Entré al baño y la madre de mi amigo estaba desnuda
«Otra vez tú», me dijo sin taparse, mirando cómo mi erección crecía sola. Y por su sonrisa supe que aquella tarde no iba a terminar en el baño.
«Otra vez tú», me dijo sin taparse, mirando cómo mi erección crecía sola. Y por su sonrisa supe que aquella tarde no iba a terminar en el baño.
Le ofrecí la ropa vieja de mi marido como pretexto. La verdad es que llevaba meses imaginando lo que pasaría si alguna vez lo tenía cerca, dentro de mi casa.
Cada mañana me servía el café con una sonrisa que duraba un segundo de más. Yo sabía que tenía novio. Ella sabía que yo lo sabía. Y aun así, ninguno apartó la mirada.
Lo había amado de adolescente y la vida nos separó. Veinte años después apareció a mi lado en el jardín, encendió la noche, y todo volvió de golpe.
Ese chico de veintipocos años no apartaba los ojos de mi escote, y yo, con cuarenta y tantos cumplidos, fingí no darme cuenta. Hasta que coincidimos frente al baño.
Acepté la propuesta sin pensar en lo lejos que podía llegar. Cuando me vi desnuda frente a dos viejos amigos, supe que ya no iba a poder pararla.
Estábamos subidos al cerezo robando fruta cuando Hugo me confesó la obsesión que arrastraba desde niño. Esa misma tarde, su madre todavía no sabía lo que venía.
Mientras yo me llevaba a su marido a la caseta del fondo, ella ya espiaba al peón desde la ventana. Cada minuto de ese fin de semana estaba planeado.
Lucía era la más recatada del grupo del cole. Esa noche la vi entrar al cumpleaños con minifalda y entendí que la chica de las misas dominicales ya no estaba.
Lo descubrí por accidente: mis propias fotos circulando entre desconocidos, mi marido riéndose en silencio. Y lo peor fue lo que sentí al darme cuenta.
La puerta se abrió justo cuando Carolina cruzaba el pasillo desnuda, con otro hombre detrás. Esa noche supe que mi silencio iba a tener un precio que jamás imaginé.
Llevábamos meses intercambiando fotos y audios que su esposa jamás vería. Cuando por fin nos encontramos, todo lo que habíamos imaginado se volvió real.
Acabé sin permiso mientras la veía con él. Cuando amaneció el sábado, supe que tendría tres días enteros para pagarlo.
Llevaba meses besándola a escondidas sin que pasara nada más; aquella tarde, con la botella casi vacía, fue ella quien me arrastró hasta la ventanilla del motel.
Me desperté boca abajo, con los pantalones en los tobillos y algo pegajoso entre las nalgas. Lo último que recordaba era el tequila. Lo siguiente sería su confesión.
Habíamos compartido cinco años de aulas sin mirarnos demasiado. Esa madrugada, dentro del ascensor, entendí que él llevaba mucho tiempo esperando que yo le abriera la puerta.
Bajamos los pantalones frente a los otros cuatro y, cuando él se inclinó sobre mí, supe que esa tarde no iba a salir de aquel salón siendo el mismo.
Llevábamos años siendo amigas y nunca le había faltado al respeto. Esa madrugada, después de demasiado tequila, me besó en su cama mientras su marido dormía a los pies.
Levanté la cabeza con la verga aún dentro de ella y vi a mi instructor en la puerta. Lo que pasó después no se lo he contado a nadie.
Pasé el último curso mirándole el culo en sus vaqueros. El día que cumplí los diecinueve volví al aula vacía para terminar lo que nunca empezamos.