Me cité a solas con el swinger de mi esposa
Nunca pensé que la primera vez que un hombre me poseyera sería detrás de la espalda de mi mujer, en una habitación que olía a champaña.
Nunca pensé que la primera vez que un hombre me poseyera sería detrás de la espalda de mi mujer, en una habitación que olía a champaña.
Me bajé de la moto a media cuadra y entré en silencio por la puerta trasera. Desde el dormitorio llegaban voces que tardé en reconocer.
Hacía meses que no me acostaba con nadie cuando entré al cuarto de aquel hotel y él cerró la puerta con una sonrisa que yo conocía demasiado bien.
Llegué buscando piel lisa y salí con las piernas temblando, oliendo a aceite tibio y a un hombre que no debía haberme tocado de ese modo.
Llevaba meses convencida de que nadie sospechaba nada hasta que esa madrugada, con la boca llena, escuché su voz a un metro de distancia y se me heló la sangre.
Ella me espera dormida en casa cuando salgo a verlo. Llevo meses así, con la sensación de que mi cuerpo no me pertenece del todo cuando estoy con ella.
Llevaba meses cobrando por desconocidos cuando llamó una chica que venía a perder la virginidad conmigo. Esa tarde lo entendí casi todo.
A medianoche, alguien se detuvo delante de mi celda. Yo todavía no me había quitado el hábito y la vela seguía encendida sobre el altar.
Cuatro años de hormonas me habían dado el cuerpo que siempre quise. Esa noche, los ojos celosos de Mateo me hicieron entender que él también lo quería.
Llevábamos apenas dos cervezas cuando Valeria se quitó las sandalias y me dijo que había que ponerle remedio a que hacía años que no pisaba la arena. Esa noche aprendí muchas cosas.
Andrés llevaba meses buscando una salida y la encontró donde menos debía: en el cuerpo de su propia esposa.
Llevaba dos años viendo pasar hombres en la parada, pero cuando él entró con ese paso lento y esa sonrisa, supe que rompería todas las reglas que me había impuesto.
La celda olía a humedad y tabaco barato, y cuando sus ojos se clavaron en los míos supe que el expediente iba a terminar en el suelo.
Ella se inclinó a corregirle la postura en el press de piernas y él no pudo disimular lo que le pasaba bajo los shorts. A las siete y cuarto de un lunes.
Valeria llevaba diez años defendiendo culpables e inocentes. Lo que no esperaba era que uno de ellos la mirara así desde el otro lado de la celda.
Cada vez que aceptaba una condición, aparecía la siguiente. Al final del día ninguno de los dos sabía bien qué había pasado, pero ambos querían repetirlo.
Cuando Mateo salió del agua con el bañador empapado, supe que mi esposa no dejaría pasar esa tarde sin morder algo que no le pertenecía.
Tenía la cubeta de champagne en una mano y la otra apoyada contra la madera, intentando convencerme de que solo escuchaba para asegurarme de que todo estuviera en orden.
Esa noche me preparé como nunca. Camila iba a llegar con su mochila y su sonrisa traviesa, y yo sabía exactamente lo que iba a pedirle.
Aquella tarde decidí que me lo iba a follar como fuera, aunque tuviera que vestirme para él y entrarle sin disimulo. Lo que pasó después me dejó temblando.