El día que descubrí que los hombres me deseaban
Me dije que solo pasaba cerca del parque por el camino más corto. Pero cuando sus ojos me siguieron y su mano rozó mi cadera, ya no pude seguir mintiendo.
Me dije que solo pasaba cerca del parque por el camino más corto. Pero cuando sus ojos me siguieron y su mano rozó mi cadera, ya no pude seguir mintiendo.
Cuando Nicolás subió a quejarse de la música, encontró a Valentina en el balcón con una camisola mojada y una sonrisa que no prometía nada bueno.
Bajé a ayudarlo vestida con lo que tenía puesto. No había calculado lo que pasaría cuando me senté a su lado en ese cuarto.
Escuché sus gemidos la primera noche desde el otro lado de la pared. No podía saber que esa pareja mayor terminaría en mi cocina pidiendo mucho más.
Bajé a ayudarlo con unos trámites. Tenía manos grandes, olor a taller y una manera de mirarme que me ponía nerviosa desde que llegamos.
Se agachó detrás del contenedor en el callejón y lo que vio al otro lado de la cortina lo dejó sin palabras. La noche cordobesa guardaba secretos que no debía descubrir.
Llevaba semanas bajando con excusas. Él me miraba de reojo y desviaba la vista. Hasta que llegó un paquete que no cabía en el ascensor y todo cambió.
Tenía treinta años más que yo y la espiaba cada mañana cuando tendía la ropa. Sin imaginar que ella sabía exactamente lo que me hacía sentir.
Andrés me decía que el vecino nos miraba demasiado. Tenía razón. Pero esa tarde de agosto, cuando sonó el timbre y fui a abrir, me alegré de que él no estuviera.
Me bastó una mirada desde la ventana para saber que ese chico iba a hacer todo lo que yo le pidiera. Solo necesitaba el momento justo.
Llevábamos años de silencios y cenas frías. Cuando entró a arreglar la chimenea, algo se quebró en mí. Y yo lo dejé pasar.
Cuando abrí su galería para limpiar la cámara, encontré cientos de fotos mías. Pensé en irme. Luego vi lo que había debajo de sus pantalones y cambié de opinión.
Tenía unos sesenta años y una mirada que no disimulaba nada. Cuando me invitó a su casa, supe exactamente lo que iba a pasar.
Dejé la cortina entreabierta a propósito. Ella lo sabía y no dejó de mirar. Así empezó todo: observándonos desde lejos antes de que la distancia dejara de importar.
La espiaba desde mi ventana mientras tendía la ropa en la terraza. Esas tetas enormes, esa sonrisa cómplice. Sabía que la miraba y nunca dijo nada... hasta aquel martes.
Vine a pasar la noche en su departamento y terminé desnuda en el sofá mientras su mejor amiga nos miraba desde el sillón, sin moverse y sin decir una sola palabra.