Mariela me hizo lo que nunca le pedí a mi marido
Me senté a su lado sin saber que sus dedos iban a llegar más lejos que los de cualquier amante anterior, ahí mismo, en la penumbra de la mesa.
Me senté a su lado sin saber que sus dedos iban a llegar más lejos que los de cualquier amante anterior, ahí mismo, en la penumbra de la mesa.
Toqué el timbre con el corazón a mil. Llevaba un vestido rojo y, debajo de la tela, una decisión que llevaba seis meses postergando.
Era el chico invisible del barrio y ella, la chica más linda. Cada martes, mientras los demás jugaban en el parque, me esperaba en la bodega del fondo del jardín.
Travestí de clóset, fui a la entrevista más importante de mi carrera con un calzón de encaje bajo el traje. Pensé que nadie lo sabría. Me equivoqué.
Respondí un anuncio sin pensarlo demasiado. A las dos horas tenía su número, y antes de que cayera la noche el citófono ya estaba sonando.
Subí en el ascensor con tacones y peluca, rezando para no cruzarme con nadie. Él abrió en albornoz y me llamó zorra antes de que dijera hola.
Tenía la boca llena de él cuando escuché la puerta. Y entonces apareció ella, con esa media sonrisa que siempre supo decirme todo sin abrir la boca.
Esa tarde no buscaba amor ni explicaciones; buscaba dos cuerpos distintos en una misma habitación de motel y la certeza de que nadie sabría jamás lo que pasó allí.
Cuando vi ese consolador rojo escondido en su cajón, supe que no iba a poder olvidarlo. Lo que no sabía era que él ya me había grabado.
Llevaba años fingiendo. Cuando ella propuso pasar el fin de semana en la playa nudista con sus amigos, no imaginé que era la trampa perfecta para sacarme del armario sin avisar.
Nunca pensé que la primera vez que un hombre me poseyera sería detrás de la espalda de mi mujer, en una habitación que olía a champaña.
Me bajé de la moto a media cuadra y entré en silencio por la puerta trasera. Desde el dormitorio llegaban voces que tardé en reconocer.
Hacía meses que no me acostaba con nadie cuando entré al cuarto de aquel hotel y él cerró la puerta con una sonrisa que yo conocía demasiado bien.
Llegué buscando piel lisa y salí con las piernas temblando, oliendo a aceite tibio y a un hombre que no debía haberme tocado de ese modo.
Llevaba meses convencida de que nadie sospechaba nada hasta que esa madrugada, con la boca llena, escuché su voz a un metro de distancia y se me heló la sangre.
Ella me espera dormida en casa cuando salgo a verlo. Llevo meses así, con la sensación de que mi cuerpo no me pertenece del todo cuando estoy con ella.
Llevaba meses cobrando por desconocidos cuando llamó una chica que venía a perder la virginidad conmigo. Esa tarde lo entendí casi todo.
A medianoche, alguien se detuvo delante de mi celda. Yo todavía no me había quitado el hábito y la vela seguía encendida sobre el altar.
Cuatro años de hormonas me habían dado el cuerpo que siempre quise. Esa noche, los ojos celosos de Mateo me hicieron entender que él también lo quería.
Llevábamos apenas dos cervezas cuando Valeria se quitó las sandalias y me dijo que había que ponerle remedio a que hacía años que no pisaba la arena. Esa noche aprendí muchas cosas.