencio. Yo aún tenía restos de semen en los labios. Kenji estaba desnudo, con la polla medio blanda y las marcas de mis uñas en los muslos. Mauro tenía mi corrida y la suya secándose en la pelvis. Detrás de nosotros, Marte brillaba como si nada.
—Bueno —dije al final, recuperando el aire—. Al menos ahora sí tenemos un entretenimiento nuevo.
Kenji soltó una carcajada incrédula. Mauro se cubrió la cara, vencido entre la vergüenza y la risa. Y yo, mirando el reflejo de nuestros cuerpos en el cristal oscuro de la ventana, supe que lo peor no era que nos hubieran visto.
Lo peor, o tal vez lo mejor, era que al día siguiente íbamos a querer repetirlo.
Para quienes leen desde zona sur: escorts en Lomas de Zamora, con fotos reales.