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Relatos Ardientes

Mi desquite en el hotel duró toda la noche

Encontré los mensajes en el teléfono de Marcelo un martes cualquiera. Fotos que no eran mías, promesas que no me pertenecían, un nombre repetido con la ternura que él ya no usaba conmigo. No lloré. Serví un vaso de whisky, abrí mi agenda y le mandé un mensaje a Damián.

Damián era el kinesiólogo que me atendía la contractura del cuello desde hacía meses. Con él había flirteo, había miradas largas, había esa clase de silencio incómodo que se instala entre dos adultos que saben lo que quieren y no lo dicen. Le escribí lo justo: necesito verte esta noche, no en el consultorio. Contestó en dos minutos con la dirección de un hotel al costado de la ruta.

Me puse un vestido negro corto, un conjunto de lencería de encaje negro debajo y salí sin avisar a nadie. En el auto me tomé dos tragos de la petaca que guardaba en la guantera. Llegué un poco borracha, un poco furiosa y muy caliente. Damián me esperaba en la puerta de la habitación con una sonrisa que no le había visto nunca. Sin saludo. Sin preguntas.

Antes de entrar, en mi cabeza me armé unas reglas. No iba a coger sin condón. No lo iba a dejar meterla por atrás. Y no le iba a mamar la verga. Iba a cogerlo, me iba a venir un par de veces y Marcelo se podía ir al diablo. Qué pendeja fui.

Ni siquiera alcancé a girar sobre mí misma cuando sentí sus dos manos en mi cintura y su bulto duro clavándose entre mis nalgas. Me sujetó con firmeza por los huesitos de la cadera y una corriente eléctrica me recorrió toda la espalda. Sabía que había llegado el momento de entregarme. Y aunque estaba ebria y caliente, mi cabeza todavía funcionaba. Solo era el desquite, me repetía. Nada más que el desquite.

—Qué culo tenés, Camila —me susurró pegando los labios a mi oreja.

Se me erizó la piel entera. Instintivamente pegué las nalgas contra su verga y solté un gemido que ni yo esperaba.

—¿Te gusta, papi? Así en cuatro te va a gustar más —le contesté para provocarlo.

—No te lo tengo que imaginar. Hoy te lo voy a probar. Te voy a dar tanta verga que cuando no la tengas adentro la vas a extrañar.

Cada palabra suya me chorreaba entre las piernas. Empezó a besarme el cuello, a morderme el lóbulo, mientras una mano le bajaba despacio por el vientre hasta meterse entre mis muslos, por encima del cachetero de encaje. Cuando sus dedos rozaron mi coño mojado, me quedé sin aire. La otra mano me subió al pecho, me estrujó las tetas por encima del vestido, me pellizcó los pezones con una precisión que no era casualidad. Damián sabía perfectamente lo que hacía.

Me estaba llevando a la cama sin que me diera cuenta. Caminaba de espaldas mientras él me manoseaba entera. Parecía tener diez manos: los pechos, el culo, los muslos, el coño por encima de la tela. Y yo ya no respondía. Mi cuerpo pensaba solo. La minifalda del vestido se me había subido enrollada a la cintura como un cinturón. Mis nalgas estaban al aire libre. Solo el cachetero negro me cubría el coño.

Cuando choqué contra el borde de la cama, él me empujó suavemente de los hombros. Quedé apoyada boca abajo con las manos en el colchón, empinada, el culo arriba. ¿Qué estoy haciendo?, pensé. Pero seguí ahí, empinada, esperando.

Se arrodilló detrás mío y empezó a besarme las nalgas. Cálido, húmedo, morder-lamer-soplar. Me mordisqueaba los cachetes hasta hacerme gemir contra la sábana. Y de repente, sin avisar, hundió la cara entera en la raya de mi culo y me comió el coño por encima del cachetero empapado. Apreté las sábanas con los dos puños. Ahí mi cabeza empezó a apagarse.

Chupaba, lamía, se metía la tela en la boca junto con mis labios, mientras me estrujaba las nalgas. Escuché un click y de golpe la habitación se llenó del sonido de una película porno que había prendido en el televisor. Una mujer sentada en la cara de un hombre, gimiendo como una loca. Fue el segundo empujón mental. Sentí un tirón en el estómago y me salió solo:

—Cógeme.

No me contestó. Siguió chupándome más fuerte por encima del calzón, que ya escurría saliva y mis jugos mezclados. La habitación olía a sexo. Lo sentí levantarse y bajarse los pantalones. El ruido del cinto, el ruido de la tela cayendo al piso. Miedo y calentura al mismo tiempo. Todavía quedaba un fragmento de mi cabeza racional.

—Ponete un condón —le pedí entre jadeos.

—Tranquila, mi amor, ya lo tenía listo.

Escuché el látex estirándose. Sentí sus manos en la cintura, los pulgares metiéndose en el elástico del cachetero, deslizándolo hacia abajo. La tela mojada se me despegó del coño con un tirón que me hizo temblar entera. Cada sensación estaba multiplicada. Cada roce me llegaba al pecho como un golpe. En un impulso animal me subí completa a la cama, me desplomé boca abajo, apoyé la cara contra el colchón y levanté el culo lo más alto que pude. Y volvió a salirme:

—¡Cógeme!

Un grito, una orden, una súplica al mismo tiempo. Damián me tomó de la cintura y me pasó la punta de la verga por encima del coño, arriba y abajo, hasta el ojete y de vuelta. Sin verla ya sabía que era gruesa. Larga. Me la restregaba entre los labios. Y yo la necesitaba adentro ya. En un arranque de puta le agarré la verga con la mano, la sentí caliente, dura, pesada, y me la dirigí yo misma a la entrada del coño. Damián soltó un gemido ronco y me clavó una embestida que me metió su verga entera hasta el fondo.

Grité con la cara pegada a la sábana. Estaba tan mojada que no le costó nada entrar. Sentía sus huevos chocarme contra el culo, sentía la verga apretada contra las paredes de mi coño. Se quedó un segundo adentro, la sacó toda, me la volvió a clavar hasta el fondo. Y ahí empezó a cogerme en serio. Duro. Sin piedad. Me embestía una y otra vez y se escuchaba el aplauso de sus huevos contra mis nalgas. Yo gemía como perra, agarrada de las sábanas, y él bramaba encima mío como un animal. Las tetas se me habían salido del vestido y se sacudían con cada embestida.

No aguanté más. Me saqué la verga de adentro, me di vuelta y me arrodillé frente a él en el piso. Ya no me acordaba de ninguna regla. Quería comerme esa verga. Se la tomé con las dos manos y por fin la miré: gruesa, larga, dura, venosa, envuelta en el condón. Sin pensarlo dos veces me la metí toda en la boca y empecé a mamársela como si me la quisiera arrancar. Damián cerró los ojos, echó la cabeza atrás y soltó un gemido que me hizo apretar los muslos.

Y en un impulso de puta total le saqué la verga de la boca, le arranqué el condón de un tirón —salió volando por el aire como un elástico—, lo miré directo a los ojos y me la volví a meter en la boca. La verga desnuda. Se la mamé como una poseída. Le agarré la mano y la llevé a mi nuca. Él entendió y empezó a follarme la boca. La verga me entraba hasta hacerme arcadas. No paré. Lo miraba desde abajo mientras me la clavaba en la garganta, y sentía que se me iba a partir la mandíbula.

Cuando ya no aguantaba más, me paré, lo besé en la boca con lengua y todo, y él me desabrochó el vestido de un tirón. Quedé desnuda entera. Me tiré de espaldas sobre la cama, lo agarré del cuello y lo jalé encima. Se me acomodó entre las piernas y me la clavó de una. Sin condón. Sentí la verga entrar hasta lo más profundo, hasta el ombligo, sentí que me partía en dos. Me aferré a sus labios, le clavé las uñas en la espalda.

El primer orgasmo me estalló ahí, boca arriba, con sus dientes en mi cuello. Me vine a chorros. Le empapé la verga, el abdomen, el colchón. Salía como si me estuviera meando, y él no paraba de embestir. Yo, que había entrado pensando en una cogida rápida, ahora no quería que terminara nunca. Damián me levantó las piernas y me las apoyó en los hombros. Volvió a metérmela más dura todavía. Yo estaba en la gloria. Me sentía la mujer más caliente del mundo. Me apretó las tetas, después me agarró del cuello y me apretó apenas. Ese ahogo me hizo venir de nuevo. Otro chorro. Otro colchón empapado.

—Qué rico te mojás, Camila —jadeaba encima mío.

—Vos me hacés mojar así.

—Quién iba a decir que eras una putita. Tan seriecita que te ves.

—Solo con vos.

—¿Solo conmigo qué? Decilo.

—Solo con vos quiero ser puta. Quiero ser tu puta.

—Más fuerte. No te escuché.

—¡Quiero ser tu puta! ¡Soy tu puta!

Se le encendió un motor. Empezó a cogerme como una máquina, serruchándome entera, y a mí ya no me quedaba una sola línea roja. Le pedí lo único que me faltaba:

—Metémela por el culo.

—Estaba esperando que lo dijeras, putita.

Me sacó la verga, me di vuelta y me puse en cuatro. Me pasé los dedos por el coño hasta juntar mis propios jugos y me los repartí en el ojete. Me metí un dedo y después otro. Cuando esperaba sentir su verga, sentí su lengua. Me estaba comiendo el culo. Escupía, lamía, me metía la lengua, me metía dos dedos. Yo no paraba de gemir contra la almohada.

Me apoyó la punta de la verga contra el ano y empezó a empujar despacio. Dolía. Sentía la presión enorme, sentía que me rompía. Pero lo quería adentro. En un impulso sincronizado, él empujó y yo eché el culo para atrás, y de golpe me entró toda. Grité contra la sábana. Damián se quedó quieto unos segundos, después empezó a moverse lentísimo. El dolor se fue transformando en placer. Me tenía empalada por el culo y yo estaba encantada. La mezcla de alcohol y de calentura me tenía perdida. Empecé a acariciarme el clítoris mientras él me cogía el culo, y me vine de nuevo. A chorros. No sé de dónde salía tanto. Y él, mientras tanto, me pegaba nalgadas que me dejaban la piel ardiendo.

—Quiero montarte —le dije jadeando.

Me sacó la verga del culo, se tiró de espaldas y yo me le monté encima. Me dejé caer de un sentón sobre la verga y empecé a moverme adelante y atrás. Él gemía y a mí solo me importaba una cosa: que gozara conmigo. Me levanté tantito, me puse en cuclillas encima suyo y empecé a darle sentones duros. Dejaba caer mis nalgas sobre su verga con toda mi fuerza, como queriendo vaciarle los huevos. Al tercer sentón me vino la última corrida. Me chorreó encima. Le empapé el abdomen entero.

—Vení en mi boca —le pedí.

Me bajé, me arrodillé al costado de la cama y me la metí en la boca de nuevo. Sabía a mí. Sabía a mi coño, a mi culo, y me encantaba. Él se la empezó a jalar mientras yo le chupaba solo la punta. De golpe pegó un grito ahogado, yo despegué la boca, la abrí, saqué la lengua y él soltó chorros de leche calientes en mi cara, en la lengua, en el pelo, en un ojo. Me quedé de rodillas, con la boca abierta y la corrida escurriéndome por el mentón.

Lo miré desde abajo. Su verga seguía dura. Como si no hubiera pasado nada. Como si estuviéramos empezando. Yo quería más. Él quería más. Y esa noche, en ese hotel al costado de la ruta, con Marcelo durmiendo tranquilo del otro lado de la ciudad, todavía nos quedaba mucho por hacer.

***

Fue solo el primer desquite de una lista larga. Pero eso lo cuento la próxima.

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Comentarios(6)

PattyBA

Dios mio!!! me enganchó desde la primera línea, no pude parar de leer

MiguelTeruel

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas

Florencia_R

Me quedé pensando un rato despues de terminar... esa mezcla de emociones lo describiste muy bien

VanessaBA

Muy bueno, la categoría infieles siempre atrapa pero este tiene algo diferente. Felicitaciones

martin_ok

increible relato, de los mejores que leí acá

TetiLectora

Me encanto como lo contaste, se siente autentico. Segui publicando!

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