Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Las cámaras del jacuzzi y la pareja vecina

Mi esposa no se llama como en aquella historia ni yo tampoco, pero la escena sigue grabada en mi cabeza con una nitidez obscena. Ella, Vera, rondaba los cuarenta, llevaba el cabello oscuro por los hombros y tenía ese cuerpo que no necesitaba adornos: tetas llenas, cintura firme y un culo trabajado a base de gimnasio que a mí me volvía imbécil. Yo, Darío, algo mayor que ella, había cambiado la barriga por músculo decente y una polla que, al menos por la forma en que Vera la buscaba, seguía dando la talla de sobra.

Llevábamos tiempo metidos en el ambiente. Empezó como una fantasía torpe, siguió con un intercambio con una pareja amiga y terminó convirtiéndose en una costumbre que nos excitaba más de lo que estábamos dispuestos a admitir delante de cualquiera. Nos gustaba mirar, que nos miraran, provocar, jugar con otros cuerpos sin dejar de reconocernos en medio del desorden.

Yo además llevaba semanas con una idea fija: grabarnos. No para presumir ni para enseñárselo a nadie, sino por puro morbo. Ver después cómo se movía Vera cuando follaba, cómo abría la boca al correrse, cómo se le endurecían los pezones cuando alguien la miraba, me ponía enfermo de ganas.

El viaje nos dio la excusa perfecta. Unos conocidos nos dejaron su apartamento en una gran ciudad durante un fin de semana. Tenía terraza amplia, césped artificial, un juego de sofás bajos y, en una esquina, un jacuzzi que parecía diseñado para que alguien acabara follando dentro. En mi maleta llevaba dos cámaras pequeñas, discretas, inalámbricas, y la intención de estrenarlas allí mismo.

En cuanto entramos, Vera recorrió el lugar con ojos hambrientos. Se asomó a la terraza, vio el jacuzzi y se giró hacia mí con esa sonrisa que siempre era una advertencia.

—Ni deshago la maleta —dijo—. Yo me meto ahí ahora mismo.

Mientras ella iba al dormitorio a quitarse la ropa, yo coloqué una cámara en un estante alto de la habitación principal y comprobé desde el móvil que enfocaba bien la cama. La otra me la llevé encendida a la terraza. La acomodé entre unas toallas, apuntando al jacuzzi con el ángulo suficiente para no perder detalle.

Cuando salí, Vera ya estaba desnuda dentro del agua. Las burbujas le golpeaban las tetas desde abajo, haciéndolas temblar. Tenía la cabeza apoyada hacia atrás, los ojos cerrados y las piernas apenas abiertas bajo el agua. Saber que podían verla desde otra terraza y que además la estaba grabando me endureció la polla al instante.

Me desnudé sin decir nada y entré con ella.

—Ya empiezas con esa cara —murmuró, sin abrir los ojos.

—El jacuzzi me pone malo —le contesté, acercándome—. Y más si estás así de abierta.

Le agarré una teta con la mano derecha y empecé a sobarle el pezón entre dos dedos. Ella soltó una risa breve, pero al notar mi polla dura rozándole el muslo cambió la expresión.

—Tenemos que salir luego —dijo.

—Entonces habrá que hacerlo rápido.

Su mano bajó al agua y encontró mi verga enseguida. La envolvió con los dedos y empezó a pajearme despacio, mirándome ya sin disimulo.

—Uno rápido —susurró—. Pero nada de hacerte el artista.

Me senté en el borde del jacuzzi, acomodado para que la cámara pillara bien la escena, y le aparté el pelo de la cara. Vera se puso de rodillas entre mis piernas y me agarró la polla con una seguridad que todavía hoy me sigue poniendo duro solo de recordarla. Primero lamió la punta, despacio, mirando hacia arriba para ver mi reacción. Luego abrió más la boca y me la fue tragando entera, centímetro a centímetro, hasta que le choqué en la garganta.

—Joder —solté, agarrándole el cabello—. Así, sí. Trágatela toda.

Ella respondió con un gemido ahogado, manteniéndome dentro de la boca mientras su lengua se movía por debajo del glande. Subía hasta dejarme húmedo y volvía a bajar despacio, apretando con los labios. Cuando empezó a meterme y sacarme a un ritmo más fuerte, las burbujas del agua le golpeaban las tetas y yo no sabía si mirar su boca trabajando o esos pezones tiesos balanceándose delante de mí.

Le tiré del pelo con cuidado para apartarla.

—Date la vuelta. Apóyate ahí.

Vera se giró y se inclinó sobre el borde con el culo levantado. El agua le resbalaba por la espalda y le abría los muslos justo lo suficiente. Le separé las nalgas con las dos manos y me encontré el coño ya hinchado, mojado, abierto para mí. Metí la lengua de abajo arriba, larga, lenta, saboreándola entera. Ella pegó un respingo y se agarró las tetas con las manos.

—No pares —jadeó—. Sigue, cabrón, sigue.

Le lamí el clítoris con la punta de la lengua, rápido, y luego bajé otra vez al coño, metiendo la lengua dentro mientras un dedo buscaba su culo. Vera empujaba las caderas hacia atrás, restregándose contra mi cara, cada vez con menos vergüenza y más necesidad. El agua salpicaba fuera del jacuzzi con cada movimiento.

—Me corro —dijo con la voz rota—. Joder, me corro.

Y se corrió de verdad. Le temblaron los muslos, se le cerró el coño sobre mi lengua y empezó a gemir con pequeños espasmos, como si la descarga le saliera a golpes.

No me dio tiempo ni a limpiarme la boca. Me empujó hacia atrás, me hizo recostarme y se montó sobre mi polla en cuanto la guio hasta su entrada. Bajó de una vez, entera, hasta el fondo. Los dos soltamos un sonido bronco al mismo tiempo.

—Así te quería —murmuró.

Empezó a cabalgarme con las manos en mi pecho, subiendo y bajando con hambre. Yo tenía sus tetas a la altura de la boca y se las chupé sin delicadeza, alternando una con otra, mordiéndole los pezones mientras ella me follaba. Le agarré el culo con una mano y con la otra le metí un dedo en el ano, presionando primero por fuera hasta que lo noté ceder.

—Sí, ahí —jadeó—. Mételo bien.

Cambió la postura y se giró, dándome la espalda mientras seguía montada en mi verga. Así pude hundirle el dedo más a fondo en el culo mientras ella se empalaba sola, haciendo chocar su culo contra mi pelvis una y otra vez. Verla así, a horcajadas sobre mí, grabada, al aire libre, me disparó el morbo hasta el límite.

Nos corrimos casi a la vez. Ella se quedó quieta un momento, sentada sobre mi polla, apretándome dentro con el coño todavía temblando. Luego se levantó, se pasó una mano por el pelo mojado y sonrió como si no acabara de tragarse y montarse una salvajada en una terraza ajena.

—Ahora sí —dijo—. A la ducha.

En cuanto se fue, yo agarré el móvil y revisé la grabación como un puto adicto. Se veía todo: su boca tragándome, mi cara enterrada entre sus piernas, su culo cuando se dio la vuelta, sus tetas rebotando cuando me cabalgaba. Y entonces, en una esquina del encuadre, algo me pasó desapercibido en ese momento. Una sombra alta, por encima de la separación lateral de la terraza.

No le di importancia todavía. Guardé la cámara, me duché y salimos.

Al volver por la noche, ya en la cama, enlacé el móvil con la televisión y le dije a Vera que tenía una sorpresa.

—¿Qué has hecho ahora?

Cuando empezó el video, tardó unos segundos en reconocer la escena. Luego se vio a sí misma tragándome la polla en primer plano y me soltó un manotazo en el brazo.

—Serás hijo de puta. Nos grabaste.

—Y quedó de lujo.

Insultó otra vez, pero no apartó la vista. Al contrario: se acercó más a mí y empezó a acariciarme el muslo mientras seguíamos viéndonos follar. Yo notaba cómo me iba creciendo otra vez y cómo a ella se le espesaba la respiración cuando se vio montándome.

—Espera —dijo de pronto—. Retrocede un poco.

Volví atrás en la imagen hasta que me detuvo con la mano.

—Ahí. Mira arriba.

Entonces lo vi. Asomada por encima de la pared divisoria, una mujer nos había estado mirando. Se veía parte de la cara, el pelo claro y la cabeza quieta, clavada en nosotros mientras follábamos como animales en el jacuzzi.

—No me jodas —murmuré.

Vera soltó una carcajada incrédula.

—La vecina no se perdió nada.

Nos quedamos un rato viendo el resto con esa información nueva, más calientes todavía al pensar que no habíamos estado solos. Esa noche follamos otra vez en la cama, sin cámaras, pero con el mismo morbo. Vera me la chupó hasta dejarme al borde, se subió a mi cara para que le comiera el coño y luego me pidió que se la metiera por detrás mientras me decía al oído lo mucho que le ponía imaginar a la vecina tocándose al otro lado de la pared. Acabé corriéndome sobre su vientre, y ella se masturbó con mis dedos hasta volver a correrse mirando la pantalla apagada de la tele.

***

A la mañana siguiente desayunábamos en la terraza cuando oímos voces al otro lado. Vera me hizo un gesto para que callara.

La mujer le contaba a un hombre que había oído ruidos la tarde anterior, se había asomado y nos había visto follando en el jacuzzi. Él se reía y le decía que ahora entendía el ataque de ganas con que lo recibió al volver a casa. Ella no se cortó: admitió que vernos le había dado un calentón brutal.

Nos miramos y sonreímos al mismo tiempo. Vera dejó la taza, se levantó sin hacer ruido y cerró la puerta de la terraza con un golpe seco para que nos oyeran.

—Cariño —dijo en voz alta—. Me apetece otro baño como el de ayer.

—Dame dos minutos y voy contigo.

Entré al apartamento, agarré las dos cámaras y las coloqué con más cuidado que el día anterior. Una enfocando el jacuzzi de frente; la otra, desde un lado, con ángulo suficiente para capturar también la pared divisoria. Si iban a mirar otra vez, yo quería tenerlo grabado.

Vera ya estaba desnuda dentro del agua cuando salí. Me metí con ella hablando deliberadamente alto.

—Seguro que los dueños le han sacado partido a esto.

—Y si alguien los hubiera visto, tampoco se habrían muerto —contestó ella, siguiéndome el juego.

Durante unos segundos no se oyó nada. Luego un pequeño arrastre. Algo se movía al otro lado, pegado a la separación.

Vera se me montó encima de espaldas a la pared. Yo pude ver por encima de su hombro cómo aparecían dos cabezas ahora, no una. Un hombre y una mujer, asomados sin la menor intención de disimular.

Le metí dos dedos a Vera en el coño y se los moví despacio, abriéndola, para que los vecinos vieran bien cómo se le escapaba el gemido. Luego le aparté una nalga y le acaricié el culo con la yema del pulgar. Ella gimió más fuerte y se arqueó.

Levanté la vista y los pillé mirándonos de frente. Esta vez no se escondieron.

—Uy. Hola —solté.

Vera se apartó un poco, sin cubrirse.

—Si quieren una copa, pueden pasar —dijo con toda tranquilidad.

Se miraron entre ellos. Tardaron apenas un segundo en aceptar.

Yo me puse un bañador para abrirles la puerta, aunque ya estaba claro que la tela era puro trámite. Él se presentó como Bruno, moreno, fibroso, de sonrisa nerviosa. Ella, Lidia, rubia, pelo corto, cuerpo delgado y una mirada mucho más sucia de lo que su timidez inicial quería aparentar.

Cuando salimos a la terraza, Vera se había puesto solo la parte baja de un bikini y una camiseta mojada encima. Los pezones se le marcaban de tal forma que no hacía falta imaginación. Bruno no sabía dónde mirar; Lidia, en cambio, me buscó la entrepierna en cuanto me senté.

Charlamos primero con bebidas en la mano, fingiendo normalidad. Pero aquella falsa cortesía duró poco. Había demasiada electricidad entre los cuatro.

—Si quieren meterse —dijo Vera—, no se corten.

Lidia sonrió con descaro contenido.

—¿No molestamos?

—En absoluto —respondí.

Entraron al agua con traje de baño, pero las manos no tardaron ni un minuto en desaparecer bajo la superficie. Yo me excusé un instante y fui a comprobar en el móvil que las cámaras seguían grabando. Desde el salón vi la imagen en directo: Bruno besaba a Lidia y le apretaba un pecho mientras ella le metía la mano dentro del bañador. Volví haciendo algo de ruido para avisarles.

Vera me recibió con una frase lanzada al aire.

—Nosotros preferimos meternos desnudos. Si les incomoda, lo dejamos.

—Para nada —dijo Bruno demasiado deprisa.

Vera se levantó y se quitó la camiseta y la braguita sin ninguna prisa. Les enseñó el culo, el coño, la espalda mojada, todo. Yo me bajé el bañador y vi cómo Lidia clavaba los ojos en mi polla sin vergüenza ya. Bruno, por su parte, se comía con la mirada las tetas de mi mujer.

Bajo el agua, Vera me acariciaba la verga con una mano mientras yo le pellizcaba un pezón por encima de la superficie. Entonces sentí algo más: un pie ajeno recorriéndome el muslo. Miré a Lidia. No apartó la vista. Al contrario, estiró un poco más la pierna hasta rozarme los huevos con los dedos del pie.

—Creo que ya podemos dejar de disimular —dije.

Vera salió un momento y volvió con las copas. Esta vez se sentó deliberadamente junto a Bruno, rozándole el brazo con una teta al acomodarse. El pobre tragó saliva como si tuviera arena en la garganta.

—Quítense eso —dijo ella, señalando sus prendas—. Están más incómodos vestidos.

Lidia fue la primera. Se desató la parte de arriba y dejó ver unos pechos pequeños, firmes, rematados por pezones oscuros y tiesos. Luego se levantó y bajó la braguita mojada despacio, sin dejar de mirarme. Llevaba una fina línea de vello recortado sobre el pubis y el coño ya brillante.

Bruno vaciló más, hasta que Vera metió ambas manos al agua y le arrancó el bañador hacia abajo. Su polla salió libre, dura, gruesa, no enorme pero sí bastante seria. Lidia se rio al verle la cara.

—Ya era hora.

Vera cogió la mano de Bruno y se la puso sobre una de sus tetas. Ese contacto le terminó de romper la vergüenza. Bruno apretó primero una, luego las dos, y Vera lo besó en la boca con una naturalidad obscena, abriéndole los labios, dándole lengua mientras le guiaba las manos por su pecho.

Lidia se acercó a mí y me agarró la polla bajo el agua.

—A ver si esto era tan bueno como parecía desde la otra terraza.

—Compruébalo.

Empezó a pajearme con decisión, subiendo y bajando la mano mientras con la otra me masajeaba los huevos. Yo me impulsé hasta sentarme en el borde del jacuzzi y le abrí el espacio entre mis piernas. Lidia se arrodilló y me lamió la punta con lentitud calculada, disfrutando de tenerme a su altura. Luego me la metió en la boca hasta la mitad, sacó, volvió a meter, y al tercer intento ya me estaba tragando entera.

Su forma de mamar era distinta a la de Vera: más glotona, menos técnica, pero con una necesidad que me apretaba la base de la polla como un puño caliente. Mientras tanto, al girar la cabeza vi a Bruno metiendo la cara entre las tetas de mi mujer y a Vera guiándole la polla hacia su boca. El tipo se quedó mirándome un segundo, como pidiendo permiso. Yo asentí. Él siguió.

Saqué a Lidia de mi polla antes de correrme demasiado pronto y la senté en el borde con las piernas abiertas. Su coño estaba hinchado, rosado, abierto, y olía a excitación reciente. Le separé los labios con los dedos y empecé a comerla desde abajo, con lamidas largas que la hicieron agarrarse al respaldo y maldecir entre dientes.

—Joder... así no —decía, mientras me empujaba la cara para que siguiera—. Así sí. Ahí. En el clítoris. No pares.

Alterné su clítoris con la entrada del coño, metiendo la lengua dentro y sacándola mojada. Luego bajé al culo, le pasé la lengua por el anillo apretado y al mismo tiempo le hundí dos dedos en el coño. Lidia se retorció, me apretó la cabeza con las manos y empezó a correrse a tirones, gimiendo sin importarle ya quién la escuchara.

—Métemela ya —soltó en cuanto recuperó aire—. Fóllame de una puta vez.

Se me colgó de los hombros, me rodeó la cintura con las piernas y agarró mi polla para llevarla a su entrada. La penetré de un empujón seco, entero, hasta el fondo. Se le fue el aire y me clavó las uñas en la espalda.

—Eso... eso... joder.

Empecé a follarla de pie, sujetándola por el culo y la espalda, sacando y metiendo con embestidas cortas primero, más largas después. Sus pechos pequeños me rebotaban delante de la cara y se los agarré sin miramientos, pellizcándole los pezones cuando quería oírla gemir más fuerte.

Al otro lado del jacuzzi, Vera ya estaba tumbada hacia atrás mientras Bruno le comía el coño con una concentración casi religiosa. Ella le sostenía la cabeza entre los muslos y de vez en cuando alargaba la mano para agarrarle la polla, pajearlo y volverlo más loco.

Lidia seguía montada en mí cuando cambió la postura y quiso ponerse a cuatro patas sobre el borde. Le agarré las caderas y le acerqué la punta de la polla al culo, solo rozando. Ella se tensó enseguida.

—No. Ahí no. Nunca.

No insistí. Volví al coño y se la hundí de golpe, arrancándole un grito ronco. Empecé a bombear duro, marcando el ritmo con las manos clavadas en sus caderas. Ella acompañaba cada embestida echando el culo hacia atrás, buscando más.

—Más fuerte —decía—. Rómpeme, joder. No pares.

Cuando noté que me acercaba, intenté apartarme, pero Lidia fue más rápida. Se dio la vuelta, me sacó la polla del coño y se la metió en la boca. Me corrió allí mismo, tragándose casi todo y jugando todavía con la lengua cuando ya estaba sensible y latiendo.

Caímos los dos sobre el suelo de la terraza, sin fuerza en las piernas. Desde allí vimos a nuestras parejas: Vera encima de Bruno, cabalgándolo despacio, apretando las manos sobre su pecho mientras él le chupaba una teta y le sujetaba el culo con hambre atrasada. La imagen habría valido por sí sola la grabación completa.

Lidia, tumbada a mi lado, me confesó entre jadeos que aquello era su primera vez real con otra pareja, aunque la noche anterior se había follado a su marido pensando en nosotros. Yo le admití que ya sabíamos que ella nos había espiado y que, de hecho, habíamos montado el segundo baño para provocarlos. Lejos de ofenderse, se rió con una excitación nueva en la cara.

Entonces recordé las cámaras.

—Mierda. Sigue grabando todo.

Entré al salón para coger el móvil y apagar la transmisión. Lidia vino detrás. Cuando vio la imagen en directo, se quedó quieta. En la pantalla, Bruno tenía a Vera apoyada a cuatro patas en el borde del jacuzzi y se la estaba metiendo por detrás, agarrándola de la cadera mientras las tetas de mi mujer colgaban y se movían al ritmo de cada embestida.

Lidia no me dejó borrar nada.

—Ni se te ocurra apagarlo —dijo con la voz baja y caliente.

Volvió a la terraza con decisión. Se acercó primero a Bruno y lo besó, luego se colocó frente a Vera y le agarró la cara para besarla también a ella. Después se arrodilló bajo mi mujer y le abrió las piernas lo justo para meterle la lengua en el coño mientras su marido seguía follándola desde atrás.

Vera soltó un gemido tan fuerte que hasta yo me quedé quieto un segundo mirándola. Tenía la boca abierta, los ojos perdidos y el cuerpo entero entregado a esa doble estimulación: polla por detrás, lengua por delante. Bruno apretó más fuerte sus caderas; Lidia no dejaba de lamerle el clítoris y de meterle la lengua en la entrada del coño cada vez que la embestida la sacaba un poco.

Yo regresé con la polla ya endurecida otra vez. Le metí dos dedos a Vera en la boca para que los chupara mientras observaba. Luego saqué la verga y se la ofrecí. Ella la tragó con ansia, chupándola entre gemidos mientras seguía recibiendo la de Bruno dentro.

Después me coloqué detrás de Lidia y la penetré de nuevo, inclinada como estaba sobre el coño de mi esposa. El espectáculo era una animalada: Bruno follando a Vera, Lidia comiéndosela, yo follando a Lidia por detrás. Cuatro adultos jadeando, sudando y gimiendo en una terraza de día, grabados por dos cámaras y sin una pizca de arrepentimiento.

—No dejen de moverse —dijo Vera con la voz rota—. Joder, así... así...

Bruno aguantó poco más. Sacó la polla del coño de Lidia y se la llevó a la boca de su mujer justo cuando empezó a correrse. Ella lo recibió de rodillas, tragándoselo sin apartar una mano del clítoris de Vera. Mi esposa se estremeció al sentir ese cambio y se corrió otra vez, fuerte, con el cuerpo doblándose hacia adelante.

Yo seguí dándole a Lidia un poco más, agarrándola de la cintura, hasta que también explotó. Su coño me apretó con espasmos intensos y entonces ya no pude contenerme. Me corrí dentro, hundido hasta el fondo, jadeando sobre su espalda mojada.

Quedamos los cuatro tirados por la terraza, sin hablar durante varios minutos. Solo se oía el agua del jacuzzi y nuestras respiraciones descompuestas.

Al final nos sentamos en los sofás, desnudos todavía, con nuevas copas en la mano. La conversación salió sola, como si después de habernos visto y tocado de esa forma ya no quedara motivo para fingir. Hablaron de rutina, de curiosidad, de miedo a proponer ciertas fantasías. Nosotros les contamos que llevábamos tiempo explorando y que el deseo compartido, cuando se habla claro, podía abrir puertas muy concretas.

Lidia, ya más relajada, me miró de reojo varias veces hacia el móvil. Cuando me levanté para ir al baño, vino detrás.

—Quiero ese video —me dijo sin rodeos—. Para nosotros. Nada de subirlo a ningún sitio.

—Es privado.

—Justamente por eso lo quiero.

La entendí demasiado bien. Asentí.

Esa noche se fueron a su apartamento y Vera y yo, después de ducharnos, nos metimos en la cama a revisar parte de las grabaciones. Ver en pantalla a Lidia chupándome la polla, a Vera abierta entre la lengua de una mujer y la verga de un hombre, y a los cuatro enlazados en esa postura imposible nos volvió a poner duros de deseo.

Vera me quitó el móvil de la mano, lo dejó en la mesilla y se inclinó sobre mí.

—Mañana no nos vamos todavía —susurró—. Y dudo mucho que los vecinos quieran despedirse con un café.

Le abrí las piernas con la mano y encontré el coño todavía sensible, pero ya húmedo otra vez.

—Entonces mañana seguimos grabando.

Ella sonrió, me besó y se sentó sobre mi polla con un gemido lento, deliberado.

Y así terminó aquella primera jornada con las cámaras: sabiendo que el video no había capturado solo un polvo en un jacuzzi, sino el comienzo de algo mucho más peligroso. Porque una vez que descubres el gusto de que te miren, de mirar y de dejar la puerta entreabierta para que entre alguien más, cuesta mucho volver a cerrarla.

¿Andás por Buenos Aires? Mirá acompañantes en Retiro, con perfiles verificados y contacto directo.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios(4)

Fercho22

tremendo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

SofiaVH

Por favor necesito la segunda parte, quede con ganas de saber mucho mas. Muy bueno!!

TanoQ

jajaja me imagino la cara que pusieron cuando revisaron las grabaciones. Muy bien narrado, se siente totalmente real.

Maxi_Rdg

Pregunta: los vecinos sabian que habia camara? Porque si era algo entre los cuatro la historia se pone todavia mejor jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.