Le mentí a mi tía diciendo que era virgen
Toqué el timbre con la excusa de pedirle un consejo íntimo. Cuando me abrió la puerta sola, supe que aquella tarde nadie iba a interrumpirnos.
Toqué el timbre con la excusa de pedirle un consejo íntimo. Cuando me abrió la puerta sola, supe que aquella tarde nadie iba a interrumpirnos.
Adriana llevaba el currículum en una carpeta y las manos sudando. Cuando cruzó la puerta de aquel piso del centro, ya no iba a salir igual.
Llevaba semanas pensando en la petición de mi marido. Cuando ellos cruzaron la puerta del cuarto esa noche, supe que ya no había vuelta atrás.
Mi prima me celaba como si fuéramos pareja de verdad, y esa tarde, con su piel todavía húmeda contra la mía, me hizo prometer que nadie más sabría tocarla así.
Llegué a la escena del crimen y ella me esperaba fumando, los ojos secos. Tres meses después la viuda me abría en camisón negro y un frasco de gel sobre la mesilla.
Le di permiso para salir con los dos la misma tarde. Cuando volvió al estacionamiento, todavía traía las marcas de uno y a las siete y media tenía cita con el otro.
Marina ya estaba empapada cuando exigió la segunda parte: los dos a la vez, sin barreras, con la película de acción todavía sonando de fondo.
Tenía diecinueve años cuando su mano se coló bajo la manta. La cuenta quedó abierta cinco años, hasta el verano en que su novia se fue del puerto.
La sesión de yoga del viernes empezó como un juego silencioso de miradas y terminó con su cuerpo pegado al mío en la sala de juegos de mi padre.
Mis padres salieron el viernes por la mañana. A la una, mi hermana entró descalza en mi cuarto y echó el pestillo sin pedir permiso a nadie.
Cuando aparcamos la moto bajo los álamos y dejamos atrás la ermita, supe que aquella tarde con mi primo iba a ir mucho más allá del paseo.
Hacía meses que no me acostaba con nadie cuando entré al cuarto de aquel hotel y él cerró la puerta con una sonrisa que yo conocía demasiado bien.
Llegamos del aeropuerto a las once de la noche, con la casa para nosotros y quince días por delante. Y entonces me dijo que odiaba dormir sola.
Lo escuché aparcar en la entrada y no me cubrí. Abrí las piernas en el sofá, moví la tanga a un lado y empecé a tocarme antes de que entrara.
No soy de las que se acuestan con desconocidos en el baño de una discoteca. O no lo era. Aquella noche en Barcelona, una falda corta y un error lo cambiaron todo.
Carmen me esperaba cada noche en su cuarto. El sábado en que mi hermana volvió, entendí que el pacto que habíamos sellado iba a reescribirse otra vez.
Cuando bajé al salón con las bragas que él me había mandado ponerme, encontré a los cuatro desnudos en el sofá y entendí que la venganza ya había empezado.
Cuando se encendió la cámara, ella ya esperaba a los dos chicos sentada en el sofá. Yo no podía apartar la vista ni dejar de tocarme mientras los oía gemir.
Mi mujer estaba de viaje y mi suegra entró a traerme el desayuno a la cama. Yo seguía desnudo y con una erección imposible de disimular.
Cuando mi marido cruzó la puerta con la maleta, dejé caer la bata en el pasillo y entré desnuda en la habitación de mi hijo.