La mañana que Sofía le propuso un trío
Se despertó con la mano de Sofía guiándole hacia su sexo. Para cuando llegaron al café, ya habían agotado la cama y la ducha. Lo que ella propuso después era otra historia.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Se despertó con la mano de Sofía guiándole hacia su sexo. Para cuando llegaron al café, ya habían agotado la cama y la ducha. Lo que ella propuso después era otra historia.
Valentina llevaba todo el día mirándola distinto. Cuando el último invitado se fue, los tres subieron a la suite y el silencio lo dijo todo.
Le di permiso para estar con otro. Lo que no esperaba era quedarme pegado al telefono, escuchando todo, sin poder colgar.
Cuando vi al masajista entrar desnudo a la sala de aceites, supe que aquello no era un regalo de aniversario normal. Y tenía razón.
El calor, el mar y dos parejas demasiado cómodas entre sí. Cuando los dos hombres se alejaron a por cervezas, ninguno imaginaba de qué terminarían hablando.
Rodrigo volvió de la cocina con un vaso de tubo. Si la polla de Bruno no cabía en él, nos dejaban la casa. Yo sabía perfectamente lo que acababa de apostar.
Llevábamos meses hablando de eso en voz baja, casi sin atrevernos. La noche que por fin los dos dijimos que sí, nada volvió a ser exactamente igual.
El jardín estaba oscuro cuando Marcos me arrastró detrás de los setos. Lo que vino después, entre champán y cuerpos, no lo había planeado nadie.
Marcos se quitó la ropa con naturalidad. Lucía no se cubrió con toalla. La luz rojiza del pasillo convirtió su cuerpo en una invitación silenciosa.
La cremallera se abrió de golpe y dos caras asomaron desde fuera. Nadie se sorprendió demasiado. Lo que vino después fue lo más salvaje que Sara había vivido.
Fui a pedir una copa y volví con dos hombres pegados a mí. Marcos observaba desde lejos, sin intervenir. No hasta que yo dije basta.
Cuando le dije a Iván que se quedara, ella aún sostenía la cerveza fría entre las manos y me miraba como si ya supiera lo que estaba a punto de pedirle.
Rodrigo me miró fijo y me dijo que sí, que lo hiciera, pero que quería verlo todo. Y yo, que creía que eso me daría vergüenza, sentí exactamente lo contrario.
Dejé el auto a una cuadra para no hacer ruido. Las luces estaban apagadas, pero del fondo de la casa llegaban risas que no encajaban con ninguna reunión tranquila.
El gas era casi invisible, pero sus efectos no. En segundos, el uniforme dejó de ser una armadura y se convirtió en algo que quemaba la piel desde adentro.
Cuando entré al departamento, las luces estaban apagadas y sobre la cama me esperaba un atuendo de látex en mi talla exacta. Damián sonrió desde la puerta.
Doce personas que no se conocían entre sí, una casa rural y dos noches sin reglas. Cuando sonó el claxon, salimos al salón completamente desnudos.
Había entrado a comprar un juguete. No esperaba terminar en el suelo de la tienda, completamente desnuda, con extraños mirándome desde el otro lado de una caja caída.
El crujido de la puerta me despertó. Reconocí la respiración de mi hermana antes de que mi marido dijera nada. Y decidí no abrir los ojos.
El cartel prometía orgía, parejas, strippers. Lo que pasó en ese motel fue otra cosa: él me desnudó delante de treinta desconocidos.