El chico de la frutería esperó años por esa noche
Me rozaba la cintura cada vez que entraba a comprar, pero esa noche en la plaza fui yo la que decidió cuándo, cómo y hasta dónde.
Me rozaba la cintura cada vez que entraba a comprar, pero esa noche en la plaza fui yo la que decidió cuándo, cómo y hasta dónde.
Reservó clases privadas para despejar la cabeza. No contaba con que el instructor, en cada corrección, fuera a tocarla justo donde más lo necesitaba.
A las siete en punto, la consulta estaba vacía y el doctor cerró la puerta con llave. Mercedes no sabía que su quemadura sería lo menos que ardería esa mañana.
Después de tocarla en la playa frente a su marido, supe que esa noche ella sería mía y él solo podría mirar desde la pantalla del teléfono.
Me bloqueaste en todas partes, así que te escribo a mano. Necesito que sepas por qué lo hice antes de irme de esta ciudad para siempre.
Acudió solo a la boda de un amigo. En su mesa, dos mujeres casadas y hartas de sus maridos ebrios. Lo que pasó después en su habitación no estaba previsto.
Mi marido cobró la entrada, mi amigo armó la lista de invitados y yo me cambié de ropa cinco veces antes de que alguien dejara el primer billete.
Nadie en la facultad la miraba. Pero cuando él se inclinó sobre su caballete y guió su mano, entendió que para ese hombre era lo único que existía en el salón.
Soy mamá de dos, llevo más de diez años casada y pensaba que era feliz. Entonces llegó él y descubrí cuánto tiempo hacía que había olvidado el deseo.
Cuando me jaló de la manga para entrar al atrio, todavía no entendía lo que tenía planeado para la banca del fondo, lejos de los pocos ancianos que rezaban.
«Otra vez tú», me dijo sin taparse, mirando cómo mi erección crecía sola. Y por su sonrisa supe que aquella tarde no iba a terminar en el baño.
Le ofrecí la ropa vieja de mi marido como pretexto. La verdad es que llevaba meses imaginando lo que pasaría si alguna vez lo tenía cerca, dentro de mi casa.
Cada mañana me servía el café con una sonrisa que duraba un segundo de más. Yo sabía que tenía novio. Ella sabía que yo lo sabía. Y aun así, ninguno apartó la mirada.
Lo había amado de adolescente y la vida nos separó. Veinte años después apareció a mi lado en el jardín, encendió la noche, y todo volvió de golpe.
Ese chico de veintipocos años no apartaba los ojos de mi escote, y yo, con cuarenta y tantos cumplidos, fingí no darme cuenta. Hasta que coincidimos frente al baño.
Acepté la propuesta sin pensar en lo lejos que podía llegar. Cuando me vi desnuda frente a dos viejos amigos, supe que ya no iba a poder pararla.
Estábamos subidos al cerezo robando fruta cuando Hugo me confesó la obsesión que arrastraba desde niño. Esa misma tarde, su madre todavía no sabía lo que venía.
Mientras yo me llevaba a su marido a la caseta del fondo, ella ya espiaba al peón desde la ventana. Cada minuto de ese fin de semana estaba planeado.
Lucía era la más recatada del grupo del cole. Esa noche la vi entrar al cumpleaños con minifalda y entendí que la chica de las misas dominicales ya no estaba.
Lo descubrí por accidente: mis propias fotos circulando entre desconocidos, mi marido riéndose en silencio. Y lo peor fue lo que sentí al darme cuenta.