Soy travesti y vivo una doble vida secreta
Me visto solo cuando tengo una cita, siempre en un cuarto de hotel, y esa noche el desconocido que me esperaba no tenía idea de lo que iba a encontrar bajo mi vestido.
Me visto solo cuando tengo una cita, siempre en un cuarto de hotel, y esa noche el desconocido que me esperaba no tenía idea de lo que iba a encontrar bajo mi vestido.
Cuando bajé a la biblioteca esa tarde no sabía que mi madrastra y su imponente socia ya habían decidido qué clase de hombre iban a hacer de mí.
Andrés creía que el viaje los iba a reconciliar. Carmen bajó a la piscina con su bikini rojo y volvió tres horas después, sonrojada, oliendo a sal y a algo más.
Apoyé la cabeza en su hombro como siempre, pero esa noche su mano se quedó en mi cintura. Y ninguno de los dos la retiró.
Su mano subió por mi muslo y se metió bajo mi ropa interior. Esperaba encontrar lo que tantas veces había imaginado, pero lo que toqué me dejó sin aliento.
Cuando bajó del tren con dos maletas y unos tacones imposibles, supe que aquella convivencia con mi sobrina no se parecería en nada a lo que había imaginado.
Coincidimos tres veces el mismo sábado: en el tranvía, en un bar del centro y otra vez en el andén. A la tercera entendí que no podía dejarla ir sin saber su nombre.
Bastaba que Diego girase la cabeza un instante para verlos. Aun así, Lucía bajó la cremallera del chico con esa sonrisa que siempre lo arrastraba al borde.
Cuando vi a Lucía aparecer en aquel diminuto bikini fucsia, supe que la mujer recatada con la que llevaba años casado había desaparecido antes de empezar.
Encendí la lámpara y allí estaba él, de pie a los pies de mi cama, observándome como si me reconociera. Yo, que escondía un secreto bajo el camisón, no pude apartar los ojos.
Cuando la puerta del cuarto se cerró, supe que esa noche todo iba a cambiar. Mi amante seguía jugando afuera, fingiendo que no contaba los minutos.
Llevaba media vida con la misma mujer cuando aquella desconocida del estampado de leopardo se sentó a mi lado y me miró como hacía años nadie me miraba.
Cuando noté que algo había cambiado, ya era tarde. Lo tenía hasta el fondo y él no se detuvo. Solo entonces entendí lo que había hecho sin pedirme permiso.
Llevaba meses siendo invisible para mi marido. Cuando el técnico llamó a la puerta esa tarde, algo en mí decidió que no iba a dejar pasar la oportunidad.
Llevaba semanas cruzándonos en el pasillo sin pasar de un saludo. Esa noche en el bar, lo que Valeria me reveló lo cambió todo.
La primera noche que salí con su permiso fue la última en que necesité pedírselo.
Cuando entré al piso once, los cuatro me esperaban con copas en la mano. Sobre la mesa, cuatro sobres y cuatro cajas. Sebastián sonrió: esa noche cobraría caro.
Roberto me humilló durante años frente a todos. Cuando la Asociación me ofreció educarlo, supe exactamente lo que quería hacer con él.
Oí sus pasos en el pasillo. Reconocí su perfume. Era mi hermana. Me hice la dormida y los dejé seguir sin moverme.
Llevaba meses mirándolo en los vestuarios sin atreverme. Esa tarde, cuando me preguntó si quería subir a su casa, supe que era ahora o nunca.