Desde la buhardilla, sin que ellos lo supieran
Ella estaba sola al borde del agua cuando llegó él. Ricardo los observó desde arriba sin poder apartar la mirada. Lo que pasó no era para nadie más.
Ella estaba sola al borde del agua cuando llegó él. Ricardo los observó desde arriba sin poder apartar la mirada. Lo que pasó no era para nadie más.
Llevaba un short minúsculo y un top sin sostén cuando sonó el timbre. El viejo del lado solo venía a pedir azúcar. O eso pensé cuando le abrí.
Cuando Marta me dijo que había encontrado a las cuatro mujeres perfectas para mi castigo, supe que ya no había marcha atrás. Esa misma tarde firmé el contrato sin leer la mitad.
Me levanté a las tres de la mañana por unos gemidos que no podía ignorar. La puerta de mi madre estaba entornada y yo me quedé clavado en el pasillo.
Martín llegó con una escalera y una caja de herramientas. Doña Carmen lo vio desde la ventana sacarse la remera bajo el sol y supo que el trabajo iba a ser largo.
No me frenó saber que Nadia estaba ahí con los ojos fijos en nosotros. Al contrario: su mirada encima de mí hizo que todo fuera más intenso.
Eran las tres de la tarde y ella estaba a cuatro patas en el zacate, descalza, con esa cosa balanceándose por encima de la cintura del pantalón.
Cuando empezamos a oír el cabecero golpeando contra la pared, no imaginábamos que esa misma noche nuestros gritos también cruzarían al otro lado del techo.
Cuando le metí la mano debajo de la remera, sentí los ojos de su mejor amiga clavados en mí desde el sillón. Y en lugar de frenar, me excité más.
Llevábamos una semana sin hablarnos cuando me escribió: «Damián viene esta tarde». No supe qué hacer salvo quedarme pegado a la ventana mientras lo veía cruzar la calle.
Cuando los labios de su amiga rozaron los suyos en un juego de prendas, Lucía no sabía que aquel verano iba a desordenarle la cabeza y el cuerpo entero.
Tenía catorce años y todavía era virgen cuando bajé descalzo por el pasillo. La puerta del cuarto de mis padres no estaba bien cerrada y por la rendija salía la luz.
Llevaba semanas viéndolo desviar la mirada cuando yo bajaba con vestido. Esa tarde, al cerrar la puerta de mi apartamento, supe que ya no iba a desviarla más.
Entré a su casa solo para ayudarlo con una aplicación. Jamás imaginé que su galería ocultaba un secreto que iba a sacudirme por completo.
Lo planeé todo con él desde el primer interrogatorio. La noche que volvió a tocar mi puerta, supe que el caso estaba cerrado y la cama, abierta.
Cuando mi marido viajó, los dos viejitos del quinto me invitaron a celebrar un cumpleaños. Lo que pasó sobre la mesa del comedor no debió pasar.
La primera noche ya lo oyó todo a través de la pared. Cuatro días después cenaban juntos. Lo que pasó después nadie lo había planeado.
Sonó el timbre justo cuando empezaba a aburrirme de mi vida perfecta. Era él, el vecino que mi marido odiaba, con una excusa torpe y una mirada que no lo era.
La cortina del fondo cerraba mal y la voz que escuché desde el dormitorio no era la Carla del barrio que me saludaba todas las mañanas.
La primera vez que la sorprendí observándome, dejé la cortina entreabierta a propósito. Quería saber hasta dónde estaba dispuesta a llegar la chica del balcón de enfrente.