Mi hija me preguntó qué se sintió esa noche
Creí que dormía la noche que traje a esos dos hombres. Me equivoqué: nos vio. Y semanas después entró al baño, se sentó frente a mí y exigió saberlo todo.
Creí que dormía la noche que traje a esos dos hombres. Me equivoqué: nos vio. Y semanas después entró al baño, se sentó frente a mí y exigió saberlo todo.
Cuando subí al coche y vi a aquel hombre en el asiento de adelante, no imaginé que mi amante me había llevado allí para entregarme a otro.
Tenía sesenta años y un matrimonio dormido cuando noté que el chico de la casa de al lado me espiaba entre los setos. No me tapé. Le seguí el juego.
Solo quería ser amable y subir sus bolsas hasta el departamento. Ella me ofreció un refresco, se cambió de ropa y dejó la puerta de su cuarto entreabierta.
Bajé del auto creyendo que iba a defenderlo y terminé viéndolo con una desconocida sentada en sus piernas. Lo que hice después no lo planeé: simplemente dejé de tener miedo.
Cada primer martes del mes llamaba al timbre con el bidón al hombro. Yo lo recibía cada vez con menos ropa, esperando que se quedara más tiempo del necesario.
La primera noche que él durmió en casa, los gemidos de mi mamá atravesaron la pared. Con diecinueve años entendí que nada volvería a ser igual.
Llevamos años juntos y todavía hay algo que no me atrevo a pedirle. Cada noche que se arrodilla frente a mí, la fantasía vuelve y me cuesta callarla.
Nunca pensé que una tarde cualquiera, esperando a que mi mujer volviera, terminaría mirando por una ventana lo que jamás debí ver.
Esa noche el polígono estaba vacío, salvo por un tráiler con la cabina encendida y un hombre que no apartó los ojos de mí ni un segundo.
Me rozaba la cintura cada vez que entraba a comprar, pero esa noche en la plaza fui yo la que decidió cuándo, cómo y hasta dónde.
Reservó clases privadas para despejar la cabeza. No contaba con que el instructor, en cada corrección, fuera a tocarla justo donde más lo necesitaba.
A las siete en punto, la consulta estaba vacía y el doctor cerró la puerta con llave. Mercedes no sabía que su quemadura sería lo menos que ardería esa mañana.
Después de tocarla en la playa frente a su marido, supe que esa noche ella sería mía y él solo podría mirar desde la pantalla del teléfono.
Me bloqueaste en todas partes, así que te escribo a mano. Necesito que sepas por qué lo hice antes de irme de esta ciudad para siempre.
Acudió solo a la boda de un amigo. En su mesa, dos mujeres casadas y hartas de sus maridos ebrios. Lo que pasó después en su habitación no estaba previsto.
Mi marido cobró la entrada, mi amigo armó la lista de invitados y yo me cambié de ropa cinco veces antes de que alguien dejara el primer billete.
Nadie en la facultad la miraba. Pero cuando él se inclinó sobre su caballete y guió su mano, entendió que para ese hombre era lo único que existía en el salón.
Soy mamá de dos, llevo más de diez años casada y pensaba que era feliz. Entonces llegó él y descubrí cuánto tiempo hacía que había olvidado el deseo.
Cuando me jaló de la manga para entrar al atrio, todavía no entendía lo que tenía planeado para la banca del fondo, lejos de los pocos ancianos que rezaban.