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Relatos Ardientes

La madura del parque me cobró de otra forma

Esa noche yo no esperaba nada fuera de la rutina. Un par de viajes más, algo de música baja, el olor limpio del coche recién aspirado y la cabeza ocupada en llegar al amanecer sin dormirme al volante. Llevaba semanas trabajando hasta tarde y mi vida sexual estaba muerta, simple y llanamente muerta. Mucho estudio, mucho cansancio y ninguna gana de aguantar citas vacías.

Entonces acepté aquel servicio.

La recogida era en una calle tranquila, medio vacía, de esas donde las farolas dejan más sombras que luz. Cuando la vi esperando en la esquina, entendí al instante que no era una pasajera cualquiera. Era una mujer madura, segura, con un vestido ajustado que no intentaba ocultar nada y una forma de sostener la mirada que te hacía sentir examinado.

Abrió la puerta del copiloto y se sentó a mi lado como si el coche también fuera suyo. El perfume llegó antes que sus palabras, cálido y envolvente, y después vi el cruce lento de sus piernas, la abertura del vestido y el borde de una media que asomaba apenas. No hizo falta que dijera nada. Ella sabía perfectamente lo que provocaba.

—Buenas noches —le dije, intentando sonar normal.

—Buenas noches —respondió con una media sonrisa, como si ya se hubiera dado cuenta de que yo la estaba mirando más de la cuenta.

Arranqué y marqué la ruta, aunque desde el primer semáforo tuve claro que aquella mujer no había salido de casa para un viaje cualquiera. No era sólo la ropa. Era su manera de moverse, de acomodarse el escote sin prisa, de inclinarse lo justo para hablarme y dejarme ver el encaje claro que llevaba debajo del vestido.

—Tu coche huele bien —dijo—. Limpio. Casi demasiado limpio para esta hora.

—Intento cuidarlo.

—Se nota.

Sus ojos se pasearon por el tablero, por mis manos en el volante y luego volvieron a mi cara. Yo sentí un calor incómodo en el cuello. No de vergüenza exactamente. Más bien de anticipación. Como si algo estuviera a punto de pasar y yo todavía no supiera qué.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Bruno.

—Bruno. —Repitió mi nombre despacio, probándolo—. Te queda bien.

Yo solté una risa torpe. Ella no.

—¿Y tú?

—Clara.

Dijo su nombre y luego, sin que yo se lo pidiera, añadió su edad. Lo hizo con orgullo, sin una sombra de inseguridad, como si supiera que el número sólo hacía más fuerte el efecto que tenía sobre mí. Lo consiguió. Había algo brutal en esa seguridad, en esa forma de ocupar el asiento como una dueña y no como una invitada.

—Pensé que serías más callado —me dijo después de un rato.

—Estoy manejando.

—No. Estás intentando no mirarme.

No supe qué contestar. Ella se rió muy bajito, cruzó otra vez las piernas y dejó que la tela subiera un poco más. Esta vez vi mejor la media, la piel por encima y una liga que asomó apenas un segundo. Se me endureció la polla casi al instante. Apreté el volante y seguí recto, fingiendo una concentración que ya no tenía.

—Llévame al parque del lado norte —dijo.

—La aplicación marca otra dirección.

—Cámbiala. Te voy indicando.

Había una calma mandona en su voz que me hizo obedecer sin discutir. Giré dos calles más abajo y tomé rumbo al parque. Durante el trayecto, ella siguió jugando. Se pasaba los dedos por el muslo, se acomodaba el vestido, giraba apenas el torso al hablarme y dejaba que yo la viera. No era una provocación inocente. Era un plan.

Cuando entramos en la zona arbolada del parque, me indicó un rincón apartado, casi oculto por unos arbustos y con una farola lejana temblando detrás. Apagué el motor y por un segundo sólo se oyó el tic del tablero enfriándose y nuestra respiración dentro del coche.

—Son quince con algo —dije, porque tenía que decir algo.

Clara giró hacia mí con lentitud. Se pasó la lengua por el labio inferior y apoyó una mano en mi muslo, justo encima del pantalón.

—Creo que dejé la cartera en casa.

Su mano no se movió. Al contrario. Apretó.

Yo la miré y ella sostuvo mis ojos, abierta, descarada, sin fingir sorpresa ni pudor. Luego separó un poco las piernas y subió el vestido hasta mostrar el borde de su ropa interior. Encaje claro, húmedo en el centro. Lo vi. Lo entendí. Y se me secó la boca.

—Podemos arreglarlo de otra forma —murmuró.

Su palma empezó a frotarme por encima del pantalón y sentí la polla endurecerse del todo, pesada, caliente, latiéndome contra la tela. Ella notó la reacción y sonrió con satisfacción.

—Así está mejor —dijo—. Ya sabía que no me equivocaba contigo.

—¿Siempre haces esto?

—No. Esta noche sí.

Metió la mano entre mi vientre y el cinturón, buscó el botón del pantalón y lo abrió con una tranquilidad insultante. Yo seguía mirándola como un idiota, medio tenso, medio fascinado. Me bajó la cremallera, apartó la tela del bóxer y sacó mi polla con una soltura que me dejó temblando.

—Nada mal, Bruno.

La sostuvo con firmeza, sin delicadeza innecesaria. Cerró la mano alrededor del tronco y empezó a pajearme despacio, desde la base hasta la punta, extendiendo con el pulgar la humedad que ya me brillaba. La sensación me golpeó directo al estómago. Solté aire por la nariz y apoyé la cabeza en el respaldo.

—Mírame —ordenó.

La miré. Ella mantenía la mano en mi polla y con la otra se apartó el vestido un poco más, enseñándome la curva del muslo, la liga y el encaje empapado entre sus piernas. No era una fantasía a medias. Era una mujer madura ofreciéndose y controlándolo todo.

—Si te la chupo, ¿vas a quedarte quieto o vas a comportarte como un desesperado?

—No lo sé.

—Más te vale portarte bien al principio.

Se arrodilló torpemente en el espacio del copiloto, inclinándose sobre mí. El escote se abrió delante de mi cara y vi el nacimiento de sus pechos apretados contra el sostén. Después me agarró la polla con una mano, le dio un par de pasadas lentas y sacó la lengua para lamer la punta.

Joder.

La primera lamida fue breve, apenas una prueba. La segunda fue más lenta, rodeando el glande con la lengua caliente y húmeda mientras su mano seguía marcando el ritmo. Sentí un tirón en las pelotas y tuve que morderme el labio.

—Así de sensible —susurró antes de metérsela en la boca.

Sus labios bajaron despacio, apretando lo justo. No chupaba como alguien tímido ni como alguien que quisiera verse bonita. Chupaba como una mujer que sabía exactamente cómo hacerte perder la cabeza. Bajó más, volvió a subir, giró la lengua alrededor de la punta, me sostuvo por la base y repitió el movimiento con más profundidad, más saliva, más ruido húmedo dentro del coche.

Yo le agarré el cabello por puro instinto, pero ella me apartó la mano sin dejar de chupar.

—Todavía no —dijo, sacándose mi polla de la boca para hablar—. Déjame usarte un poco.

Volvió a tragármela y esta vez no frenó. Su garganta trabajó, su boca subía y bajaba con hambre, y cada vez que levantaba la cara me dejaba verla llena de saliva, con la boca hinchada y los ojos clavados en mí. Era obsceno de la mejor manera. Ella misma aumentó el ritmo, alternando chupadas profundas con lamidas largas por debajo del tronco, hasta la base.

Mi respiración ya salía rota. Noté que me acercaba demasiado rápido.

—Voy a correrme —le advertí.

Clara se apartó un segundo, respirando fuerte, y se metió dos dedos en la braga. Los sacó brillantes y me mostró la humedad.

—Antes me vas a tocar.

Tomó mi mano y la llevó entre sus piernas. La tela estaba empapada. Cuando metí los dedos por debajo del encaje sentí el calor abierto de su coño, mojado de verdad, no apenas húmedo. Ella soltó un gemido corto y volvió a meterse mi polla en la boca mientras yo la tocaba.

Le abrí los labios con dos dedos y empecé a frotarle el clítoris. Se estremeció al instante. Entonces metí uno, luego dos, y ella gimió con mi polla todavía entre sus labios, tragándose el sonido. Sus caderas se movieron buscando más presión, más profundidad, y yo tuve que abrir mejor las piernas para darle espacio.

—Así, joder —murmuró al sacarse mi polla un instante—. Mételos bien.

Obedecí. Mis dedos entraron y salieron de su coño con un ruido húmedo que me volvió loco. Ella siguió chupándome con hambre, combinando boca y mano, y yo la follaba con los dedos mientras veía su ropa interior corrida a un lado y el brillo de su excitación en el encaje.

Fue demasiado. Me tensé entero, le avisé otra vez y esta vez no se apartó. Aceleró. Cerró la boca con fuerza, me apretó con la garganta y me hizo correrme. Me vacié en oleadas calientes que ella recibió hasta el final, tragando y lamiendo sin asco, sin prisas, como si saboreara su propio trabajo.

Cuando se incorporó, se limpió la comisura con el pulgar y me sostuvo la mirada mientras se llevaba ese dedo a la boca.

—Ahora sí —dijo—. Me toca a mí.

Yo estaba todavía jadeando, pero la erección no se había ido del todo. Al verla así, con el labial apenas corrido y los ojos brillantes, lo único que sentí fue más hambre. Clara empezó a bajarse del asiento, alisándose el vestido como si acabara de cerrar una reunión y no de tragarme la corrida dentro del coche.

Entonces entendí que si la dejaba recomponerse, el momento se rompía. Le agarré la muñeca.

—No he terminado contigo.

Me miró con sorpresa y luego sonrió, pero ya no con la seguridad tranquila del principio. Esta vez había interés de verdad. Bajé del coche, rodeé el frente y le abrí la puerta del copiloto.

—Sal.

—¿Ahora mandas tú?

—Sal y lo averiguas.

Bajó sin discutir. La guié hasta el capó y la giré para dejarla inclinada contra el metal. El coche todavía conservaba algo de calor y ella apoyó las manos con un jadeo corto, tanto por el frío de la noche como por lo evidente de la postura. Le subí el vestido hasta la cintura y me encontré el culo enmarcado por las medias y las ligas, duro, redondo, apretado contra la braga de encaje mojada.

Se la aparté a un lado sin delicadeza. Su coño estaba brillante, abierto, pidiendo. Le metí dos dedos de golpe y Clara se echó hacia delante, mordiéndose un gemido.

—Joder...

—Pídelo bien.

Saqué los dedos, se los pasé por el clítoris y luego volví a hundírselos más hondo. Ella movió las caderas hacia atrás, buscando mi mano con desesperación.

—Fóllame —dijo—. No me hagas esperar.

Me bajé el pantalón y el bóxer lo justo. La polla seguía dura, aún sensible por la mamada y la corrida reciente, pero lista. Me la sujeté, la pasé entre sus labios empapados y empujé despacio al principio, sintiendo cómo me tragaba.

Clara soltó un gemido ronco cuando la punta entró. Empujé más. Luego más. Hasta el fondo. Se quedó quieta un segundo, llena de mí, y yo tuve que apretar los dientes para no correrme otra vez al instante.

—Mierda, qué apretado —solté.

—No hables y muévete.

Eso hice. Empecé con embestidas cortas, firmes, sintiendo el golpe de mis caderas contra su culo y el balanceo de sus muslos tensos bajo las medias. El coche se sacudía un poco con cada choque. El ruido húmedo de su coño tragándome se mezcló con sus jadeos y con el crujido de las hojas alrededor.

Le agarré el pelo y tiré de él para arquearla más. Con la otra mano le apreté una teta por encima del vestido, bajando luego para encontrarle el clítoris. En cuanto empecé a frotárselo, su cuerpo se puso a temblar.

—Así, así, no pares —jadeó—. Más fuerte.

Le obedecí. La follé con más rabia, más profundo, dejando que el sonido de las embestidas rompiera el silencio del parque. Clara ya no fingía control. Gemía abierto, se agarraba al capó, empujaba el culo hacia mí cada vez que me retiraba y me recibía con ansia cada vez que volvía a meterme.

—Te gusta que te follen aquí, ¿no? —le dije al oído, tirándole del cabello para obligarla a girar la cara.

—Sí.

—¿Así, en público?

—Sí, joder. Sí.

El morbo de verla doblada sobre mi coche, con el vestido hecho un montón en la cintura y la braga colgando de una pierna, me disparó de nuevo la excitación. Metí la mano por delante, le encontré el coño chorreando y me llevé dos dedos a la boca. Sabor salado, caliente. Ella me miró por encima del hombro con una expresión de puro vicio.

La saqué de golpe y la giré hacia mí. Nos besamos con violencia, lengua contra lengua, respiración rota, saliva mezclada. Aproveché para bajarle un tirante del vestido y luego el otro. El escote cedió. Le saqué un pecho, luego el otro. Los pezones estaban duros y oscuros bajo la luz sucia de la farola lejana.

—Muéstramelas bien.

Clara no dudó. Se bajó el sostén hasta la cintura y me ofreció el pecho con descaro, respirando fuerte. Agarré una teta con una mano y la apreté con ganas. Con la otra pellizqué el pezón hasta que ella soltó un jadeo casi dolido.

—Otra vez —pidió.

Lo hice, y luego me agaché para lamerlo, chuparlo y morder apenas alrededor. Ella me sostuvo de la nuca, apretando. Alterné un pecho y otro, dejándolos húmedos, sensibles, brillantes. Después la volví a girar y la empujé unos pasos más allá del coche, hasta una zona donde los árboles cerraban mejor la sombra.

***

La apoyé contra un tronco. La corteza le rozó la espalda desnuda cuando terminó de bajarse el vestido hasta la cintura. Abajo seguía con las medias, las ligas y la braga corrida a un lado. Arriba tenía los pechos al aire, subiendo y bajando con cada respiración. Se veía indecente y preciosa a la vez.

—Si alguien pasa... —empezó a decir.

—Que mire.

Sus ojos se encendieron con eso. No era miedo lo que había ahí. Era puro exhibicionismo. Le metí una mano entre las piernas y la encontré todavía más mojada que antes. Ella abrió más las rodillas sin que se lo pidiera.

—Tu coño está chorreando —le dije—. Parece que llevas toda la noche esperando que te usen.

—Entonces úsame.

Le bajé la braga hasta los tobillos y la dejé atrapada sobre los tacones. Después la levanté un poco por un muslo, colocándola mejor contra el árbol. Le pasé la polla por la raja lenta, mojándome más, y se la metí otra vez con un empujón firme que le arrancó un grito corto.

La follé de frente primero, agarrándola por el culo, levantándola apenas con cada embestida. Sus pechos rebotaban delante de mi cara y yo me incliné para chupar uno mientras seguía entrando y saliendo de su coño. El árbol le raspaba la espalda, mis caderas le golpeaban el pubis y ella parecía gozar cada contraste.

—Más duro —decía entre jadeos—. No me cuides.

Le mordí el cuello, la giré de nuevo y la obligué a apoyar las manos en el tronco. Le separé las piernas con la rodilla, me coloqué detrás y volví a hundirme hasta el fondo. En esa postura la sentí abrirse del todo para mí. El sonido húmedo fue todavía más obsceno. Yo ya no pensaba en nada más que en follarla.

Le di nalgadas secas, no demasiado fuertes, sólo lo justo para verle la piel enrojecer y escucharla jadear más alto. Después le apreté el culo con ambas manos y empecé a embestirla con un ritmo duro, constante, casi brutal. Ella se aferró al árbol y arqueó la espalda todo lo que pudo.

—Eso, así —dijo, con la voz rota—. Fóllame como quieras.

Yo le deslicé una mano por el vientre hasta encontrarle otra vez el clítoris. Se lo froté en círculos rápidos, apretando al compás de cada embestida. Clara empezó a temblar de verdad. Notaba las piernas flojearle, el coño apretándome cada vez más, el cuerpo entero tensándose en oleadas.

—No pares, no pares, no pares...

Entonces escuchamos ruido entre los arbustos. Un arrastre, el golpe de algo metálico, pasos torpes sobre hojas secas. Clara giró la cabeza, alarmada, pero yo le cubrí la boca con la mano.

—Quieta —le dije al oído—. Y aguanta.

La silueta de un hombre apareció a unos metros, recortada apenas por la luz de una farola. Iba encorvado, rebuscando entre sombras, sin mirarnos del todo. El corazón me golpeó fuerte en el pecho, pero no me detuve. Al contrario. Seguí follándola mientras mantenía mi mano sobre su boca y sentía sus gemidos chocar contra mi palma.

Ese riesgo nos volvió locos a los dos.

Clara me apretó con tanta fuerza que tuve que contenerme para no correrme. Sus pezones rozaban la corteza al moverse, su respiración salía frenética por la nariz y su cuerpo entero temblaba bajo mi agarre. El tipo de los arbustos se agachó, recogió algo del suelo y siguió hurgando sin acercarse más.

Yo bajé la mano de la boca de Clara a su cuello, sujetándola con firmeza, no para ahogarla sino para hacerle sentir el control, y seguí empujando duro, más hondo, más rápido. Ella soltó un gemido descompuesto y se corrió de golpe, con una sacudida brutal. Su coño se contrajo alrededor de mi polla una y otra vez, exprimiéndome, mojándome más, y casi me arrastró con ella.

—Joder, sí... —alcanzó a decir antes de que volviera a cubrirle la boca.

El hombre de las sombras se incorporó. En su mano llevaba algo claro. Tardé un segundo en reconocerlo: el sostén de Clara, que debió de haber caído antes cerca del coche. Se lo quedó mirando y luego se lo guardó entre la ropa sin decir nada. Clara lo vio. Noté el estremecimiento que le recorrió el cuerpo de pies a cabeza.

Vergüenza y morbo. Todo junto.

Yo también lo vi, y en vez de frenar, la agarré más fuerte de las caderas y la follé como si quisiera marcarla por dentro. Clara ya estaba sensible, pero el robo del sostén, el riesgo de que aquel desconocido imaginara lo que hacíamos, la empujó a otro nivel. Volvió a contraerse y a gemir en mi mano.

—Te pone —le susurré—. Te excita que alguien se lleve tu ropa mientras te estoy reventando el coño.

Asintió como pudo.

Eso me remató. Le di unas cuantas embestidas más, torpes de lo cerca que estaba, y me corrí dentro de ella con un gemido ahogado, clavándome hasta el fondo mientras mi semen le llenaba el coño en pulsos calientes. Ella siguió temblando, apretándome, con la frente apoyada en el árbol y las piernas a punto de ceder.

Nos quedamos así unos segundos, respirando como animales. Yo enterrado en ella. Ella abierta, chorreando, sostenida por el tronco y por mis manos.

Cuando salí, vi cómo parte de mi corrida se mezclaba con su humedad y le resbalaba por el muslo. Clara soltó un gemido bajo al sentirlo. Me di cuenta de que no estaba saciada, sólo exhausta por un momento. Esa mujer había salido a buscar algo crudo, y lo había encontrado.

La giré con cuidado. Tenía el pelo deshecho, la boca hinchada, el pecho enrojecido por mis mordidas y los ojos brillantes. Se veía feliz. Muy feliz.

—No puedo creer que hiciera esto —dijo, pero sonó más orgullosa que arrepentida.

—Sí puedes.

Se rió, todavía sin aliento.

La ayudé a liberarse de la braga atrapada en los tobillos y a subirse el vestido. Buscamos con la mirada el sostén, pero ya no estaba. Ella negó con la cabeza, todavía impresionada por el robo, y luego se mordió el labio de una forma que me dejó claro que la escena seguiría dándole vueltas durante días.

Me quité la camisa y se la puse sobre los hombros. No por pudor. Por puro instinto. La cubrió apenas, abierta por delante, con el vestido mal acomodado y las piernas marcadas por las ligas. Seguía viéndose como un pecado andante.

—Toma —le dije—. Hasta que llegues a casa.

—¿Y tú?

—Yo voy bien.

Clara me miró un momento en silencio. Después apoyó la mano en mi pecho desnudo y me acarició despacio, como si verificara que aquello había sido real.

—Pensé que iba a usarte para cumplir un capricho —confesó—. Pero resultó que tú también sabías morder.

—Llámalo equilibrio.

Sonrió con una satisfacción tranquila, de esas que no se improvisan. Caminamos de vuelta al coche sin prisa, oyendo todavía el viento entre los árboles y con el eco de lo que acababa de pasar pegado al cuerpo. Cuando se sentó otra vez en el copiloto, abrió un poco más las piernas y soltó un suspiro largo, notando seguro la mezcla de humedad y semen entre los muslos.

Yo me acomodé al volante, encendí el motor y dejé la calefacción baja.

—Esto no fue una tarifa —dije, mirándola un segundo antes de salir del parque—. Fue otra cosa.

—Lo sé.

—Y si quieres repetir, no vuelvas a dejar la cartera en casa por casualidad. Mejor dímelo de frente.

Clara giró la cara hacia mí. La sonrisa que me regaló esta vez no era de cazadora ni de mujer que juega a controlar la situación. Era la de alguien que había encontrado exactamente lo que fue a buscar.

—La próxima vez —murmuró— no te voy a pagar sólo con la boca.

Sentí otra vez el tirón en la polla, todavía sensible, y apreté el volante para no reírme como un idiota. La dejé en su destino media hora después. Antes de bajar, se inclinó, me besó despacio y me mordió el labio.

—No borres mi viaje de tu memoria, Bruno.

—Imposible.

Cerró la puerta, se acomodó mi camisa sobre el cuerpo y caminó hacia el edificio sin mirar atrás. Yo me quedé unos segundos viendo cómo desaparecía, todavía con el olor de su perfume, de su sexo y de la noche pegados en el coche.

Después arranqué de nuevo. Pero ya no era un turno más.

Era la clase de noche que se te mete debajo de la piel y se queda ahí, recordándote que a veces una mujer madura puede subir a tu coche, mirarte como si ya supiera lo que vas a hacerle, y convertir un viaje cualquiera en la follada más sucia y viva de tu puta vida.

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Comentarios(6)

PatoBQ

buenisimo!!! se hizo cortisimo, queria mas

Karina_Rosario

Tremendo relato, por favor continualo. Quede enganchada desde el principio y el final me dejo con ganas de saber que paso despues.

pampero84

jajaja el giro del comienzo no me lo esperaba para nada. muy bueno

SantiagoBA07

Me recordo a una situacion parecida que me paso hace años en un viaje, aunque nada tan interesante jaja. Muy bien contado, se siente real.

GerardoNqn

Excelente!!! de los mejores en esta categoria

NightReader86

Me quedo la duda si fue algo real o pura fantasia... se siente muy creible. Buen relato!

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