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Relatos Ardientes

Nerea no sabía que la rubia era mi mujer

Nuestro segundo encuentro con Nerea fue en el mismo gimnasio de siempre, pero esta vez con una diferencia importante: Sofía, mi mujer, también estaba entrenando. Nerea no lo sabía. Ni siquiera la había visto antes.

Llegué, me puse a mis series y a los pocos minutos entró ella. Unas mallas negras le marcaban un culo redondo y respingón, y el top ajustado dejaba ver dos pezones pequeños tensándose contra la tela fina. Se acercó a saludarme con dos besos y empezó a estirar a mi lado.

—¿Qué tal la semana? —me preguntó agachándose para tocarse los tobillos.

—Larga. Con ganas de que llegara este momento.

Se rió por lo bajo. Mientras cambiábamos de máquina, Sofía nos miraba desde el otro extremo de la sala con una sonrisa cómplice. Nerea acabó dándose cuenta.

—La rubia esa. ¿Otra fan tuya? —murmuró arqueando una ceja.

—Se podría decir que sí.

—¿Y no te la has follado? Porque hasta a mí me pone. Tiene unas tetas serias.

—Alguna vez que otra.

Se rió, mirándola sin ningún disimulo. Sofía le sostuvo la mirada, tranquila.

—¿Se pondrá celosa si nos vamos ahora? —me preguntó Nerea al oído.

—No creo.

—Pues venga.

Miré a Sofía y me guiñó un ojo mientras yo salía detrás de Nerea. Antes de cruzar la puerta, ella se giró y levantó la mano para saludar a la desconocida rubia con una risita floja. No tenía ni idea de lo que se estaba metiendo.

Los baños del gimnasio estaban vacíos. Entramos en el último cubículo y cerró el pestillo de un golpe. Antes de que pudiera decir nada ya me tenía los pantalones bajados hasta las rodillas y su boca alrededor de mi polla dura.

—Joder —solté agarrándola del pelo.

Su lengua rodeaba el glande mientras se la metía entera, hasta la garganta. Movía la cabeza rápido, sin pausa, follándose la boca con mi polla ella sola. Cerraba los ojos y gemía por lo bajo cada vez que la sacaba para respirar. La escena tenía algo de brutal: yo de pie contra la puerta y ella arrodillada sobre las baldosas frías, chupándomela como si le fuera la vida.

—Para o me corro —le dije tirándole del pelo hacia arriba.

Se levantó riéndose, sin soltarme la polla de la mano. Me besó con la boca todavía llena de mi sabor.

—¿Qué pasa? ¿Quieres follarme?

—Todavía no.

Esta vez me agaché yo. Le tiré de las mallas hasta los tobillos y le puse el coño delante de la cara. Se había depilado entera desde la última vez. Los labios exteriores brillaban de humedad. Le pasé la lengua de abajo arriba, muy despacio, y ella arqueó la espalda contra la pared soltando un gemido ronco.

—Sigue —jadeó.

Le levantó una pierna sobre mi hombro para abrirse más y le clavé la lengua entre los labios buscando la entrada. Se la metí adentro y empecé a follársela con la boca, subiendo cada tanto al clítoris hinchado para hacerla temblar. Me agarraba la cabeza con las dos manos y me la apretaba contra el coño sin dejarme respirar.

—Fóllame —me ordenó tirándome del pelo hacia arriba—. Fóllame ya.

La levanté por los muslos y me rodeó la cintura con las piernas. Bajó el culo contra el mío, empalándose de una sola embestida hasta el fondo. Se le escapó un grito que le tapé con la boca mientras la subía y la bajaba sobre mí, contra la pared del cubículo. Mi polla entraba entera cada vez, arrancándole un jadeo húmedo dentro de mi boca. Le mordí el labio, le mordí el cuello, y ella no paraba de rebotar sobre mí murmurando en mi oreja.

—Qué gusto, joder, qué gusto. No pares.

Sentí cómo su coño empezaba a contraerse alrededor de mi polla. Le apreté el culo con las dos manos y aceleré. Ella arqueó la espalda de golpe, tembló entera y se corrió mordiéndome el hombro para no gritar. Yo aguanté dos, tres embestidas más y descargué dentro, todavía sujetándola contra la pared.

—Reventada —susurró contra mi cuello.

—No ha sido para tanto —le dije.

—¡Y una mierda! Entreno y polvo de premio. Igual todavía te queda para la rubia.

—Cuando salga del vestuario se lo ofrezco.

Me miró con la boca abierta.

—Dime que esa no es…

—Pues no te lo digo.

—¡Ostia, qué vergüenza! ¿Y no me lo dices antes?

—Así es más divertido. Además, ella lo sabe todo. Es idea suya que estemos abiertos.

Se cubrió la cara con las manos, muerta de risa y de apuro. Nos vestimos y salimos a la terraza del bar de al lado. Cuando Sofía apareció con su bolsa al hombro y vino directa a nosotros, Nerea no sabía dónde meterse. Mi mujer la saludó con dos besos, se sentó a su lado y le apoyó una mano en el brazo.

—Tranquila. No pasa nada. Ya tenéis pillado el sitio en los baños, ¿no? —soltó riéndose.

Nerea se puso colorada hasta las orejas, pero la naturalidad con la que Sofía llevaba la conversación le fue soltando el pecho. Estuvimos un rato largo hablando de todo y de nada. En un momento, Nerea bajó el tono.

—Os tengo que ser sincera. Yo he tenido algún que otro lío con tías. No es que me defina lesbiana, pero lo disfruté. Y estar aquí hablando con vosotros me está poniendo cachonda de una manera indecente.

Sentado a su lado, bajé la mano por debajo de la mesa hasta ponérsela sobre el coño. Incluso a través de las mallas se notaba la humedad y el calor. La miré. Ella miraba a Sofía y se mordía el labio.

—¿Y si nos vamos los tres a casa? —dije.

Sofía sonrió sin decir nada. Nerea se levantó de golpe.

—Venga. ¿A qué esperamos?

***

No tardamos ni diez minutos andando. Nada más soltar las bolsas en la entrada, Sofía se acercó a ella, le agarró la cara con una mano y la besó despacio. Nerea no se apartó. Vi cómo se le hundían los hombros, cómo dejaba de resistirse a la idea.

—Creo que nos lo vamos a pasar bien esta tarde —le susurró mi mujer.

La llevó de la mano hasta la habitación. Yo las seguí. Mientras Sofía sacaba un antifaz negro de un cajón, yo le quité la camiseta a Nerea y le atrapé un pezón entre los labios. Suspiró, hundiendo los dedos en mi pelo. Sofía se puso detrás, le colocó el antifaz sobre los ojos y le bajó las mallas mientras le mordía el culo por encima del hombro. Después la tumbamos en la cama, uno a cada lado.

Sofía sacó un frasco de aceite templado y nos echó un chorro en las manos. Cuatro palmas empezaron a resbalar por el cuerpo de Nerea: yo por el pecho y el vientre, ella por las piernas y la ingle. Le acaricié los pezones hasta ponerlos duros como cristales y le llené los pechos de aceite hasta que le brillaban.

—Ummmmm —gimió Nerea, arqueándose.

Bajé la mano hasta el coño depilado y le separé los labios con dos dedos. Estaba empapada. Le metí uno adentro y con el pulgar le busqué el clítoris. Ella empezó a mover las caderas contra mi mano, buscando más. Le metí otro dedo y aceleré. Sofía, mientras tanto, le lamía un pezón con la punta de la lengua y le pellizcaba el otro con el pulgar y el índice, sin parar.

—Joder, joder, no paréis —jadeó Nerea con los ojos vendados.

Se corrió así, con mis dedos dentro y la boca de mi mujer succionándole el pezón. El cuerpo entero se le tensó, tembló durante varios segundos y se dejó caer contra la cama respirando entrecortada. Le saqué los dedos brillantes y se los llevé a los labios. Sacó la lengua y se los chupó despacio.

Cambiamos posiciones. Sofía se metió entre sus piernas y yo me puse a la cabecera. Con una mano le agarré la cara, con la otra me guié la polla hasta sus labios entreabiertos. Le dejé lamer solo el glande al principio, mientras Sofía le pasaba la lengua por el coño de arriba abajo. Nerea gemía con la boca llena, y sus gemidos vibraban contra mi polla. Alargó los brazos por encima de la cabeza y me agarró del culo apretándome contra su cara. La punta le chocó contra el fondo de la garganta y le arrancó una tos, pero al momento volvía a lamer.

Sofía levantó la cabeza y me hizo un gesto. Cambiamos otra vez. Yo me coloqué entre sus piernas y de una embestida se la metí entera. Ella gritó ronco. Sofía se le sentó en la cara, dándome la espalda, y le puso el coño encima de la boca.

—Cómemelo bien —le pidió tirándole del pelo.

Y Nerea la lamió con hambre, buscándole el clítoris con la lengua mientras yo la penetraba a un ritmo cada vez más rápido. Desde mi sitio veía la espalda arqueada de Sofía, sus caderas moviéndose contra la boca de Nerea. Me incliné hacia adelante y le lamí el ano a mi mujer, empujándole un dedo despacio. Los gemidos se solapaban. Nerea empezó a temblar debajo de mí otra vez, y aceleré hasta reventar.

—¡Me corro, me corro, así! —jadeó contra el coño de Sofía.

Cuando la sentí venirse, me salí de un tirón y ella me agarró la polla con la mano libre y me la masturbó rápido hasta que descargué en su abdomen. Chorros gruesos de semen le mancharon el vientre y le llegaron hasta los pechos. No paró. Siguió lamiendo a Sofía hasta hacerla correrse a ella también, agarrada a sus caderas con las dos manos.

***

Nos duchamos los tres. Sofía la tenía apoyada contra la mampara con los pechos aplastados contra el cristal, y Nerea, de cuclillas, le comía el coño con la boca abierta y hambrienta. Yo entré detrás de mi mujer, le agarré las tetas con las dos manos y le pasé la polla entre las nalgas. Nerea alargó la mano, me la agarró y la fue guiando ella misma contra el coño de Sofía, dejándome entrar solo la punta, retirándome, jugando.

—Joder, no me hagáis eso —gemía Sofía apoyada en el cristal.

Nerea mandaba. Fue ella la que decidió cuándo dejarme meterla entera en el coño de mi mujer, y la que siguió lamiendo el clítoris de Sofía mientras yo la penetraba. Sofía se corrió en cuestión de minutos, gimiendo alto contra el azulejo.

Cuando salió del abrazo, agarré a Nerea de la cintura, la giré contra la mampara en la misma postura y sin miramientos le apoyé el glande contra el ano. Empujé despacio. Ella soltó un grito ahogado cuando entré del todo.

—¡Ostia, cómo me llena! —jadeó—. No pares, cabrón.

La follé por el culo contra el cristal, agarrándole un pecho con una mano y buscándole el clítoris con la otra. Sofía se puso a su lado y la besó en la boca mientras yo la embestía. La sentí correrse por segunda vez, con el clítoris entre mis dedos y la lengua de mi mujer en la suya, y descargué dentro de ella con cuatro empujones más.

Salimos jadeando, comimos algo rápido en la cocina y me tumbé en el sofá. Dos horas más tarde me despertaron unas risas.

—Ahora te toca a ti —me dijo Sofía cuando entré en la cocina.

Nerea me miraba con los ojos brillantes.

—Un masaje a cuatro manos. Con los extras que Sofía guarda en el cajón.

Conocía perfectamente los extras de mi mujer. Me llevaron a la habitación, me desnudaron entre las dos, me tumbaron boca abajo. Antifaz. Cascos con música. Y unas esposas frías rodeándome las muñecas contra el cabecero. La polla ya me palpitaba antes de que hicieran nada.

Sentí el aceite templado caerme por la espalda y cuatro manos repartiéndolo. Bajaron por las nalgas, por los muslos. Una se cerró alrededor de mi polla desde abajo y empezó a masturbármela con el aceite mientras la otra me abría las nalgas y me pasaba la lengua por el ano. Solté un gemido contra la almohada. Después la lengua se retiró y sentí dos dedos entrando en mí, muy despacio, empujando cada vez más adentro mientras la otra no dejaba de trabajarme la polla con el puño.

Estuve así hasta perder la noción del tiempo. Después me giraron boca arriba, todavía esposado, y sentí unas piernas colocándose a los lados de mi cabeza. Saqué la lengua y lamí el coño que me ofrecían, sin saber cuál era. Al mismo tiempo, algo duro se apoyó contra mi ano y empujó. El arnés doble de mi mujer. Empezó a follarme mientras yo comía el coño de una de las dos. Me pellizcaban los pezones. Me tiraban del pelo. Yo estaba a punto de explotar y no podía tocarlas.

Cuando por fin me quitaron el antifaz vi a Nerea encima de mí. Sofía todavía llevaba el arnés puesto, con el dildo brillante de aceite. Nerea me soltó las manos y se sentó a horcajadas encima, guiándose la polla dentro del coño de un solo movimiento.

—Ahora los dos a la vez —dijo Sofía detrás de ella.

Y le metió el dildo despacio por el culo mientras Nerea me cabalgaba a mí. La sentí abrirse encima, quedarse quieta un segundo, y después empezó a moverse arriba y abajo con las dos pollas dentro. Sofía la agarraba de las caderas y bombeaba a contratiempo. Yo agarré los pequeños pechos de Nerea con las dos manos y le pellizqué los pezones.

—Los dos a la vez —jadeaba ella con los ojos cerrados—. Los dos a la vez, joder, no paréis.

La escena era demoledora: mi mujer follándosela por el culo con el arnés mientras la chica de la mañana se dejaba caer sobre mi polla una y otra vez, con la boca abierta, con la piel roja, sin dejar de gemir. Aguanté todo lo que pude. Al final me corrí dentro, en cuatro empujones violentos, y ella se corrió encima de mí en el mismo instante, temblando entera.

Se dejó caer sobre mi pecho jadeando. Sofía se quitó el arnés, se tumbó a nuestro lado, y las tres respiraciones tardaron un rato largo en calmarse.

Nerea se fue al caer la noche. Cuando cerré la puerta detrás de ella, me giré, agarré a mi mujer por la cintura y le metí la mano bajo la camiseta.

—¿Aún quieres más? —me preguntó apretando el culo contra mí.

—Sí. Pero contigo.

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Comentarios(5)

GaboLector

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

LuzMarina22

buenisimo!! quede con ganas de mas, espero la segunda parte

ElHormiga99

La parte del guiño me mato jaja, que forma de armar la trampa. Por favor que haya continuacion

MarceloBaires

Se hizo cortísimo... queremos saber que paso despues en casa!!

IgnacioSevilla

Que sorpreson cuando aparece la rubia... me quede sin palabras. Felicitaciones

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