Trío y voyerismo en el ático del centro
Abrí los ojos con la boca seca y la cabeza hecha una piedra. Durante unos segundos solo vi claridad entrando por una ventana enorme y unas cortinas mal corridas. Luego llegó el resto: el olor espeso a sudor, alcohol derramado, perfume barato y sábanas usadas hasta el límite.
Estaba desnudo. Tenía un brazo femenino cruzado sobre el pecho y una pierna ajena enredada con la mía. Tardé un poco en incorporarme, como si mi cuerpo tuviera que negociar con mi cerebro cada movimiento.
Al sentarme al borde de la cama, vi el desastre entero. Cuatro amigos míos, igual de desnudos, dormidos en distintas posturas absurdas sobre el colchón y el suelo. En medio de todos, como si hubiera sido el centro exacto de la tormenta, estaba ella.
Llevaba el pelo oscuro pegado a la espalda por el sudor. La piel morena, cubierta de tatuajes finos en los hombros, el costado y una nalga. Dormía boca abajo, con el culo apenas hundido en el colchón y la espalda llena de marcas de manos, bocas y uñas.
No recordaba su nombre. Eso fue lo primero que me jodió.
Busqué el móvil entre pantalones, vasos vacíos y una montaña de ropa mezclada. Eran más de las once de la mañana de un lunes. Me quedé mirando la pantalla con una mezcla rara de satisfacción y asco, porque no sabía si habían pasado dos noches o tres desde que esa mujer había entrado en el ático.
Entonces empezaron a volverme escenas sueltas. La música brutal de un local después del cierre. Luces blancas, gente con la mandíbula apretada, vasos tibios. Ella bailando sola, con una camiseta corta sin sujetador, marcando los pezones cada vez que levantaba los brazos.
Yo me había acercado primero. No por valiente, sino porque mis amigos estaban distraídos con otras cosas y ella me llevaba rato clavando los ojos como si supiera exactamente en qué clase de mierda podía meterse si seguía sonriendo así.
—¿Estás sola? —le pregunté, pegándome para que me oyera por encima de la música.
—Ahora mismo sí —contestó, sin apartarse.
Tenía un acento del sur, suave y descarado a la vez. No era una mujer tímida. Se notaba en la manera de sostener la mirada, en cómo me repasó entero antes de aceptar la copa que le ofrecí.
—Vamos a un sitio mejor —le dije—. Tenemos un ático aquí cerca, terraza, música, más espacio.
Ella sonrió con una lentitud calculada.
—¿Y qué esperas a cambio?
—Que no te aburras.
Mis amigos se acercaron entonces. Mauro, Iker, Bruno y Darío, todos puestos, todos excitados por la sola idea de una mujer como aquella mirando a un grupo de hombres con curiosidad y no con miedo. Ella no se echó atrás. Al contrario, nos dejó rodearla.
—Si voy —dijo—, no quiero caras de niños buenos al llegar. Si subo con ustedes es para jugar de verdad.
—Aquí nadie sube a jugar a medias —soltó Mauro.
Ella se rio, me agarró de la camiseta y me besó ahí mismo. Un beso largo, húmedo, sucio, con lengua y con un mordisco final que me puso la polla dura en segundos. Cuando se separó, vi que tenía los labios hinchados y una sonrisa de mujer adulta que sabía exactamente el efecto que causaba.
—Me llamo Nadia —dijo—. Ahora sí, llévenme.
***
En el ático siguió mandando ella desde el primer minuto, aunque pareciera lo contrario. Nada más entrar dejó el bolso en una silla, se quitó la camiseta de un tirón y la lanzó al suelo. Tenía las tetas pequeñas, firmes, con pezones oscuros y duros por el frío o por la excitación. Nos miró uno por uno mientras se desabrochaba el pantalón.
—No me hagan perder el tiempo —dijo.
Se bajó el pantalón y la tanga al mismo tiempo. Quedó completamente desnuda en medio del salón, morena, tatuada, con el coño ya brillante. No hizo el gesto de taparse ni un segundo. Se acarició entre las piernas con dos dedos y nos enseñó la humedad.
—A ver si son tan valientes como parecen.
Nos desnudamos casi atropellándonos. Yo no podía dejar de mirarla. El tatuaje de la espalda le bajaba desde la nuca hasta media cintura y otro dibujo pequeño le adornaba la nalga derecha. Nadia nos repasó las pollas con una calma obscena, como quien escoge por dónde empezar un banquete.
—Tú primero —me dijo, señalándome.
Me acerqué y me agarró la polla con una mano. La apretó despacio, subiéndose el labio inferior entre los dientes mientras notaba el grosor. Luego se arrodilló sin apartar la vista de mí. Ver a una mujer así, adulta, segura, desnuda y rodeada por cinco hombres, tragándose mi polla casi de golpe, me dejó sin aire.
Abrió bien la boca y metió la cabeza hasta donde pudo. Sentí el calor de la lengua envolviéndome, los labios cerrados en la base, la succión firme. No chupaba con delicadeza; trabajaba como si quisiera provocarnos a todos, girando la muñeca mientras me la mamaba, dejando la saliva caer por mi tronco.
—Joder... —se me escapó.
Los demás ya estaban alrededor. Bruno le sujetó el pelo en una coleta improvisada y ella dejó que lo hiciera. Mauro le ofreció la polla a la altura de la cara y Nadia, sin soltarme del todo, pasó la lengua por la punta de la suya. El salón se llenó de jadeos, respiraciones rotas y el sonido húmedo de su boca tragando.
Cuando me notó cerca de correrme, se apartó con una sonrisa brillante de saliva.
—Todavía no —ordenó.
Se giró y apoyó las manos en el sofá, ofreciéndonos el culo. Darío le abrió las nalgas con ambas manos y soltó un silbido bajo. Yo me arrodillé detrás y le pasé la lengua desde el coño hasta el ano. Nadia tembló de inmediato.
—Sí... así, cabrón... no pares.
Su sabor me llenó la boca: sudor, excitación, algo salado y espeso que me volvió más animal. Le metí la lengua en el coño, luego en el culo, alternando despacio, oyéndola gemir con la cara hundida en el respaldo. Mientras yo la comía por detrás, Mauro se puso delante para que ella le mamara de nuevo.
La imagen era perfecta y brutal. Nadia apoyada en el sofá, chupándole la polla a uno mientras yo le lamía el culo y Bruno le sobaba las tetas desde atrás. Ella no dejaba de moverse, buscando más presión, más manos, más boca.
—Méteme dedos —dijo, apartándose apenas de la verga que tenía delante.
Le hundí uno en el coño, luego dos. Estaba muy mojada. Se los metí y saqué con fuerza, oyendo el chapoteo obsceno entre sus piernas. Nadia gimió con la polla de Mauro todavía en la boca, atragantándose un poco por no dejar de moverse.
—Así, puta, así —le dijo él, agarrándole la mandíbula.
Le gustó que se lo dijera. Lo noté en cómo apretó las piernas y empujó el culo contra mi mano.
Yo ya no quería seguir mirándola sin penetrarla. Me puse de pie, me escupí en la mano y me la pasé por la polla antes de colocarme en su entrada. Ella giró la cabeza lo justo para mirarme por encima del hombro.
—De una vez.
Se la metí despacio al principio, solo la punta, disfrutando la resistencia caliente de su cuerpo. Luego fui entrando más, centímetro a centímetro, hasta llenarla. Nadia soltó un gemido grave y se arqueó entera.
—Joder... sí... toda.
Empecé a follarla con embestidas largas, agarrándola de la cintura. Cada golpe le hacía temblar las tetas. Ella seguía chupándosela a Mauro entre gemidos y resuellos, y ese espectáculo me sacaba de control. Darío le pellizcaba los pezones. Bruno le sujetaba las muñecas contra el respaldo. Todo era cuerpo, ruido y movimiento.
Le saqué la polla un momento y la froté entre las nalgas, subiendo hasta el culo. Nadia lo notó enseguida y abrió más las piernas.
—Si vas a hacerlo, hazlo bien.
Le puse saliva, luego más, y fui presionando la punta contra su ano. El músculo cedió poco a poco. Nadia dejó de mamar un segundo para gemir con rabia cuando empecé a entrarle por ahí. Le clavó los dedos a Mauro en los muslos y echó la cabeza atrás.
—No te frenes ahora.
Seguí despacio, sintiéndola apretarme cada vez más. Cuando estuve dentro del todo, me quedé un segundo quieto, con el culo de Nadia pegado a la pelvis y su espalda sudada contra mi pecho. Luego empecé a darle de verdad.
El sonido cambió. Más seco, más violento. Ella lo soportó abriendo la boca y dejando escapar gemidos roncos, cada vez más altos. Bruno le metió dos dedos en el coño mientras yo la follaba el culo, y Nadia casi se derrumbó.
—Me voy a correr —murmuró, sin vergüenza—. Sigan, hijos de puta, sigan.
Se corrió así, con mi polla entrando y saliendo de su culo y los dedos de Bruno sacudiéndole el coño por delante. La sentí contraerse entera, los muslos temblándole, la voz rota en un grito que no intentó contener.
Yo salí antes de correrme y Mauro ocupó mi lugar por detrás. Nadia se dejó caer de rodillas sobre la alfombra, jadeando, con saliva y sudor bajándole por el mentón. Darío se puso delante y ella lo agarró para volver a mamársela, como si no tuviera suficiente.
***
Recuerdo trozos de aquella primera noche y de la mañana siguiente mezclados como una sola escena interminable. Nadia en la cocina, sentada en la encimera, abriéndose de piernas para que yo le comiera el coño mientras Bruno le agarraba las tetas por detrás. Nadia en el baño, inclinada sobre el lavabo, mirándose al espejo mientras Darío le daba por detrás y ella se metía dos dedos en la boca para chuparlos.
También la recuerdo cabalgando a Mauro en la cama grande del cuarto principal. Yo estaba a un lado, recibiendo su boca entre embestida y embestida. Nadia subía y bajaba sobre su polla sin cuidado, dejándose caer hasta el fondo, con los muslos brillantes y el coño tan mojado que se oía cada golpe en toda la habitación.
—Mírame —me dijo entonces.
Le puse la polla en los labios y ella me la tragó mientras seguía montando a Mauro. La coordinación de su cuerpo era obscena: boca, caderas, manos. Se la saqué para no correrme y ella protestó con un gemido frustrado antes de inclinarse hacia delante para que Iker le chupase un pezón.
—Quiero acabar llena —dijo—. No me tengan aquí para acariciarme nada más.
A veces pienso que esa frase fue la gasolina de todo el fin de semana.
Yo volví a follármela en la cama, esta vez por el coño. La tumbé boca arriba, le abrí bien las piernas y entré mirándole la cara. Quería verla. Nadia me recibió con ambas manos en la nuca y con el coño tan abierto y caliente que me costó mantener el ritmo sin perder la cabeza.
Le besé el cuello mientras se la metía, luego bajé a chuparle un pezón sin dejar de moverme. Ella me apretó con las piernas en la cintura y empezó a subir las caderas para encontrarse con cada embestida.
—Más fuerte.
Le hice caso. Le agarré una pierna por debajo de la rodilla y se la subí al hombro. Así entraba más hondo. Cada vez que la sacaba casi por completo y se la volvía a clavar, Nadia soltaba un jadeo más roto, más sucio, como si le gustara sentirse usada de verdad.
Bruno se puso a su lado y le metió la polla en la boca. Ella la aceptó sin dejar de mirarme. Esa doble entrega, el coño recibiéndome y la boca ocupada, me hizo follarla con una violencia que normalmente no me permito. Le golpeaban las tetas, se le corría el maquillaje bajo los ojos y aun así sonreía entre arcadas y gemidos.
Cuando sentí que me iba a correr, salí a tiempo y me masturbé encima de su vientre. Mi corrida le manchó el ombligo, la cintura y una cadera. Nadia se pasó dos dedos por encima, se los llevó a la boca y los chupó despacio, sin apartar la vista de mí.
—Otra vez luego —dijo, respirando agitada.
***
El lunes por la mañana, de vuelta en aquella resaca espesa, me levanté por fin de la cama y fui hasta la ventana. Desde el edificio de enfrente, dos hombres y una mujer fumaban en un balcón y miraban directamente hacia nuestro cuarto. Cuando vieron que yo los miraba, no apartaron la vista.
Uno de ellos incluso levantó la mano en saludo, como si llevaran rato observando.
Me giré hacia la cama. Nadia seguía dormida, abierta entre sábanas revueltas, con un muslo sobre el torso de Mauro. Entonces lo entendí de golpe: las cortinas habían quedado medio abiertas desde hacía horas. Tal vez desde la noche anterior. Tal vez desde mucho antes.
Y algo en mí, en lugar de avergonzarse, se puso más duro.
Volví a la cama, aparté con cuidado a Mauro y besé el hombro de Nadia. Ella abrió los ojos poco a poco. Tardó dos segundos en enfocarme y otros dos en sonreír.
—¿Sigues vivo? —murmuró.
—Mira la ventana.
Giró la cabeza, vio a los vecinos del edificio de enfrente y se quedó callada un segundo. Pensé que se enfadaría. En cambio se humedeció los labios y me clavó las uñas en el antebrazo.
—Pues no los decepciones.
La besé ahí mismo, con la boca todavía amarga de resaca. Nadia respondió abriéndome las piernas con la suya y buscando mi polla semidura con la mano. La acarició despacio hasta dejarla completamente tiesa.
—Llévame a la ventana.
La ayudé a levantarse. Seguía desnuda, despeinada y preciosa de una manera salvaje. La llevé hasta el ventanal y la coloqué de espaldas a mí, con las manos apoyadas en el cristal. Desde enfrente los tres vecinos ya estaban mirando descaradamente. Uno de ellos incluso había sacado el móvil.
Nadia los vio y sonrió. Luego separó un poco más las piernas.
—Que graben si quieren.
Le acaricié el culo, abriéndole las nalgas con ambas manos, y metí dos dedos en su coño. Seguía húmeda. Muy húmeda. Ella se mordió el labio y movió el culo pidiéndome más.
—Fóllame así. Que vean cómo tiemblo.
Le puse la punta en la entrada y entré despacio. El cristal estaba frío, pero su cuerpo ardía. Me agarré a sus caderas y empecé con embestidas cortas, controladas, mirando por encima de su hombro cómo los vecinos se habían quedado inmóviles al otro lado.
Nadia apoyó la frente en la ventana. El vaho de su respiración empañó el cristal a la altura de su cara. Yo le sujeté un pecho con una mano y con la otra le busqué el clítoris. Cuando la fricción de mis dedos coincidió con el golpe de mi polla, ella soltó un gemido tan alto que despertó a los demás.
Mauro fue el primero en acercarse, desnudo y todavía medio dormido, rascándose la barba. Al vernos en la ventana se le dibujó una sonrisa.
—Joder, esto sí que es un buen despertar.
Bruno y Darío llegaron detrás. En menos de un minuto estábamos otra vez todos alrededor de Nadia, tocándola, besándola, calentándonos entre nosotros con ella en el centro. El cuarto olía otra vez a sexo reciente.
Yo seguía dentro de Nadia cuando Bruno le metió la polla en la boca desde un lado. Ella giró apenas la cabeza para aceptarla, apoyando una mejilla en el cristal. Mauro le acariciaba el coño con dos dedos por delante, rozando mi polla cada vez que entraba. Darío le agarró el pelo y le besó el cuello mientras la mano libre le apretaba una teta.
Los vecinos del edificio de enfrente aplaudieron al verla así. Nadia soltó la polla de Bruno lo justo para reírse y levantarles la mano con un gesto burlón antes de volver a meterla en la boca.
El morbo de sabernos observados nos hizo perder cualquier resto de freno. Saqué mi polla y le di un azote en el culo. La nalga le quedó roja al instante.
—Date la vuelta.
Obedeció. La senté en el alféizar ancho, con las piernas abiertas, y me arrodillé entre ellas para comérsela delante de todos. Le abrí el coño con los dedos y hundí la lengua a fondo. Nadia me agarró del pelo y echó la cabeza hacia atrás mientras los otros la besaban, le chupaban los pezones y se masturbaban alrededor.
Le pasé la lengua por el clítoris rápido, insistente, hasta ponerla al borde. Ella empezó a retorcerse y a decir incoherencias mezcladas con tacos.
—No pares... no pares, cabrón... me voy a correr... así, así...
Se corrió chorreándome en la boca. Sentí el espasmo en los muslos, en la barriga, en las manos con que me sujetaba. Me levanté con la cara húmeda y se la metí de nuevo antes de que se le pasara el temblor. Entré de una embestida y Nadia gritó.
Esta vez fue duro desde el inicio. La tomé por debajo de los muslos y la acerqué al borde del alféizar para penetrarla a fondo, golpe tras golpe. Cada empujón le hacía rebotar la espalda contra el marco. Bruno le metió dos dedos en el culo mientras yo la follaba el coño y Nadia casi perdió el habla.
—Más... joder... más.
Mauro se colocó detrás de ella y le ofreció la polla. Nadia la agarró y empezó a masturbarlo al ritmo de mis embestidas. Darío se corría en una mano mirándonos, incapaz de esperar turno. El cuarto ya era un ruido continuo de gemidos, jadeos y piel golpeando piel.
Cuando noté que no aguantaría mucho más, salí y cedí el sitio a Bruno. Él la penetró por detrás, sujetándola contra el cristal, mientras yo le metía la polla en la boca. Nadia mamaba con hambre, tragándome casi entera, y con la otra mano se frotaba el clítoris sin delicadeza. Se estaba llevando sola al límite.
Bruno la follaba rápido, con golpes secos que hacían vibrar el ventanal. Nadia me miró desde abajo, con lágrimas de placer en el borde de los ojos por lo abierta que tenía la garganta, y ese gesto me vació por completo. Me corrí en su boca con un gruñido, agarrándole la mandíbula para sentir cómo tragaba.
Ella no escupió nada. Levantó la cabeza, se limpió la comisura con el dorso de la mano y le dijo a Bruno:
—No pares tú tampoco.
Él duró poco. Se corrió con la polla hundida hasta el fondo, mordiéndole el hombro. Nadia tembló otra vez, al borde de un segundo orgasmo. Mauro no perdió tiempo: la giró, la sentó de nuevo y la penetró de frente mientras ella le rodeaba la cintura con las piernas.
Yo me fui detrás y le metí dos dedos en el coño por debajo de la polla de Mauro, disfrutando la mezcla, el desorden caliente de fluidos y jadeos. Nadia estaba fuera de sí. Miraba a los vecinos, nos miraba a nosotros, se tocaba las tetas, pedía más con una voz rota que ya no sonaba humana del todo.
Acabó corriéndose otra vez, más fuerte que la primera. Se quedó rígida, con la boca abierta, las uñas clavadas en la espalda de Mauro mientras todo el cuerpo le temblaba sin control.
Después se desplomó sobre él, agotada y satisfecha, y nosotros fuimos bajando el ritmo por fin. Los vecinos seguían ahí, fascinados. Nadia les mandó un beso con una media sonrisa de depredadora saciada.
Volvimos a la cama poco a poco, cubiertos de sudor y manchas secas. Yo me tumbé a su lado y ella apoyó la cabeza en mi hombro como si nos conociéramos de toda la vida. Nadie hablaba. Ya no hacía falta.
Antes de dormirse otra vez, Nadia me dijo al oído:
—Si alguna vez ese video aparece por ahí, avísame.
—¿Para borrarlo?
Se rio, cerrando los ojos.
—No. Para verlo de nuevo y calentarme.
La miré un momento más antes de dejarme caer en el colchón. Todavía tenía su sabor en la boca y el cuerpo molido de tanto follar. Afuera seguía entrando la luz del mediodía, limpia e indiferente, como si no hubiera pasado nada.
Pero había pasado. Y solo de recordarlo, todavía se me pone dura.
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