La noche del hammam antes de mi boda
Faltaban horas para la ceremonia y allí estaba yo, sentado en el mármol caliente del hammam, sintiendo cómo la mirada de mi futuro suegro pesaba más que el vapor.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Faltaban horas para la ceremonia y allí estaba yo, sentado en el mármol caliente del hammam, sintiendo cómo la mirada de mi futuro suegro pesaba más que el vapor.
Su cremallera estaba bajada. Yo, arrodillado en la oscuridad del camión, levanté la mirada y entendí que esa orden no tenía nada que ver con etiquetas.
Pensé que era apuesta segura. Diego juraba que ningún cuerpo de mujer lo encendía. La cerveza estaba abierta cuando entendí que esa tarde no iba a haber farol.
Eran las dos de la tarde, ellos en ropa interior, yo en shorts. La resaca pesaba menos que mi calentura acumulada. Y entonces propuse algo que llevaba meses pensando.
Cerramos la puerta, encendimos la consola y mi hermano se recostó sobre mis piernas con esa sonrisa nerviosa que solo le sale cuando guarda algo que se muere por contar.
Cuando abrí los ojos esa mañana, no estaba en mi habitación. Estaba completamente desnudo en una cama que olía a alguien con quien jamás debí pasar la noche.
Bailábamos pegados como siempre, hasta que sentí algo duro contra mi espalda baja. Era él, mi mejor amigo desde la infancia, y yo no quería que se apartara.
Cuando mis padres se fueron al pueblo, mi tío Andrés se quitó el bañador y me preguntó si me molestaba. No me molestaba. Para nada.
Dos socios, doscientos kilómetros por delante y una pareja joven pidiendo que la subieran al coche. La decisión que tomaron en aquella cala lo cambió todo.
Cuando perdí la última partida y quedé desnudo frente a ellos, supe que aquella noche no iba a terminar como había empezado. Y ya no quería que terminara.
Bajó a la piscina, se quitó la camiseta y se tumbó frente a mí. Entonces entendí por qué mi tío había insistido en pasar esa semana solo conmigo.
Durante tres años vendí mi cuerpo por dinero. Lo que voy a contar no lo saben ni mis amigos más cercanos. Algunos clientes no eran clientes: eran depredadores.
Le digo que trabajo hasta tarde y le mando un beso de buenas noches. Luego paso la siguiente hora con la boca llena y el mundo al revés.
No lo hice por el dinero. Lo hice porque me daba todo igual. Verla feliz con otro en ese bar fue el detonador de una época que no debería haber vivido.
Cuando frenamos junto a ellos, la chica ya movía las caderas con una canción. Mateo llevaba las uñas pintadas. Ese viaje no iba a terminar como habíamos planeado.
Nos dijeron que el precio era nuestro cuerpo. Cinco hermanos, un contrabandista y la única salida posible.
Jugamos al póker de prendas con mis vecinos. Nadie dijo a qué más se estaba jugando, pero cuando me quedé sin ropa en el centro del salón, ya no necesitábamos las cartas.
Llegó recién separado, con una maleta y demasiado tiempo libre. Desde la mañana en la piscina supe que esa semana no iba a ser nada aburrida.
Llegué a su apartamento con ganas de tomar cerveza y matar el tiempo. Me fui con el culo adolorido, la boca con sabor a semen y una sonrisa que no podía disimular.
Pensé que sabía a lo que me exponía cuando empecé. Pero lo que algunos clientes me pidieron, lo que algunos hicieron, todavía me despierta de noche.