Lo que nadie sabe de esa noche con mi primo
Me tomó de la mandíbula con una mano y me miró directo a los ojos. Era mi primo. Éramos familia. Y ninguno de los dos dio un paso atrás.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Me tomó de la mandíbula con una mano y me miró directo a los ojos. Era mi primo. Éramos familia. Y ninguno de los dos dio un paso atrás.
Sabía que entre don Rodrigo y yo nunca podría pasar nada. Pero encontré la manera de hacerlo real, aunque fuera una sola vez, aunque nadie más lo supiera.
Pensaba que me conocía bien. Valentina tardó apenas tres semanas en demostrarme que estaba completamente equivocado —y yo le estaba infinitamente agradecido.
Pon el pie al lado del mío, dijo. Después el brazo. Después la mano. Y entonces entendí que no estábamos comparando nada.
Cuando todo el pueblo lo supo, ya no había vuelta atrás. Me había enamorado de él sabiendo que tendría que dejarlo ir. Y aquella noche fue la última que tuvimos juntos.
Marcos me dijo que tenía dos opciones: la demanda o su puerta a medianoche. Fui un idiota y elegí la segunda. O quizás no era tan idiota.
Cuando salí del baño, Sebastián tenía las prendas rosadas en la mano y esa mirada firme que sabía que no iba a poder rechazar.
Mis amigos no entienden por qué regreso cada año a ese pueblo de nada. Si vieran lo que hay en mi galería, no necesitarían preguntarlo.
Marcos tenía el cuerpo que yo tenía a su edad. Esa noche, con todos durmiendo, noté que algo más que el calor nos separaba en esa cama estrecha.
Caminaba sin rumbo cuando alzó la cabeza desde un segundo piso y me sostuvo la mirada como si supiera, antes que yo, que terminaríamos enredados en sus sábanas.
La brisa nocturna, dos porros encendidos y la certeza de que todos dormían. Solo faltaba que uno dijera en voz alta lo que ambos pensábamos.
Cerró con llave, se sentó en el escritorio y me miró con unos ojos verdes que no juzgaban nada. Yo todavía tenía la respiración agitada.