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Relatos Ardientes

Cómo me volvió voyeur en la universidad

Nos conocimos en la universidad, cuando ambos entramos al mismo curso nocturno. Yo ya era una mujer adulta, pero llegué a ese salón con una timidez que me hacía sentir torpe hasta para saludar. Él, que voy a llamar Darío, se sentó a mi lado la segunda semana y desde entonces empezó a hablarme con esa voz grave que parecía meterse debajo de mi piel.

Compartimos trabajos, cafés mal servidos en la cafetería y noches de estudio que terminaban demasiado tarde para seguir fingiendo que solo éramos compañeros. Yo lo miraba sin querer mirarlo. Me gustaban sus manos grandes, su paciencia, la manera en que me corregía un ejercicio sin hacerme sentir tonta y ese aire de hombre golpeado por la vida que todavía no se había rendido.

Con el tiempo me contó que venía de una separación dolorosa. No me dio detalles, y yo tampoco se los pedí. Solo entendí que llevaba heridas encima y que, aun así, conmigo se permitía una suavidad que no mostraba con nadie más.

La noche que todo arrancó de verdad nos quedamos estudiando hasta el amanecer en su apartamento. Al día siguiente almorzamos cualquier cosa, agotados, y salimos a caminar unas cuadras para despejar la cabeza. Yo iba hablando de una exposición pendiente cuando él se detuvo en seco, me miró fijamente y acercó la cara a la mía.

No dijo nada. Tampoco hizo falta.

Su boca se pegó a la mía con hambre contenida, como si llevara semanas aguantándose ese beso. Yo me quedé rígida medio segundo, sorprendida, y después me derretí. Me besó fuerte, abriéndome la boca con insistencia, metiendo la lengua despacio primero y después sin ninguna duda, y sentí un calor instantáneo que me subió desde el vientre hasta la cara.

Era mi primer beso de verdad. Nadie me había besado así antes, con esa seguridad, con ese descaro, con esa mezcla de ternura y ganas de follarme la boca. Se lo confesé al día siguiente, muerta de vergüenza, y él se quedó mirándome como si acabara de entender algo importante.

—Entonces voy a ir despacio —me dijo.

Mentía. O, mejor dicho, iba despacio solo en comparación con lo que de verdad quería hacerme.

Empezamos a vernos todos los días. Primero fueron besos en cualquier rincón, en los pasillos vacíos de la universidad, dentro de su coche, en la entrada de mi edificio. Después llegaron las caricias. Yo me dejaba tocar por encima de la ropa y sentía que se me aflojaban las piernas cada vez que su mano me apretaba la cintura o se cerraba sobre una nalga.

Me excitaba y me asustaba a la vez. Había crecido con demasiadas prohibiciones metidas en la cabeza, y cada paso me parecía enorme. Aun así, cuando Darío me acariciaba, mi cuerpo reaccionaba mucho más deprisa que mis ideas.

Una noche me llevó a bailar a un bar con reservados oscuros al fondo. Yo llevaba falda, medias y una blusa ajustada que él mismo me había dicho que me quedaba demasiado bien. Bailamos pegados durante horas, con su polla dura rozándome el muslo mientras yo fingía que no me daba cuenta.

Cuando por fin nos sentamos en uno de esos rincones apartados, me besó hasta dejarme sin aire. Su mano subió por mi pierna lentamente, primero por encima de la media, después metiéndose bajo la falda. Me tembló todo el cuerpo.

—Tranquila —me murmuró al oído—. Solo quiero tocarte.

Yo asentí, incapaz de hablar. Noté sus dedos en la cara interna del muslo, cada vez más arriba, y el calor entre mis piernas se volvió insoportable. Cuando rozó por encima de la tela de mis bragas solté un gemido tan claro que me dio vergüenza escucharlo salir de mi propia boca.

Él sonrió contra mi cuello y siguió frotando. No metió los dedos dentro de la ropa todavía; se dedicó a presionar justo ahí, donde más mojada estaba, con un ritmo lento al principio y luego más firme. Yo me agarré de su brazo, apreté los dientes y sentí que el placer me subía como una corriente que no sabía controlar.

—Así, no pares —le susurré por primera vez sin pensar.

Eso lo encendió todavía más. Me metió una mano bajo la blusa y me agarró una teta entera, apretándola por encima del sujetador mientras con la otra seguía frotándome el coño a través de la tela. Mis piernas empezaron a abrirse solas. La media, la falda, el calor del lugar, la música retumbando cerca, todo me hacía sentir sucia y feliz.

Cuando por fin deslizó un dedo por debajo de la tela húmeda de mis bragas, me arqueé entera. Tocó mis labios, los abrió, encontró mi clítoris y lo acarició con la yema despacio, sin apartar la vista de mi cara. Yo jadeaba como una idiota, roja hasta las orejas, y él parecía disfrutar cada gesto de mi vergüenza.

—Mírate cómo estás —dijo en voz baja—. Empapada.

Me metió un dedo y luego otro. Entraron con facilidad porque yo ya estaba chorreando. Empezó a follarme con la mano entre las piernas, sacando y metiendo los dedos mientras el pulgar me buscaba arriba. El placer me golpeó de una manera que no conocía. Se me aflojaron los muslos, se me abrió la boca, y acabé corriéndome contra su mano con un gemido que tuve que ahogar en su hombro para que no lo oyera todo el bar.

Fue mi primer orgasmo. Violento, húmedo, confuso. Me quedé temblando, con los ojos cerrados, sintiendo cómo él todavía me acariciaba despacio para alargarme el espasmo.

—Eso era lo que llevabas guardado —me dijo, besándome la frente.

Yo no sabía si reír, llorar o esconderme. Lo único que sabía era que quería volver a sentirlo.

***

Después de esa noche ya no hubo vuelta atrás. Seguía negándome a ciertas cosas, todavía protegía mi virginidad como si fuera una frontera sagrada, pero todo lo demás empezó a ceder. Darío aprendió rápido qué me hacía gemir, cuándo apretarme, cuándo hablarme sucio, cuándo tocarme por encima de las medias hasta volverme loca.

Empezó a llenarme la cabeza con ideas que me escandalizaban y me excitaban al mismo tiempo. Me hablaba de sexo sin vergüenza, de probar, de mirar, de dejarse ver. Yo lo escuchaba fingiendo ofenderme, aunque por dentro ya me imaginaba muchas de esas cosas mientras me masturbaba sola recordando sus manos.

La primera vez que me chupó el coño fue en su apartamento, una tarde de lluvia. Habíamos pasado horas estudiando, pero ninguno estaba concentrado. Yo llevaba una falda oscura y unas bragas blancas que él no dejó de mirar desde que llegué.

Me sentó en el borde del sofá y se arrodilló frente a mí. Solo esa imagen ya me dejó mojada. Me abrió las piernas con calma, me subió la falda y se quedó observándome la entrepierna cubierta por la tela húmeda.

—Quiero probarte —dijo.

—Darío...

—Quiero comerte el coño hasta que no puedas cerrar las piernas.

Sentí un latigazo entre las piernas. No supe qué responder, así que solo me dejé caer contra el respaldo. Él apartó la tela de las bragas hacia un lado y el aire frío me golpeó la piel mojada. Luego acercó la cara y me olió sin tocarme, como si saboreara la anticipación.

Cuando pasó la lengua por mis labios casi me levanté del susto. Fue un roce lento, de abajo arriba, firme y húmedo. Después repitió, más abierto, metiendo la punta de la lengua entre los pliegues, y yo gemí con una fuerza que me sorprendió. Me agarré del sofá mientras él me separaba más las piernas y me chupaba sin delicadeza, como si tuviera hambre.

Su boca hizo conmigo lo que quiso. Lamía mi clítoris en círculos, lo succionaba, bajaba a la entrada de mi coño y metía la lengua todo lo que podía antes de volver arriba. Cuando me vio retorcerme, añadió dos dedos dentro y empezó a moverlos al ritmo de su boca. El sonido húmedo de su lengua y mis propios jadeos llenaron la sala.

—Así me gusta —murmuró sin apartarse—. Que te pongas así de puta para mí.

No debería haberme gustado oír eso. Me encantó. Me corrí sobre su cara con una sacudida brutal, mojándole la boca y la barbilla. Él siguió lamiendo incluso mientras yo temblaba y trataba de apartarme, hasta que acabé suplicando que parara porque no podía más.

Se levantó con la boca brillante y me besó para que me probara a mí misma. Sentí mi propio sabor mezclado con su saliva y me excitó más de lo que me atrevería a admitir entonces.

***

La noche de mi primera vez llegó semanas después. Yo la había aplazado tantas veces que él dejó de insistir. Tal vez por eso, cuando por fin le dije que sí, me lo creyó de inmediato. Fue en un motel discreto al que entramos después de clase, todavía con ropa de universidad y carpetas en el asiento trasero.

Recuerdo el temblor en las manos mientras cerraba la puerta. Recuerdo también la forma en que Darío me miró, como si de verdad quisiera que ese momento fuera mío y no solo suyo. Me besó despacio, sin prisas, y me fue desnudando con una paciencia que me enterneció y me calentó a la vez.

Me quitó la blusa, el sujetador, la falda y las medias, dejando las bragas para el final. Se apartó un segundo para mirarme desnuda y se pasó la lengua por el labio inferior. Yo crucé los brazos sobre las tetas por puro reflejo, y él me los bajó enseguida.

—No te escondas —me dijo—. Quiero verte entera.

Él también se desnudó sin dramatismo, y esa fue la primera vez que vi su polla completamente dura para mí. Era gruesa, pesada, con la punta brillante. Me intimidó. También me dio ganas de tocarla. Lo hice con torpeza y él soltó un gemido grave que me dio confianza.

Me tumbó en la cama, me abrió las piernas y volvió a comerme el coño hasta dejarme chorreando. Lo hacía para excitarme, sí, pero también para prepararme. Cuando notó que yo ya estaba relajada, se puso entre mis muslos y me miró a los ojos.

—Si quieres parar, paramos.

Negué con la cabeza. Lo quería. Lo deseaba desde hacía demasiado tiempo.

Sentí la punta de su polla empujando mi entrada húmeda. La presión fue intensa, extraña, y me agarré de sus hombros en cuanto empezó a entrar. Me abrió despacio, centímetro a centímetro, y aun así dolió. Gemí, cerré los ojos, apreté las piernas por reflejo.

—Mírame —me pidió.

Lo hice. Estaba sudando, conteniéndose por mí. Siguió avanzando muy lento, con pequeños empujes, hasta que por fin me llenó por completo. La sensación de tenerlo dentro fue demasiado para procesarla de golpe: ardor, tensión, plenitud, un placer naciendo debajo del dolor.

Nos quedamos quietos unos segundos. Él me besó la boca, el cuello, los párpados. Después empezó a moverse con cuidado, saliendo un poco y volviendo a entrar. Cada embestida me dolía menos y me calentaba más. Mi cuerpo se fue aflojando alrededor de su polla hasta que dejó de sentirse como una invasión y empezó a sentirse como exactamente lo que llevaba semanas deseando.

—Joder, qué apretada estás —gruñó cerca de mi oído.

Eso me hizo gemir. Me agarré de su espalda y levanté las caderas para recibirlo mejor. Entonces él entendió que ya podía apretar el ritmo. Empezó a follarme de verdad, más hondo, más firme, haciendo chirriar la cama con cada golpe de cadera. Yo jadeaba su nombre, sin importarme nada más, sorprendida de lo rápido que el dolor se había mezclado con un placer cada vez más grande.

Me puso una mano entre las piernas y empezó a frotarme el clítoris mientras me penetraba. Esa combinación me desarmó. Sentía su polla entrando y saliendo, húmeda, gruesa, chocando dentro de mí, y al mismo tiempo el roce exacto de sus dedos donde más falta me hacía. El orgasmo me subió como una ola brutal.

Me corrí con él todavía dentro, apretándolo sin control. Darío soltó una maldición ronca, me clavó las caderas hasta el fondo y siguió embistiendo unas cuantas veces más antes de correrse también, temblando encima de mí, gimiendo con la cara enterrada en mi cuello.

Nos quedamos pegados, sudados y sin habla. Yo tenía el cuerpo sensible, abierto, satisfecho de una forma que me dejó casi aturdida.

—Ahora sí empezamos —dijo él al fin.

Y tenía razón.

***

Desde que nos fuimos a vivir juntos, nuestro sexo dejó de ser solo íntimo. Empezó a tener otra capa: la de mirar y ser mirados. Darío descubrió muy pronto que le excitaba enseñarme. No desnuda del todo, no de golpe, sino jugando en el borde de lo visible.

Me compró faldas más cortas, vestidos ajustados, tangas mínimas. Al principio todo eso solo lo usaba en casa, para él. Me hacía caminar delante suyo, agacharme, sentarme con las piernas apenas separadas mientras él me observaba como si yo fuera un espectáculo privado.

Una tarde me hizo ponerme una minifalda negra y una tanga tan pequeña que apenas me cubría. Cuando me miré al espejo, entendí por qué le gustaba: un movimiento mínimo bastaba para enseñar media nalga.

—Vamos a salir así —dijo.

—Ni loca.

—Sí. Y vas a caminar delante de mí.

Acabé cediendo. Me excitaba demasiado verlo excitado. Salimos a la calle y yo sentía el aire en los muslos como si todo el mundo pudiera notar mi desnudez parcial. Darío iba detrás, mirando sin disimulo. Cada pocas cuadras me acercaba a una pared o a una vidriera, me abrazaba por detrás y me metía la mano bajo la falda para apretarme el culo.

—Sigue caminando —me susurraba—. Quiero ver cómo se te sube la falda.

Yo obedecía con el corazón desbocado. A veces corría unos pasos, solo para él, y notaba la tela levantarse un poco más. La mezcla de vergüenza y calor me empapaba.

Cuando regresábamos al apartamento, casi nunca alcanzábamos la cama. Esa primera noche me empujó contra la puerta apenas entramos, me subió la falda de un tirón y me apartó la tanga hacia un lado. Estaba tan mojada que su dedo entró de inmediato.

—Mira cómo vuelves —dijo, metiéndome dos dedos—. Toda caliente porque pueden verte.

—No sé si me vieron.

—Te gusta pensar que sí.

No pude negarlo. Me giró para que apoyara las manos en la pared, me bajó solo lo necesario la tanga y me abrió las piernas con una patada suave al tobillo. Después sentí su polla dura empujando mi entrada y me penetró de una sola embestida. El golpe me arrancó un jadeo obsceno.

Me folló allí mismo, de pie, con la falda subida a la cintura y una mano agarrándome el pelo. La otra me amasaba una teta por debajo de la blusa mientras sus caderas golpeaban mi culo con fuerza. Yo empujaba hacia atrás para recibirlo mejor, sintiendo cada entrada profunda, cada salida húmeda, cada choque que me hacía estremecer.

—Así te quería —gruñó—. Toda exhibida y después abierta para mí.

Metió la mano entre mis piernas y encontró mi clítoris. Empezó a frotarlo rápido, sin cuidado, mientras me seguía follando fuerte. La combinación me arrasó. Me corrí de pie, apoyada contra la pared, con las piernas temblando y la falda todavía arriba, gimiendo como una puta descontrolada. Él se corrió segundos después, empujando hasta el fondo y soltando un gemido ronco cerca de mi nuca.

***

El juego fue creciendo. Un día me pidió que saliera sin bragas a un centro comercial. Llevaba una falda suelta y él estaba fascinado con la posibilidad de que una ráfaga de aire o una escalera mal subida dejaran ver más de la cuenta. Yo iba nerviosa, húmeda desde que salimos del coche.

Me hacía subir y bajar escaleras mientras él se quedaba abajo o unos pasos detrás, mirando. Cada vez que me cruzaba con alguien sentía el coño completamente expuesto bajo la tela, y eso me encendía de una manera que ya no podía negar.

En el baño de mujeres me escribió un mensaje: «Quiero una foto para ver que vas obedeciendo». Me encerré en un cubículo, me levanté la falda y le mandé una foto de mi coño depilado, desnudo, con un hilo de humedad brillando entre los labios. Tardó segundos en responder: «Ahora sal y no cierres tanto las piernas al caminar».

Cuando nos encontramos de nuevo, me llevó al aparcamiento subterráneo. Aprovechó una zona casi vacía para arrinconarme entre dos columnas. Me besó con violencia y me metió la mano entre las piernas. Al no haber bragas, sus dedos fueron directos al coño mojado.

—Mierda, estás chorreando.

—Por tu culpa.

—No, por la tuya. Porque ya te gusta.

Me masturbó allí, con una mano tapándome parcialmente la cadera y la otra trabajando entre mis piernas. Yo miraba alrededor aterrada de que apareciera alguien, pero no quería que parara. Cuando introdujo dos dedos y empezó a moverlos rápido, tuve que morderme el puño para no gritar.

Él me obligó a abrir las piernas más. Quería verme. Quería comprobar hasta qué punto mi coño se abría y se cerraba alrededor de sus dedos mientras me corría en un aparcamiento público. Y yo dejé que lo hiciera, temblando de excitación y vergüenza.

Esa noche, ya en casa, no bastó con una sola corrida. Darío me tumbó boca abajo en la cama, me separó las nalgas y me lamió el coño desde atrás con una obscenidad deliciosa. Luego me hizo ponerme a cuatro y me folló lento primero, disfrutando de verme mojarle la polla, y más tarde rápido y duro, agarrándome de la cintura.

Se inclinó sobre mi espalda y me habló al oído mientras me embestía.

—Quiero que me digas la verdad. ¿Te mojaste pensando que podían verte?

—Sí.

—¿Y te gustó?

—Sí.

—Dilo bien.

—Me gustó que me miraran... aunque no supiera si de verdad lo hacían.

Él me mordió el hombro y aumentó el ritmo. Sus huevos golpeaban mi piel a cada embestida. Yo hundí la cara en la almohada mientras el orgasmo volvía a treparme por dentro. Esta vez me corrí sintiéndolo entrar a fondo una y otra vez, y esa sensación de ser tomada después de haberme expuesto afuera me pareció adictiva.

Darío se salió solo para hacerme girar. Me puso las piernas sobre los hombros y volvió a metérmela de golpe. La nueva postura hizo que lo sintiera todavía más hondo. Yo no dejaba de gemir. Él me miraba follándome con una concentración casi feroz, como si quisiera grabarse cada reacción.

—Quiero verte correrte otra vez —dijo.

Me masturbó con el pulgar mientras seguía penetrándome sin pausa. El sonido de la cama, de su respiración, de mi coño húmedo recibiéndolo, llenó el cuarto. No tardé mucho en volver a estallar. Mi segundo orgasmo me hizo cerrar las piernas sobre su cintura y él se dejó ir también, con una corrida larga y un gruñido que me hizo sonreír aun medio rota.

***

Con los años entendí que lo nuestro había empezado con un beso, sí, pero no se quedó en eso. Él no solo me enseñó a follar. Me enseñó a reconocer el morbo que yo misma llevaba escondido y a disfrutarlo sin mentirme.

Yo, que había llegado a esa relación llena de miedos, acabé descubriendo que me gustaba ser mirada, provocar, salir sin bragas, sentir la tensión de una escalera, de una falda breve, de una mano en el culo en plena calle. Y luego volver a casa o a un motel o al coche para que Darío me follara con toda la excitación acumulada.

Seguimos inventando juegos durante mucho tiempo: bares oscuros, cines casi vacíos, rincones donde una caricia podía verse o adivinarse. Pero si alguien me pregunta cuándo empezó de verdad todo eso, siempre vuelvo a aquel primer beso y a la forma en que me temblaron las rodillas.

Porque antes de los moteles, las minifaldas y el morbo de sentirme observada, estuvo ese instante simple y brutal en que su boca se pegó a la mía y me abrió un mundo entero. Yo no lo sabía entonces, pero en ese momento ya estaba empezando a convertirme en la mujer que después iba a pedirle, sin vergüenza, que me subiera más la falda y me follara al volver a casa.

Y él, por supuesto, siempre estaba dispuesto a hacerlo.

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Comentarios(7)

Romina_Sur

increible!!! de los mejores de esta categoría

NadiaMdq

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo después de la universidad.

ElProfe47

Me gusto mucho como narraste la evolución. Hay algo muy real en como lo contás, no se siente forzado ni exagerado.

Klaudia_M

me recordó algo parecido que me paso en el primer año de la facu jajaj. muy buenísimo el relato

TorpedoX88

El titulo ya me atrapo jeje. Casi nadie cuenta este tipo de vivencias con tanta honestidad. Bravo!

CristobalRM

Segui escribiendo por favor, tenés un estilo muy fluido que da gusto leer.

MariC_

Que bueno encontrar un relato de esta categoría bien escrito. Gracias por compartir!

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