La noche que Andrés le pidió lo imposible
Andrés llevaba meses buscando una salida y la encontró donde menos debía: en el cuerpo de su propia esposa.
Andrés llevaba meses buscando una salida y la encontró donde menos debía: en el cuerpo de su propia esposa.
Llevaba dos años viendo pasar hombres en la parada, pero cuando él entró con ese paso lento y esa sonrisa, supe que rompería todas las reglas que me había impuesto.
La celda olía a humedad y tabaco barato, y cuando sus ojos se clavaron en los míos supe que el expediente iba a terminar en el suelo.
Ella se inclinó a corregirle la postura en el press de piernas y él no pudo disimular lo que le pasaba bajo los shorts. A las siete y cuarto de un lunes.
Valeria llevaba diez años defendiendo culpables e inocentes. Lo que no esperaba era que uno de ellos la mirara así desde el otro lado de la celda.
Cada vez que aceptaba una condición, aparecía la siguiente. Al final del día ninguno de los dos sabía bien qué había pasado, pero ambos querían repetirlo.
Cuando Mateo salió del agua con el bañador empapado, supe que mi esposa no dejaría pasar esa tarde sin morder algo que no le pertenecía.
Tenía la cubeta de champagne en una mano y la otra apoyada contra la madera, intentando convencerme de que solo escuchaba para asegurarme de que todo estuviera en orden.
Esa noche me preparé como nunca. Camila iba a llegar con su mochila y su sonrisa traviesa, y yo sabía exactamente lo que iba a pedirle.
Aquella tarde decidí que me lo iba a follar como fuera, aunque tuviera que vestirme para él y entrarle sin disimulo. Lo que pasó después me dejó temblando.
Cuando llegó su mensaje al celular, llevaba horas ardiendo de deseo. Me puse la lencería, los tacones y esperé. Esa noche no iba a dormir sola.
Apoyé la frente contra la puerta del dormitorio, intentando no hacer ruido, y entonces sentí su aliento en la nuca y supe que esa noche no íbamos a dormir todavía.
Me detuvieron a las cuatro de la mañana y creí que todo estaba perdido. No imaginaba lo que mi abogada haría cuando entrara a esa celda a solas conmigo.
El pasillo estaba en silencio, su puerta entreabierta. Sabía que no debía entrar. Entré de todas formas.