Morimos el mismo día y elegimos pasar la eternidad juntos
Cuando abrí los ojos en aquella suite de mármol negro, ella estaba ahí, desnuda, mirándome como si me conociera desde siempre. Y tal vez la muerte fue mi mejor accidente.
Cuando abrí los ojos en aquella suite de mármol negro, ella estaba ahí, desnuda, mirándome como si me conociera desde siempre. Y tal vez la muerte fue mi mejor accidente.
Llevábamos años de matrimonio cuando me confesó que su mayor fantasía no era con otro hombre. Era conmigo y otra mujer. Y tenía a la candidata perfecta esperando.
Aquella tarde junto a la piscina, los pechos desnudos de su cuñada le encendieron una llama que ya no podría apagar antes del amanecer.
Le dije a mi novio que solo bailaría con las chicas, pero cuando vi ese nombre en la pantalla, mi cuerpo decidió por mí antes de que mi cabeza pudiera detenerlo.
La puerta de la enfermería se abrió y supieron que estaban perdidas. Pero la conversación que siguió cambió por completo lo que la teniente y la hija del capitán esperaban.
Cuando se probó el brasier nuevo, las manos de su cuñada no buscaban acomodarlo. Buscaban averiguar cuánto podía resistir Sofía sin apartarlas.
El vibrador zumbaba dentro de mí mientras él controlaba el ritmo desde la mesa del fondo. Sabía exactamente qué clase de hombres traería a casa esa noche.
Cuando Ricardo me explicó qué quería hacer conmigo y con sus cinco amigos en la casa de campo, debí decirle que no. Lo pensé seis días antes de aceptar.
Camila ya estaba sobre la cama cuando entré. Me miró con esa sonrisa de quien sabe algo que tú aún ignoras, y entonces el Amo cerró la puerta detrás.
Cerró la puerta de la consulta, bajó la persiana y le miró con una sonrisa que no era profesional. Mateo no había venido al hospital por eso.
Cuando doña Hilda abrió la puerta y nos miró de arriba abajo, supe que esa noche junto al fuego nos costaría mucho más que un techo seco.
Cuando le metí la mano debajo de la remera, sentí los ojos de su mejor amiga clavados en mí desde el sillón. Y en lugar de frenar, me excité más.
Pensé que todos dormían cuando me metí desnudo en la piscina. Hasta que escuché la puerta de la cocina y vi su silueta acercándose, sin prisa por desviar la mirada.
Subir a un auto desconocido y ofrecer mi boca como pago era el plan. Pero cuando los pinos se movieron, supe que esa tarde alguien iba a ver más de lo que yo había pagado.
Llevábamos meses en una rutina cómoda. Aquella tarde en el pinar, con otra pareja a tres metros, mi novia decidió que ya estaba bien de esperar a que yo lo hiciera todo.
Bajé hasta el colchón del piso, me tapé con la sábana y empecé a torturarlo en silencio. No imaginaba que la puerta de mi cuarto se abriría en el peor momento.
Cuando entré al piso once, los cuatro me esperaban con copas en la mano. Sobre la mesa, cuatro sobres y cuatro cajas. Sebastián sonrió: esa noche cobraría caro.
La primera vez que entré en su casa supe que algo cambiaría. No imaginé que esa misma noche me regalaría unas bragas negras y un nombre nuevo que aún guardo en el fondo del cajón.
El sol nos quemaba la piel desnuda mientras Damián me abría sin clemencia, y en el agua, a pocos metros, mi madre descubría que también ella tenía hambre.
Lo planeé desde el primer minuto en que la vi entrar al ático. Cada propuesta era más cara que la anterior, y ella, sin saberlo, ya había dicho que sí con la mirada.