Las dos trans del bar entraron en mi habitación
Volví después de veinte años a una ciudad del sur. Esa noche, en un hotel de la zona roja, dos desconocidas decidieron que no iba a dormir solo.
Volví después de veinte años a una ciudad del sur. Esa noche, en un hotel de la zona roja, dos desconocidas decidieron que no iba a dormir solo.
Estaba a cuatro patas, temblando, con el culo en pompa y mi propia verga goteando sola. Él apenas había metido la punta y yo ya suplicaba que me rompiera entero.
Me duermo siendo yo y despierto siendo otra. En el sueño tengo curvas, no tengo lo de antes y espero, ansiosa, que la puerta se abra y entre él.
Crecí entre rezos y prohibiciones, convencida de que el placer era pecado. Hasta que la mujer de al lado se sentó a mi lado en el colectivo y todo empezó a cambiar.
Me subí a la moto con la calza fina y sin nada debajo, pegada a su espalda. Al llegar no me dejó pagarle: quería cobrarse el viaje de otra forma.
Su voz en los audios ya me tenía duro antes de tocar el timbre. Lo que no sabía era que iba a salir de ese departamento siendo otro hombre.
Pagué por verla en una pantalla y me negué a tocarla. Lo que no imaginé fue encontrármela en carne y hueso, sentada en la misma barra que yo, esa misma noche.
Llevábamos meses esperándolo. Mis padres por fin saldrían, ella llegó con lencería azul oscuro y los dos temblando, y entonces el cuerpo decidió otra cosa.
A las tres de la madrugada, dos hombres tocaron la puerta. Lo que ninguno de ellos sabía era que Camila llevaba semanas pidiéndome esa noche.
Tenía veintidós años cuando ella me sonrió desde la otra punta del salón. No imaginé que esa misma noche me arrodillaría en su habitación, dispuesto a lo que me pidiera.
Me senté a su lado sin saber que sus dedos iban a llegar más lejos que los de cualquier amante anterior, ahí mismo, en la penumbra de la mesa.
Toqué el timbre con el corazón a mil. Llevaba un vestido rojo y, debajo de la tela, una decisión que llevaba seis meses postergando.
Era el chico invisible del barrio y ella, la chica más linda. Cada martes, mientras los demás jugaban en el parque, me esperaba en la bodega del fondo del jardín.
Travestí de clóset, fui a la entrevista más importante de mi carrera con un calzón de encaje bajo el traje. Pensé que nadie lo sabría. Me equivoqué.
Respondí un anuncio sin pensarlo demasiado. A las dos horas tenía su número, y antes de que cayera la noche el citófono ya estaba sonando.
Subí en el ascensor con tacones y peluca, rezando para no cruzarme con nadie. Él abrió en albornoz y me llamó zorra antes de que dijera hola.
Tenía la boca llena de él cuando escuché la puerta. Y entonces apareció ella, con esa media sonrisa que siempre supo decirme todo sin abrir la boca.
Esa tarde no buscaba amor ni explicaciones; buscaba dos cuerpos distintos en una misma habitación de motel y la certeza de que nadie sabría jamás lo que pasó allí.
Cuando vi ese consolador rojo escondido en su cajón, supe que no iba a poder olvidarlo. Lo que no sabía era que él ya me había grabado.
Llevaba años fingiendo. Cuando ella propuso pasar el fin de semana en la playa nudista con sus amigos, no imaginé que era la trampa perfecta para sacarme del armario sin avisar.