Volvió mi amigo para compartir a mi esposa
Hacía meses que no sabíamos nada de Mateo. Fue él quien estrenó a mi esposa en nuestra vida de tríos, mucho antes de que apareciera Esteban, y después se esfumó sin más. Ni una llamada, ni un mensaje. Renata y yo habíamos asumido que esa puerta quedaba cerrada.
Por eso, aquel sábado por la tarde, cuando sonó el celular de mi mujer y la pantalla se le quedó mirando, supe que algo cambiaba. Renata se quedó pálida, con el aparato en la mano, y me lo giró para que viera el nombre.
—Es Mateo —susurró, como si pronunciarlo fuera a romper algo.
Me reí de puros nervios y le hice un gesto con la barbilla.
—Contesta.
Ella respiró hondo, apretó el botón y lo puso en altavoz.
—Hola —dijo, y le tembló un poco la voz.
—Hola, mujer preciosa. ¿Cómo has estado? —Su tono era el de siempre, cálido y descarado a la vez.
—Muy bien. ¿Y tú?
—Aquí, pasando a saludar a la más bonita de todas. Ya me tenías en el olvido.
—No seas mentiroso —contestó ella, recuperando el aplomo—. Tú fuiste el que se olvidó de nosotros.
Yo le hacía señas desde el sofá, asintiendo, dándole permiso sin necesidad de hablar. Renata me miró de reojo y entendió.
—¿Y a qué se debe la llamada? —preguntó.
—A nada. A saber cómo están. Y a ver si me dejan caer por su casa esta noche, a tomar unas cervezas. Tengo ganas de verlos.
—Mmm, claro que sí. Dime a qué hora y nos preparamos.
—¿Les parece bien a las ocho y media?
—Perfecto. Aquí te esperamos.
Colgó y se quedó mirándome con una sonrisa que le partía la cara en dos. No hizo falta decir nada. Los dos sabíamos en qué iba a terminar la noche.
—Vamos arreglando esto —le dije—, que va a haber fiesta.
***
Limpiamos la casa entera, ordenamos los cuartos. Nuestros hijos se fueron a dormir a casa de unos primos, así que teníamos el lugar para nosotros. Mientras Renata se metía a la ducha, yo bajé a la tienda por un par de packs de cerveza bien fría.
Cuando volví, ella estaba terminando de maquillarse frente al espejo. Sacó del cajón un conjunto de lencería negro, de esos que no dejan nada a la imaginación, y se puso encima un short ajustadísimo y una blusa muy escotada. Verla así me secó la boca. Sus pechos asomaban de un modo que era una invitación directa.
A las ocho y media en punto sonó el timbre. Salí a recibirlo.
—Pasa, estás en tu casa —le dije, dándole un abrazo.
—Gracias, hermano. ¿Y Renata?
—En la cocina. Ven.
Apenas entró, mi esposa se puso de pie y la cara se le transformó. Lo que había sido nervios se convirtió en otra cosa, algo más oscuro y más hambriento.
—¡Mateo! —exclamó, y le plantó un beso en cada mejilla.
—Hola, hermosa. ¿Cómo has estado? Estás guapísima.
—Tú tampoco estás nada mal —respondió ella, soltando una risita.
Nos sentamos a charlar. La plática fluía fácil, como si los meses de silencio no hubieran existido. Renata había preparado unos bistecs con espagueti, y comimos los tres entre bromas y miradas que se demoraban un poco más de la cuenta. Después levantamos la mesa y nos pasamos al living con otra ronda.
—¿Y qué ha sido de tu vida? —le pregunté.
—Nada nuevo. Trabajar y trabajar. ¿Ustedes?
—En lo mismo. Sobreviviendo.
Varias cervezas después, la conversación ya iba más caliente, más suelta por el alcohol. Mateo me miró con una sonrisa torcida.
—Oye, hermano… tu esposa sigue estando buenísima. ¿No habrá manera de que me la prestes?
—Más respeto, cabrón —le solté, fingiendo enojo.
—Perdón, no era mi intención —rió.
—Tranquilo. Ya sabes que aquí está, para cuando quieras. Si ella quiere, claro.
Renata, que volvía del baño, alcanzó a escuchar el final. Yo me levanté, puse música suave en el parlante y me giré hacia mi amigo.
—Sácala a bailar. ¿Verdad que quieres bailar, mi amor?
—Por qué no —dijo ella, ya con la mirada encendida.
***
Se pusieron de pie. Él la tomó de la cintura, ella le rodeó el cuello con los brazos, y empezaron a moverse muy juntos. Yo los miraba desde el sofá, sintiendo cómo se me aceleraba todo. En eso me dieron ganas de orinar y me fui al baño. Cuando volví, lo hice en silencio, para ver qué hacían.
Estaban besándose. Un beso largo, lleno de fuego, ella aferrada a su nuca. Por un instante me ganaron los celos, una punzada absurda que me dieron ganas de correr. Pero hice justo lo contrario. Me acerqué por detrás de Renata, le pasé las manos por la cintura y le estrujé los pechos por encima de la blusa.
Ella gimió bajito, suspirando entre los labios de Mateo. Estaba lista.
—Ahora dale tú —le dije a mi amigo, y me aparté.
Mateo le fue quitando la ropa despacio, hasta dejarle los pechos al aire. Luego le bajó el short y la dejó solo con la piel desnuda y depilada. Ella, sin dejar de besarlo, le desabrochó el pantalón y lo dejó caer al piso del living. El bulto debajo de la ropa interior ya no dejaba dudas.
Lo empujó al sillón y se arrodilló frente a él. Le pasó la lengua de abajo hacia arriba, lenta, y después se lo metió a la boca casi de un bocado.
—Qué rico la chupas —jadeó él.
—¿Te gusta? —preguntó ella, levantando la vista.
—Muchísimo.
A mí me faltaban ojos. Verla así, entregada, era un espectáculo que no me cansaba de mirar.
Cuando estuvo lista, Renata se montó encima de él. Le dio un beso, se acomodó y se dejó caer hasta el fondo. Soltó un gemido largo y empezó a moverse de arriba abajo, despacio primero, después con ganas.
—Así… más… —pedía ella, con la cabeza echada hacia atrás.
—Me voy a venir —avisó él al rato—. ¿Me salgo?
—No. Quédate adentro —ordenó Renata, clavándole las uñas en el hombro.
Él bufó, la apretó contra su cuerpo y terminó dentro de ella. Se quedaron abrazados un segundo, recuperando el aliento, antes de que mi esposa se levantara y me buscara con la mirada.
—Es tu turno —me dijo, y me jaló del brazo—. Cógeme.
No me lo repitió dos veces. La tumbé en el sillón, le abrí las piernas y me hundí en ella. Cogerla así, entregada y empapada después de mi amigo, me volvía loco. Las imágenes de los dos juntos seguían dándome vueltas en la cabeza.
—Amor, ya vengo —jadeé.
—Quédate adentro, no te muevas —pidió ella, y ahí terminé yo también.
***
Mateo la ayudó a levantarse y la acompañó al baño para asearse. Cuando volvieron, abrazados, destapamos otra cerveza bien fría.
—Qué bárbaros —dije, riendo—. Vaya manera de ponernos al día.
Renata fue al cuarto a cambiarse, porque su ropa había quedado inservible. Mientras tanto, Mateo me miró.
—Tu esposa está increíble, hermano.
—Espabílate o te la ganan —le dije, en broma a medias.
—¿Por qué lo dices?
—Pregúntale a ella.
Cuando volvió, Mateo le hizo un sitio a su lado.
—Ven, reina, siéntate aquí. Cuéntame eso que dice tu esposo.
—¿Qué pasó? —preguntó ella, haciéndose la inocente.
—¿Es verdad que si te descuido te vas con otro?
—En lo que tú estabas perdido, alguien más me hizo compañía —respondió, jugando con el elástico de su ropa interior—. Me dieron permiso de buscar.
—¿En serio?
—En serio. Ya no soy solo tuya.
—¿Quieres volver a serlo? —le preguntó él, ronco.
—Tienes que ser mía de nuevo —dijo, mordiéndose el labio—. Vamos al cuarto. Vénganse.
***
Pasamos a la recámara. Mateo la abrazaba por detrás, besándole el cuello con ansias, mientras los tres nos sacábamos la ropa que quedaba. Renata se acostó boca arriba y él se acomodó encima.
—Eres mía —le murmuraba—. No quiero que andes con otro.
—Pues no vuelvas a desaparecer —contestó ella, mientras él entraba despacio.
Yo me senté al borde de la cama, mirándolos, tocándome al ritmo de sus cuerpos. Al rato, Renata estiró la mano hacia mí.
—Ven, acuéstate tú también.
Me eché a su lado, uno por cada flanco. Ella nos miraba a los dos, divertida y caliente.
—Mira que tú eres solo mía —le dijo a Mateo, y se giró para tomarlo con la boca.
Él la jaló hacia sí para acomodarse en un sesenta y nueve, y yo me coloqué frente a su cara. Entre lametón y lametón ella se giraba a besarme, y después volvía a él. Por momentos los dos lo atendíamos a la vez, y nos besábamos por encima, en un enredo que ya no distinguía de quién era cada caricia.
—Déjame por el otro lado —pidió Mateo al fin—, que ya voy a venirme.
Renata se sentó sobre él de espaldas y me miró por encima del hombro.
—Dale una pasada para que resbale, amor.
La obedecí, y ella se fue acomodando despacio, a su ritmo, con la cara descompuesta de puro placer. No aguantó mucho: Mateo se vino otra vez, esta vez por detrás.
—Ahora ven tú —me dijo ella, girándose para ofrecerme lo que él acababa de dejar libre.
Me hundí de golpe. Por momentos ella volteaba a besar a Mateo, y entre los dos la teníamos a la vez, él por un lado y yo por el otro, con un ritmo sincronizado: cuando él entraba, yo salía, y así una y otra vez.
—Qué rico me están cogiendo, cabrones —gemía Renata, fuera de sí.
—Me voy a venir —avisé.
—Yo también —dijo él, casi al mismo tiempo.
Ella se vino con un grito largo, temblando entre los dos. Yo me salí, me terminé sobre su espalda, y los tres nos desplomamos sobre la cama, agotados.
***
Fui por unas últimas cervezas, pero la verdad es que el alcohol y el cansancio nos vencieron. Nos quedamos dormidos sin darnos cuenta. Un par de horas después desperté: ellos seguían tirados, desnudos, respirando despacio. Miré la hora. Casi las dos de la madrugada. Vaya fiesta.
Poco a poco fueron despertando. Mateo, medio avergonzado, dijo que mejor se retiraba. Pero Renata, insaciable como siempre, lo retuvo de la muñeca.
—Ven, dame mi despedida —le pidió.
No hizo falta más. En segundos él la tenía otra vez abierta de piernas, chupándole los pechos.
—Así, ahora déjame a mí —dijo ella, y se giró para tomarlo con la boca, en cuatro, mientras él la sostenía de la cabeza.
—Dime que eres mi favorita —jadeó Mateo.
—Soy tu preferida —contestó ella entre lametones—. Cógeme por detrás.
Se acomodaron, y él se la clavó entera de un solo golpe.
—Hijo de perra, qué rico —gritó Renata—. ¡Más, así, que ya vengo!
Se corrió de nuevo, mojando media cama. Yo, de tanto morbo acumulado, terminé otra vez solo de verlos. Mateo aguantó un poco más, hasta que bufó como un toro y se vació dentro de ella.
—Qué bárbaros son para coger —rió mi esposa, levantándose tambaleante—. Me dejaron rendida.
Corrió al baño a asearse mientras Mateo se vestía. Cuando ella salió, se despidieron en la puerta con un beso largo y la promesa de repetir, pero la próxima vez los dos solos.
Cerré la puerta, miré a Renata recostada en el sillón, todavía sonrojada y con esa mirada de gata satisfecha, y supe que la noche no había terminado del todo para mí.