El amo que mi novia jamás dejó de desear
Llevábamos una semana sin hablarnos cuando me escribió: «Damián viene esta tarde». No supe qué hacer salvo quedarme pegado a la ventana mientras lo veía cruzar la calle.
Llevábamos una semana sin hablarnos cuando me escribió: «Damián viene esta tarde». No supe qué hacer salvo quedarme pegado a la ventana mientras lo veía cruzar la calle.
Cuando vi a Iván levantar el celular y sonreír supe que el simulacro había sido una trampa. Y que no iba a salir entera de aquel subsuelo.
No había hecho nada mal. Aun así, mientras fregaba el suelo de rodillas, sentí que mi cuerpo le pertenecía más que nunca.
Cuando se me llenó la casa de humo y volví a llamarlo, supe que esa tarde no iba a terminar solo arreglando la chimenea. Su mirada ya me había desnudado dos veces.
Bajé al salón con mi falda de colegiala lista para sorprenderla. No esperaba encontrarla desnuda, con un arco en la mano y una sonrisa que lo cambió todo.
Cerramos la puerta, encendimos la consola y mi hermano se recostó sobre mis piernas con esa sonrisa nerviosa que solo le sale cuando guarda algo que se muere por contar.
Cuando abrí los ojos esa mañana, no estaba en mi habitación. Estaba completamente desnudo en una cama que olía a alguien con quien jamás debí pasar la noche.
Cuando la puerta de madera de mi celda crujió pasada la medianoche, supe que era él. Cerré los ojos. No vine al convento huyendo del mundo: vine huyendo de lo que sentía por ese hombre.
Abrió la puerta en camisón blanco, descalza. Mi novia dormía en la otra habitación y mi mejor amigo seguía en la terraza. Yo no atiné a moverme.
La idea fue suya: probar algo nuevo para reavivar la pareja. Cuando vi cómo lo miraba desde el fondo del salón, supe que esa noche yo ya había perdido.
Cuando él me dijo que invitara al director, supe lo que iba a pasar. Lo que no sabía era cuánto iba a gozar mientras mi marido nos miraba desde el sofá.
Cuando se quitó la camiseta en mi sala, reconocí el tatuaje que mi mujer agrandaba en la pantalla cada noche. El single anónimo estaba ahí, sudado y sonriendo.
En el bar del aeropuerto solo quedaba un asiento libre. Lo ocupé sin saber que esa pelirroja sentada frente a mí estaba a punto de demolerme la vida entera.
Mateo me prometió que vigilaría todo desde su mesa, pero cuando dos desconocidos empezaron a acariciarme al mismo tiempo, su silencio me asustó tanto como sus manos.
Tres semanas de audios negociando límites. Esa noche llegué a su loft con las muñecas listas para la cuerda y un sí que iba a aprender a matizar.
Llevaba años escribiendo fantasías que jamás contaría en voz alta, hasta que un desconocido me escribió: «Quiero mostrarte que esa habitación que describes es real».
Cuando me agarró de la muñeca y me arrastró al baño del bar, supe que esa señora de la oficina ya no volvería a ser solo mi jefa el lunes por la mañana.
Me dijeron que era la jefa más amargada de la empresa, una viuda que detestaba a los hombres. Lo que no sabían es que yo no acepto un no cuando huele a desafío.
Llevaba veinte minutos con el periódico cuando la vi cruzar la puerta. Botas altas, vestido camuflaje, una sonrisa que no era casual. Tenía el tiempo justo de una llamada para abordarla.
Solo había pasado a saludar antes de salir de compras. No esperaba que el hijo de mi amante apareciera en el baño con el celular en la mano.