Las dos amigas que terminaron en una orgía
La cremallera de la tienda se abrió y aparecieron dos cabezas. Vieron a dos chicas desnudas y apenas pestañearon. Era esa clase de festival.
La cremallera de la tienda se abrió y aparecieron dos cabezas. Vieron a dos chicas desnudas y apenas pestañearon. Era esa clase de festival.
Llegué a su apartamento con ganas de tomar cerveza y matar el tiempo. Me fui con el culo adolorido, la boca con sabor a semen y una sonrisa que no podía disimular.
Cuando Lucía se sentó a mi lado y se le puso la cara blanca, supe que la excusa de la gripe no alcanzaba. Lo que me contó esa tarde todavía me duele.
La primera noche juré volver a casa. Al séptimo ya no recordaba para qué había comprado el vuelo de vuelta. Esto es lo que pasó entre esas dos noches.
Viajé sola buscando templos y acabé en una terraza sobre el río, rodeada de manos que no eran las mías y bocas que sabían exactamente dónde encontrarme.
Él llevaba un mes sentado en el mismo taburete, bebiendo agua y mirándola trabajar. Esa noche, cuando el bar quedó vacío, ella fue la que preguntó.
Soltó la carcajada, bajó la voz y me miró con esa sonrisa de puta satisfecha que ya le conocía. Supe que me iba a contar todo lo que había callado.
Cuando Damián le susurró al oído que podía tenerme, algo en la mirada de Mateo cambió. La timidez desapareció y yo dejé de ser quien llevaba el juego.
Llevaba dos años ignorando las miradas de mi jefe y los insultos silenciosos de su mujer. Esa tarde, cuando el último empleado apagó la luz, dejé de ignorarlo todo.
Entró al aula caminando despacio, con la cara pálida y un gesto de dolor al sentarse que no podía disimular. Tardé días en sacarle la verdad.
Tenía 18 años. Nunca me hubiera imaginado que un viaje con mi abuela y mi madre terminaría así. La tormenta llevaba dos días sin parar.
Cuando le dijo que quería que trajera a un amigo, él pensó que bromeaba. Pero ella ya tenía todo planeado: las sábanas, las velas y el vestido más ceñido de su armario.
Esa noche Valeria tomó mi cabeza entre sus manos y la empujó exactamente hacia donde yo llevaba meses sin atreverme a mirar.
Vi a mi ex besándose con otro en el bar. Esa noche crucé una línea que nunca había cruzado, y que me llevó a pasar meses cobrando por dar placer a desconocidos.
Me llaman hombre fiel, pero hay dos que saben lo que soy de verdad. Esto es lo que nunca podré contarle a la mujer que quiero.
Éramos dos en la cama, la luz baja, sus piernas sobre las mías. Le dije que llevaba semanas pensando en algo que no sabía cómo pedirle.
Éramos dos socios casados, un todoterreno caro y doscientos kilómetros por delante. Ellos tenían veinte años y una actitud que lo cambiaba todo.
El hombre que podía sacarlos de Marruecos tenía una sola condición: nada de dinero, nada de joyas. Solo quería grabarlos.
El segundo día en Cebú encontré a Cherie en un bar del puerto. Me enseñó algo en ese baño que cambió cómo entendía el placer.
El día que nadie más apareció en el taller, Lucía cerró la puerta con un clic que sonó como una promesa que ninguno de los dos pretendía cumplir.