La travesti del pueblo me sacó a bailar esa noche
Bajé al patio del bar a las dos de la mañana porque en mi cuarto no se podía respirar. No imaginaba que terminaría siguiéndola hasta el cuartito de atrás.
Bajé al patio del bar a las dos de la mañana porque en mi cuarto no se podía respirar. No imaginaba que terminaría siguiéndola hasta el cuartito de atrás.
Cuarenta y tres grados, las cuatro de la tarde, y ella asomada al balcón con la camisola pegada al cuerpo, sabiendo perfectamente que iba a hacerme subir cinco pisos.
Se asomó desde el balcón con una camisola empapada y una sonrisa torcida. Yo subí cuatro pisos sabiendo exactamente lo que iba a pasar.
Estaba agachado en la oscuridad del callejón cuando la vi. Sandra, la mamá de Rodrigo, detrás de esa ventana que nunca debí mirar.
Hacía doce años que nadie la miraba así. Rodrigo tenía veinte, llegó con una escalera y una sonrisa, y ella solo quería que le arreglaran el techo.
Jugamos al póker de prendas con mis vecinos. Nadie dijo a qué más se estaba jugando, pero cuando me quedé sin ropa en el centro del salón, ya no necesitábamos las cartas.
La primera noche en el piso nuevo oí a la vecina del otro lado del tabique. Tuve que levantarme al baño a acabar mientras Laura dormía.
Llevas años tragando suspiros a medianoche. Esa noche alguien te estaba mirando desde la puerta, y tu cuerpo lo supo antes que tú.
Fue al río a pescar y encontró algo entre los arbustos que no esperaba ver: su vecina y un desconocido. No se movió. No dijo nada. Solo miró.
A las once y media bajé al cuarto de la lavadora con una excusa. Ella estaba de espaldas y no se giró cuando me oyó entrar. Eso lo cambió todo.
Entre los arbustos del río, Marcos descubrió que su vecina no era quien parecía. Ni él tampoco.
Había algo en sus ojos cuando se dio la vuelta que debería haberme preocupado. No era la rabia de una vecina molesta. Era una promesa.
Cuando los dos vecinos del piso de abajo tocaron mi puerta con una botella de vino, llevaba diez días sola en casa con el cuerpo en un estado que no era tranquilidad.
Cuando entendí que ella lo había visto todo, lo primero que sentí no fue vergüenza sino algo mucho más difícil de controlar.
Cuando entró sola al bar, solo quería entender qué sentía. No esperaba encontrarse con su ex profesora de matemáticas mirándola desde la barra.
Primero escuchamos sus gemidos desde el piso de arriba. Después ellos escucharon los nuestros. Ninguno de los cuatro se detuvo.
Se puso en cuatro patas entre sus macetas, me miró desde el suelo y me dijo: salta la barda. Llevaba una cola esponjosa que se movía con cada respiración.
Ernesto llevaba años sin mirarme así. Entonces llegaron los vecinos de enfrente y en una cena encendieron algo que creíamos dormido para siempre.
Cuando me pilló en su cuarto con la zapatilla en la mano, su mirada mezcló sorpresa y algo más oscuro. Aquel día cambió todo entre nosotros.
Cuando bajé del ascensor con la tanguita ya empapada y el vestido pegado al sudor, supe que aquel tequila no iba a quedarse solo en tequila.