El trío que mi esposa había planeado desde el principio
Esa noche Valeria tomó mi cabeza entre sus manos y la empujó exactamente hacia donde yo llevaba meses sin atreverme a mirar.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Esa noche Valeria tomó mi cabeza entre sus manos y la empujó exactamente hacia donde yo llevaba meses sin atreverme a mirar.
Me llaman hombre fiel, pero hay dos que saben lo que soy de verdad. Esto es lo que nunca podré contarle a la mujer que quiero.
Éramos dos socios casados, un todoterreno caro y doscientos kilómetros por delante. Ellos tenían veinte años y una actitud que lo cambiaba todo.
El hombre que podía sacarlos de Marruecos tenía una sola condición: nada de dinero, nada de joyas. Solo quería grabarlos.
Cuatro años en el mismo despacho sin saber quiénes éramos el uno para el otro. El día que lo descubrimos, todo cambió.
Me la encontré en la cocina de una fiesta y me dijo al oído que llevaba la noche entera mirándome. Esa noche cambió todo.
Ocho años escuchando sus conquistas en silencio, fingiendo que todo estaba bien. Hasta que una noche un extraño le ofreció lo que siempre había querido.
Kwame aparcó el tráiler al mediodía y antes de arrancar al día siguiente había dejado su marca en tres cuerpos distintos. Algunos lo buscaron, otros simplemente cedieron.
Cuando cerré la puerta del apartamento y estuve solo por fin, las imágenes del entrenamiento se instalaron sin permiso: los hombros de Adrián, los ojos de Gonzalo, el calor del gimnasio.
Marcos era gay y yo era su mejor amiga desde los quince años. Ocho años de deseo callado, de fingir que no me ardía por dentro cada vez que contaba sus historias.
Era el padre protector, el marido fiel, el tipo que rechazaba todo lo que se saliera de lo normal. Hasta aquella noche en la casa de campo.
Cuando cerró la puerta con su maleta, nos quedamos solos. El sexo seguía ahí, intenso y familiar, pero algo faltaba. Algo que solo él traía.
Cuando abrí la puerta, lo primero que noté fueron sus labios. Lo segundo, cómo me miró antes de entrar. Ya sabía cómo iba a terminar la tarde.
Cuando levantó la vista y me encontró mirándolo en el vestuario, algo cambió entre nosotros. Solo no sabía exactamente qué ni hasta dónde llegaría.
Una pelirroja bailaba descalza en la cala vacía mientras su novio cambiaba la canción. Dos socios casados cruzaron una mirada y supieron que esa noche habría peaje.
Abrí los ojos en su habitación sin recordar cómo había llegado. Él estaba en la cocina, medio desnudo y tranquilo, como si todo fuera completamente normal.
Cuando llegué tarde al vestuario, él ya salía de la ducha. No debí mirar. Pero miré. Y él lo vio. Lo que vino después no estaba en ningún guión.
Cuando salí del pabellón pensé que iba directo a casa. No sabía que él me esperaba apoyado en la valla, con un cigarrillo encendido y otra cosa en mente.
Cuando el contrabandista nos dijo el precio, todos nos miramos. No eran joyas ni dinero. Éramos nosotros, nuestros cuerpos, doce horas al día frente a sus cámaras.
Marcos llegó a casa con la excusa del divorcio. En cuanto los padres de Mateo se fueron, se quitó el bañador y preguntó si a su sobrino le molestaba.