La mujer de mi exjefe me buscó en la cena de empresa
Llevaba semanas evitándola, convencido de que lo nuestro había terminado. Entonces sonó el teléfono y su voz me bastó para saber que volvería a caer.
Llevaba semanas evitándola, convencido de que lo nuestro había terminado. Entonces sonó el teléfono y su voz me bastó para saber que volvería a caer.
Cuando puso mi mano sobre su entrepierna mientras conducía, supe que ya no había vuelta atrás. Esa noche dejé de fingir y me entregué por completo.
Pedí el cuarto y apagué las luces para dejarme consentir como nunca. Hasta que mi mano buscó entre sus piernas y encontró algo que jamás había imaginado.
Llevaba mi vestido fucsia en la mochila y una sola idea en la cabeza: esa noche iba a ser de todos los que pagaran por mí.
Dejó la puerta abierta para mí. Yo solo tenía que llegar, vestirme de Valeria y olvidarme para siempre del chico que ya no quería seguir siendo.
Cuando abrí mi maleta en la cabaña no había nada mío: solo tangas de encaje, faldas cortas y maquillaje. Carla me miró con calma y dijo que esa era mi única chance.
La primera vez que me llamaron guerrero, algo dentro de mí se enderezó. Pero fue su mano en mi cintura, junto al fuego, lo que terminó de prenderme.
La vi dirigir la mudanza con esa voz ronca y supe que no podría sacármela de la cabeza. Lo que no imaginé fue todo lo que escondía bajo el corsé.
Me juró que era cierto, que pasaba de verdad bajo el mismo techo donde había crecido. Y mientras lo leía, no pude evitar tocarme imaginándolo.
Lo vi cruzar la piscina con dos copas en la mano y supe que esa tarde iba a ser mía. No me importó su nombre ni su historia: solo cómo me miraba.
Tengo veintisiete años y una vida normal: buen trabajo, una familia que me quiere y un secreto que llevo dentro y que hoy, por fin, me atrevo a escribir.
Hay cosas que una nunca le cuenta a nadie. Esta es la que me guardé durante años, la que todavía me hace temblar cuando paso frente a aquel cine.
Llevaba un mes y medio enjaulada por orden de Bruna. Esa mañana, cuando la llave giró por fin, ni el barrio entero pudo contener lo que se desató.
Nunca pensé que unas fotos en lencería roja terminarían enseñándome una parte de mí que llevaba años escondida bajo el traje y la corbata.
El parquímetro había expirado y él ya se arrodillaba con el inmovilizador. Me quedaban pocos segundos para convencerlo de otra manera.
La recogí en la estación pensando en la cena que había reservado. Ella tenía otros planes, y los dejó claros apareciendo en el salón con tacones, un tanga negro y nada más.
Tenía veinte años, una cita en tres días y un secreto: nunca había tocado a un hombre. Me pidió ayuda y yo conocía a alguien dispuesto a ser su primera lección.
Teníamos la casa para nosotras y una banana sobre la mesa cuando Malena decidió que había llegado la hora de enseñarme todo lo que ella sabía.
Llegué al portal con el pulso acelerado, esperando un trío. Mariana llegaba tarde. Su amigo me abrió la puerta solo, sonriendo, y nada de lo que pasó después estaba en mi cabeza.
Llevábamos un mes coqueteando entre monitores cuando me llevó al asiento trasero de mi coche. Lo que descubrí semanas después lo cambió todo, y no como yo temía.