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Relatos Ardientes

Horas extras en la fiesta privada

Me llamo Verónica y, hasta hace una semana, habría jurado que ya me conocía lo bastante bien como para saber dónde estaban mis límites. Tengo treinta y tantos, vivo sola desde hace años y trabajo entre barras, música alta y clientes que creen que una sonrisa siempre significa invitación. Estoy acostumbrada a que me miren. También a usar eso a mi favor.

Por las tardes llevo una rutina tranquila. Por las noches, cuando me toca, trabajo en un bar de copas de un pueblo cercano. El dueño, Mauro, me conoce desde hace mucho, y yo también a su familia. A su hijo Elías lo vi pasar de muchacho flaco a hombre alto, ancho de hombros, seguro de sí mismo. Siempre fue atento conmigo. Quizá demasiado atento.

Todo empezó un domingo al mediodía, después de cerrar tarde la noche anterior. Me llamó cuando yo seguía medio dormida, con la cabeza pesada y el cuerpo pegado a las sábanas. Me dijo que quería hablar conmigo en persona. Estaba abajo, en la cafetería de mi edificio.

Bajé sin arreglarme demasiado, con unas mallas ajustadas y una camiseta corta. Él ya estaba sentado en la terraza, sonriendo como si llevara un secreto metido en la boca. Después de un par de bromas, soltó la propuesta: el viernes celebrarían un cumpleaños en la casa de un amigo, solo cinco amigos de siempre, y querían contratarme para servir la cena y las copas.

—Cien euros por unas horas. Nada pesado —me dijo—. Solo queremos que sea una noche distinta.

La idea me sonó rara desde el primer segundo. Cinco hombres adultos, una casa vacía, alcohol y yo haciendo de camarera privada. Pero conocía a Elías, conocía al grupo, y la oferta era demasiado fácil. Acepté. Lo hice con esa mezcla de confianza y curiosidad que tantas veces termina metiéndote en problemas.

Durante toda la semana pensé en echarme atrás. No porque me diera miedo, sino porque intuía algo debajo de aquella invitación. Una intención no dicha. Una fantasía cocinándose en silencio. Aun así, llegó el viernes y me encontré frente al armario pensando qué demonios ponerme.

Elegí una minifalda negra, un top ajustado sin sujetador y tacones altos. No era ropa para una oficina ni para una cena formal. Era ropa para llamar la atención, y yo lo sabía. Me hice una coleta alta, me pinté los labios y, cuando me vi en el espejo, supe que iba provocativa de forma deliberada. Si querían algo distinto, yo iba a ser parte del espectáculo desde que cruzara la puerta.

La casa estaba en una urbanización con chalets enormes, al fondo de una calle silenciosa. Cuando llegué, Elías y el dueño de la casa, Bruno, me esperaban junto al portón. Los dos llevaban ropa informal de verano y una expresión que me recorrió las piernas como una descarga. Los otros tres estaban en la terraza, mirándome sin disimulo desde antes de que apagara el motor.

—Estás increíble —me dijo Elías al abrirme la puerta del coche.

—Más te vale, con lo que me ha costado decidirme —bromeé.

Me enseñaron la cocina, el salón, la bodega pequeña, la terraza junto a la piscina. Habían preparado embutidos, tortillas, bebidas y unas pizzas para más tarde. Todo estaba listo. Todo, menos la parte que ninguno mencionaba. Yo podía sentirla en el aire, pegada a sus miradas, a los silencios, a la forma en que se acercaban demasiado para explicarme dónde estaban los vasos o el hielo.

La primera hora pasó sin sorpresas. Les serví las copas, llevé aperitivos y puse la mesa para cenar. Pero cada vez que me inclinaba o me acercaba, alguno alargaba un poco de más el brazo, rozándome el muslo, la cadera, la parte baja de la espalda. Toques supuestamente accidentales. Lo bastante discretos como para poder ignorarlos. Lo bastante insistentes como para excitarme.

El que peor me descolocaba era Darío, el más moreno y corpulento. Cada vez que levantaba la vista, me lo encontraba clavado en mis piernas o en mis tetas endurecidas por el fresco de la noche. Y yo, en vez de apartar la mirada, me quedaba un segundo más del debido.

Mientras cenaban, me hicieron servirles el vino una y otra vez, acercándome a cada uno lo suficiente como para notarles el calor del cuerpo. Uno me rozó la cintura. Otro dejó la mano en mi cadera un segundo extra. Elías me miraba con una tranquilidad calculada, como si esperara el momento exacto para cruzar una línea que ya había dibujado en su cabeza.

Cuando recogí la mesa y ellos se sentaron a jugar cartas, yo me quedé en el salón con una copa corta de ginebra y refresco. No suelo beber cuando trabajo, pero aquella noche dejé de comportarme como si estuviera trabajando. Ya no del todo. Me senté cerca, crucé las piernas y los dejé mirar.

La conversación fue subiendo de tono poco a poco. Primero comentarios sobre mi ropa. Después, preguntas más directas. Si siempre vestía así. Si me gustaba volver locos a los hombres. Si sabía la cantidad de pajas que más de uno se había hecho pensando en mí detrás de la barra.

Yo me reí, fingiendo más seguridad de la que tenía.

—Si os ponéis pesados, os cobro el doble —les dije.

—Depende de lo que ofrezcas —soltó Darío, sin apartar los ojos de mis pechos.

A las doce, cuando sonó una alarma en uno de los teléfonos, pensé que sacarían la tarta y seguirían bebiendo. En vez de eso, apartaron la mesa del centro. Yo misma la arrastré hacia un lado por indicación de Bruno, sin entender del todo para qué querían dejar despejado el salón. Entonces sonó el timbre.

La que entró fue una mujer alta, de curvas escandalosas y sonrisa profesional. No hacía falta ser adivina para saber a qué venía. Llevaba un vestido corto y ajustado, medias y una seguridad insolente. Se presentó como Nadia y caminó al centro del salón como si la casa fuera suya.

Lo que ocurrió después fue el verdadero punto de inflexión. Nadia no solo venía a bailar para ellos. Venía a ponerlo todo patas arriba. Repartió la tarta, les hizo bromas, se dejó tocar más de lo justo y, en un momento, me llamó junto a ella. Metió dos dedos manchados de crema en mi boca, despacio, mirando cómo los chupaba. Después me besó delante de los cinco.

Yo nunca había estado con una mujer. Pero su lengua en mi boca, la presión de su mano en mi nuca y los gemidos ahogados del sofá hicieron que se me empapara el tanga al instante. Me besó como si supiera exactamente qué botón apretar. Y lo supo.

Después se quitó el vestido. Luego el sujetador. Luego el tanga. Bailó desnuda para ellos, les restregó el culo, las tetas, la boca, hasta que los cinco tenían el pantalón deformado por la erección. Yo no podía dejar de mirarla. Ni de mirarlos a ellos mirándola. Ni de sentirme parte de aquello aunque todavía siguiera con ropa.

Fue Nadia quien me señaló.

—Ahora quiero ver a la camarera —dijo—. Apuesto a que debajo de ese top hay una locura.

Se hizo un silencio breve. Después, una lluvia de voces.

—Cien más si te lo quitas.

—Venga, Verónica.

—Regálanos eso.

Miré a Elías. Él no apartó los ojos.

—Hazlo —dijo en voz baja—. Solo si quieres.

Lo hice. Me saqué el top por la cabeza, despacio, y me quedé con los pechos al aire delante de los seis. El aire me pegó directo en los pezones ya duros. Los cinco hombres soltaron una mezcla de silbidos y groserías que me puso colorada y me calentó todavía más.

—Joder, qué tetas —murmuró uno.

—Mucho mejores de lo que imaginaba —dijo Darío, sin vergüenza.

Nadia me pellizcó un pezón, sonriendo al escuchar mi gemido. Después me hizo girar y propuso pagarme más si me quitaba también la falda. Ya no me engañaba: aquello era un juego de humillación suave, de exhibicionismo, de dejarme usar la excitación como moneda. Y yo estaba demasiado mojada para fingir escándalo.

La falda cayó al suelo y me quedé en tanga y tacones. Ellos aplaudieron. Nadia me ordenó inclinarme. Lo hice. Sentí las cinco miradas clavadas en mi culo, en la fina tira negra metida entre las nalgas. Escuché cómo uno decía que llevaba años queriendo verme así. Otro confesó que se había masturbado pensando en mi culo. En vez de frenarlos, separé un poco más las piernas.

Fue ahí cuando entendí que la noche ya no tenía vuelta atrás.

***

Nadia se arrodilló primero para chuparles la polla a tres de ellos, llevándolos al borde en cuestión de minutos. Lo hacía con experiencia brutal, alternando bocas y manos, dejando saliva brillante en cada verga. Yo los miraba hipnotizada. Elías, Bruno y Darío terminaron jadeando, vaciándose sobre sus pechos y su cara, y la muy cabrona sonrió mientras se tragaba parte de la corrida con una naturalidad que me dejó temblando.

Luego se sentó en el borde de una mesa y abrió las piernas.

—Que me coma el coño ella —dijo uno de los hombres, riéndose y señalándome.

Nadia asintió como si la idea hubiera sido suya desde el principio.

—Ven. De rodillas.

No lo pensé. Fui. Me arrodillé frente a ella y me acerqué hasta tener su coño a pocos centímetros de la cara, abierto, brillante, oliendo a sexo. Metí la lengua despacio primero, luego con hambre. Le recorrí el clítoris, le hundí la lengua en la entrada, la escuché jadear mientras me agarraba del pelo y me movía la cara contra su coño con autoridad.

—Así, perra, así —me dijo, apretándome la nuca—. Chúpamelo bien.

Oí a los hombres alrededor, excitados, comentando cada lamida. Yo ya no estaba pendiente de ellos. Solo del sabor de Nadia, de sus piernas temblando, de cómo me mojaba la cara al correrse contra mi boca. Cuando terminó, me levantó tirándome del pelo y me besó otra vez, haciéndome probar su propio gusto en su lengua.

Se vistió rápido, recogió su dinero y, antes de irse, me dejó una última mirada de complicidad. Como si me entregara el escenario. Como si lo que seguía ya no fuera suyo, sino mío.

Cuando la puerta se cerró, me quedé sola con los cinco.

Desnuda de cintura para arriba, en tanga, con el coño latiéndome y la cara todavía húmeda. Ellos seguían duros. Más duros que antes.

—La fiesta sigue —dijo Bruno.

—Y tú vas a servirnos así —añadió otro.

No protesté. Recogí mi top y mi falda del suelo, pero no me los puse. Fui a la cocina por más copas. Al volver, ya se habían quitado las camisetas. Algunos también el pantalón corto. Cinco cuerpos adultos, cinco pollas tiesas, cinco pares de manos deseando perderme el respeto del todo.

La primera mano firme fue la de Elías. Me agarró un glúteo mientras le servía y apretó sin disimulo.

—Gracias, preciosa.

Después vino otro azote. Luego otro. Una mano en una teta. Dos dedos pellizcando un pezón. Yo seguía acercándome cada vez más, ofreciéndome de una forma que ya no podía llamar casualidad. Si pedían hielo, me inclinaba. Si querían servilletas, rozaba sus rodillas con mis muslos. Estaba ardiendo.

Darío fue quien terminó de romper lo que quedaba.

Me llamó a su lado y me puso una mano en la cintura. La otra se metió entre mis piernas, apartó el tanga a un lado y me tocó el coño directamente. Gemí antes de poder evitarlo. Tenía los dedos grandes, calientes, y me encontró empapada al primer roce.

—Mírala —dijo a los demás—. Está chorreando.

Me metió un dedo. Luego dos. Los hundió despacio y empezó a sacarlos y meterlos con un ritmo que me dobló las rodillas. Yo me apoyé en su hombro para no caerme. Los demás nos miraban callados, pendientes de mi cara, de mis gemidos, de cómo el tanga me colgaba a un lado mientras él me follaba con la mano.

—¿Así te gusta, puta? —me preguntó cerca del oído.

—Sí —le contesté sin aliento.

—Dilo bien.

—Sí, me gusta. No pares.

Su sonrisa fue obscena. Sacó los dedos, me los enseñó brillantes y se los chupó despacio antes de agarrarse la polla. Era enorme. Gruesa, larga, morena, perfecta para asustar y excitar a la vez. Yo no podía apartar la vista.

—La quieres chupar, ¿verdad?

Asentí.

Los otros se rieron, animándolo.

—Pues de rodillas —ordenó.

Bajé al suelo sin dignidad ninguna. Me arrodillé entre sus piernas y me llevé su polla a la boca con hambre. El capullo me llenó la lengua y solté un gemido antes de empezar a chupar. Él me agarró el pelo para marcar el ritmo. Follaba mi boca con empujes cortos al principio, viendo hasta dónde entraba. Yo babeaba, me esforzaba, tragaba más y más hasta que sentí la garganta arder.

—Joder, mírala —escuché detrás—. Se la está comiendo de verdad.

Yo quería más. Quería ganármela entera. Quería sentir que me usaban de una vez. Darío me sujetó la cabeza con las dos manos y empujó más hondo. Me obligó a abrir más la garganta, a aguantar la arcada, a respirar por la nariz mientras su polla me golpeaba el fondo de la boca. Se me caían lágrimas. La saliva me corría por la barbilla. Y aun así seguí.

Hasta que él me soltó y me dejó toser sobre la alfombra, medio ahogada y completamente caliente.

—Ya está —dijo riéndose—. Te ganaste algo mejor que dinero.

Me levantó de un brazo como si no pesara nada y me cargó al hombro. Los otros silbaron mientras me llevaba por el pasillo. Yo vi techo, luces y trozos de pared hasta caer de espaldas en una cama enorme, en lo que debía de ser el dormitorio principal. Los cinco entraron detrás.

Entonces sí empezó el sexo de verdad.

***

Me arrancaron el tanga. Literalmente. Uno tiró de un lado, otro del otro, y la tela acabó en el suelo. Abrí las piernas por pura necesidad antes de que me lo pidieran. Mi coño estaba brillante, hinchado, palpitando. Darío se colocó entre mis muslos, pero el primero en meter la cara fue Mateo, el del cumpleaños.

Se agachó y me abrió con los dedos para chuparme el clítoris. Lo hacía con hambre nerviosa, como quien lleva tiempo fantaseando con algo. Lamiendo, succionando, metiendo la lengua, mientras otro me sobaba las tetas y otro me sujetaba los tobillos contra el colchón. Yo gemía sin pudor, arqueando la espalda.

—Cómetela bien —dijo alguien—. Mira cómo se derrite.

Mateo me metió dos dedos y los movió dentro mientras seguía lamiéndome. Sentí el orgasmo subir rápido, brutal, pero justo antes de correrme lo apartaron.

—Ahora no. Primero el culo —dijo Darío.

Me giraron boca abajo. Me pusieron una almohada bajo la cadera para levantarme el culo. Sentí manos abriéndome las nalgas, dedos untando lubricante frío en el ano, y después un dedo entrando despacio. Luego dos. Los movieron dentro mientras otra mano me masturbaba el clítoris por debajo del cuerpo. Gemí contra la sábana, con la cara hundida, notando cómo me abrían y me preparaban sin ninguna prisa.

—Relájate —me dijo Elías cerca del oído—. Te va a entrar toda.

La punta de Darío empujó el ano y yo apreté los dedos sobre la colcha. El primer tramo ardió. El segundo dolió y excitó a la vez. Cuando me clavó más de media polla, mi coño se contrajo tanto que el orgasmo pendiente me explotó de golpe. Me corrí gritando, temblando, con la cara pegada al colchón mientras él seguía entrando hasta llenarme por completo.

—Eso es, joder —gruñó—. Le encanta.

Empezó a follarme el culo con embestidas lentas y profundas, sacando casi toda la polla para volver a meterla hasta el fondo. Yo solo podía gemir y mover el culo hacia atrás, buscándolo, pidiéndole más. Tenía el ano ardiendo y el coño escurriendo sobre la sábana. Nunca había estado tan abierta, tan llena, tan puta.

Entonces Mateo se puso delante de mi cara con la polla dura.

—Ábreme la boca.

Lo hice. Me la metió despacio primero, sujetándome la mandíbula. Darío seguía taladrándome por detrás, y yo recibía la otra polla en la boca al mismo tiempo, ahogada entre gemidos y jadeos. Cada embestida por el culo hacía que tragara más profundo la de Mateo. Era su cumpleaños, pero el regalo me lo estaba dando él a mí.

No tardó mucho. Sus huevos tensos, sus caderas cortas, sus gemidos rotos me avisaron antes de correrse. Sacó la polla justo a tiempo y se vació sobre mis tetas y mi cuello, mientras Darío se enterraba hasta el fondo con un último empujón y me llenaba el culo con una corrida caliente y espesa que sentí de verdad, pulsando dentro.

Yo temblaba. Ellos jaleaban. Y todavía faltaban tres.

Me dieron la vuelta y Bruno me agarró las piernas para ponerme al borde de la cama. Me abrió el coño con la punta de su polla y entró despacio, quizá porque ya me veía demasiado rota o quizá porque le gustaba saborearlo. Después empezó a coger ritmo, una cadencia larga, honda, que me hacía rebotar las tetas y me abría más con cada embestida.

Mientras me follaba, Héctor se acercó a mi cabeza y me ofreció la polla. No tuvo que insistir. La chupé con avidez, agarrándola con ambas manos, lamiando el frenillo, hundiéndomela hasta donde me dejaba la garganta. Él me acariciaba la mejilla como si el gesto cariñoso compensara la obscenidad de tenerme rellenada por un hombre y arrodillada en la boca de otro.

Bruno aceleró. Sus huevos golpeaban mi culo húmedo de lubricante y semen. Me folló el coño sin delicadeza, clavándomela hasta hacerme jadear dentro de la polla que mamaba. Noté el segundo orgasmo llegar en oleadas cortas. Me corrí apretándole la verga, y eso bastó para que él saliera y se vaciara a chorros sobre mi vientre.

Héctor no aguantó mucho más. Me sacó la polla de la boca y me la derramó en la cara, salpicándome labios y barbilla. Yo abrí la boca y saqué la lengua por puro vicio. Él soltó una carcajada ronca.

—Mírala, cómo lo disfruta.

Quedaban Elías y el propio Héctor por entrarme. Elías fue el que más me alteró. Tal vez porque lo conocía de antes. Tal vez porque había una intimidad rara en mirarnos en medio de aquella suciedad.

Se tumbó en la cama y me hizo subir encima. Me coloqué a horcajadas, agarré su polla y la guié dentro de mi coño, todavía abierto y empapado. Bajé despacio hasta sentármela entera. Los dos soltamos el aire al mismo tiempo. Después empecé a cabalgarlo, primero con movimientos lentos de cadera, luego rebotando sobre él mientras sus manos me agarraban las tetas y me las apretaban sin piedad.

—Así te quería ver —me dijo entre dientes—. Encima de mi polla.

Sus pulgares jugaron con mis pezones hasta doler. Después me dio un azote en una teta que me arrancó un grito, y eso volvió locos a los demás. Me animé todavía más. Salté sobre su verga con el cuerpo inclinado hacia delante, sintiendo cómo me golpeaba por dentro una y otra vez. Él me sujetó de las caderas y empezó a empujar desde abajo, descontrolado.

Me corrí por tercera vez encima de él, chorreándole la polla. Elías me giró entonces, dejándome boca abajo, y salió de mi coño para correrse sobre la espalda y las nalgas, esparciendo la corrida con la punta de la polla como si marcara su sitio.

Héctor quiso el final para él. Me colocó de lado, una pierna arriba, y me la metió en el coño con hambre renovada. Pensé que después de todo ya no me cabría nadie más, pero mi cuerpo había dejado de decir no hacía rato. Me abrió con empujes rápidos y sucios, agarrándome una nalga con fuerza. La habitación olía a sudor, semen y lubricante. Yo estaba cubierta de todo eso y me sentía ridículamente viva.

Héctor me folló hasta correrse apretando los dientes, sacándola a tiempo para derramarse entre mis muslos y sobre la sábana. Después se dejó caer a mi lado, exhausto.

Los cinco jadeaban, satisfechos por un momento. Yo también. Pero seguía notando el coño latiéndome, el culo goteando, las piernas flojas. Nadie hablaba. Solo se escuchaban respiraciones y alguna risa incrédula.

Podrían haber seguido. Yo lo supe. Los cinco seguían mirándome como si aún no hubieran terminado conmigo. Y una parte de mí quería dejarlos continuar hasta el amanecer, convertirme de una vez en la fantasía completa que llevaba horas representando. Pero el cuerpo ya me estaba pidiendo tregua.

Levanté la mano cuando Mateo volvió a acercarse con otra erección a medio camino.

—No más —dije, todavía jadeando—. Si seguís, me matáis.

Se rieron, pero me hicieron caso.

***

Me vestí despacio en el salón, sin limpiarme del todo. La minifalda se me pegaba a la piel manchada. El top escondía poco. Ellos me miraban en silencio, aún desnudos o medio desnudos, con esa mezcla de satisfacción y hambre que deja una orgía cuando termina antes de que los hombres quieran.

Bruno me entregó el dinero. No conté delante de ellos. Elías me acompañó hasta la puerta. Antes de irme, me rozó la muñeca y me miró con una calma peligrosa.

—No voy a hacerme el arrepentido —me dijo—. Llevo años deseándote y esta noche fue mejor de lo que imaginé.

No supe qué responder. Le besé la mejilla y me fui.

Conduje hasta mi apartamento con las piernas todavía temblando. Cuando llegué, me tiré en la cama casi sin desnudarme, oliendo a ellos, sintiendo la corrida de Darío todavía dentro del culo. Dormí a trompicones. Al despertar, la vergüenza me golpeó fuerte. Pasé dos días sin querer hablar con nadie, repasando cada momento y preguntándome en qué instante había decidido dejarme arrastrar hasta el fondo.

El viernes siguiente, después del trabajo, ya no pude más. Abrí el móvil y vi un mensaje antiguo de Elías. Lo releí varias veces. Luego me llevé la mano entre las piernas y empecé a masturbarme pensando en la cama, en las dos pollas a la vez, en la boca llena, en el culo abierto. Me corrí tan rápido que me asusté.

Y en lugar de aprender la lección, hice lo contrario.

Le escribí.

—Sigo pensando en esa noche. Si vienes, no vengas solo.

No tardó ni un minuto en responder.

—Dame media hora. Esta vez las horas extras las ponemos nosotros.

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Comentarios(5)

Nacho_87

Tremendo relato!!! Me dejo sin palabras la verdad

CarlaDeNoche

Por favor necesito la segunda parte!!! Me quede con unas ganas bárbaras de saber como termino esa noche

PilarSuarez

Algo así me pasó trabajando en un evento privado, aunque no llegó tan lejos jajaja. Muy bien escrito!

Sebasss93

Y cuantos habia en esa fiesta?? Quede con la duda jajaja

Fernanda_LP

Me engancho desde el primer parrafo, se nota que esto fue real. Excelente

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