Aquella noche de febrero que no puedo olvidar
Cuando nos detuvieron en la oscuridad, solo pensaba en escapar. No imaginé que horas después estaría deseando que no terminara.
Cuando nos detuvieron en la oscuridad, solo pensaba en escapar. No imaginé que horas después estaría deseando que no terminara.
Llegué a esa quinta recién separada, sin muchas expectativas. Volví con recuerdos que tardaron meses en dejar de volver solos a mi cabeza.
Cuando mi marido faltó ese día, Rodrigo llegó solo muy temprano. Lo que empezó con retos y preguntas incómodas terminó de una forma que nunca esperé.
Romina entró a esa fiesta con una seguridad que tienen pocas mujeres. Al día siguiente, cuando me llevó a recoger a su hija, entendí que la noche anterior había sido solo el comienzo.
Tenía las maletas en el pasillo y el taxi pedido para las seis. Entonces sonó el timbre y lo encontré al otro lado, con el teléfono en la mano.
Marcos era gay y yo era su mejor amiga desde los quince años. Ocho años de deseo callado, de fingir que no me ardía por dentro cada vez que contaba sus historias.
La oí entrar a medianoche y no abrí los ojos. Fingí dormir. Lo que pasó después en esa habitación oscura no debería haberme gustado tanto.
Tenía los dedos húmedos de ella cuando el coche arrancó. Me dejó en la puerta de mi propia casa con una erección y el corazón roto.
Salí antes del amanecer con el cuerpo preparado y una sola idea: llegar al otro lado de la carretera después de haberme entregado a cuantos choferes quisieran.
Llevaba meses diciéndole que no. Cuando vi ese teléfono en el aparador, supe exactamente qué podía ofrecerle a cambio de tenerlo.
Cuando Diego entró al salón y vio a mi abuela en ese vestido rojo, supe que había tomado la decisión correcta. Ella lo miró como ya me había mirado a mí.
No era que me faltara nada. Era que nunca me había dado cuenta de lo que quería hasta que aquel chico me miró como si yo fuera lo único en el mundo.
Me puse las medias, el liguero y los tacones. Me miré al espejo y supe que estaba lista. Lo que no supe fue cómo apagar ese recuerdo de tres semanas atrás.
Cuando Arturo me pidió que me diera la vuelta, entendí lo que quería. Lo más perturbador fue darme cuenta de que yo tampoco podía decir que no.
El paquete llegó un martes. Lo sostuve en las manos sin abrirlo durante diez minutos, sabiendo que en cuanto lo hiciera, ya no habría vuelta atrás.
Llevaba horas aguantando el deseo en la oficina. Cuando vi sus manos en el volante, supe que esa noche no iba a terminar como tenía planeado.
Era el padre protector, el marido fiel, el tipo que rechazaba todo lo que se saliera de lo normal. Hasta aquella noche en la casa de campo.
Cerré la puerta con pestillo, bajé la persiana y me prometí que esa noche no habría límites. Había esperado demasiado tiempo para descubrir ese placer.
Cuando los dos vecinos del piso de abajo tocaron mi puerta con una botella de vino, llevaba diez días sola en casa con el cuerpo en un estado que no era tranquilidad.
Llevábamos semanas intercambiando correos con Valeria. Ella pedía fuerza y presión. Cuando nos vio bajar de las motos, supo que no se iba a decepcionar.