La fiesta grupal de las maduras del club
Cuando Nora volvió a casa al día siguiente, todavía traía en la cara esa mezcla de cansancio y satisfacción que solo deja una noche larga de excesos. Vivíamos puerta con puerta desde hacía años y, aunque no nos unía la sangre, yo la llamaba «abu» por costumbre, por cariño y porque ella misma había adoptado ese papel conmigo desde que me mudé a su lado siendo una mujer mucho más joven y bastante perdida.
Yo ya la estaba esperando en su cocina, con café recién hecho y una curiosidad que me quemaba por dentro. La noche anterior la había ayudado a vestirse para una supuesta celebración entre amistades del club. El vestido negro ceñido, las medias oscuras, los tacones que casi no usaba y esa lencería fina que compró más por atrevimiento que por necesidad no dejaban muchas dudas sobre el tipo de fiesta a la que iba.
—No me mires así —me dijo apenas cerró la puerta—. Ya sé lo que quieres.
—Quiero todo el cuento —le respondí—. Sin resumirme nada.
Nora soltó una risa grave, dejó el bolso sobre la mesa y se sentó despacio, abriendo un poco las piernas como si aún le molestara el cuerpo después de tanto uso. Tenía más de sesenta, sí, pero también una seguridad obscena, de esas que vuelven más sexy a una mujer madura que cualquier ropa ajustada. Se sirvió café, me sostuvo la mirada y empezó a hablar.
—Fuimos cinco mujeres y cuatro hombres. Y no, no fue una cena inocente.
Conocía a varias de sus amigas. Clara, la anfitriona, era redonda, ruidosa, desvergonzada y dueña de una casa amplia donde nadie hacía preguntas. Elia, la homenajeada, se maquillaba como si cada salida fuera una declaración de guerra. Teresa era elegante, de culo grande y pasos lentos, con ese aire de señora impecable que engañaba a cualquiera. Inés, pequeña y nerviosa, se reía de todo y tocaba demasiado cuando bebía. Nora era la más nueva del grupo, la que todavía fingía escandalizarse mientras ya llevaba el deseo latiéndole entre los muslos.
—¿Y los hombres? —le pregunté.
—Cuatro viejos verdes muy útiles —dijo con una sonrisa—. Ramiro, alto y moreno, un cabrón con una polla gruesa y mucha resistencia. Darío, bajito, conversador, con unas manos expertas y una boca viciosa. Esteban, rubio, seco, el más bruto al coger. Y Julián, el mayor, canoso, lento para arrancar pero terco como un animal una vez se calentaba.
Me apoyé en la mesa, fascinada. Nora bebió otro sorbo y siguió.
—Al principio todo parecía una reunión cualquiera. Música baja, copas, bocaditos, risas sucias. Pero era puro teatro. Ellos llegaron tarde a propósito, para encontrarnos ya arregladas, ya mirándonos entre nosotras, ya calientes.
Según me contó, cuando los hombres entraron cargando hielo y botellas, la sala cambió de aire. Las miradas se pegaron a los escotes, a las piernas desnudas, a la curva de los culos apretados por las faldas. Ellos iban casi informales, como si la torpeza del aspecto hiciera más divertido lo que de verdad llevaban encima: ganas acumuladas, hambre vieja, costumbre de follar entre amigos sin demasiadas ceremonias.
—Me sentí ridícula los primeros minutos —admitió—. Como la novata. Como la única que no sabía bien qué hacer con las manos.
—¿Y qué hiciste?
—Beber. Y dejar que me miraran.
La imaginé de pie en esa sala, alta, aún hermosa, con las tetas grandes empujando el vestido y el culo firme para su edad, soportando las miradas como una actriz antes de salir al escenario. Nora sabía usar la vergüenza como otras usan perfume: la convertía en excitación.
—Clara se encargó de romper el hielo —dijo—. Se agachó a propósito delante de todos para recoger una servilleta que nadie había tirado. No llevaba bombacha. Así, sin más, nos mostró el coño y el culo como quien enseña una bandeja de canapés.
Me reí, y Nora asintió.
—Después de eso, ya nadie fingió decencia.
Empezaron los roces. Un brazo alrededor de una cintura. Una mano sobre una rodilla. Besos rápidos en la boca como bromas que dejaban de ser broma apenas duraban un segundo más. Darío fue el primero en pegarse a Nora por detrás cuando sonó un bolero viejo y varias parejas improvisadas se lanzaron a bailar en la alfombra.
—Me agarró la cintura y empezó a moverme contra él —me dijo—. Le sentí la polla dura en el culo antes de que me susurrara nada.
—¿Qué te dijo?
—«No vienes vestida así para hacerte la tímida».
Nora sonrió al recordar la frase. Me contó que no se apartó. Al contrario: echó el cuerpo hacia atrás y se frotó despacio contra aquella dureza mientras fingía seguir el ritmo de la música. Una mano de Darío le subió por el vientre hasta el pecho, apretándole una teta por encima del vestido. La otra le rozó el muslo, tanteando el corte lateral de la falda hasta encontrar directamente la piel.
—Ya estaba mojada —confesó sin bajar la voz—. Mucho antes de que me tocaran de verdad.
La fiesta se aceleró cuando Elia, la cumpleañera, se puso en medio de la sala con una copa en la mano y ordenó que dejaran de actuar como adolescentes. Entonces se quitó los tirantes del vestido, bajó la tela hasta la cintura y dejó las tetas al aire entre aplausos y silbidos. A esa edad las tenía llenas, pesadas, blandas; precisamente por eso, según Nora, se veían obscenamente reales, excitantes, disponibles.
—Ramiro fue a chupárselas de inmediato —dijo—. Se arrodilló delante de ella y le mamó los pezones como si llevara semanas sin probar mujer.
Elia le metió los dedos en el pelo y dejó que la chupara mientras Teresa se colocaba detrás de él para abrirle el pantalón. No tardó en sacarle la polla, grande y ya dura, y empezó a pajearlo delante de todos. Ahí fue cuando la reunión dejó de ser una fiesta y se volvió un desorden glorioso de cuerpos tocándose sin turnos ni pudor.
—¿Y tú? —pregunté, casi sin aliento.
—A mí me besó Inés.
Nora hizo una pausa corta, como disfrutando mi cara. Después siguió.
Inés la llevó hacia un sillón, le agarró la cara con las dos manos y la besó con una urgencia torpe pero sincera. Lengua, saliva, pequeños gemidos en la boca, aliento mezclado con vino y menta. Mientras se besaban, una de las manos de Inés le apretaba una nalga y la otra le bajó el tirante del vestido. Nora no esperaba empezar con una mujer, pero tampoco se resistió.
—Me metió la mano entre las piernas y me encontró empapada —dijo—. Se rió como una puta orgullosa.
—¿Te gustó?
—Me encantó. Porque no jugó a ser delicada. Me metió dos dedos de golpe y me miró a los ojos mientras lo hacía.
Nora apretó las piernas al recordar aquella parte. Según me contó, Inés la abrió más sobre el sillón y apartó la tela de la bombacha para frotarle el clítoris con la yema húmeda, en círculos lentos primero y luego más duros. Nora empezó a jadear. No por romanticismo ni por novedad, sino por la violencia simple y exacta de sentirse tocada donde más lo necesitaba, en medio de una sala llena de gente igualmente excitada.
Clara, desnuda de cintura para abajo, pasó delante de ellas llevando a Julián de la mano como si lo sacara a pasear. El viejo ya tenía la polla fuera y medio tiesa. Ella lo sentó en una silla, se arrodilló entre sus piernas y empezó a mamársela con una dedicación tan descarada que todos se quedaron mirando un momento. La polla iba creciendo en su boca, pesada, babosa, hasta ponerse dura del todo. Clara se separó un segundo solo para decir:
—¿Ven? Aquí nadie vino a dormirse.
Nora soltó una carcajada al repetirlo, pero enseguida volvió al relato. Inés ya la tenía casi desnudada cuando Darío se acercó por delante y le abrió el escote del vestido lo suficiente para sacarle una teta. Empezó a chupársela mientras la otra mujer seguía metiéndole dedos. Nora me dijo que ese momento le desordenó la cabeza: una boca en el pezón, una mano entre las piernas, otra mano propia agarrando el respaldo del sillón, y alrededor el sonido húmedo de otras mamadas, de besos, de carcajadas rotas por gemidos.
—Corrí la bombacha hacia un lado y le dije a Inés que no parara —confesó—. Ya no podía hacerme la señora.
Inés obedeció. Se arrodilló entre sus piernas, apartó la tela del todo y le metió la cara en el coño. Nora casi gritó al sentir la lengua directa, plana primero, luego más dura, subiendo y bajando desde la entrada hasta el clítoris. Darío aprovechó para meterle dos dedos mientras ella la chupaba, y ese doble estímulo la puso a temblar.
—Sentía los dedos entrar y salir, y la lengua dándome justo donde más ardía. No duré mucho. Me corrí ahí mismo, en el sillón, empapándole la boca.
—Joder —se me escapó.
—Eso dijeron todos cuando me oyeron.
Su primer orgasmo sirvió de señal para que el resto se soltara todavía más. Elia ya estaba tumbada en la alfombra con Ramiro entre las piernas, follándola despacio pero a fondo, mientras Teresa le besaba la boca y le pellizcaba los pezones. Clara seguía turnándose entre la polla de Julián y la lengua de Esteban, que le lamía el culo por detrás mientras ella mamaba. Inés no tardó en apartarse de Nora para subirse sobre la cara de Darío, y la sala se volvió una maraña de piernas abiertas, culos al aire y voces roncas pidiendo más.
—Yo estaba tan caliente que me levanté del sillón buscando polla —dijo Nora con una franqueza deliciosa.
La encontró enseguida. Esteban, el rubio, la agarró por la cintura y la empujó contra la pared. Ni siquiera perdió tiempo en besarla mucho. Le subió el vestido, le apartó la bombacha con brusquedad y le palpó el coño con dos dedos embarrados de saliva y lubricación ajena. Nora protestó por la fuerza del gesto, pero no para que parara, sino por puro reflejo.
—Me dijo: «Si estás mojada así, aguanta lo que sigue». Y me la metió.
Hizo una pausa, como si aún pudiera sentir la embestida.
—De una sola vez —añadió—. Hasta el fondo.
Apoyada contra la pared, con los tacones tambaleándole y las manos buscando dónde agarrarse, Nora recibió la polla de Esteban en secas, profunda, gruesa, sin paciencia. El golpe la hizo soltar un gemido corto que enseguida se volvió respiración entrecortada. Él empezó a follarla con un ritmo duro, sacando casi toda la polla y volviendo a meterla hasta hacer chocar los muslos contra su culo.
—No era elegante —me dijo—. Era puro meter y sacar. Y me encantó.
Esteban le sujetó una teta con una mano y el cuello con la otra, inclinándole apenas la cabeza hacia atrás. Nora sentía cómo la penetración se volvía más húmeda con cada embestida, cómo el coño se le abría para recibirlo mejor, cómo el ruido de carne mojada empezaba a mezclarse con los gemidos de los demás. A un lado, Elia seguía siendo follada en el suelo. Del otro, Clara se había puesto a cuatro para que Julián la penetrara mientras ella se masturbaba delante de todos.
—Entonces Ramiro vino por detrás y me metió los dedos en el culo —dijo Nora, bajando apenas la voz.
La frase me dejó quieta.
—¿Así, de golpe?
—Con saliva primero. No era un salvaje. Pero sí, rápido.
Nora me contó que abrió más las piernas por instinto cuando sintió el dedo húmedo rodeándole el ano, masajeando primero y luego entrando despacio mientras Esteban seguía follándole el coño sin aflojar. La combinación la desarmó. El coño apretando una polla, el culo cediendo a un dedo, una mano masculina retorciéndole el pezón, y la certeza brutal de que la estaban usando entre dos. Pidió más.
—No me mires así —se burló—. Le dije «otro» y me lo metió.
Ramiro añadió un segundo dedo, abriéndola con calma pero con firmeza, y Nora se corrió otra vez, esta vez gimiendo sin poder disimular nada. Esteban lo notó enseguida porque el cuerpo de ella se puso a temblar alrededor de su polla. Siguió embistiendo hasta que se vació con un gruñido sordo, sacándola a tiempo para correrse sobre el muslo y la nalga de Nora.
—Me dejó chorreando por todos lados —dijo—. Semen, sudor, lubricación... un desastre delicioso.
Después vinieron más cosas, y me las narró con un detalle obsceno, disfrutando cómo yo me iba quedando muda. Teresa había preparado un arnés con dildo para bromear con la cumpleañera, pero acabó usándolo de verdad. Tumbó a Elia sobre unos almohadones, le abrió las piernas y se puso a follársela despacio, empujando el dildo mientras Ramiro le daba a besar su propia polla a la mujer tumbada. Elia chupaba, gemía y recibía las embestidas de la otra mujer con la misma entrega, alternando saliva en la boca y placer entre las piernas.
Nora no se quedó mirando mucho tiempo. Darío la sentó en el brazo ancho del sofá y se arrodilló delante de ella. Le separó los muslos y se dedicó a lamerle el coño como si quisiera vaciarla. No era una lamida suave, me dijo. Era sucia, hambrienta, con la lengua entrando y saliendo, con pequeños mordiscos en los labios y succiones cortas en el clítoris que la hacían arquearse.
—Yo le agarraba la cabeza y me movía contra su cara —confesó—. A esa altura ya me daba igual todo.
Mientras Darío la comía, Inés apareció por detrás y le besó la espalda, le lamió el cuello y le metió una mano entre las tetas, apretándolas con descaro. Después bajó una mano hasta la boca de Nora y le ordenó:
—Chúpate los dedos.
Nora obedeció. Inés se los sacó húmedos y se los llevó al culo, metiéndole primero uno y luego dos mientras Darío seguía trabajando en su coño. Nora juró que así tuvo uno de los orgasmos más sucios de su vida: la boca abierta, el cuerpo doblado, las piernas temblando sobre el sofá, el coño latiendo en la cara de un hombre y el culo cediendo a la mano de una mujer.
—Acabé gritándole a todos que no pararan —dijo, entre avergonzada y orgullosa.
Y no pararon. La noche siguió girando de pareja en pareja, de trío en trío, de rincón en rincón. Hubo mamadas compartidas, culos en alto, chochos abiertos bajo la luz cálida del salón, manos llenas de saliva, dedos entrando donde hacía falta para mantener vivo a cualquiera. Julián tardaba en correrse, pero cuando por fin lo conseguía, lo hacía a chorros espesos sobre tetas o vientres. Ramiro era de los que podían ponerse duro otra vez al poco tiempo si una boca insistía. Esteban follaba con esa terquedad física de quien disfruta más el esfuerzo que la pose. Darío era el más versátil: chupaba, dedaba, metía la polla, volvía a usar la lengua, sin reclamar protagonismo pero dejando a todas temblando.
—¿Y tú con cuántos estuviste? —le pregunté.
—Con todos —respondió—. Y con dos de ellas.
No lo dijo con fanfarronería, sino con una serenidad casi divertida. Como quien enumera un menú probado entero por curiosidad y apetito. Me contó que más tarde, ya pasada la medianoche, se quedó a cuatro sobre la alfombra mientras Ramiro la penetraba por detrás. Esteban se puso delante para que lo mamara, y ella aceptó la polla en la boca al mismo tiempo que sentía las embestidas en el coño. Ramiro le agarraba las caderas con fuerza, metiéndosela hasta hacerla babear sobre la verga del otro.
—Esa posición me volvió loca —admitió—. Tener una polla entrando por abajo y otra llenándome la boca. No podía pensar en nada más.
Ramiro acabó dentro de ella esa vez. Lo sintió venirse caliente, hondo, con varias sacudidas profundas. Apenas salió, parte del semen le escurrió por los muslos. Esteban la levantó de la barbilla y le dijo que se tragara lo suyo también. Nora me sostuvo la mirada mientras lo contaba, sin pudor ninguno.
—Y me lo tragué todo.
La habitación parecía haberse encogido por la cantidad de calor, de olor a sexo y de cuerpos cansados pero insaciables. En un momento, las mujeres quedaron solas unos minutos mientras dos de los hombres iban al baño y los otros buscaban más bebida. Fue entonces cuando se produjo otra escena que Nora no pensaba olvidar.
Teresa la sentó en el suelo, le abrió las piernas y se arrodilló entre ellas. Inés se colocó detrás para besarla y masturbarle los pezones. Clara, desnuda y sudorosa, se tumbó a un lado para ofrecerle su boca. Entre las tres la hicieron correrse otra vez: Teresa lamiendo con paciencia, Inés metiéndole dedos, Clara besándola a la fuerza y dejándose tocar las tetas mientras se reían como colegialas viejas y obscenas.
—Ahí sí pensé que no iba a poder más —dijo Nora—. Pero el cuerpo siempre encuentra de dónde sacar otra calentura.
Cuando los hombres regresaron, la encontraron con el vestido arrugado en la cintura, las piernas abiertas y la cara desencajada de placer. Según ella, eso solo sirvió para que quisieran usarla otra vez. Y la usaron. Hubo otra ronda de folladas más lentas, más pesadas, con el cansancio metido en los músculos pero el deseo todavía vivo. Un rato en el sofá, un rato sobre una manta en el suelo, alguna mamada medio dormida que terminaba en carcajada. La orgía ya no tenía forma precisa; era solo una continuidad húmeda y desordenada.
Ya casi de madrugada, con la lluvia golpeando el techo del patio, los cuerpos empezaron a rendirse de verdad. Uno se quedaba dormido con la polla aún fuera. Otra despertaba con una mano en la teta ajena. Alguien iba al baño y volvía envuelto en una manta. Clara repartió café fuerte y restos de licor mientras todos seguían medio desnudos, oliendo a semen, sudor y perfume viejo.
—Dormí un rato con Julián roncándome en el hombro y Teresa pegada a mi espalda —dijo Nora—. Nunca pensé que algo así pudiera resultarme tan cómodo.
La miré en silencio. Ella sonrió con cansancio. La taza de café le temblaba apenas entre las manos.
—¿Te arrepientes?
—Ni un poco.
Después se levantó despacio y se acercó a la encimera. Yo seguía sentada, caliente solo de escucharla. Nora se volvió hacia mí con esa misma sonrisa torcida con la que había empezado la historia.
—Lo peor —dijo— es que mientras me follaban varias veces pensé en cómo te lo iba a contar.
Sentí un golpe seco en el vientre.
—No me jodas.
—No te jodo. Sabía que ibas a querer cada detalle. Y eso me excitó todavía más.
Se acercó hasta quedar frente a mí. Me acarició la mejilla con una ternura casi insultante después de todo lo que acababa de describir. Yo podía olerle el jabón reciente de la ducha mezclado con un fondo tenue, casi imaginario, de sexo de la noche anterior.
—Ahora ya sabes por qué llegué caminando raro —murmuró.
—Y por qué estás tan contenta.
—También.
Nos quedamos mirándonos un segundo largo. Afuera ya era pleno día. Adentro, en aquella cocina, el aire parecía haberse espesado con cada palabra suya.
—La próxima vez —dije al fin— quiero ayudarte a elegir el vestido otra vez.
Nora soltó una risa baja, satisfecha.
—La próxima vez —respondió— quizá no solo me ayudes a vestirme.
Y con eso se llevó la taza a los labios, como si acabara de decir la cosa más natural del mundo.
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