Lo que empezó como una cena terminó en mi cama
Eran los amigos de mi hijo. Tenían veinte años y me miraban como si yo fuera lo único que querían en el mundo. Debí subir sola a mi cuarto. No lo hice.
Eran los amigos de mi hijo. Tenían veinte años y me miraban como si yo fuera lo único que querían en el mundo. Debí subir sola a mi cuarto. No lo hice.
Cuando rocé su muñeca con el dedo índice, ella se mordió el labio y dejó escapar un gemido brevísimo antes de fingir que solo me agradecía el chupito.
Estaba frente a la puerta de nuestra habitación, los niños dormidos al otro lado, cuando sus manos encontraron lo que llevaba horas sin que nadie tocara.
Él jugaba con el micrófono abierto y yo no pude resistirme. Me acerqué desnuda por detrás, dispuesta a descubrir cuánto podía aguantar sin gemir.
Cuando abrí la puerta y la vi con esa sonrisa, supe que iba a ser una noche distinta. Valeria nunca perdía el humor, sin importar lo que le pidiera.
Ella no sabe que cuando salgo «a ver a un amigo», vuelvo oliendo a otro. Llevo tres meses así y no sé cuánto tiempo más puedo aguantar.
Crucé la puerta sin nada bajo la capa de seda, solo mi máscara y la certeza de que nadie sabría mi nombre cuando saliera al amanecer.
El botón antipánico lo dejé sobre la almohada del catre. Las rejas me marcaban la espalda cuando su lengua bajó y yo supe que ya no era su abogada.
Nada más salir del parking deslizó su mano y cerró los ojos. Yo busqué un camino sin salida. Llevábamos toda una semana sin poder tocarnos.
Rodrigo no sabe todo lo que pasó ese viaje. Solo la versión que elegí contarle. La verdad es más oscura, más deliciosa.
Dos mujeres separadas, un departamento demasiado ordenado y un mazo de cartas que nadie tendría que haber encontrado esa noche.
Me pidió un rapidito mientras escribía. Salió del baño oliendo a él y yo me puse las medias de encaje. Lo demás todavía me lo saboreo.